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miércoles, 1 de febrero de 2023

«El gigante cántabro»: primer «futbolista» español... y martirizado por los indios en La Florida 01022023

 

Fray Beráscola llegó a América en 1595, dos años después, los semínola lloraron su muerte

«El gigante cántabro»: primer «futbolista» español... y martirizado por los indios en La Florida

juego pelota
Fray Francisco de Beráscola y sus once compañeros franciscanos viajaron en 1595 al nuevo continente. Allí vivirían en primera persona una de las empresas civilizadoras más importantes de la historia. Compartiendo las costumbres de los indios y practicando algunos de sus juegos más tradicionales.

J. Cadarso

El palacio del gobernador español de La Florida, Diego Martínez de Avendaño, luce de gala para la ocasión. Soldados, criados y funcionarios visten los mejores trajes. Es un día de 1595 y está a punto de llegar a puerto el navío San Francisco con un grupo de soldados... y doce jóvenes franciscanos
 
Este es un capítulo más de una de las grandes empresas civilizadoras de la historia de la humanidad: la evangelización de América. Un fornido y joven vizcaíno, nacido en la localidad de Gordejuela, se adentrará en las costumbres de los indios semínola llegando a ser, por qué no, el primer "futbolista" español del que se tenga constancia. 
 
El libro Dios es deportista (Eunsa), de Javier Trigo, recoge esta apasionante historia de aventura y, sobre todo, de celo por llevar el Evangelio a todos los rincones de la tierra (puedes adquirirlo entrando en este enlace).
 
Los soldados desfilan de uno en uno mientras saludan la enseña española que preside el patio del palacio del gobernador. Frailes y soldados acaban de llegar a territorio americano. A los doce jóvenes franciscanos, la tonsura en sus cabezas, la barba y el hábito marrón, propio de la orden, les hace parecer mayores de lo que realmente son. Proceden de diferentes partes de España: son vascos, extremeños y castellanos.
 

En tierras extrañas 

Al ser presentados al gobernador, este, en un detalle de sencillez por su parte, se arrodilla y les pide la bendición a los nuevos misioneros. Los doce jóvenes recién llegados, junto a su obispo, forman un círculo, extienden sus manos sobre la cabeza del Martínez de Avendaño  y recitan una bendición en latín.
 
En la recepción posterior, hay representantes de diferentes poblados indígenas, en su mayoría son indios semínola. Fueron evangelizados hace algunos años y, junto con la fe, han aprendido la lengua castellana. Eso sí, sus atuendos les delatan.
 
Portada
Aquí puedes adquirir el libro 'Dios es deportista' (Eunsa), de Javier Trigo.
 
Los hombres llevan largas túnicas de llamativos colores y gruesos cinturones sobre el pecho. Todos lucen cintas en sus cabezas de las que salen largas plumas de aves tropicales. Por su parte, las mujeres portan adornos tatuados en sus frentes y visten elegantes camisas y faldas largas.
 
La convivencia entre indígenas y españoles en la Florida atraviesa por momentos de tranquilidad. El gobernador es una persona dialogante, le gusta comunicar sus decisiones personalmente a los jefes de las tribus, y estos, a veces, le hacen cambiar de opinión en determinados temas.
 
Un par de carros traslada a los frailes a la misión de Saint Simón, lugar en donde está el convento en el que vivirán hasta que se acostumbren. Es su primer día en el nuevo continente, y tienen una reunión de comunidad. Fray Juan comenta que deben hacerse cargo de las dos escuelas, del dispensario médico, de los equipos de catequistas en diferentes poblados y de la iglesia en la que se atienden a los fieles diariamente.
 

Una idea loca

Pero, cuando va acabar la reunión, Fray Asís de Alcántara pide la palabra para exponer una idea que le venía rondando la cabeza desde hace tiempo: introducirse en una de las actividades más populares de los indígenas. Nunca, ningún misionero se ha atrevido a participar en el juego de pelota india. Los frailes se miran con cara de asombro; los viejos, conocen el juego y saben que no es cosa para ellos; y los nuevos, no se imaginan que los indios puedan practicar juegos de equipo. 
 
Fray Asís desborda entusiasmo, está convencido de que es algo bueno. "Si fuéramos capaces de participar con ellos en ese juego, podríamos conseguir atraerlos más fácilmente a la Iglesia de Cristo", dice con ilusión. El padre Escobedo, más realista, advierte de que se requiere una fuerza y agilidad que ellos no tienen.  
 
Y, entonces, con humildad pero con decisión, pide la palabra uno de los nuevos frailes. Se llama Francisco de Beráscola. Es un joven vizcaíno, nacido en la localidad de Gordejuela, y destaca por su gran capacidad física y su aspecto atlético.
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Beráscola fue bautizado en la iglesia vizcaína de San Juan de Molinar (Gordejuela).
 
"Con el debido respeto, he de decir que en mi pueblo he destacado en el juego de la pelota, en el levantamiento de piedra y en el lanzamiento de la barra. Me divierte participar en esos torneos y creo que podría ser una buena forma de conocer a futuros cristianos", propone. 
 
Apodado "el gigante cántabro", tiene mucha fuerza y es capaz de levantar pesadas cargas sin queja alguna. Al día siguiente, van a ver el juego y por la tarde decidirán si es buena idea participar.
 
A las afueras del poblado, entorno a un palo coronado con un aro, se desarrolla el partido. La pelota es de caucho, cada equipo tiene 20 jugadores, van medio desnudos, y el objetivo es pasar la bola por el aro sin tocarla nunca con la mano. Están permitidos los agarrones y empujones, y el ganador tiene que conseguir 50 tantos. Los partidos duran no menos de dos semanas, a veces incluso un mes
 

El momento soñado  

Los indios son fuertes y ágiles, y en todos los partidos hay jugadores con algún hueso roto. Cuando un jugador se retira lesionado puede ser sustituido por otro. Mientras los frailes ven el partido, crecen las ganas de poder participar. Un indio, en perfecto castellano, les propone que jueguen con ellos. Pero, deben pedir permiso a sus superiores. Ya de vuelta en el convento, obtienen el plácet. Será la primera vez que un español tome parte en el juego de la pelota india.
 
Y, llega el esperado día. Todos los frailes del convento acompañan a Beráscola al campo de juego. El vizcaíno ha sustituido sus hábitos franciscanos por un pantalón ancho y una camisa blanca de manga corta. Con su larga barba negra tiene un aspecto de forzudo de feria. Al gigante cántabro le cuesta un poco engancharse y nada más empezar recibe un empujón que le tira al suelo.
 
Sin embargo, Beráscola es bueno en los bloqueos y es capaz de pasarse la pelota de un pie a otro. Los indios de su equipo le jalean constantemente. Fray Francisco, por su parte, no pierde la oportunidad de animarlos cuando hacen una buena jugada. El sol desaparece y el jefe de la tribu da por terminada la jornada. Llevan siete días de partido y el resultado es de empate a 28 tantos.
 
Esa misma noche, los frailes organizan una gran cena de hermanamiento con los indios. Se acaba de producir un hecho histórico. Comen alrededor de una gran fogata, y no faltan los cantos. Los franciscanos se han ganado el respeto y la admiración de muchos semínola. Desde este día, el juego de la pelota se convierte en una costumbre más para los frailes.
 
juego
"El vizcaíno ha sustituido sus hábitos franciscanos por un pantalón ancho y una camisa blanca de manga corta. Con su larga barba negra tiene un aspecto de forzudo de feria".
 
Tras las largas jornadas de pelota, los frailes echan ungüentos indios en las heridas de los jugadores y procuran fomentar el cariño y la amistad con los indígenas. Fray Francisco de Beráscola enseña a los indios algunos juegos de su tierra, como levantar piedras o tirar la barra. Incluso fabrica una pelota con resina para jugar al frontón en la trasera de la Iglesia.
 
El guión se interrumpe cuando el obispo pide voluntarios para viajar a San Agustín, para extender el Evangelio, y Beráscola se ofrece. Las lágrimas de los indios con los que jugaba a la pelota presuponen un final trágico. Estando ya en su nuevo destino, el fraile español es apresado por un grupo de indios descontentos con el nuevo gobernador de La Florida. Muere asaeteado, apedreado y atado a un árbol. Su cuerpo no se consiguió nunca recuperar.
 
Cuando la noticia de la muerte llegó a la misión de Saint Simón, indios y frailes organizaron un partido de pelota en honor al primer español en jugar a este deporte tan singular. Un joven franciscano cuyo buen hacer sirvió para hermanarse más con los habitantes de La Florida y, sobre todo, para que muchos indios llegaran a conocer el Evangelio.

domingo, 11 de septiembre de 2022

A raíz de la Guerra de Secesión muchos dejaron de apedrear a las monjas católicas: hubo 640 heroínas 11092022

 

Su entrega a los heridos cambió la mentalidad estadounidense

A raíz de la Guerra de Secesión muchos dejaron de apedrear a las monjas católicas: hubo 640 heroínas

Escena de Lo que el viento se llevó.
Atlanta: miles de heridos de la Guerra de Secesión en una escena de «Lo que el viento se llevó» (1939) de Victor Fleming.

C.L.

En Washington, enfrente de la catedral de San Mateo, se descubrió en 1924 un monumento "a quienes confortaron a los moribundos, atendieron a los heridos, llevaron esperanza a los prisioneros, dieron de beber al sediento... en memoria y honor de las religiosas de diferentes congregaciones que prestaron sus servicios como enfermeras en los campos de batalla y en los hospitales durante la Guerra Civil americana de 1861-1865".

Para ser más precisos, fueron 640 religiosas de 21 congregaciones, según recoge en un estudio el historiador Pat McNamara. Y gracias a ellas cambió completamente la percepción de la sociedad norteamericana sobre la Iglesia católica.

La líder sufragista de aquellos días, Mary Livermore, es muy clara al respecto: "Ni soy católica, ni defiendo las instituciones monásticas de esa Iglesia, pero no puedo olvidar mi experiencia durante la Guerra de la Rebelión. Nunca me tropecé con esas religiosas católicas en hospitales, transportes o barcos sin apreciar su devoción, su lealtad, su disponibilidad. No se daban aires de superioridad ni de santidad, no rehuían ningún deber, ni buscaban el lugar más fácil, ni encizañaban a nadie. Los hombres, enfermos y heridos, las veían llegar por la mañana y su mirada se entristecía al verlas partir por la noche".

Piedras, incendios, insultos

Como señala McNamara, antes de la Guerra Civil el ambiente en Estados Unidos era muy hostil contra la Iglesia, y de hecho en determinadas zonas las monjas salían a la calle sin hábito. En Indiana les tiraban piedras, en Nueva Inglaterra las amenazaban con quemarles el convento y en algún caso lo hicieron, y en Nueva York a más de una la abofetearon insultándola como "maldita p... papista".

Tras la derrota del Sur y la vuelta a casa, los soldados, antes predispuestos contra la Iglesia y cargados de prejuicios por la animadversión protestante, habían visto el verdadero rostro de la Iglesia y esa hostilidad menguó notablemente.

La hermana Antonia

Así habló un soldado de la hermana Antonia: "En medio de aquel mar de sangre, realizó las tareas más repugnantes con aquellos pobres soldados. Parecía un ángel, y muchos jóvenes soldados deben la vida a sus cuidados y a su caridad. ¡Feliz el soldado que, sangrando y herido, escuchaba junto a sí sus palabras de consuelo y ánimo! La adoraban los Azules (del Norte) y los Grises (del Sur), protestantes o católicos. Le concedimos el título de El ruiseñor de América. Su nombre fue muy conocido en todas las unidades del Norte y del Sur".

Y a pesar de que los celos de algunas enfermeras luteranas o evangélicas, normalmente al mando, les trajeron algunos problemas, la fuerza de su caridad pudo con todo. En 1897, cuando murió la hermana Antonia, fue enterrada con honores militares.

"Las religiosas católicas disolvieron prejuicios y predicaron con su ejemplo silencioso", concluye McNamara, tras evocar la frase que le dijo a una de ellas un soldado herido educado en la aversión a los católicos, y que se encontraba por primera vez con una monja: "Pensaba que los católicos eran lo peor del mundo. Pero si usted es católica... ciertamente a partir de ahora tendré una mejor opinión sobre los católicos".

Publicado en ReL el 7 de junio de 2011.

jueves, 18 de noviembre de 2021

«Soy fuego», la vida del P. Henry, es una película que te hace desear aprovechar los días para Dios 17112021

 

Del Hogar de la Madre, popular, norteamericano en España, murió en abril en accidente

«Soy fuego», la vida del P. Henry, es una película que te hace desear aprovechar los días para Dios

Una película recoge la vida entregada del padre Henry, norteamericano que pasó muchos años en España y murió en accidente en abril de 2021
Una película recoge la vida entregada del padre Henry, norteamericano que pasó muchos años en España y murió en accidente en abril de 2021

Pablo J. Ginés/ReL

El 15 de abril de 2021 murió en un accidente el sacerdote de Siervos del Hogar de la Madre Henry Kowalczyk, el padre Henry. Llevaba 22 años consagrado, casi 13 años de sacerdote y era muy conocido en España y en Estados Unidos por su disponibilidad generosa en retiros y encuentros con jóvenes, especialmente en fechas como la Semana Santa, cuando muchos sacerdotes están más ligados a sus parroquias y cofradías y es difícil encontrar confesores y acompañantes.

Ahora, Siervos HM Films difunde la película Soy fuego, la historia de conversión y de servicio del padre Henry.

El primer tercio de la película explica cómo pasó de una vida mundana, muy alejada de Dios, a desarrollar pasión por Dios, y luego por la evangelización.

El resto del filme nos muestra con detenimiento cómo fue su vida de servicio y apostolado, con los jóvenes, con los enfermos como capellán de hospital y en retiros y encuentros.

Tráiler de la película (el filme completo se puede ver al final de este artículo)

Una muerte imprevista... pero con antecedentes

La sensación que tiene el espectador al terminar es que hay que vivir la vida con alegría e intensidad, pero dedicándola a las cosas importantes (Dios, el amor, el servicio a los demás), porque nuestros días en la tierra son limitados y el final puede llegar en cualquier momento. El espectador se planteará si está aprovechando bien los días que Dios nos concede.

Hay algo peculiar en la muerte del padre Henryk que nos obliga a pararnos a pensar en las cosas más serias. ¿Fue una muerte banal, absurda? ¿O tiene algo de sublime? ¿Importa eso, si al final es la entrada al Cielo, a Dios?

Henry siempre tuvo ataques epilépticos, y en España, al crecer, se fueron haciendo peores, más agresivos. Podía caer al suelo y golpearse violentamente con algo duro. Le había pasado ya: en un ataque quedó inconsciente, cayó y se rompió la mandíbula.

Los médicos se la arreglaron y él predicaba ahora con humor, con una sonrisa a la que le faltaban dientes, con una nueva dicción que se sumaba a su acento norteamericano. Con su sonrisa rota hacía bromas sobre ser guapo.

Luego animaba a lo importante: "¡Jóvenes, sed santos!" Lo hacía con simpatía y también con exigencia, confiado en que Dios da la gracia y las fuerzas.

El padre Henry predica en un retiro de Pascua

Una reflexión sobre el tiempo que se nos concede

En abril estaba sirviendo unos días como capellán a las carmelitas descalzas de Amposta (Tarragona). Con los confinamientos del coronavirus, las religiosas carecían de sacerdote. Henry acudió a atenderlas. Se alojaba en una casita anexa y allí sufrió el ataque definitivo: el golpe en la cabeza al caer le causó la muerte. Quizá sin la pandemia y sus confinamientos le hubiera pasado en otro lugar, en otro servicio.

La película sugiere que el exceso de trabajo quizá tuviera relación con el recrudecimiento de los ataques. Él no redujo su ritmo de trabajo, acudía donde necesitaran un sacerdote, con los enfermos, con los jóvenes, en las charlas de pastoral de la salud... Vivió durante 20 años en España, 10 de ellos como sacerdote. Y de ellos 6 en el Hospital Clínico Universitario. ¿Es mejor arder de prisa o poco a poco?

Su historia de conversión la había contado él mismo en el programa Cambio de Agujas de HM TV, pero en esta película se amplía con entrevistas y declaraciones de su familia en EEUU, el párroco de su infancia y sus amigos allí, que lo confirman todo.

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Sus padres eran católicos devotos e iban a misa cada domingo, llevando al niño, el menor de la familia. Su madre acudía también entre semana. El párroco preguntó al Henry muchacho si pensaba en hacerse sacerdote, pero él respondió que no.

Después, en la adolescencia y juventud, se alejó de la fe. "Sólo quería llenarme de placeres". Sobre todo le gustaba el rock y los bares. Ropa negra, pelo largo hasta la cintura... su madre sufría mucho con eso.

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Un sueño y un mensaje repetido en TV

A los 22 años murió su padre. Esos días se detuvo ante una iglesia, miró una estatua de la Virgen y se paró por primera vez a pensar: "¿Qué estoy haciendo con mi vida? Y si me muero, ¿un poco de purgatorio y al Cielo? Señor... ¿tú como me ves?" 

Esa noche soñó que le ponían notas en un boletín que medían sus virtudes... "y yo no tenía buenas notas".

Poco después, se sentó ante la TV a acompañar a su madre, que estaba viendo a la Madre Angélica en la EWTN. Madre Angélica hablaba de vidas sin sentido, sin motivación... y Henry pensaba: "pues es verdad".

Y más adelante un sacerdote en la EWTN miró a la cámara y señalando con el dedo dijo a los espectadores: "si tú no cambias tu vida, tú vas al infierno". Otro día, volvió a conectar la TV, y volvió a aparecer "el mismo sacerdote, con el mismo dedo y el mismo mensaje: si no cambias tu vida, irás al infierno".

"En ese momento tocó mi corazón y caí al suelo, llorando como un bebé, como una gracia muy grande. Apagué la TV, lloraba y decía: ¿Dios, me estás hablando? Yo era como la pecadora arrepentida, con todo el pelo largo sobre la cara, llorando", recuerda.

Romper con lo que le atrapaba

Sintió poco después que Dios le pedía deshacerse de sus discos de Metallica y otros grupos de rock. "Tenía posters y buenos discos, podía haberlos vendido", comenta su hermano. Pero Dios le decía a Henry: "sabes que estos discos son basura, con mensajes malos, rómpelos y tíralos". Y empezó a romper un disco, luego otro... "Y rompí todos mis CDs, muy alegre, lleno de gozo, lleno del Señor, de felicidad... ¡ya estoy libre!", recordaba luego Henry con humor.

El hermano del padre Henry recuerda cuando rompió todos sus CDs y casetes de heavy rock

Hermano del padre Henry

La película prosigue contando sus estudios, que le costaron mucho -mal estudiante, y en lengua y cultura extranjera, en España-, su vocación y su vida como sacerdote y predicador, con testimonios de gente que le recuerda agradecida, al ayudarles en crisis de fe o de vida de familia.

Puede ver aquí, gratis y completa, Soy Fuego, la historia del P. Henry y su apasionamiento alegre por Dios y la evangelización