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miércoles, 28 de septiembre de 2016

El Sacerdote y la informática

El Sacerdote y la informática
El uso de la informática como herramienta de trabajo o como medio de comunicación


Por: Card. Darío Castrillón Hoyos | Fuente: www.riial.org 



Nuestro tiempo como paradoja
Nuestro tiempo asiste a verdaderas pradojas que afectan al hombre en todos los aspectos. Es la era de Los derechos humanos, y nunca se han visto tantas muertes inocentes, no sólo de adultos por muchas causas, sino hasta de la vida naciente en el seno de su madre; es la era de los avances científicos, y la ciencia –ontológicamente al servicio del hombre- pone en peligro la vida de la humandiad minuto a minuto; es la era de Las Comunicaciones, y se multiplica el número de los solitarios y aislados.

Estas paradojas también atectan a la comunicación y al servicio que ésta puede prestar a la Evangelización. Por un lado están los grandes desarrollos que permiten la comunicación multimedial en tiemo real, posibilitando, v. gr. La teleconferencia como hecho habitual. Por el otro, la realidad inmóvil de aquéllos, los más necesitados, que siguen sin acceder a otro medio de comunicación que su propia voz. Son más los excluidos de hoy que los de ayer.

Este fenómeno no deja de afecta a la Iglesia, a sus agentes pastorales y a la misma tarea de la Evangelización, ya que la necesidad de la asistencia, el acompañamiento y la formación en esos lugares, sean una urgencia y una preocupación para nosotros.

Posibilidades de las redes informáticas
Frente al panorama presentado, la realidad informatica se va extendiendo sin un programa específico que la conduzca, a lo largo de todo el mando.

La computadora, como medio de trabajo – con de comunicación- se va haciendo frecuente y de uso común en casi todos los ambientes. Pero más donde se comprende su importancia y amplias posibilidades, se asume como medio de comunicación. Por ell sólo los proyectos que entienden esta potencialidad y la saben articular, logran alcanzar objetivos difícilmente realizables en otras formas.

Las redes informáticas, con tecnologías adecuadamente aplicadas, pueden ser vistas como un “nuevo medio para la Comunión y la Comunicación” (Mons. Foley – Brasilia 1996) porque acortando los tiempos y los costos, ayudan a una “presencia virtual” que hace posible la información, la asistencia y el acompañamiento aún a grandes distancias. Sin pretender reemplazar a la  persona y su presencia, estas redes ayudan para una comunicación más fluida, y pueden hacer sentir la comunión eclesial en aquellos lugares donde, por distitntas circusntacias, la presencia no es posible. Se logra, por así decirlo, una forma nueva y rica de comunicación grupal interpersonal.

La Iglesia ya tiene esta experiencia como una realidad viva en el proyecto RIIAL – Red Infomática de la Iglesia en América Latina- donde la fuerza comunional del Espíritu se ha hecho presente de manera particular en realidades especialmente difíciles (baste citar como ejemplo Perú y Cuba).

Internet y redes eclesiales privadas
El uso de la informatica, sea como herramienta de trabajo o como medio de comunicación, no se ha dado en forma homgénea en la Iglesia. Se ha iniciado con el entusiasmo de algunos y la circunspección de otros. Es natural que así suceda, porque la aceleración de la posibilidades técnicas no provoca automaticamente la maduración simultanea de los seres humanos y los grupos.

El desarrollo creciente de Internet y de sus posibilidades nos pone a todos, independientemente del lugar, en una gran comunidad donde se pueden encontrar grandes servicions. Pero estos no son fáciles de econctrar y de usar si no se Los conoce y no hay una cultura de uso para ello.

Por esto no basta tener una computadora y un módem; tambpoco basta la sola existencia de Internet y su amplia gama de servicios. Hace falta una cultura – y al interior de la Iglesia una cultura crisitana- que permita su uso y auténtico aprovechamiento. Sin ella, lo que puede ser un gran servicio que potencie la evangelización, el estudio, la investigación, la comunicación, puede reducirse a un elemento más dentro del gran “shopping” de productos presentes en Internet, y permanecer como un elemento muerto.

Una parte esencial de esta cultura, consiste en la conciencia de que Internet no llega hasta donde nosotros sí queremos llegar. Internet es una gran ayuda, pero en cierto modo insuficiente, porque la extensión de la ingraestructura de comunicaciones sigue las leyes del máximo lucro. Por esta razón no todos los lugares pueden tener la infrastructura, o los precios de utilización no siempre están al alcance de los presupuestos personales. Otro aspecto esencial de esa cultura es la superación del encanto por lo tecnológico en sí mismo. Sin estos rasgos, los más necesitados quedarían de nuevo fuera de la corriente de la tecnología. Afortuadamente para la Iglesia, contamos no sólo con el Internet como fenómeno mundial, sino que existen las redes privadas que ya posee la Iglesia.

Estas hacen posible la comunicación por medios informaticos en una realidad “ad intra” de la Iglesia. Con estas redes internas se logra no sólo acceder con los medios digitales en donde no llega Internet, sino que potencia los vínculos internos en una estructura propiamente eclesial.

Esto no se contrapone a la realidad y los servicios que se puedan encontrar en Internet, sino que se complementan y potencian para lograr el objetivo comunional y comunicacional que la Informática puede brindar a la Iglesia.

El sacerdote y la ciencia
Por esto, la informática – no la computadora comouna máquina de escribir más sofisticada- impone un nuevo desafío  a la Iglesia, que es el servirse de ella y utilizarla como medio para cumplir el manato del Señor de ir “hasta los confines del mundo”.

En este sentido, y par ser nuevo vínculo para la comunión, no puede llegar a la vida del sacerdote como una realidad extraña, como no lo fue en el pasado la escritura, la astronomía y otras ciencias que han encontrado en la misma Iglesia un lugar de desarrollo y custodia.

Precisamente porque la informatica ha configurado una nueva cultura, que el sacerdote debe evangelizar, debe ser estudiada, asumida y promovidad desde la misma formación sacerdotal. Los jóvenes seminaristas han nacido ya en un clima donde la computación es un elemtno esencia de su cultura, y un instrumento norma en el desrrollo de sus actividades.

Así, una reorientación de su instrumentalidad en el criterio de los sacerdotes puede hacer que aquello que servía para el estudio, la investigación y los juegos, se convierta en instrumento de comunión, ayuda mutua, comunicación ahorro de tiempos y superación de distancias y carencias tales como las bibliotecas.

Si esto es válido para todos los sacerdotes en general, podemos añadir aún más.

Por plantearse como “nuevo medio de comunión” queda vinculado a la competencia del propio ministerio sacerdotal. Por ello es necesario que, entre los mismo sacerdotes, existan especialistas en la materia que, realizando un nueva sístesis entra ciencia y fe en el campo de la informatica, empiecen a asesorar y desarrollar proyectos acordes con la necesidad de la Iglesia en cada lugar concreto.

Se evidencia entonces la necesidad del ejercicio del pastoreo en esta nueva cultura, para iluminar las realidades que se quiere desarrollar, las verdaderas prioridades, los pasos que se deben seguir.

La Evangelización de los nuevos ambientes
Por último, la nueva cultura que se va asomando al mundo, no cabe duda de que lleva la impronta de la informática. El proceso de informatización y comunicación global no es un proceso que inicia la Iglesia. Es una realidad que vive el mundo y que la Iglesia debe acompañar y asumir para evangelizarlo y obtener los mejores frutos que ella misma brinda, como se dijo hasta ahora. También para redimier un mando que nace bajo la fascinación de las nuevas técnicas y las leyes del mercado. Precisamente porque se trata de un mundo polivalente y complejo, pero inseparable de la cultura actual, la Iglesia debe entrar en él con discernimiento y prudencia, pero con valor. Pues “lo que no se asume no se redime”.

En este aspecto es necesario una especial atención por parte de los pastores que los planes de Evangelización de este nuevo ambiente, que comienza con el uso y la presencia de la Iglesia dentro del mismo, tengan el sello las  Bienaventuranzas y del nuevo ardor misionero que nos demanda la hora presente y que en forma tan clara y repetida nos pide el Santo Padre.

viernes, 1 de mayo de 2015

El presbiterado en la misión de la Iglesia

El presbiterado en la misión de la Iglesia
Naturaleza del presbiterado y condición de los presbíteros en el mundo


Por: Decreto «Presbyterorum Ordinis» | Fuente: Concilio Vaticano II



Naturaleza del presbiterado

El Señor Jesús, "a quien el Padre santificó y envió al mundo" (Jn., 10, 36), hace partícipe a todo su Cuerpo místico de la unción del Espíritu con que El está ungido[2]: puesto que en El todos los fieles se constituyen en sacerdocio santo y real, ofrecen a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales, y anuncian el poder de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable[3]. No hay, pues, miembro alguno que no tenga su cometido en la misión de todo el Cuerpo, sino que cada uno debe glorificar a Jesús en su corazón[4] y dar testimonio de El con espíritu de profecía[5].

Mas el mismo Señor, para que los fieles se fundieran en un solo cuerpo, en que "no todos los miembros tienen la misma función" (Rom., 12, 4), entre ellos constituyó a algunos ministros que, ostentando la potestad sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado del Orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados[6], y desempeñar públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres. Así, pues, enviados los apóstoles, como El había sido enviado por el Padre[7], Cristo hizo partícipes de su consagración y de su misión, por medio de los mismos apóstoles, a los sucesores de éstos, los obispos[8], cuya función ministerial fue confiada a los presbíteros[9], en grado subordinado, con el fin de que, constituidos en el Orden del presbiterado, fueran cooperadores del Orden episcopal, para el puntual cumplimiento de la misión apostólica que Cristo les confió[10].

El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo. Por lo cual, el sacerdocio de los presbíteros supone, ciertamente, los sacramentos de la iniciación cristiana, pero se confiere por un sacramento peculiar por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma, que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza[11].

Por participar en su grado del ministerio de los apóstoles, Dios concede a los presbíteros la gracia de ser entre las gentes ministros de Jesucristo, desempeñando el sagrado ministerio del Evangelio, para que sea grata la oblación de los pueblos, santificada por el Espíritu Santo[12]. Pues por el mensaje apostólico del Evangelio se convoca y congrega el Pueblo de Dios, de forma que, santificados por el Espíritu Santo todos los que pertenecen a este Pueblo, se ofrecen a sí mismos "como hostia viva, santa; agradable a Dios" (Rom., 12, 1). Por el ministerio de los presbíteros se consuma el sacrificio espiritual de los fieles en unión del sacrificio de Cristo, Mediador único, que se ofrece por sus manos, en nombre de toda la Iglesia, incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que venga el mismo Señor[13]. A este sacrificio se ordena y en él culmina el ministerio de los presbíteros. Porque su servicio, que surge del mensaje evangélico, toma su naturaleza y eficacia del sacrificio de Cristo y pretende que "todo el pueblo redimido, es decir, la congregación y sociedad de los santos ofrezca a Dios un sacrificio universal por medio del Gran Sacerdote, que se ofreció a sí mismo por nosotros en la pasión, para que fuéramos el cuerpo de tan sublime cabeza"[14].

Por consiguiente, el fin que buscan los presbíteros con su ministerio y con su vida es el procurar la gloria de Dios Padre en Cristo. Esta gloria consiste en que los hombres reciben consciente, libremente y con gratitud la obra divina realizada en Cristo, y la manifiestan en toda su vida. En consecuencia, los presbíteros, ya se entreguen a la oración y a la adoración, ya prediquen la palabra, ya ofrezcan el sacrificio eucarístico, ya administren los demás sacramentos, ya se dediquen a otros ministerios para el bien de los hombres, contribuyen a un tiempo al incremento de la gloria de Dios y a la dirección de los hombres en la vida divina. Todo ello, procediendo de la Pascua de Cristo, se consumará en la venida gloriosa del mismo Señor, cuando El haya entregado el Reino a Dios Padre[15].


Condición de los presbíteros en el mundo

Los presbíteros, tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los mismos en las cosas que miran a Dios para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados[16], moran con los demás hombres como con hermanos. Así también el Señor Jesús, Hijo de Dios, hombre enviado a los hombres por el Padre, vivió entre nosotros y quiso asemejarse en todo a sus hermanos, fuera del pecado[17]. Ya le imitaron los santos apóstoles; y el bienaventurado Pablo, doctor de las gentes, "elegido para predicar el Evangelio de Dios" (Rom., 1, 1), atestigua que se hizo a sí mismo todo para todos, para salvarlos a todos[18]. Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y por su ordenación, son segregados en cierta manera en el seno del pueblo de Dios, no de forma que se separen de él, ni de hombre alguno, sino a fin de que se consagren totalmente a la obra para la que el Señor los llama[19]. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida distinta de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres, si permanecieran extraños a su vida y a su condición[20]. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se conformen a este mundo[21]; pero, al mismo tiempo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres, y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas, y busquen incluso atraer a las que no pertenecen todavía a este redil, para que también ellas oigan la voz de Cristo y se forme un solo rebaño y un solo Pastor[22]. Mucho ayudan para conseguir esto las virtudes que con razón se aprecian en el trato social, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza de alma y la constancia, la asidua preocupación de la justicia, la urbanidad y otras cualidades que recomienda el apóstol Pablo cuando escribe: "Pensad en cuanto hay de verdadero, de puro, de justo, de santo, de amable, de laudable, de virtuoso, de digno de alabanza" (Fil., 4, 8)[23].


Notas

[2] Cf. Mt., 3, 16; Lc., 4, 18; Act., 4, 27; 10, 38.
[3] Cf. 1 Pedr., 2, 5 y 9.
[4] Cf. 1 Pedr., 3, 15.
[5] Cf. Apoc., 19, 10; Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, n. 35: AAS 57 (1965), pp. 40-41.
[6] Conc. Trident. Sess. 23, cap. 1 y can. 1: Denz., 957, 7, 961 (1764 y 1771).
[7] Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, n. 18: AAS 57 91965), pp. 14-15.
[8] Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, n. 28: AAS 57 (1965), pp. 33-36.
[9] Cf. Ibídem.
[10] Cf. Pontif. Romanum, "De la ordenación del presbítero", prefacio. Estas palabras se encuentran ya en el Sacramentario Veronensi, ed. L. C. Mohlberg, Roma, 1957, p. 9; también en el Libro Sacramentorum Romanae Ecclesiae, ed. L. C. Mohlberg, Roma, 1960, p. 25; en el Missale Francorum, ed. L. C. Mohlberg, Roma, 1957, p. 9; en el Pontif. Romano Germánico, ed. Vogel-Elze, Citta del Vaticano, 1963, vol. I, p. 34.
[11] Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, n. 10: AAS 57 (1965), pp. 14-15.
[12] Cf. Rom., 15, 16 gr.
[13] Cf. 1 Cor., 11, 26.
[14] S. Augustinus, De civitate Dei, 10, 6: PL 41, 284.
[15] Cf. 1 Cor., 15, 24.
[16] Cf. Hebr., 5, 1.
[17] Cf. Hebr., 2, 17, 4, 15.
[18] Cf. 1 Cor., 9, 19-23 Vg.
[19] Cf. Act., 13, 2.
[20] Cf. Pablo VI, Encicl. Ecclesiam Suam, del 6 de agosto de 1964: AAS 56 (1964), pp. 627 y 638: "Este estudio de perfeccionamiento espiritual y moral se ve estimulado aun exteriormente por las condiciones en que la Iglesia desarrolla su vida. No puede permanecer inmóvil e indiferente ante los cambios del mundo que le rodea. Estos cambios influyen de mil maneras en ella, y le imponen su marcha y sus condiciones. Es evidente que la Iglesia no está separada del mundo, sino que vive en él. Por eso los miembros de la Iglesia reciben su influjo, respiran su cultura, aceptan sus leyes, adoptan sus costumbres. Este contacto inmanente de la Iglesia con la sociedad temporal le crea una continua situación problemática, hoy gravísima... He aquí cómo enseñaba S. Pablo a los cristianos de la primera generación: "No os juntéis bajo un mismo yugo con los infieles. ¿Qué consorcio hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunidad entre la luz y las tinieblas?..., ¿Qué participación tiene el fiel con el infiel?" (2 Cor., 6, 14-15). La pedagogía cristiana deberá recordar siempre al discípulo de nuestro tiempo esta su privilegiada condición y este consiguiente deber de vivir en el mundo, según el deseo mismo de Jesús que antes citamos con respecto a sus discípulos: "No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo" (Jn., 17, 15-16). La Iglesia hace suya esta oración.
Sin embargo, esta diferencia no es lo mismo que separación, ni manifiesta indiferencia, ni miedo, ni desprecio. Pues cuando la Iglesia se distingue de la humanidad está tan lejos de oponérsele que, incluso, está unida a ella.
[21] Cf. Rom., 12, 2.
[22] Cf. Jn., 10, 14-16.
[23] Cf. S. Policarpo, Epist. ad Philippenses, VI, 1 (ed. F. X. Funk, Patres Apostolici, I, p. 303): "Sean los presbíteros inclinados a la conmiseración, misericordiosos para con todos, conduzcan a buen camino a los que yerran, visiten a todos los enfermos, no desprecien a las viudas, a los pupilos, ni a los pobres; por el contrario, preocúpense siempre del bien delante de Dios y de los hombres, absténgase de la ira, de la acepción de personas; vivan lejos de toda avaricia, no crean fácilmente lo que se dice contra otros, no sean demasiado severos cuando juzgan, sabiendo que todos somos deudores del pecado".