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miércoles, 26 de abril de 2017

Un médico abortero escuchó en la basílica de Guadalupe una voz que le dijo: «¿Por qué me haces daño?» 26042017

Un médico abortero escuchó en la basílica de Guadalupe una voz que le dijo: «¿Por qué me haces daño?»

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De matar niños a salvarlos, este es el cambio de vida que se produjo en este médico gracias a la Virgen
Mientras, por primera vez desde los años 80, el imperio de los abortorios siente temblar sus cimientos sacudido por los escándalos y con la nueva Administración Trump, se va expandiendo una de las joyas de la corona de la respuesta cristiana a la maternidad. Ha crecido pacientemente, y no por las subvenciones ni por la publicidad, sino por la gracia y el sacrificio de algunas personas. Dotada de sala de parto, de habitaciones para la parturienta y su familia y de un hospital perinatal, esta clínica de la maternidad invierte la tendencia de la medicina moderna a patologizar el parto hospitalario (al tiempo que, paradójicamente, relega el aborto al ámbito privado) y a tratar el embarazo como un asunto que afecta solo a la mujer, dejándola sola ante uno de los acontecimientos más perturbadores de la vida.
Pero, ¿quién es ese hombre que ha creado la clínica Tepeyac Ob/Gyn de Virginia, que recientemente inauguró un amplio hospital perinatal (dotado de capilla) capaz de ofrecer “una gama completa de servicios de obstetricia y ginecología” y que cree “en una medicina misericordiosa, en la justicia de las Sagradas Escrituras y en las relaciones centradas en Cristo”? Su nombre es John Bruchalski, un médico que tras haber practicado abortos durante años, se convirtió y lo ha sacrificado todo para salvar a los niños del homicidio materno, ofreciendo a la Virgen toda su obra asistencial.
Católico de origen, cuando estudiaba Medicina en los años 80 Bruchalski comenzó a creer que “el aborto y la anticoncepción eran cosas buenas para la mujer”. Muchos otros católicos le explicaban que las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, la vida y la sexualidad cambiarían al unísono con la cultura: solo era cuestión de tiempo. Esa fue la trampa en la Bruchalski decidió caer.
La voz que escuchó en Guadalupe
Y así, con el fórceps en la mano empezó a descuartizar a los niños en el útero de la siguiente manera: “Lo giraba” y luego lo aspiraba con “la cánula, que mide unos 20 centímetros de largo. Esa es la pequeña distancia que te separa del niño cuando le quitas la vida. Y pasaba de la cánula, de mis dedos, de mis brazos, hasta mi corazón. Y mi corazón se hacía cada vez más duro”. De hecho, fueron pasando los años hasta la indiferencia más absoluta: la vida del médico proseguía como si nada pasase, como si el homicidio de cientos de inocentes no tuviese consecuencias ni para él ni para sus madres. Mucho menos para el mundo. Sin embargo, “no había ni felicidad ni alegría en mis clínicas”, confiesa. Además, la difusión de la anticoncepción, considerada como panacea, más que resolver el problema del aborto o de las enfermedades de transmisión sexual, lo aumentaba: “Cada vez más relaciones se rompían, había más infecciones”. Sin embargo Bruchalski se justificaba así, como sus colegas: “Esto pasa porque la anticoncepción no está aún lo bastante extendida ni es lo bastante segura”.
Su vida empezó a cambiar tras un viaje a Guadalupe
Pero no había previsto la oración incesante de su madre: “Me salvó”. Cierto día, visitando el santuario de la Virgen de Guadalupe, oyó de repente oyó una voz de mujer que le decía (al principio pensó que estaba soñando): “¿Por qué me haces daño?” Pensó que tal vez era la voz de María, pero sea como fuere, Bruchalski volvió luego a su vida de siempre.
Fue entonces cuando una mañana falló el aborto que estaba practicando y el pequeño nació vivo: “Pesaba poco más de medio kilo. Llegó el médico de Neonatología, que me miró directo a los ojos y me dijo: Déjalo… es mejor así”. El pequeño respiraba.
La Virgen y la joven provida
Pocos días después la madre de Bruchalski le dijo que la acompañase en peregrinación a Medjugorje (donde desde 1981 se aparece la Virgen a seis videntes). Allí, por una gracia, se despertó en él el amor que tenía a María y Jesús cuando era niño. “Fue la simplicidad de los mensajes de la Virgen lo que me llevó a la conversión”, explica el médico: “Y también una joven belga”. Se trata de una mujer convertida a la causa provida que le dijo que sabía que la Virgen María quería comunicarse con él: “Y comenzó a decirme cosas sobre mi vida que me cambiaron”.
Al volver a casa, el médico explicó a sus superiores que nunca más volvería a practicar abortos. Bruchalski quiso hacer algo más: arrancar de sí la mentira en la que había creído y comprender de dónde venía comenzando a estudiar el magisterio de San Juan Pablo II, especialmente la “teología del cuerpo”. De hecho, la gracia recibida durante la peregrinación no fue solo la de reconocer todos sus pecados, sino también la de “comprender que había un modo auténtico de ser médico… opuesto a aquel que sostenía Planned Parenthood. La Virgen me mostró mi papel”.
Ahora dirige un centro de ayuda a la maternidad
Y así, desde 1994 el médico comenzó a dirigir una centro de ayuda a la maternidad donde “estamos convencidos de que la salud depende de las relaciones de comunidad” y de que, “si amamos lo suficiente cuando practicamos la medicina, podemos crear ambientes en los que el aborto se haga impensable”. La clínica Tepeyac nunca ha tenido ánimo de lucro, porque “la Virgen dice que debemos ver a los pobres en nuestra vida cotidiana, dado que una cosa es ser un médico provida, y otra que en tu propia vida como médico llegues a ver a los pobres”. El centro ha ido creciendo en servicios y calidad. Sobre todo, dada su experiencia como abortero, Bruchalski está convencido de que, más que concentrase en soluciones como fomentar la adopción o mostrar a la madre imágenes del feto (puesto que la mujer en ese momento percibe a su hijo como un enemigo), hay que ofrecer un sentido y una esperanza, que es Cristo.
Ahora este médico da la vuelta al mundo hablando a otros profesionales y jóvenes, porque “tenemos necesidad de inspirar a los médicos a profesar su fe y a convertirse en los hombres y mujeres que Dios les ha llamado a ser”. Su experiencia de conversión demuestra que “nadie está fuera del alcance de la misericordia de Dios, nadie, nadie… La misericordia de Dios es lo que verdaderamente penetró en mi corazón”. Por eso  Bruchalski anima a la oración incluso fuera de los abortorios: “Debemos ayudarnos unos a otros, rezar unos por otros, sacrificarnos unos por otros”, seguros de que “la conversión llega, aunque no sea según nuestros tiempos”.
Artículo traducido de la Nuova Bussola Quotidiana por Carmelo López-Arias

lunes, 28 de noviembre de 2016

Habla un doctor abortista: «¿Sereno?, no, da náuseas, pero alguien tiene que hacer el trabajo sucio»


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Las dudas del doctor Segato: se alegra de un aborto que le salió mal

Habla un doctor abortista: «¿Sereno?, no, da náuseas, pero alguien tiene que hacer el trabajo sucio»

Habla un doctor abortista: «¿Sereno?, no, da náuseas, pero alguien tiene que hacer el trabajo sucio»
Massimo Segato ha realizado miles de abortos, pero con los años le cuesta más, se hace preguntas... y se aferra a la ideología

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24 noviembre 2016
TAGS ABORTO
Massimo Segato es un médico abortista, socialista, ateo… Pero últimamente ya casi no hace abortos, intenta evitarlos. Tiene miles de ellos a sus espaldas. “Salía de la sala de operaciones y tenía un sentimiento de náuseas…”

¿Por qué ha hecho tantos abortos con dudas? Por militancia ideológica. “Alguien tenía que hacer el trabajo sucio y yo era uno de esos y todavía lo soy. Es como, para un soldado, ir a la guerra”.

Y sobre las mujeres, es claro: “No estoy sereno. Como no lo están las madres que durante tantos años han pasado por mi consulta. Jamás he visto una contenta con su aborto. Más bien, muchas son devoradas para siempre por el sentimiento de culpa”. Lo cuenta con franqueza sorprendente en Il Corriere a Andrea Pasqualetto.

***

Confesiones de un médico abortista: “Un trabajo sucio, como la guerra”

Aquel día sintió que se le helaba la sangre. La intervención no había salido bien y un mes después la señora todavía llevaba en su seno al niño que no quería.

“Había aspirado algo que no era el embrión, me había equivocado”, reconoce hoy con honestidad Massimo Segato, de 62 años, subdirector de Ginecología en el hospital de Valdagno, en el Alto Vicentino, médico no objetor con miles de interrupciones del embarazo a sus espaldas.

“Una mañana volví a encontrarme con esa señora, que acababa de dar a luz. Me detuvo y me dijo: ‘Doctor, ¿se acuerda de mí? ¿Ve esto? Esto es su error’”. Así que el niño no deseado había nacido. “Un precioso morito, ya tenía pelo y tomaba el pecho, tranquilo. Ella sonreía. Fue entonces cuando tuve mi primera crisis de conciencia”.

Hoy aquel recién nacido tiene treinta años, un trabajo y dos hermanos mayores. Y no sabe que vino al mundo por un error médico. “El error más hermoso de mi vida”, dice Segato.

Es la historia de un médico abortista y de un niño que no debía nacer. En aquella época Segato hacía trescientas intervenciones al año. Era el Veneto de la Ballena Blanca [apodo de la Democracia Cristiana], de una realidad social profundamente católica.



“Las religiosas del hospital se hacían cruces cuando me veían, el capellán decía que a mi lado Herodes era un aficionado, aunque luego comíamos juntos y nos habíamos hecho amigos. Yo, sin embargo, seguía convencido de mi decisión. La consideraba honrada y llena de sentido cívico, respetuosa de la vida de las madres destinadas a abortar clandestinamente. Querría recordar que antes de la ley de 1978 se usaban las agujas de tricotar y las tenazas y los ginecólogos se movían en un Ferrari porque se hacían pagar bien su trabajo sucio”.

Un poco radical, un poco socialista, ateo respetuoso y envidioso de quien tiene fe, Segato siempre ha ido muy contracorriente.

Casi todos los ginecólogos objetan
La gran mayoría de los médicos eran y son objetores, y en Valdagno son todavía 6 de 8, y 7 de 9 en la vecina Arzignano, donde él era responsable del servicio de abortos.

“No tengo nada contra ellos. Pero entre ellos también hay algún hipócrita: conozco uno, por ejemplo, que hacía abortos clandestinos. Por no hablar de los políticos. Recuerdo un caso en el 82: me llama el director, me dice, Massimo, éste es un caso delicado. Se trataba de un importante político casado, declaradamente contrario al aborto, que había llevado a su amante. El director  me dijo que pusiese a la chica en una habitación aparte para que nadie lo supiese”.

Después del error, sin embargo, algo cambió en su cabeza. Segato volvió a ver a aquella madre. “El niño crecía inteligente y vivaz. Un día la señora llegó incluso a agradecerme mi error. Es decir, se lo agradeció al Cielo. Cuando nació, sin embargo, quería denunciarme”.

Crecen las dudas
Segato continuó siendo abortista, pero afloraron dudas y redujo el número de intervenciones.

“Y cada vez que salía de la sala de operaciones tenía un sentimiento de náuseas. Comenzaba a preguntarme si estaba realmente haciendo lo correcto. ¿Cuántos niños podían ser como aquel pequeño? Pero me respondía que sí, que estaba bien lo que hacía.Lo hacía por esas mujeres”.

Sin embargo, el convencimiento ideológico vacilaba.

“Continuaba solo por compromiso cívico, por coherencia. Alguien tenía que hacer el trabajo sucio y yo era uno de esos y todavía lo soy. Es como, para un soldado, ir a la guerra. Si el Estado decide que hay que ir a la guerra, alguien tiene que ir”.

Hoy, tras treinta y cinco años de servicio, Segato ya casi no opera. Hace intervenciones ginecológicas, partos, ecografías. Pero no abortos.

 “Si puedo, lo evito y me siento contento. Sí, sé que yo también debería hacerme objetor, pero no lo hago por no desdecirme respecto a la decisión inicial. La verdad es que cuantos más años pasan más a disgusto me encuentro y sólo intervengo para emergencias. Pero si sucede, no estoy sereno. Como no lo están las madres que durante tantos años han pasado por mi consulta. Jamás he visto una contenta con su aborto. Más bien, muchas son devoradas para siempre por el sentimiento de culpa”.



“Cuando vuelvo a verlas me dicen: ‘Doctor, todavía tengo aquella cicatriz, me la llevaré a la tumba’. Luego lo piensas y le das vueltas y te dices que para muchas de ellas habría sido peor no hacerlo, y sigues adelante, autoabsolviéndote”.

Aquella mujer y aquel niño
Desde lo más profundo surgen preguntas existenciales: “¿La mujer o el embrión? ¿En qué momento comienza la vida? Nadie lo puede decir, ni siquiera la ciencia… tal vez la filosofía”.

La madre que no quería a su hijo se fue de Valdagno. “Tenía miedo de encontrarse conmigo, no quería que su hijo lo supiese”. Segato no les ha vuelto a ver ni les ha buscado.

Pero están muy presentes en sus pensamiento y alguna vez, cuando le llaman para una emergencia, ellos le hablan en la distancia.

(Publicado en Corriere.it, traducción del italiano por Carmelo López-Arias)