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domingo, 13 de octubre de 2019

Cardenal Newman: “De rodillas y ante la mirada de Dios” 13102019

Retrato De John Henry Newman © Oratorio De Birmingham

Cardenal Newman: “De rodillas y ante la mirada de Dios”

Incansable perseguidor de la verdad
No tengo ninguna inclinación a ser un santo, es cosa triste reconocerlo. Los santos no son hombres de letras, no les encantan los clásicos, no escriben novelas. Puedo estar en el buen camino, pero no es ‘el camino elevado’. La gente debe darse cuenta de esto, la mayoría lo percibe. Pero los que están a distancia tienen ideas extrañas sobre mí. Me bastaría con lustrar los zapatos de los santos… si es que san Felipe usa betún, en el cielo.
Esta fue la respuesta que dio John Henry Newman a una mujer que solía escuchar los sermones que pronunciaba en el Oratorio de Londres en 1849 y que lo consideraba ya santo. Esta visión que tenía de sí mismo es la propia de quien buscando a Dios con inocente corazón, lo único que aprecia es su personal indigencia y el asombro permanente ante una inexplicable gracia que se derrama de forma incesante además de quedar sorprendido de que haya alguien que tenga un juicio tan elevado sobre su persona.
Aparte de esto, simplemente decir que un conocedor de la hagiografía habría refutado los comentarios que Newman hacía a esta piadosa señora, ofreciendo de inmediato una pequeña muestra de hombres y mujeres que entonces ya habían alcanzado la gloria de Bernini y que cultivaron el estudio y la buena lectura, siendo maestros de la escritura en la que incluyeron toda clase de géneros.
Pero se comprende lo que bullía en el fondo de su alma. Como incansable perseguidor de la verdad con mayúsculas lo que iba hallando de ella siempre aparecía envuelto en la insatisfacción. Y ese ‘camino elevado’, al que aludía, que ha pervivido dentro de los grandes místicos, teñía su horizonte vital cual llama inextinguible a la que se dirigió sin darse tregua. Cuando comenzó a escribir sus Escritos autobiográficos en 1859 advirtió que lo hacía de rodillas y ante la mirada de Dios, de modo que el itinerario que en ella describe muestra soledad, dudas, vacíos, oscuridad, vacilación… una alegría sostenida ante una resolución altamente costosa, en la que hubo coherencia, rigor, honestidad. Un hombre partido en dos en muchos sentidos porque la vida se bifurca cuando se trata de elegir en conciencia, como hizo él.
Guarda ciertas semejanzas con Edith Stein y no solo en su pasión por la búsqueda de la verdad. Ambos tenían ya cierta edad cuando dieron otro rumbo a su existencia sin que con ello sofocasen la historia que tenían detrás porque el presente se amasa sobre un pasado en cierto modo irrenunciable. La judía Edith dio el paso al catolicismo y Newman hizo lo propio desde el anglicanismo. Pero mantuvieron vivas las enseñanzas que habían recibido. En ese camino de discernimiento que desembocó en un nuevo compromiso, los dos sufrieron la incomprensión de sus familias, padecieron el dolor de tener que abandonar a los suyos, el llanto de la separación, las incomprensiones, las críticas… Eran personas de gran talla intelectual. Poseían esa sensibilidad que disculpa pero que no es ciega a realidades que lejos de la caridad hacen sufrir de forma especial. No fueron acogidos fácilmente en sus respectivas comunidades. Tuvieron que hacer ciertos esfuerzos para hacerse con hábitos que siendo usuales para otros a ellos les exigía íntimas renuncias… Son breves pinceladas de dos seres que no miraron atrás sopesando el costo que debían pagar. Edith dio su vida junto a su hermana por su pueblo judío en el campo de concentración.
Newman, aunque lo hubiese deseado, no pudo dejar de tener presente hasta el fin de donde provenía. Se lo recordaban de un lado y de otro: católicos y anglicanos. No tengo ningún amigo en Roma. He trabajado en Inglaterra, donde han tergiversado mis actitudes me han desacreditado y me han despreciado. He trabajo en Irlanda, siempre con la puerta cerrada delante de mí. En efecto, como una pelota de ping pong su nombre estaba siempre en boca de todos y no siempre para bien. Con su gran sentido del humor, en un momento dado hizo notar: Tened por cierto que hay tantas posibilidades de que vuelva al Anglicanismo como de que me convierta en el gigante irlandés o el rey de bastos. Ya llevaba décadas de lucha, de hallarse bajo sospecha, de verse traicionado, puesto constantemente a prueba, ridiculizado… Una persona de su valía, formado a conciencia, había sido capaz de renunciar a sus propias ideas y de no buscar notoriedad a nada de lo que hizo, que no fue poco.
De rodillas y ante Dios vivió y murió sin duda alguna, dejando tras de sí un reguero de virtud que supieron apreciar en la parroquia, en los oratorios de san Felipe Neri (comunidad filipense a la que se vinculó), que puso en marcha en su país natal, alumnos, amigos, vecinos… Sumamente atento y delicado con todos, fueron las gentes llanas, esas que desconocen las escuálidas razones, las que supieron agradecer su labor y tener una palabra amable dispuesta para él. Una gran mayoría, admirándole a distancia, no fueron capaces de acogerle como mereció y eso aconteció no solo en la Iglesia católica y en la anglicana, sino en otros estamentos en los que se movió. León XIII que reconocía la trayectoria humana y espiritual de Newman, en 1879 lo designó cardenal. Entonces muchos compatriotas, entre los que se encontraban personas que le dieron la espalda, vivieron con orgullo ese momento.
En 1859 había escrito: «Los ancianos son tan poco flexibles, tan enjutos, tan anémicos en sus almas como en sus cuerpos, excepto en la medida en que la gracia de Dios penetra en ellos y los ablanda. Cada vez admiro más a los santos ancianos… Oh Felipe, consígueme una pequeña porción de tu fervor. Vivo cada vez más en el pasado, y con la esperanza de que el pasado pueda revivir en el futuro. Dios mío, ¿cuándo aprenderé que estoy tan abandonado del mundo que, aunque quisiera hacer amistad con él, él no querrá tratos conmigo?». El 11 de agosto de 1890 tras entregar su alma a Dios hallaría en Él definitivamente el descanso y sosiego que persiguió a lo largo de su existencia. Por fin se encontraría con la Verdad cara a cara.

El cardenal Newman, un santo para nuestro tiempo 11102019

Retrato de John Henry Newman, de John Everett Millais
Retrato De John Henry Newman, De John Everett Millais

El cardenal Newman, un santo para nuestro tiempo

Será canonizado el 13 de octubre
El cardenal John Henry Newman será canonizado dentro de muy poco. Con este gesto la Iglesia reconoce la heroicidad de sus virtudes al tiempo que nos lo presentan como modelo a seguir, pero … ¿Cómo puede un cardenal que murió hace dos siglos ayudarnos en nuestra vida ordinaria?
Cuando una persona santa entra en nuestra vida deja de ser una figura histórica para pasar a ser alguien importante en nuestra historia personal. Melisa Villalobos de Chicago, Estados Unidos, había escuchado hablar del cardenal en un programa de la popular cadena católica EWTN y comenzó un trato personal con el cuándo su marido le trajo a casa unas estampitas.
Recibió la curación milagrosa de un sangrado en su quinto mes de embarazo al pedir la intercesión del entonces beato inglés, curación inexplicable que le ha valido al beato luz verde para su canonización y los pases para que Melissa asista en primera fila a la ceremonia de Roma junto con toda su familia.
Fue en la mañana del 15 de mayo de 2013 donde la ayuda del nuevo amigo de la familia se hizo patente: la joven mamá de cuatro pequeños, embarazada del quinto, le lanzó una petición desesperada “porfavor, Cardenal Newman, detén la hemorragia” desplomada en el baño en un charco de sangre. Los médicos le habían prescrito reposo absoluto ante un sangrado que amenazaba la vida de su bebé, una exigencia completamente imposible con tantos pequeños. Justo después de la petición desesperada, la hemorragia cesó y Melissa continuó con sus labores de madre de familia numerosa como si nada hubiese pasado dando a luz a un precioso bebé.
Desde luego los santos están muy activos y no quieren quedarse recogiendo polvo aburridos en sus peanas.
La figura y personalidad del Santo inglés no pasó desapercibido ni en su época ni en la nuestra Personalidades relevantes de Inglaterra también asistirán a la ceremonia de canonización, entre ellas El príncipe Carlos de Inglaterra [i] y una delegación de representantes de la Iglesia Anglicana.
John Henry Newman, hijo de un famoso banquero inglés había alcanzado gran prestigio en los círculos intelectuales de su tiempo. Era sacerdote de la Iglesia Anglicana de Inglaterra y capellán de la Iglesia de Santa María vinculada a la Universidad de Oxford. Una carrera brillante, un futuro prometedor ¿Por qué hacerse católico?
Sus ansias de verdad y su afán por restaurar en la Iglesia Anglicana ciertas tradiciones que se habían perdido, le llevaron a crear un movimiento, junto con otros clérigos anglicanos que pretendía regenerar la fe. Una postura revolucionaria que le llevó a reintroducir principios católicos como la devoción y la tradición. Ante su sorpresa, tuvo que rendirse ante la autoridad de sus propios argumentos admitiendo que en el origen de la Iglesia Anglicana estaba la católica. Comprendió que su Iglesia era cismática y que “su salvación dependía de que se uniera a la Iglesia de Roma”. Siguiendo su conciencia fue recibido oficialmente en la Iglesia Católica el 9 de octubre de 1845.  Fecha en la que la Iglesia celebra su santidad (onomástica).
En su memoria autobiográfica explica que desde su conversión su paz y su alegría habían sido perfectas, “como si hubiera llegado a puerto después de una travesía agitada”.
No deja de ser un acto heroico ya que había dejado un puesto de gran autoridad para unirse a una minoría, en Inglaterra, que además se miraba con malos ojos. Perdió muchas amistades, a pesar de que algunos de sus mejores amigos le pidieran perdón 17 años después, por ejemplo, John Keble quien participó con él en el Movimiento de Oxford y que le escribió una carta muy emotiva: “Que gran carga tuviste que llevar a causa de tu conciencia” le dijo a lo que Newman le contestó “en ningún momento dudé de tu afecto y amistad”.
La comunidad católica que le acogió tampoco supo muy bien qué hacer con él, por un lado estaban sorprendidos de tener a alguien tan prestigioso entre sus filas, otros no acababan de creerlo  mostrando un cierto grado de sospecha. Las autoridades católicas le invitaron a liderar varios proyectos pero luego fallaban a la hora de proporcionarle las herramientas, como cuando se le pidió fundar la universidad católica de Dublin, Irlanda; o supervisar una traducción de la Biblia o dirigir un periódico católico. Llegó un punto tan difícil que escribió: “como protestante veía mi religión como deprimente, pero no mi vida; ahora como católico mi vida es deprimente, pero no mi religión. Desde que me hice católico me da la sensación de que sólo he tenido fracasos”.
Al viajar a Roma en 1846 para estudiar y ser sacerdote, se inspiró en el oratorio de San Felipe Neri que intentaba mejorar la catequesis de esta ciudad y decide fundar oratorios en Inglaterra. Quería cuidar el aspecto cultural y doctrinal a la par que se desarrollaba una gran actividad pastoral.
El London Oratory es una de sus fundaciones que se encuentra en el corazón de la capital de Inglaterra, un remanso de paz cerca de Harrods y los grandes museos, que siempre ha sido un foco de catolicidad.
John Henry Newman tuvo claro que Dios le llamaba para algo concreto: “Tengo mi misión, soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio”.
Al final de su vida, en 1879 el Papa lo nombró de manera inesperada cardenal, así que sus últimos años fueron más tranquilos.  Murió en paz el 11 de agosto de 1890. En su epitafio se lee “Ex umbris et imaginibus in veritatem”.
Ángela Mengis
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Santa Mariam Thresia Mankidiyan recibió los estigmas de la Pasión 13102019

Madre Maria Teresa Chiramel Mankidiyan ©Vatican Media

Santa Mariam Thresia Mankidiyan recibió los estigmas de la Pasión

Atrozmente acosada por el maligno
Considerada precursora de la Madre Teresa de Calcuta, Thresia nació el 26 de abril de 1876 en Puthenchira, Kerala, India. Le impusieron ese nombre al bautizarla, y después añadió el de Mariam porque fue la respuesta de la Virgen cuando le preguntó cómo debía llamarse.
Era la tercera de cinco hijos de una humilde familia. Podrían haber tenido buenos recursos, pero el abuelo tuvo que hacer frente a cuantiosas dotes para desposar a sus hijos y quedaron en la ruina. Creció con el anhelo de amar a Dios; era tan poderoso que le inducía a abandonar los juegos infantiles para ensimismarse en su presencia. Guiada por su anhelo de imitar a Cristo Redentor, no ahorraba sacrificios.
La intensidad de sus oraciones, ayunos y vigilias nocturnas preocuparon a su madre porque afectaban a su salud; vigilaba su alimentación para que fuera la debida, pero ella se las ingeniaba para dar su comida a otros. Tenía gran devoción por María, solía rezar el rosario varias veces al día y escuchaba misa también diariamente junto a su madre. Tres de sus amigas de la infancia serían las primeras integrantes de su fundación.
A los 12 años perdió a su madre, una mujer de fe y gran corazón que influyó mucho en ella, y eso supuso el fin de su formación académica. Pero su objetivo era llevar una vida de oración y penitencia. Por ello, en 1891 abandonó su casa eligiendo la vida eremítica. Fracasó en su propósito y se insertó en la parroquia. Junto a tres compañeras abrió una fecunda vía caritativa a favor de los pobres y marginados de Kerala. A la par ofrecía sus oraciones y penitencias por la conversión de los pecadores. Engrosó el cáliz de su sacrificio con los despiadados ataques del maligno –a veces fueron legiones de demonios– en un intento de apoderarse de su voluntad con multitud de formas distintas. Quisieron mancillar su pureza, inducirla a desesperación, a renunciar a la penitencia, fue golpeada y herida… No se puede entrar aquí en detalles, pero le asaltaban sin darle tregua a lo largo del día y de la noche, fuera cual fuese su quehacer.
Recibía la gracia para soportar tantos tormentos con mansedumbre y humildad. También acogía con espíritu victimal lo que sobrevenía de lo alto. Porque ella, como el Padre Pío, recibió los estigmas de la Pasión que mantenía celosamente escondidos debajo de la ropa. Sin embargo, hubo otras manifestaciones que no pudo ocultar. De sus levitaciones fueron testigos numerosas personas. En sus frecuentes éxtasis veía a la Sagrada Familia y a otros santos, como Teresa de Jesús.
Dio cuenta de las torturas que padecía a su confesor, el siervo de Dios padre Joseph Vithayathil cuyas indicaciones siguió a rajatabla. Este sacerdote, nacido en 1865 en Ernakulam, Kerala, había recibido la ordenación sacerdotal en 1894, y tras pasar por varias parroquias de la diócesis de Trichur se convirtió en su director espiritual. La acompañó y orientó apostólicamente. En una de sus cartas Thresia le dijo: «Dios dará la vida eterna a los que convierten a los pecadores y los llevan al camino recto».
En un momento dado, el padre Vithayathil informó al obispo de los fenómenos que le sobrevinieron a la beata, hechos que fueron particularmente intensos entre 1902 y 1905, pero que se dilataron hasta 1913. En un primer momento el prelado dudó de la autenticidad de lo que ella exponía, y fue sometida a numerosos exorcismos. En 1903, en medio de este dolorosísimo proceso, confió al vicario apostólico de Trichur su proyecto de crear una casa de retiro y oración. Le sugirieron que ingresase en el convento de las clarisas franciscanas, y después la remitieron a las carmelitas de Ollur. Thresia obedeció, pero se dio cuenta de que ninguno de estos carismas colmaba su inquietud espiritual, que tenía otra vocación. Ésta se orientaba a los moribundos, a quienes ya venía consolando; suplicaba para ellos fortaleza, y buscaba el modo de que murieran en paz.
Cuando el obispo constató que Dios quería suscitar por medio de ella una nueva fundación, le autorizó a ponerla en marcha. En su decisión pesaron los diez años transcurridos desde que comenzó a mantenerla en observación. En todos ellos constató la autenticidad de su vivencia, su visible respuesta llena de paciencia, humildad y obediencia.
El 14 de mayo de 1914 fue erigida canónicamente la Congregación de la Sagrada Familia. El padre Vithayathil fue cofundador de esta Orden religiosa. Thresia murió el 8 de junio de 1926 como resultado de una caída que le produjo una herida en una pierna, lesión que no se pudo controlar y se agravó por su diabetes. Juan Pablo II la beatificó el 9 de abril de 2000. Canonizada por Francisco el 13 de octubre de 2019.

Santa Dulce Lopes Pontes, servidora de pobres y enfermos 13102019


Santa Dulce Lopes Pontes © Parroquia De Santa María De Majadahonda

Santa Dulce Lopes Pontes, servidora de pobres y enfermos

Fundó las Hijas de María Siervas de los Pobres

María Rita de Souza Brito Lopes Pontes nació en Salvador de Bahía, Brasil, el 26 de mayo de 1914. Era la segunda de cinco hermanos. Su progenitor, Augusto, era dentista y profesor de la facultad de Odontología.
Su madre, Dulce María, murió a los 26 años después de dar a luz a la benjamina. Entonces la futura beata tenía 6. Su padre iba a estar a su lado siempre, animándola y ayudándola en sus iniciativas apostólicas hasta el fin de sus días. Él mismo fue impulsor de importantes obras de acción social. De tres de los hijos habidos en el matrimonio: Augusto, Dulce y María Rita, se hicieron cargo sus tías.
Los tres hermanos tomaron la primera comunión en 1922. Cinco años más tarde, en plena adolescencia, Dulce sintió cómo se despertaba su interés por la vida religiosa. Se adentró en lugares deprimidos de la ciudad junto a una de sus tías y, a partir de entonces, la marginalidad y pobreza que vio a su alrededor le conmovieron poderosamente; tanto que ya no pudo apartarlas de su mente.
Introdujo en sus acciones cotidianas la ayuda a quienes sufrían múltiples carencias, dándole prioridad. Y para ello convirtió el sótano de su casa en un lugar asistencial, que fue sumamente apreciado por los que no tenían recursos para afrontar sus difíciles jornadas. Hacía todo lo que podía para paliar tan graves deficiencias. Les proporcionaba alimentos, ropa, medicinas…
En 1932, después de haber cursado estudios en la Escuela Normal de Bahía, profesó como terciaria franciscana. Se vinculó a este carisma conducida por su director espiritual, el padre Hildebrando Kruthaup, ofm.Tomó el nombre de Lucía. Pero al año siguiene ingresó en el Instituto de lasHermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios. De esta Orden le habían hablado en el convento de Nuestra Señora del Destierro en 1929. 
Y al realizar los votos en agosto de 1934, eligió el nombre de Dulce en honor a su madre. Modelo para su vida fue Teresa de Lisieux. Estaba convencida de que debía imitar su conducta: «Creo que soy como el pequeño amor de mi pequeño corazón, que por más amor que tenga es poco para un Dios tan grande […]. A ejemplo de santa Teresita, creo que deben ser agradables al Niño Jesús todos los actos pequeños de amor por menores que sean».
Durante tres meses del año 1934 realizó una intensa actividad apostólica. Fue destinada a Salvador, y en el Hospital Español desempeñó diversos oficios, desde enfermera a portera, y también sacristana. Hizo un curso que la capacitó para la farmacia. Además, impartió clases en el colegio de Santa Bernadete, y trabajó con los obreros de Itapagipe. Con la firme convicción de que «el amor supera todos los obstáculos, todos los sacrificios», no halló barreras para un apostolado admirable, fecundo y eficaz. Luchó en todo momento sin desfallecer por el bien de los desfavorecidos.
Si se pudiera hablar en términos de curriculum, el suyo es impresionante: la fundación de las Hijas de María Siervas de los Pobres,colegios, bibliotecas, uniones obreras católicas, albergues, el colegio San Antonio para hijos de los trabajadores residentes en el barrio de Massaranduba, en Salvador, en el que también se dio formación a los adultos, etc., además de una extraordinaria red hospitalaria, y todo ello hallándose con su capacidad respiratoria al 30% durante los 30 últimos años de su vida. Era, sin duda, la gracia de Dios que la fortalecía y dilataba sus posibilidades de forma constante, sosteniéndola por encima de las penalidades y problemas que se le presentaron.
El origen del St. Anthony’s Hospital, que inauguró con 150 camas en 1959, fue el fruto de su tesón, ya que tras poner en marcha el sindicato de trabajadores de San Francisco, en Bahía, se dedicó a recoger a personas enfermas y a darles cobijo en una isla de Salvador de Bahía, en casas que nadie habitaba. Cuando la obligaron a desalojarlas, echó mano de sus arrestos, que le sobraban, y las trasladó a un antiguo mercado de pescado, hasta que los expulsaron de allí. Sin perder jamás la confianza en Dios, condujo al gallinero de su convento a 70 personas enfermas.
Después de su apertura, este hospital llegó a contabilizar 3.000 pacientes diarios. Sus numerosas fundaciones se hallan aglutinadas bajo el nombre de Obras Sociales «Hermana Dulce». En 1979 el cardenal arzobispo de Salvador, Brandão Vilela, le pidió que abriese fundación en Alagados.
El reconocimiento por su asombrosa labor propició que en 1988 fuese presentada como candidata al Premio Nobel de la Paz. Tuvo el consuelo de encontrarse con Juan Pablo II en dos ocasiones. La primera en julio de 1980, y la segunda en octubre de 1991, cuando se hallaba en el hospital donde permaneció 16 meses. El pontífice, que tan bien conocía el dolor en carne propia, hizo notar: «Este es el sufrimiento de los inocentes. Igual al de Jesús». 
Dulce fue una religiosa fidelísima a su regla en momentos en los que en su congregación había quienes propugnaban que aquélla se mitigara. Una mujer de oración, sacrificada y penitente, que difundió entre los pobres, los operarios y los enfermos su amor al Sagrado Corazón de Jesús y a la Inmaculada.
Murió en el convento de San Antonio el 13 de marzo de 1992. El sepelio, realizado en medio de la consternación de la gente que la consideraba Madre de los pobres y ángel bueno de Brasil, fue una explosión de gratitud. Conducida en un coche de bomberos, fue escoltada por los cadetes de la policía militar y seguida por una imponente procesión de 6 km.
Así homenajeaban a la que ya había entrado de forma triunfante en la gloria. Su cuerpo permanece incorrupto. Fue beatificada en Salvador de Bahía por el cardenal Geraldo Majella Agnelo, en representación de Benedicto XVI, el 22 de mayo de 2011. Canonizada el 13 de octubre de 2019 por el Papa Francisco.

Santa Margarita Bays: Laica, catequista y apóstol de la oración 13102019



Santa Margarita Bays © Vatican News

Santa Margarita Bays: Laica, catequista y apóstol de la oración

De la Tercera Orden Seglar de san Francisco

Margarita Bays, laica de la Tercera Orden Seglar de san Francisco, catequista y apóstol de la oración, estigmatizada, pasó su vida en un ambiente familiar humilde y sencillo, dedicada a tareas del hogar y a la costura, a la vez que cuidaba la formación de la niñez y juventud y atendía a pobres y enfermos.
El 29 de octubre de 1995, Juan Pablo II la beatificó junto a otras dos hijas espirituales de san Francisco: María Bernarda Bütler (cf. 19 de mayo), y María Teresa Sherer (cf. 16 de junio).
Margarita Bays nació en La Pierraz, parroquia de Siviriez (Friburgo de Suiza), el 8 de septiembre de 1815. Sus padres eran agricultores y buenos cristianos. A los 15 años aprendió el oficio de modista, que ejerció a domicilio y en las familias vecinas. Desde muy joven recibió como don del Espíritu Santo un gran amor a la oración: dejaba a menudo los juegos y los amigos para retirarse a su habitación a orar. Pasó su vida en la familia, dedicada a las tareas domésticas y a la costura, creando una atmósfera de buen humor y de paz entre sus tres hermanos y sus tres hermanas. Cuando se casó su hermano mayor, sufrió la hostilidad de su cuñada, que le reñía por el tiempo que pasaba en oración.
En la parroquia fue modelo de laica, llena de celo; dedicó su tiempo libre a un apostolado activo entre los niños, a los que enseñaba el catecismo de acuerdo con su edad, formándolos en la vida moral y religiosa personal. Preparaba con gran solicitud a las muchachas para su futura misión de esposas y madres; visitaba infatigablemente a los enfermos y moribundos. Los pobres hallaban en ella a una amiga fiel, llena de bondad. Introdujo en la parroquia las Obras misionales y contribuyó a difundir la prensa católica. Se hizo incansable apóstol de la oración, consciente de su importancia vital para todo cristiano. Amaba profundamente a Jesús eucaristía y a la Virgen. Vivía continuamente en la presencia de Dios.
A los 35 años le sobrevino un cáncer en el intestino, que los médicos no lograron detener. Margarita pidió a la Virgen le cambiase estos dolores por otros que le permitieran participar más directamente en la pasión de Cristo. El 8 de diciembre de 1854, en el momento en que el Papa Pío IX proclamaba en Roma el dogma de la Inmaculada Concepción, le sobrevino una enfermedad misteriosa que la inmovilizaba en éxtasis todos los viernes, mientras revivía en el espíritu y en el cuerpo los sufrimientos de Jesús, desde Getsemaní hasta el Calvario. Recibió al mismo tiempo los estigmas de la crucifixión, que disimulaba celosamente a los ojos de los curiosos.
En los últimos años de su vida el dolor se hizo más intenso, pero lo soportó sin un lamento, abandonándose totalmente a la voluntad del Señor. Murió, según su deseo, en la fiesta del Sagrado Corazón, el viernes 27 de junio de 1879, a las tres de la tarde.
© L’Osservatore Romano

Santa Giuseppina Vannini: Una dedicación continua y silenciosa a los enfermos 13102019



Santa Giuseppina Vannini © Vatican News

Giuseppina Vannini: Una dedicación continua y silenciosa a los enfermos

Fundadora de las Hijas de San Camilo

Nació en Roma; y se llamaba Judith Adelaida Vannini, y pronto quedó huerfana de padre y madre. Judit ingresó en el orfanato de las Hijas de la Caridad. Obtuvo el título de maestra de asilo y el trato que tuvo, siendo todavía joven, con las Hijas de la Caridad, la inclinó hacia la vida religiosa, e inició el noviciado en el convento de Siena de las Hijas de la Caridad en 1884, pero no pudo continuarlo por falta de salud. Probó nuevamente pero tuvo que salir en 1888 por no conseguir adaptarse a sus exigencias.
Pero su vocación se concretó en el encuentro que tuvo con el beato padre Luis Tezza en Roma en 1891 con quien se entrevista por primera vez, para pedirle consejo espiritual acerca de su vocación. Hacía poco que el padre Tezza había recibido el encargo de refundar las terciarias camilianas, y lo propone a Judit. Ella le responde que, aunque no se siente capaz, confía en Dios.
En el carácter de Judit era el indicado para una fundadora: mujer de oración y sacrificio, segura de sí misma y de su vocación. Solicitadas las pertinentes autorizaciones del superior de los Camilianos, Judit, con dos compañeras, formaron el núcleo de la nueva fundación de la Congregación de Hijas de San Camilo, para servir a los enfermos. El 2 de febrero de 1892, celebración de la conversión de san Camilo, en la sala-santuario donde murió el santo, nació la nueva familia camiliana con la imposición del escapulario, y ya en marzo Judit, que tomó el nombre de Giuseppina, recibió el hábito religioso y fue nombrada superiora. Cofundadora de la Congregación  de las Hijas de San Camilo dedicadas a la atención de los enfermos (1892).
Las Reglas son redactadas por el padre Luis Tezza, y la finalidad es la “asistencia a los enfermos, incluso en sus domicilios”. El instituto, en medio de una gran pobreza, crece inmediatamente, a fin de ese mismo año son ya 14 las religiosas, el año siguiente fundan fuera de Roma, en Cremona, y continúa el crecimiento. Sin embargo el primer gran escollo viene de parte del papa León XIII, que había decidido no aceptar más fundaciones en Roma, y niega dos veces la autorización al P. Tezza. La congregación parece que queda obligada a dejar Roma; sin embargo, convertida en Pía Asociación, pueden permanecer.
Una nueva prueba vendrá de la mano de calumnias que se alzan hacia la relación entre el P. Tezza y las religiosas, especialmente con la beata Josefina. Sin ninguna investigación, el cardenal protector de la Pía Asociación quita al P. Tezza el permiso de confesar a las hermanas, y le prohibe todo contacto con ellas.
Con gran fortaleza espiritual, la fundadora prosigue adelante con la obra, e incluso crece en esos años ampliándose por toda Italia y Argentina. El 21 de junio 1909, después de tantas resistencias, obtiene por fin el Decreto de erección del Instituto en Congregación Religiosa bajo el nombre de “Hijas de San Camilo”. La vida de Josefina no está marcada por ningún hecho extraordinario. Fue, más bien, una dedicación continua, silenciosa y personal a la congregación. Murió en Roma y fue beatificada, también en Roma, el 19 de octubre de 1994 por san Juan Pablo II.

lunes, 15 de octubre de 2018

Madre María Katharina Kasper: “En ella brilla la virtud de la esperanza” 14102018


Katharina Kasper © Pfarrei St. Bonifatius Wirges

Madre María Katharina Kasper: “En ella brilla la virtud de la esperanza”

Se desplazaba “a pie”

(ZENIT – 14 octubre 2018).- “En ella brilla la virtud de la esperanza”, dice el cardenal Becciu sobre la Beata Madre María Katharian Kasper, religiosa alemana, que será canonizada este domingo 14 de octubre de 2018, en la Plaza San Pedro.
El cardenal Giovanni Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, presentó la figura de Pablo VI en la rueda de prensa organizada por la Santa Sede en el Vaticano el jueves 10 de octubre de 2018, a las 17 horas, en vista de la canonización los beatos Pablo VI y Oscar Arnulfo Romero y Galdamez que se celebrarán este domingo 14 de octubre.
Subrayó que la reforma de Pablo VI fue “una” reforma interior “de la Iglesia, orientada hacia la santidad”.
El cardenal Becciu también presentó a otros 5 futuros santos y el cardenal Gregorio Rosa Chávez  presentó al arzobispo Oscar Arnulfo Romero anunciando que el papa Francisco estaba planeando una peregrinación a su tumba el próximo enero en El Salvador, con motivo de su viaje Panamá para la JMJ.
Fué necesario el reconocimiento de un milagro para la canonización de la Madre Kasper (1820-1898).
AB
Intervención del cardenal Becciu
Madre Maria Katharina Kasper,  Nació el 26 de mayo de 1820 en Dernbach, un pequeño pueblo en Alemania. Fuerte y extrovertida, pasó su adolescencia trabajando en los campos e incluso picando piedras para la construcción de carreteras. En ella brilla la virtud de la esperanza, que la empujó a “mirar hacia adelante”, venciendo la tentación de la mediocridad y emprendiendo el camino de la perfección evangélica. En su contexto, indudablemente necesitado, tomó la iniciativa de fundar un Instituto de monjas al servicio de las clases sociales más humildes: así, en 1845, nació el primer núcleo de las “Siervas Pobres de Jesucristo”, dedicadas a  la acogida y promoción de los pobres. Visitaba constantemente las casas, cada vez más numerosas, para conocer en persona los problemas y dificultades  y llegaba por sorpresa, para que no le rindieran honores, viajando a pie y, a menudo, en condiciones precarias. La madre María Katharina, murió de infarto el 2 de febrero de 1898. El Sumo Pontífice Pablo VI la incluyó entre los beatos en 1978.
Traducción de Raquel Anillo

Santa Nazaria Ignacia March Mesa, canonizada por Francisco 14102018


Santa Nazaria Ignacia Marc Mesa © Parroquia San Martín de Porres


Santa Nazaria Ignacia Marc Mesa © Parroquia San Martín De Porres

Santa Nazaria Ignacia March Mesa, canonizada por Francisco

Fundadora de las Misioneras Cruzadas

(ZENIT – 14 oct. 2018).- El Papa Francisco ha hecho santa a la española Nazaria Ignacia March Mesa (1889-1943). Fundadora de la Congregación de las Misioneras Cruzadas, luchadora incasable por los pobres, por la promoción de la mujer y por los ancianos.
Española de nacimiento, boliviana de misión
Nació en Madrid el 10 de enero de 1889; Pero, en 1905, su numerosa familia se trasladó a México. Y sin embargo, esta no era todavía la última meta de su camino. En efecto, si en México advirtió  los signos de la vocación a la vida religiosa y entró al Instituto de las Hermanas de los Ancianos Abandonados, su campo de acción más importante será Bolivia, donde fue enviada en 1912. Aquí entró en contacto con una realidad de extrema pobreza y auténtica degradación.
Nazaria Ignacia puso sus dones naturales y los talentos de la gracia al servicio de la promoción humana de ese ambiente y, en 1926, dio vida a la Congregación de las Hermanas Misioneras Cruzadas de la Iglesia, para el servicio de los pobres y la promoción de la mujer, para el anuncio de la Palabra de Dios y la formación religiosa de niños y adultos, también a través de las misiones, los ejercicios espirituales y la prensa.
Primer sindicato femenino
En 1934 funda el primer sindicato femenino con el nombre de “Sociedad de Obreras Católicas”. Su lema “Fuertes en la fe de Cristo” y su objetivo “la solidaridad de la clase obrera femenina, basada en la sociología cristiana” (Estatutos).
Su vida corrió grave peligro tanto en Bolivia como en España durante la guerra civil (1936-1939): de hecho, durante un período de tiempo había regresado a su país de origen. En 1942 desde España se fue a Buenos Aires, pero su estado de salud, ya preocupante, empeoró de repente. Murió el 6 de julio de 1943. El Sumo Pontífice Juan Pablo II celebró su beatificación en 1992.
Bergoglio celebraba su fiesta en Buenos Aires
Cuenta la Secretaria General de las MisionerasJoaquina Lozano, Secretaria General de la Congregación de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, que el Papa Francisco cuando era Arzobispo de Buenos Aires, asistía cada 6 de julio a la casa de las Misioneras Cruzadas en la capital para celebrar con ellas la fiesta de Nazaria Ignacia.
El cuerpo de la santa –relata la hermana Joaquina– estuvo enterrado en la casa de Buenos Aires (casa) donde murió, pero luego llevaron el cuerpo a Oruro (Bolivia) donde ella fundó la Congregación.
La madre Fundadora durante su corta vida abrió las siguientes casas en: Oruro, Cochabamba, dos en La Paz, Buenos Aires, Potosí, Santa Cruz, en Uruguay dos casas y dos en España.

Francesco Spinelli: “La relación intrínseca que une el culto divino al ejercicio de la solidaridad” 14102018


Francesco Spinelli © Wikimedia Commons

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Francesco Spinelli: “La relación intrínseca que une el culto divino al ejercicio de la solidaridad”

Canonización del beato sacerdote italiano de Milán
(ZENIT – 14 octubre 2018).- “La relación intrínseca entre el culto divino y el ejercicio de solidaridad y amor fraternal ganado en coherencia y visibilidad”, explica el cardenal Becciu en la víspera de la canonización del beato sacerdote italiano de Milán, Francesco Spinelli (1853). -1913).
El cardenal Giovanni Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, presentó la figura de Pablo VI en la rueda de prensa organizada por la Santa Sede en el Vaticano el jueves 10 de octubre de 2018, a las 17 horas, en vista de la canonización de los beatos Pablo VI y Oscar Arnulfo Romero y Galdamez que se celebrarán este domingo 14 de octubre.
Subrayó que la reforma de Pablo VI fue “una” reforma interior “de la Iglesia, orientada hacia la santidad”.
El cardenal Becciu también presentó a otros 5 futuros santos y el cardenal Gregorio Rosa Chávez  presentó al arzobispo Oscar Arnulfo Romero anunciando que el papa Francisco estaba planeando una peregrinación a su tumba el próximo enero en El Salvador, con motivo de su viaje Panamá para la JMJ.
Fue necesario el reconocimiento de un milagro para la canonización del Beato Spinelli (1853). -1913).
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Intervención del cardenal Becciu
Sacerdote Francesco Spinelli. Nacido en Milán el 14 de abril de 1853, vivió el período, tan difícil pero a la vez creativo, de la construcción de la nueva sociedad italiana, nacida después de la Unidad. En este contexto eclesial y social, sintió la urgencia de la formación del mundo femenino. Por eso, se dedicó con ahínco a  favor de las niñas más indigentes e, intensificando su compromiso de servir a Cristo en los últimos de la sociedad, dio vida a escuelas, oratorios, asistencia a los enfermos, a los discapacitados, a los ancianos solos. En Roma tuvo la inspiración de dar vida a una comunidad de mujeres jóvenes que consagraron sus vidas al Señor presente en la Eucaristía: de esta manera, adquiría mayor consistencia y visibilidad la relación intrínseca que une el culto divino con el ejercicio de solidaridad del amor fraterno. En 1889, luego de una crisis económica a la que era completamente ajeno, se trasladó  a la diócesis de Cremona. Terminó serenamente su jornada terrenal el 6 de febrero de 1913. Fue beatificado por Juan Pablo II en 1992.

Vincenzo Romano y “la terrible erupción del Vesubio el 15 de junio de 1794” (14102018)


Vincenzo romano © Wikimedia Commons

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Vincenzo Romano y “la terrible erupción del Vesubio el 15 de junio de 1794”

Canonización del beato sacerdote italiano de Nápoles
(ZENIT – 14 octubre 2018).- La “terrible erupción del Vesubio el 15 de junio de 1794” fue seguida por un “renacimiento material, espiritual y moral”, en particular por instigación del Padre. Vincenzo Romano, explica el cardenal Becciu.
El cardenal Giovanni Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, presentó la figura de Pablo VI en la rueda de prensa organizada por la Santa Sede en el Vaticano el jueves 10 de octubre de 2018, a las 17 horas, en vista de la canonización los beatos Pablo VI y Oscar Arnulfo Romero y Galdamez que se celebrarán este domingo 14 de octubre.
Subrayó que la reforma de Pablo VI fue “una” reforma interior “de la Iglesia, orientada hacia la santidad”.
El cardenal Becciu también presentó a otros 5 futuros santos y el cardenal Gregorio Rosa Chávez  presentó al arzobispo Oscar Arnulfo Romero anunciando que el papa Francisco estaba planeando una peregrinación a su tumba el próximo enero en El Salvador, con motivo de su viaje Panamá para la JMJ.
El reconocimiento de un milagro  fue necesario para la canonización del Beato Romano (1751-1831).
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Intervención del cardenal Becciu
Presbítero Vincenzo Romano. Nacido en Torre del Greco, cerca de Nápoles, el 3 de junio de 1751, recibió la ordenación sacerdotal en 1775. Si, inmediatamente se volcó en su ministerio en un servicio constante a los últimos y al compromiso educativo de los niños y jóvenes, fue sobre todo la desastrosa erupción del Vesubio del 15 de junio de 1794 que lo vio protagonista del renacimiento material, espiritual y moral de su ciudad, de la cual se convirtió en párroco en 1799. En él se conjugaban la profundidad y el rigor en la búsqueda de la voluntad de Dios con una carga de caridad  entusiasta que lo acompañó hasta los últimos días de su vida. Murió el 20 de diciembre de 1831. El Sumo Pontífice Pablo VI lo declaró beato en 1963.

Un joven canonizado el mismo día que el Papa que lo beatificó: Nunzio Sulprizio 14102018

Beato Nunzio Sulprizio © Vidas Santas
Beato Nunzio Sulprizio © Vidas Santas

Un joven canonizado el mismo día que el Papa que lo beatificó: Nunzio Sulprizio

Presentado por el Cardenal Becciu
(ZENIT – 14 octubre 2018).- Nunzio es el “santo joven, valiente y humilde, que ha sabido encontrar a Jesús en el sufrimiento, en el silencio y en la ofrenda de sí mismo”, ha dicho el Papa en la homilía de la Eucaristía de Canonización, este domingo, 14 de octubre de 2018.
El cardenal Becciu presentó al joven italiano Nunzio Sulprizio, proclamado santo en el corazón del Sínodo de los Obispos para los jóvenes, el mismo día que Pablo VI, el Papa que lo beatificó: “El Sínodo de los Obispos que reflexiona estos días sobre los apremiantes problemas de la juventud, podrá descubrir en sí mismo las líneas de un camino perpetuamente actual”.
El Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos presentó la figura de Pablo VI en la rueda de prensa organizada por la Santa Sede en el Vaticano el jueves 10 de octubre de 2018, a las 17 horas, en vista de la canonización de los beatos Pablo VI y Oscar Arnulfo Romero y Galdamez que se celebrarán este domingo 14 de octubre.
Subrayó que la reforma de Pablo VI fue una “reforma interior” de la Iglesia, orientada “hacia la santidad”.
El cardenal Becciu también presentó a otros 5 futuros santos y el cardenal Gregorio Rosa Chávez  presentó al arzobispo Oscar Arnulfo Romero, anunciando que el papa Francisco estaba planeando una peregrinación a su tumba el próximo enero en El Salvador, con motivo de su viaje a Panamá para la Jornada Mundial de la Juventud.
Fue necesario el reconocimiento de un milagro para la canonización del joven Nunzio, quien murió a los 19 años (1817-1836).
Intervención del cardenal Becciu
Nunzio Sulprizio. Nació el 13 de abril de 1817 en Pescosansonesco, provincia de Pescara. Quedándose huérfano enseguida, desde muy pequeño experimentó el sufrimiento. Es su abuela materna quien lo educará de manera humana y cristiana. Pero después de la muerte de su abuela, Nunzio será acogido por un tío, Domenico Luciani, que no tendrá ninguna consideración especial por su corta edad y su ya precario estado de salud, empeorado por el arduo trabajo de herrero que le había sido impuesto.
La tuberculosis ósea lo obligó a establecerse en Nápoles, donde fue atendido por un oficial del ejército borbónico, el coronel Felice Wochinger, antes de ser ingresado en el  hospital de incurables. Fue allí donde Nunzio finalmente pudo recibir la primera comunión que tanto deseaba. En un crescendo de fe, participó en el misterio de la cruz de Cristo al completar su viaje terrenal el 5 de mayo de 1836, a la edad de 19 años.
El Papa León XIII reconoció sus virtudes heroicas en 1890, proponiéndolo como un modelo para los jóvenes. El 1 de diciembre de 1963, Pablo VI lo proclamó beato. El Sínodo de los Obispos, que reflexiona estos días sobre los apremiantes problemas de la juventud, podrá descubrir en él las líneas de un camino perpetuamente actual.
Con Raquel Anillo

domingo, 14 de octubre de 2018

Pablo VI y Óscar Romero ya son santos: «Han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin cálculos» 14102018

Francisco los canoniza junto a otros cinco beatos más

Pablo VI y Óscar Romero ya son santos: «Han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin cálculos»

El Papa canonizó este domingo al Papa Pablo VI, el obispo Óscar Romero, los sacerdotes Francesco Spinelli y Vinzenzo Romano, las religiosas Nazaria Ignacia y María Caterina Kasper, y el laico Nunzio Sulprizio.
El Papa canonizó este domingo al Papa Pablo VI, el obispo Óscar Romero, los sacerdotes Francesco Spinelli y Vinzenzo Romano, las religiosas Nazaria Ignacia y María Caterina Kasper, y el laico Nunzio Sulprizio.
Con una Plaza de San Pedro abarrotada de fieles provenientes de todo el mundo y en pleno Sínodo de los Obispos que se está celebrando en Roma, el Papa Francisco ha presidido la canonización de importantes figuras de la Iglesia. Los nuevos santos han sido el Papa Pablo VI, el obispo salvadoreño Óscar Romero, los sacerdotes italianos Francesco Spinelli yVinzenzo Romano, las religiosas Nazaria Ignacia y María Caterina Kasper así como del laico Nunzio Sulprizio.
Durante la ceremonia de canonización se presentaron las reliquias de los nuevos santos. Destacó la camiseta ensangretada que Pablo VI llevaba cuando sufrió el atentado en Manila. Del mismo modo, hubo fragmentos óseos del obispo Romero y del resto de beatos, excepto de la religiosa Nazaria, de la que se presentó un mechón de pelo.
La "radicalidad" del Evangelio
En su homilía, el Papa Francisco habló de la radicalidad del mensaje de Jesús en el Evangelio, y destacó como los nuevos santos tienen como punto en común esta entrega y amor “radical” por la Iglesia y por Cristo.
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“Un corazón desprendido de los bienes, que ama libremente al Señor, difunde siempre la alegría, esa alegría tan necesaria hoy. El santo Papa Pablo VI escribió: ‘Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto’”, recordó Francisco.
Por ello, el Santo Padre indicó que “Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino”.
Pese a las dificultades e incomprensiones
Según recalcó Francisco, Pablo VI realizó este camino “siguiendo el ejemplo del apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres. Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad”.
Para el Papa, “es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos. Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y de Nuncio Sulprizio. Todos estos santos, en diferentes contextos, han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgar y de dejar. Que el Señor nos ayude a imitar su ejemplo”.
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Francisco insistió, citando las lecturas de la misa de este domingo, que “Jesús es radical”. Explicó que “Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso.También hoy se nos da como pan vivo; ¿podemos darle a cambio las migajas? A él, que se hizo siervo nuestro hasta el punto de ir a la cruz por nosotros, no podemos responderle solo con la observancia de algún precepto. A él, que nos ofrece la vida eterna, no podemos darle un poco de tiempo sobrante. Jesús no se conforma con un ‘porcentaje de amor’: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada”.
"¿De qué lado estamos?"
Durante su homilía, el Papa prosiguió asegurando que “el corazón es como un imán: se deja atraer por el amor, pero solo se adhiere por un lado y debe elegir entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo; vivir para amar o vivir para sí mismo”
Por ello, lanzó varias preguntas: “¿de qué lado estamos? Preguntémonos cómo va nuestra historia de amor con Dios. ¿Nos conformamos con cumplir algunos preceptos o seguimos a Jesús como enamorados, realmente dispuestos a dejar algo para él? Jesús nos pregunta a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia en camino: ¿somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Lo seguimos de verdad o volvemos sobre los pasos del mundo, como aquel personaje del Evangelio? En resumen, ¿nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo?”.
“Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de 'autocomplacencia egocéntrica': se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto”, sentenció.
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Homilía íntegra del Papa Francisco
La segunda lectura nos ha dicho que «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Hb 4,12). Es así: la palabra de Dios no es un conjunto de verdades o una edificante narración espiritual; no, es palabra viva, que toca la vida, que la transforma. Allí, Jesús en persona, que es la palabra viva de Dios, nos habla al corazón.
El Evangelio, en particular, nos invita a encontrarnos con el Señor, siguiendo el ejemplo de ese «uno» que «se le acercó corriendo» (cf. Mc 10,17). Podemos identificarnos con ese hombre, del que no se dice el nombre en el texto, como para sugerir que puede representar a cada uno de nosotros. Le pregunta a Jesús cómo «heredar la vida eterna» (v. 17). Él pide la vida para siempre, la vida en plenitud: ¿quién de nosotros no la querría? Pero, vemos que la pide como una herencia para poseer, como un bien que hay que obtener, que ha de conquistarse con las propias fuerzas. De hecho, para conseguir este bien ha observado los mandamientos desde la infancia y para lograr el objetivo está dispuesto a observar otros mandamientos; por esto pregunta: «¿Qué debo hacer para heredar?».
La respuesta de Jesús lo desconcierta. El Señor pone su mirada en él y lo ama (cf. v. 21). Jesús cambia la perspectiva: de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total. Aquella persona hablaba en términos de oferta y demanda, Jesús le propone una historia de amor. Le pide que pase de la observancia de las leyes al don de sí mismo, de hacer por sí mismo a estar con él. Y le hace una propuesta de vida «tajante»: «Vende lo que tienes, dáselo a los pobres […] y luego ven y sígueme» (v. 21). Jesús también te dice a ti: «Ven, sígueme». Ven: no estés quieto, porque para ser de Jesús no es suficiente con no hacer nada malo. Sígueme: no vayas detrás de Jesús solo cuando te apetezca, sino búscalo cada día; no te conformes con observar los preceptos, con dar un poco de limosna y decir algunas oraciones: encuentra en él al Dios que siempre te ama, el sentido de tu vida, la fuerza para entregarte.
Jesús sigue diciendo: «Vende lo que tienes y dáselo a los pobres». El Señor no hace teorías sobre la pobreza y la riqueza, sino que va directo a la vida. Él te pide que dejes lo que paraliza el corazón, que te vacíes de bienes para dejarle espacio a él, único bien. Verdaderamente, no se puede seguir a Jesús cuando se está lastrado por las cosas. Porque, si el corazón está lleno de bienes, no habrá espacio para el Señor, que se convertirá en una cosa más. Por eso la riqueza es peligrosa y –dice Jesús–, dificulta incluso la salvación. No porque Dios sea severo, ¡no! El problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado sofoca nuestro corazón y nos hace incapaces de amar. De ahí que san Pablo recuerde que «el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Lo vemos: donde el dinero se pone en el centro, no hay lugar para Dios y tampoco para el hombre.
Jesús es radical. Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso.  También hoy se nos da como pan vivo; ¿podemos darle a cambio las migajas? A él, que se hizo siervo nuestro hasta el punto de ir a la cruz por nosotros, no podemos responderle solo con la observancia de algún precepto. A él, que nos ofrece la vida eterna, no podemos darle un poco de tiempo sobrante. Jesús no se conforma con un «porcentaje de amor»: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada.
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Queridos hermanos y hermanas, nuestro corazón es como un imán: se deja atraer por el amor, pero solo se adhiere por un lado y debe elegir entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo (cf. Mt 6,24); vivir para amar o vivir para sí mismo (cf. Mc 8,35). Preguntémonos de qué lado estamos. Preguntémonos cómo va nuestra historia de amor con Dios. ¿Nos conformamos con cumplir algunos preceptos o seguimos a Jesús como enamorados, realmente dispuestos a dejar algo para él? Jesús nos pregunta a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia en camino: ¿somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Lo seguimos de verdad o volvemos sobre los pasos del mundo, como aquel personaje del Evangelio? En resumen, ¿nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo? Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de «autocomplacencia egocéntrica» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 95): se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto.
Así sucedió para ese hombre, que –cuenta el Evangelio– «se marchó triste» (v. 22). Se había aferrado a los preceptos y a sus muchos bienes, no había dado su corazón. Y aunque se encontró con Jesús y recibió su mirada amorosa, se fue triste. La tristeza es la prueba del amor inacabado. Es el signo de un corazón tibio. En cambio, un corazón desprendido de los bienes, que ama libremente al Señor, difunde siempre la alegría, esa alegría tan necesaria hoy. El santo Papa Pablo VI escribió: «Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto» (Exhort. ap. Gaudete in Domino, 9). Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino.
Pablo VI lo hizo, siguiendo el ejemplo del apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres. Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad. Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos. Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y de Nuncio Sulprizio. Todos estos santos, en diferentes contextos, han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgar y de dejar. Que el Señor nos ayude a imitar su ejemplo.