Hay un consenso científico en la actualidad acerca de que una mala alimentación y una serie de factores psicosociales debilitan el sistema inmunitario humano y lo hacen más vulnerable.
El doctor alemán Wighard Strehlow, experto en la medicina de la abadesa y doctora de la Iglesia Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), señala que ella detectó 5 señales o síntomas que van relacionados con lo que hoy llamamos "fase de precancerosis":
- Trastornos del corazón - Problemas de garganta y vías respiratorias - trastornos hepáticos; - trastornos del estómago y del intestino - trastornos reumáticos.
Wighard Strehlow, a partir de los textos médicos de la abadesa alemana del siglo XII, de los datos modernos y de su experiencia médica, constata que trabajar sobre estos síntomas en su "fase de precancerosis", especialmente reforzando el sistema inmunitario, ayuda a prevenir o impedir el "salto al cáncer" y la formación de tumores malignos. Strehlow expone sus experiencias y las enseñanzas de Santa Hildegarda en “Cáncer y debilidad del sistema inmunitario según Santa Hildegarda” (LibrosLibres), de reciente publicación en español.
En sus textos, Santa Hildegarda describe la precancerosis y su relación con los tumores. Escribe sobre la difusión de los virus por todo el cuerpo, describe incluso como desarrollan una doble hélice y la forman otra vez y como se reproducen estos virus en el ADN del núcleo celular. En su terminología medieval, a estos virus ligados al cáncer los llama “gracillimi vermiculi” (gusanitos pequeñísimos).
La bilis negra: un síntoma revelador
Un síntoma o detector en esta fase de precancerosis es lo que Santa Hildegarda llamaba "bilis negra" o melanche, que es un exceso de ácido biliar, segregado por el hígado. La santa abadesa relaciona esta bilis negra con factorespsico-patológicas, debidas al estrés, las preocupaciones, la angustia o el miedo. Los pigmentos de esa bilis negra provocan una especie de envenenamiento que invade todo el cuerpo.
Estas toxinas y sustancias al fermentar se fijan, en un primer momento, en focos aislados (focos reumatoides) encerrados o encapsulados en una especie de bolsa o cápsula dentro del tejido conjuntivo. De cuando en cuando, originan oleadas de dolores violentos cuando el enfermo se encuentra en una fase desfavorable o de débil resistencia. El cuerpo se siente agredido y lacerado de tal modo como si lo mordieran o se lo comieran desde dentro.
Santa Hildegarda protagonizó una película alemana en 2009 ("Visión") y fue declarada Doctora de la Iglesia por Benedicto XVI
Del oncógeno inactivo a su peligrosa activación
A los virus que desencadenan tumores los llamamos hoy oncógenos. Se trata todavía de focos dispersos de virus que están en la llamada fase de virus cristalinos porque todavía no tienen vida autónoma. Necesitan un lugar de acogida para crecer y multiplicarse: en ese estadio todavía prácticamente no se propagan. Por ejemplo, si se producen pequeñas heridas sangrantes en el tracto intestinal, esos oncógenos pueden dar el peligroso salto al cáncer, ya que seactivan y pueden emigrar a todo el cuerpo y formar tumores.
Cambiar el estilo de vida y la alimentación para reforzar las defensas
La salud, tal como la entiende y explica Santa Hildegarda, no es una "casualidad" sino un proceso dinámico sobre el que cada uno de nosotros puede influir diariamente mediante un estilo de vida razonable y una alimentación adecuada, de lo cual cada uno es responsable.
En la base del Arte de Curar de Santa Hildegarda se ofrece un programa con seis Reglas de Oro de la Vida con las cuales se puede influir sobre los procesos que fortalecen la capacidad inmunitaria y curativa del cuerpo. Como religiosa, ella animaba al enfermo a preocuparse por activar todas las posibilidades ocultas en su interior y a ponerse en sintonía con el plan divino que Dios pensó para su vida al crearlo y poder así realizarlo.
Santa Hildegarda escribió de música, teología y mucho de medicina
34 años, ante un tumor cerebral inoperable
El doctor Strehlow, que es hoy la máxima autoridad mundial en la medicina hildegardiana, explica en su libro “Cáncer y debilidad del sistema inmunitario según Santa Hildegarda” (LibrosLibres), casos de pacientes que han pasado por su consulta a lo largo de los últimos 40 años y que han experimentado mejorías asombrosas siguiendo las indicaciones del “Arte de Curar" de Santa Hildegarda.
Un ejemplo que da es el de un enfermo de 34 años que sufría de un tumor cerebral inoperable. Había perdido la voz y el sentido del equilibrio. Tenía vértigos y titubeaba al moverse de manera que tenía que agarrarse continuamente. El hospital regional buscó una asistencia externa de medicina natural porque no disponían de ningún recurso médico u opción terapéutica hospitalaria para ese caso. Se realizó un tratamiento específico para el tratamiento del cáncer según el Arte de Curar de Santa Hildegarda: alimentación a base de espelta, dos análisis de sangre hildegardiano (ASH) al año, cura de bebida de lentejas de agua y Anguillán en dosis progresivas. Al cabo de un año el tumor dejó de crecer y su voz y su estado general habían mejorado. Hoy el enfermo vuelve a caminar y recupera el equilibrio. El pronóstico después de cada ASH es muy esperanzador.
Quimioterapia que no logra frenar la inflamación de linfomas
Otra paciente sufrió una operación abdominal hace 10 años. Desde entonces sufre inflamación en los nódulos linfáticos de la región inguinal. El análisis de una muestra de esos nódulos era benigno para un primer laboratorio, y maligno para otro distinto. Durante dos años de dudas los linfomas se desarrollaron y, de forma urgente, le propusieron a la enferma un tratamiento de quimioterapia tradicional o una terapia con rayos. En realidad, para este caso solo una quimioterapia intensiva y muy agresiva podía ofrecer una pequeña oportunidad de mejoría de su estado. La enferma, por su parte, adoptó una alimentación a base de espelta. Con la toma de bebida de lentejas de agua y Anguillán, los análisis de sangre según Santa Hildegarda y untratamiento intestinal mediante el electuario de peras (tenía una infección por cándidas) los nódulos linfáticos se redujeron en tres meses de 10 cm a 2 cm. Su enfermedad evoluciona de manera satisfactoria, en general, con una reducción espontánea de los nódulos linfáticos y un buen estado clínico general.
Hildegarda asegura que lo que escribía sobre ciencia y medicina también se lo iluminaba Dios con sus dones
Un tumor maligno que reaparece a los cinco años…
A los 40 años tuvieron que amputarle los dos pechos a una enferma (en 1986 el pecho izquierdo y 1988 el derecho). A pesar de la quimioterapia y una serie de 24 sesiones de rayos el tumor maligno hizo una recidiva y reapareció en junio de 1991. En el mes de mayo de 1992 tuvo que ser operada de nuevo. La lesión no quería cicatrizar y continuaba sangrando. A pesar de la quimioterapia el tumor continuó creciendo: aparecieron metástasis en el hígado, los pulmones y en los vasos linfáticos. A partir de abril de 1994 la enferma descubrió la medicina de Santa Hildegarda: ASH, bebida de lentejas de agua y Anguillán. Al cabo de nueve meses ya se observaba una regresión de las metástasis. La tomografía por ordenador ya no detectaba metástasis ni en el hígado ni en los pulmones, solo trazas de cicatrices. Ya no se ha descubierto ninguna otra metástasis.
Por supuesto, el enfermo no debe dejar nunca de ir a los médicos especialistas ni de atender las ofertas y tratamientos de la medicina moderna; sin embargo, el doctor Strehlow destaca los asombrosos resultados de las recetas hildegardianas que él relaciona, como indica el título de su libro, con un fortalecimiento del sistema inmunitario.
La medicina de Santa Hildegarda, para el lector de hoy
Ahora LibrosLibres traduce al español“Cáncer y debilidad del sistema inmunitario según Santa Hildegarda”, el libro del doctor Strehlow que explica los casos que ha podido estudiar y las ventajas del estilo de vida hildegardiano. Puede adquirirse en librerías o encargarse aquí en OcioHispano.
Wighard Strehlow ha publicado también en español otros 4 libros sobre las enseñanzas médicas de Santa Hildegarda aplicadas a otros campos de la salud:
- La salud del corazón y la circulación según Santa Hildegarda - La salud del aparato digestivo según Santa Hildegarda - Adiós tristeza: cómo superar la depresión según Santa Hildegarda de Bingen - Manual de Medicina de Santa Hildegarda
En lengua española es posible conocer el pensamiento y la medicina de Santa Hildegarda también mediante un curso online de 6 meses, con 26 vídeo-tutoriales que organiza el centro de cursos online AulaMuchaVida. Más información del curso en: aulamuchavida.com/santa-hildegarda/
El presente artículo tiene como finalidad hablarnos de una de
las personalidades femeninas y religiosas más fascinantes de la Baja Edad
Media:Santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre).
Recientemente nombrada doctora de la Iglesia (en octubre de 2012), este
análisis nos presenta a grandes rasgos la vida, extensa obra y espiritualidad
de esa abadesa nacida en el año 1098 en Bermersheim, en la región de
Renania-Palatinado, al suroeste de Alemania. Antes de comenzar, es preciso
recordar que ya hice mención en este artículode
otras santas que comparten junto a ella la dignidad de llevar el birrete
doctoral y ser reconocidas como parte de ese grupo. Aquí nos dedicamos de lleno
a Hildegarda, haciendo algunas anotaciones con respecto al contexto histórico y
social en el que nació y se desenvolvió, esto es, en la Europa cristiana del
siglo XII. Finalmente haremos un análisis y explicación de las facetas que
caracterizaron la personalidad de Santa Hildegarda, a saber: su don profético,
su vocación de escritora (a pesar de que rara vez escribió, más bien dictó
sus visiones), su papel como fundadora y abadesa de conventos, y su
propuesta espiritual para lograr un mayor acercamiento con Dios.
Santa Hildegarda de Bingen fue nombrada doctora de la Iglesia por Benedicto
XVI, junto a San Juan de Ávila (10 de mayo). Resulta
extraño que al ser una de las personalidades más polifacéticas e interesantes
de la Europa medieval (pues tuvo conocimientos en teología, medicina,
geometría, astronomía, arquitectura, gramática, música y otros) haya pasado
tanto tiempo para nombrarla doctora. Tampoco se debe olvidar el contexto
histórico en el que le tocó vivir, una época difícil para el ingreso de una
mujer en la religión y, más aún, para destacar y escribir sobre ella. Veamos
pues la situación de la Europa medieval para después introducirnos en la
personalidad y obra de nuestra santa.
La Europa cristiana del siglo XII.
En el año 1098 el Papa Urbano II convocó a todos los cristianos a recuperar
Jerusalén, que se hallaba en manos de los musulmanes, que impedía el paso de
los creyentes a visitar el lugar más santo de la tierra: el Sepulcro de Cristo.
Así comenzaron los primeros movimientos políticos y religiosos conocidos como
las Cruzadas, y más tarde surgió la orden del Temple, cuyo principal objetivo
era defender a los peregrinos en su viaje a la ciudad santa. Los templarios
eran una combinación de monje y guerrero, hombres piadosos que profesaban los
votos monásticos y al mismo tiempo se comprometían a mantener seguros los caminos
hacia Jerusalén. Como podemos notar, estamos ante un siglo en la que la
conciencia religiosa era el motor de la vida diaria.
En este contexto, los monasterios desempeñaron un importante papel como
productores y repositorios de buena parte de la literatura europea medieval. En
ellos se guardaban y copiaban obras religiosas: escritos de los Padres de la
Iglesia, reglas monásticas, de oraciones, salterios, aunque también conservaban
escritos de autores clásicos, de medicina, de herbolaria, e incluso de música [1].
En esa época también se restableció la regla benedictina, columna vertebral del
monaquismo occidental y cuya espiritualidad y modo de vida sirvió de
inspiración a otras órdenes religiosas. El poder de esta orden llegó a ser tal
que consiguió depender solamente de Roma y comenzó entonces una etapa dorada en
cuanto a fundación de conventos.
En un
sector más profano, la estructura económica y social medieval eran los
señoríos, que se agrupaban a su vez en señoríos más grandes o en reinos y que
seguía el sistema del feudo. Los nombres de Luis VII, Conrado III y Federico I
Barbarroja nos remiten inmediatamente a ese tiempo aristocrático y
caballeresco.
En cuanto al pensamiento que se puso de moda en las altas esferas fue el amor
cortés [2]. Este surgió en los círculos de la nobleza francesa,
cultivado por los trovadores quienes le cantaban al amor puro y refinado, a la
dama noble y virtuosa, y a las hazañas heroicas de un señor enamorado. Los
poemas de este tipo normalmente se acompañaban con música de cuerdas y se
interpretaban en los salones palaciegos. Pero no toda la población europea era
cristiana. Surgieron varios movimientos religiosos que distaban en mucho de las
enseñanzas de la Iglesia, por ejemplo, los cátaros, que se originaron en el sur
de Francia. Estos negaban la divinidad de Cristo (pues lo consideraban el
mensajero de Dios, más no su Hijo) atacaban casi todos los sacramentos y
creían en el principio de dos fuerzas creadoras en igual poder, es decir, que
Dios y Satán eran polos opuestos y complementarios. Por estas declaraciones
fueron censurados y perseguidos incansablemente.
San Bernardo de Claraval (20 de agosto) y Santa Hildegarda
fueron algunos de los combatientes más enérgicos contra la herejía cátara. San
Bernardo, uno de los pilares de la Iglesia occidental, fue promotor de la
segunda Cruzada, financiada por Luis VII de Francia y el emperador alemán
Conrado III. Santa Hildegarda por su parte expresó en una de sus cartas que los
cátaros habían sido tentados por el Diablo, pues “entró en esos hombres de
un modo tal que no les retiró la castidad. Se introdujo en ellos a través de los
demonios del aire (…) Esos hombres tampoco aman a las mujeres,
sino que les huyen” [3]. La labor de nuestra santa no se limitó
solo a combatir herejías, sino que en su vida se manifestaron otras facetas que
quedaron constatadas en su leyenda.
Santos Benito e
Hildegarda
Hildegarda de Bingen.
Nació en Bermesheim, cerca de Maguncia, Alemania, en el año 1098 [4].
Fue la última hija de una familia de la baja nobleza conformada por Hildeberto
y Matilde. Al ser la hija número diez sus padres consideraron ofrecerla al
servicio religioso, como una especie de pago o diezmo a la Iglesia, esto según
la mentalidad piadosa de la época.
En su biografía se refiere que la santa desde pequeña veía cosas que el común
no podía, pues “Aún no podía pronunciar palabra cuando logré que mis
familiares comprendieran, por medio de sonidos y gestos, que podía ver luces e
imágenes provenientes del cielo” [5]. Ese precoz don profético
la acompañaría toda su vida, y a la tierna edad de cinco años ya podía ver los
acontecimientos futuros, como cuando exclamó ante su nodriza: “¡Mira qué
hermoso ternero hay dentro de esa vaca! Es blanco, con manchas en la frente,
las patas y el lomo. Cuando el ternero nació, resultó ser como la niña lo había
descrito” [6].
Cuando tenía ocho años, su padre la envió al monasterio benedictino de
Disobodenberg, para que ahí comenzará su educación. Fue recibida por la hija
del conde de Spanheim, Santa Jutta (22
de enero y 22 de noviembre), la cual le enseñó a cantar los salmos y a leer
en latín [7]. Jutta e Hildegarda vivieron en una casita anexa al
monasterio, y más tarde ingresaron en él como novicias. El monasterio pasó a
ser entonces dúplice, es decir, que era masculino pero que aceptó recibirlas en
una celda apartada de las habitaciones de varones. La fama de virtuosas de
maestra y alumna traspasó los muros monásticos y algunos nobles se animaron a
llevar a sus hijas para que ahí fueran educadas, y entonces fue preciso ampliar
ese espacio por el número cada vez más creciente de vocaciones.
La pequeña y enfermiza Hildegarda siguió percibiendo visiones y cuando ella
comentaba si todos las podían ver, al recibir negativas, se asustaba, por lo
cual, finalmente optó por no volver a mencionarlas (al menos en ese momento) [8].
También informó de ellas a su maestra y ésta al monje Volmar, también
benedictino, quien más tarde se convertiría en el secretario de Hildegarda, y
luego su copista hasta la muerte.
A los quince años Hildegarda profesó los votos según la regla de San
Benito (11 de marzo y 11 de julio) [9]. La vida de
toda monja estaba marcada por las horas canónicas, en donde la oración, los
trabajos en comunidad, el silencio y la meditación eran las labores del día a
día. Jutta murió en 1136 y la comunidad de religiosas (que ya había crecido)
eligió a Hildegarda como su nueva abadesa. Ella tenía 38 años y desconocía que
su destino como profetisa apenas iba a iniciarse.
Retablo de Santa
Hildegarda en su abadía de Rüdesheim
Hildegarda, la profetisa del Rhin.
En 1141 Santa Hildegarda contaba con casi 43 años y sus visiones se
incrementaron en profundidad, frecuencia y cantidad. Ella misma refiere que
recibió por orden divina la obligación de escribirlas. La voz que venía del
cielo le ordenó:
"Oh pobredumbre de pobredumbre, di y escribe lo que ves
y oyes (…) y esto no a tu manera, ni a la manera de otro
hombre, sino según la voluntad de aquel que sabe, ve y dispone todas las cosas
en el secreto de sus misterios". [10]
Y también:
"En el año mil ciento cuarenta y uno de la Encarnación
de Jesucristo, Hijo de Dios, cuando yo tenía cuarenta y dos años y siete meses.
Una luz de fuego, de brillo extremo, que venía del cielo abierto, se fundió
sobre mi cerebro todo entero, y sobre todo mi cuerpo, y todo mi pecho, como una
llama que sin embargo, no quemaba, sino que más bien por su calor inflamaba, en
el modo en el que el sol calienta lo que toca con sus rayos". [11]
Lo que percibió en esa ocasión le pareció más misterioso y sublime (que las
visiones que tuvo cuando era joven) y por tanto, habló de ello al monje
Godfrey, su confesor, quién lo reveló a su abad (de Disibodenberg), y
éste a su vez consideró anunciarlo al arzobispo de Maguncia. El arzobispo,
rodeado de un séquito de estudiosos y expertos en teología, examinó las
visiones y finalmente dictaminó que eran de inspiración divina [12].
Como era de esperarse, la fama de la Visionaria se disparó
inmediatamente.
En ese mismo año Santa Hildegarda comenzó a escribir su principal obra, el
"Scivias" (Scire vías Domini ó vías lucís, o sea
"Conoce los Caminos"), escrito que tardó diez años en terminar.
Como ella todavía dudaba si era correcto o no escribir lo que veía, recurrió al
consejo de San Bernardo de Clavaral, quién lo aprobó sin dudar de la fuente de
la que provenía, y se convirtió en su amigo y consejero epistolar durante mucho
tiempo. Cuando el papaBeato Eugenio III (8 de julio),
cisterciense como Bernardo, visitó el arzobispado con motivo del Sínodo de
Tréveris en 1147-1148, el arzobispo a instancias del abad de Disibondenberg
presentó al Papa una parte del Scivias [13]. El Papa designó una
comisión de teólogos para examinarlos, y después de recibir el informe
favorable de la comisión, dió su aprobación y él mismo llegó a leer partes del
Scivias ante su concurrencia. El Papa señaló que su obra era al estilo de los
profetas, la invitó a seguir escribiendo y autorizó la publicación de sus
obras.
Ese don profético fue algo que la
santa entendió desde sus inicios. Se concebía a sí misma como un simple
instrumento de Dios, como un medio a través del cual se manifestaba sus
grandezas. No se preocupaba tanto por interpretar lo que veía, sino que su
labor se reducía a la simplicidad de comunicarlas. Santa Hildegarda nos dice
que sus visiones nos las veía en sueños, ni en éxtasis, ni con los ojos
corporales o los oídos humanos:
“Sino que las veo con mis ojos y mis oídos humanos
interiormente, cuando estoy despierta. Simplemente en espíritu, y las he
recibido en lugares descubiertos según la voluntad de Dios”. [14]
Es decir, las percibió a través de los sentidos corporales, pero la inspiración
venía del interior, del alma (o si se quiere de la mente), como una cosa
infunsa desde lo Alto. Comenzó entonces a escribir entusiasta, ayudada por
Volmar, su secretario y copista, y por Richardis de Stade, una monja de su
comunidad por la que llegó a sentir un gran cariño.
En 1148, Santa Hildegarda dió inicio a un plan para fundar un convento en
Ruperstberg. Desde algún tiempo atrás ya se había hecho evidente que la
comunidad de religiosas se encontraba demasiado ceñida en el pequeño claustro
que se les había destinado en Disibodenberg, así que la abadesa comenzó las
gestiones para un nuevo establecimiento [15]. Ante esto, los monjes
se opusieron al traslado pues veían disminuir sus donativos y las visitas al
lugar (que atraía a hombres piadosos con aras de conocer a la abadesa).
La tenacidad de Hildegarda se sobrepuso y en 1150 el Arzobispo consagró el
nuevo monasterio dedicado a San Ruperto (o Roberto) de Bingen (15
de mayo). Es de reconocerle esta labor pues en aquella época los
monasterios benedictino femeninos no tenían un gobierno propio y sus
monasterios siempre dependían de uno masculino. Ella rompió con esa barrera y
se puede decir que su convento fue el primer establecimiento femenino que no
estaba adosado a uno masculino. Las visiones se siguieron manifestando y darían
como fruto numerosos tratados que le dieron la fama de escritora.
Hildegarda, la escritora.
Hasta aquí hemos hablado de dos de los rasgos que toda doctora de la Iglesia
debía cumplir y que en el caso de Santa Hildegarda se manifestaron al pie de la
letra: una vida santa y virtuosa, y el haber profesado una doctrina ortodoxa
según los preceptos cristianos. El siguiente requisito era haber dejado un
tratado que defendiera o profundizara una o varias verdades de la fe. Santa
Hildegarda fue una elocuente defensora del cristianismo que se refleja a través
de sus escritos, sus cartas, sus consejos, predicas y obras. Como visionaria,
manifestó lo que ocurría en el plano celeste: reveló la naturaleza de Dios, la
disposición de las estrellas, señaló el papel que tiene el hombre en la
creación y el plan de salvación que se le tiene destinado, puntualizó la manera
en cómo se agrupaban las diferentes jerarquías angélicas en torno al Creador,
habló sobre el sacrificio de Cristo y la Iglesia, y muchas otras verdades o
dogmas. También combatió a los cátaros a través de sus escritos y sermones.
Sus dos obras teológicas son el "Scivias" y "Liber
Divinorum Operum" (Libro de las Obras Divinas). Scivias la
dividió en tres partes: la primera la dedicó a Dios Padre y a los ángeles, en
la siguiente aborda el estudio de la Trinidad, la Iglesia, la Confirmación y el
ángel caído. En la última parte hay varios simbolismos relacionados con la
plenitud de los tiempos y el Juicio final. En Liber Divinorum, señala la
complejidad de la Creación y reconoce en ella la gloria y la omnipotencia de
Dios. Tomemos, por ejemplo, la descripción que hace de Él en Liber Divinorum y
en la cual describe lo que ve y seguidamente señala el significado de la misma:
Visión sobre el Origen de la vida.
En ella se aprecia la representación
trinitaria de Dios, según el Liber Divinorum.
"Vi como en el centro del cielo austral surgía la imagen
de Dios, con apariencia humana, bella y magnífica en su misterio. La belleza y
el esplendor de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil
que mirar aquella imagen. Un ancho círculo dorado ceñía su cabeza. En el mismo
círculo, sobre la cabeza, apareció otro rostro, el de un anciano, cuyo mentón y
barba rozaban la coronilla del cráneo de la imagen. A cada lado del cuello de
esta imagen brotó un ala, y ambas alas se irguieron por encima del mencionado
círculo dorado y allí se unieron la una a la otra. El punto extremo de la
curvatura del ala derecha llevaba una cabeza de águila, sus ojos de fuego
irradiaban el esplendor de los ángeles como en un espejo. En el punto extremo
de la curvatura del ala izquierda había algo como un rostro humano que brillaba
como relumbran las estrellas. Y estos dos rostros miraban hacia oriente.
Además, desde cada hombro de la imagen bajaba otra ala hasta sus rodillas. La
imagen estaba revestida por una túnica tan resplandeciente como el sol y en las
manos tenía un cordero que brillaba como la deslumbrante luz del día. Bajo los
pies aplastaba un monstruo de forma horrible, venenoso y de color negro, y una
serpiente". [16]
Esa imagen le explicó ser Él mismo “La energía suprema y abrasadora. Yo soy
quien ha encendido la chispa en todos los seres vivientes, nada mortal mana de
Mí, y juzgo todas las cosas” [17]. Es decir, se trata de una
visión trinitaria de Dios donde se presenta a sí mismo como un hombre con dos
cabezas (el Padre y el Espíritu Santo) mientras que en los brazos lleva
un Cordero (el Hijo). La cualidad celeste se acentúa por el doble par de
alas que tiene. Hildegarda explica que la figura representa al Amor, que los
reflejos del espejo son los ángeles y el monstruo y la serpiente representan
las injusticias y las dudas (es decir el pecado).
En todos sus tratados, la santa describe lo que ve y después señala lo que la
voz interior explica de ellas. Algunas ediciones de sus libros están bellamente
decoradas con grabados que la muestran en actitud contemplativa, sentada en
banquillo de respaldo alto, con la vista puesta hacia lo alto, mientras que una
luz resplandeciente cae sobre su frente, como señalando que recibe la visión. A
veces la escena ocupa todo el cuadro, y en una esquina, aparece una pequeña
representación de la abadesa.
Es autora de otras obras en donde aborda temas tanto de índole científico como
artístico. En 1150 comenzó su obra musical, El "Symphonia armoniae
celestium revelationum" (Sinfonía de la Armonía de Revelaciones
Divinas) que contiene letra y música y donde destacan tres poemas: el himno
al Espíritu Santo, el himno a Santa María y la Secuencia de San Maximino.
También tiene un auto sacramental titulado "Ordo virtutum" (Orden
de las Virtudes), en el cual hace una serie de diálogos entre el alma, las
virtudes que adornan a esta y las tentaciones del maligno. Entre 1151 y 1158
escribió el Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (Libro sobre
las propiedades naturales de las cosas creadas) en donde hacia importantes
anotaciones respecto a la medicina de su tiempo y de la plantas medicinales.
Entre 1158 y 1163 escribió el "Liber Vitae Meritorum" (Libro
de los Méritos de la Vida) en donde narra la historia de la Salvación,
donde virtudes y vicios se enfrentan entre sí y finalmente la divinidad sale
victoriosa.
Otra de sus obras es la "Lingua Ignota" (1150?) formada por
unas 900 palabras y un alfabeto de veintitrés letras. Se cree que este es un
lenguaje secreto o desconocido, tal vez una nueva codificación a través de la
cual la divinidad deseaba comunicarse con su sierva. Fue consultada como un
oráculo, muestra de ello son las más de 300 cartas en las que se comunicó y
aconsejó a Papas, cardenales, obispos, reyes y emperadores [18],
religiosos y hombres de todas clases y condiciones. También mantuvo
correspondencia con Santa Isabel de Shönau (18 de junio) y San Gerlach (5 de enero). Todo esto reflejo de
lo trascendental que llegó a ser esta monja benedictina en su tiempo.
"O vis aeternitatis"
Composición musical de Santa Hildegarda.
Casi en el ocaso de su vida realizó cuatro viajes en su labor predicativa: a
Tréveris en 1160, donde se cree predicó un sermón en la suntuosa catedral,
luego fue a Colonia entre 1163 o 1164, el tercero a Maguncia por invitación de
su arzobispo, y el cuarto a Suabia en 1170 [19].
Murió el 17 de septiembre de 1179, a la edad de 92 años y fue sepultada en la
iglesia del convento de Rupertsberg[20]. En la leyenda de su vida
nuevamente se confunde lo maravilloso con lo histórico, pues señala que con
motivo de su muerte en el cielo apareció un gran círculo y dentro de éste una
cruz resplandeciente, primero pequeña, pero después se agrandó hasta ocupar un
lugar prominente hacia el oriente [21]. Sus reliquias permanecieron
allí hasta que el convento fue destruido y sus restos fueron trasladados al
convento cercano de Eibingen, que también fue obra suya. Con merecimiento se le
otorgó el título de la "Sibila del Rin", (en clara alusión
a su actividad visionaria) y también es llamada la Profetisa Teutónica. Es
patrona de los lingüistas y de las novicias benedictinas, de los farmacéuticos,
y contra la calvice. Sus atributos son el hábito benedictino (en ocasiones
con el cisterciense), la paloma del Espíritu Santo; frascos y hierbas, que
recuerdan su labor como farmacéutica; una lira, pues fue compositora; la cruz
pectoral, una pluma y un libro, un conventillo que recuerda que fue fundadora,
y a veces lleva un báculo en reconocimiento de abadesa. y, claro, como
no, el birrete doctoral a partir de su nombramiento.
Conclusión.
Las doctoras de la Iglesia son mujeres que alcanzaron el más alto grado
honorífico que se puede otorgar. No solo dieron muestra de una vida santa,
virtuosa y apegada a los preceptos de la religión cristiana, sino que también
contribuyeron con sus obras y argumentos a la defensa de su fe. Casi todas
tuvieron un marcado misticismo que las llevo a tener experiencias
sobrenaturales con la divinidad, a lograr una unión más cercana con Él, y cuyo
sentir lo expresaron por escrito para el conocimiento de las generaciones
futuras. Guardaron con celo su virginidad y desde pequeñas resolvieron llevar
una vida apartada del mundo.
Santa Hildegarda de Bingen, la cuarta doctora de la Iglesia, llegó más allá de
lo que se le permitió a una monja común de su tiempo: fue abadesa, logró
independizarse de la comunidad masculina a la cual estaba sujeta, a través de
sus visiones señaló lo que Dios quería que se supiera y se realizará, trabó
amistad con papas y obispos, con reyes y emperadores, y fue un pilar importante
contra la herejía cátara. A pesar de que siempre fue una mujer de salud frágil,
logró sacar fuerzas de su flaqueza para cumplir con su destino, se levantó del
lecho cuando el asunto reclamó su presencia y cultivó prácticamente todas las
artes, todo esto en nombre de la Luz Viviente, que era la voz suprema que le
dio la autoridad necesaria para hablar de tal manera a sus contemporáneos.
José Alejandro Valadez
Fernández
Referencias:
Bingen, Hildegarda Santa, El libro de los méritos de la Vida, trad. Rafael Renedo,
en www.hildegardiana.es, consultada el 15 de marzo de 2013.
Bingen, Hildegarda Santa, Scivias: conoce los caminos, trad. de Antonio Castro
Zafra y Mónica Castro, Madrid, Editorial Trotta, 1999.
Martinez Lira, Verónica y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de
Hildegarda von Bingen: Vida y obra, UNAM- Editorial Espejo de viento, 2003.
Pernoud, Regine, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII,
Paidos, Barcelona, 1998.
Renoig, Louis, Iconografía del arte cristiano: Iconografía de los santos, tomo
1 y 2, vol. 3 y 4. Joan Sureda I Pons dir., Daniel Alcoba trad., España,
Ediciones del Serbal, 1997.
[1] Verónica Martínez Lara Lira, y Alejandra Reta Lira, El lenguaje
secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 33-34. [2] Op. Cit., p. 43. [3] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje
secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 44. [4] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida,
trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es. [5] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje
secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 51. [6] Ídem. [7] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada
del siglo XII, Paidos, 1998, p. 17. [8] Op. cit; p. 16. [9] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida,
trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es. [10] Regine Pernoud,, Hildegarda de Bingen: una conciencia
inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 21. [11] Op. cit., p. 22. [12] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la
Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es. [13] Ídem. [14] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia
inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 22. [15] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje
secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 54. [16] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad.
Rafael Anedo para www.hildegardiana.es. [17] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad.
Rafael Anedo para www.hildegardiana.es. [18] El emperador alemán Conrado III y su hijo y sucesor Federico I
Barbarroja, le pidieron consejo. [19] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada
del siglo XII, Paidos, 1998. [20] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la
Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es. [21] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada
del siglo XII, Paidos, 1998, p. 136.
adapta. Por favor, al citar esta
hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente
enlace: http://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_3265