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viernes, 23 de diciembre de 2016

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)



Cantamos en la entrada, «Un niño nos va a nacer y su nombre es: Dios guerrero; Él será la bendición de todos los pueblos» (Is 9,6; Sal 71,17). En la colecta (Rótulus de Rávena), pedimos al Señor todopoderoso y eterno, al acercarnos a las fiestas de Navidad, que su Hijo, que se encarnó en las entrañas de la Virgen María y quiso vivir entre nosotros, nos haga partícipes de la abundancia de su misericordia.
–Malaquías 3,1-4; 4,5-6: Antes del día del Señor, os enviaré al profeta Elías. Contra el sacerdocio infiel, Malaquías anuncia el terrible Día de Yahvé. El Señor vuelve a su templo para renovarlo mediante el fuego purificador y reinstaurar en él un sacerdocio santo y una oblación justa y aceptable. La venida del Señor la anunciará un mensajero, como los heraldos pregonaban la venida del emperador: será el profeta Elías, arrebatado al cielo.
En el Nuevo Testamento, Jesús dice que su precursor, Juan Bautista, «es Elías, el que iba a venir» (Mt 11,14). También nosotros tenemos nuestro día. Hay muchos días en nuestra vida y también muchos «precursores» que nos lo anuncian y nos preparan para ese día concreto. Días concretos en los que Dios otorga sus dones y nos visita para provocar en nosotros una ascensión más en nuestro camino de perfección cristiana: unos misiones populares, unos ejercicios espirituales, una simple homilía… Hemos de acogerlos con un corazón abierto.
En todos esos días se hace más palpable la presencia del Emmanuel, es decir «Dios con nosotros». Él es el Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, de igual sustancia que el Padre. Él, por nuestra salvación, descendió de los cielos, se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre. ¡Dios con nosotros! Se hace pobre con nosotros, ora con nosotros, siente y padece con nosotros. ¡Dios con nosotros! Nos da su amor, su verdad, su Corazón, su gracia, su sangre y, con todo esto, su perdón. Reconozcamos siempre en nuestra vida el Día del Señor y aceptémoslo con gratitud y alegría desbordante.
–El Señor está ya a la puerta para salvar a la humanidad. Pidámosle con el Salmo 24 que nos enseñe sus caminos de purificación, de conversión, de perdón…, que lleguemos al conocimiento interno y sabroso de que «se acerca nuestra liberación». Digámosle confiadamente: «Señor, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame, porque Tú eres mi Dios y Salvador. El Señor es bueno y recto y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. Las sendas del Señor son misericordia y lealtad, para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza». Es el Día del Señor. Recibamos con humildad sus dones.
–Lucas 1,57-66: Nacimiento del Bautista. Dios le ha dado un nombre: Juan, que significa «Dios se ha compadecido». Es el Precursor de la gran misericordia de Dios, la venida de Cristo. Dios en su nacimiento, una vez más, interviene en la historia humana y la convierte en historia de la salvación. Alegrémonos también nosotros en el nacimiento de Juan. Escribe San Ambrosio:
«Isabel dio a luz a un hijo, y sus vecinos se unieron en su alegría. El nacimiento de los santos es una alegría para muchos, pues es un bien común, ya que la justicia es una virtud social. En el nacimiento del justo se ven ya las señales de lo que será su vida, y el atractivo que tendrá su virtud está presagiado y significado en esa alegría de los vecinos» (Comentario Evang. Lucas II,30).
Acojamos el día de la visita de Dios. Son muchas las visitas que nos hace el Señor en nuestro caminar hacia el Padre. Dios grande y santo viene a nosotros, pecadores indignos. Viene no para aniquilarnos, como lo hizo en otro tiempo: diluvio, Sodoma, Gomorra…, sino para librarnos, para darnos sus dones y gracias con los cuales progresemos en la virtud, en la vida interior. No se contenta simplemente con ocupar nuestro lugar y con expiar nuestros pecados, abandonándonos después a nuestra suerte, sino que viene muchas veces con sus visitas, con sus dones y sus avisos. Quiere levantarnos hasta Él mismo, nos incorpora consigo, nos comunica su propia vida y nos vivifica… Emplea también a veces sus intermediarios, sus precursores…
La figura del Bautista, el precursor, en estas vísperas ya de la Navidad, sigue llamándonos a una conversión que abra nuestros corazones al Señor que viene, que quiere venir más dentro de nuestras vidas. Oigamos a San Juan Crisóstomo:
"Si Juan, siendo tan santo, «vivió entregado a una vida tan áspera, lejos de toda lujo y placer... ¿qué defensa habrá en nosotros que, después de tanta misericordia de Dios y tan grande carga de nuestros pecados, no mostramos ni la mínima parte de la penitencia del Bautista?... Apartémonos de la vida muelle y relajada, pues no hay modo de unir placer y penitencia» (Homilías sobre Evg. Mateo 10,4-5). 
Reconociendo que somos pecadores, y que necesitamos absolutamente al Salvador, cantamos en Vísperas, en la antífona del Magníficat: «¡oh Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, Expectación y Salvador de las gentes! Ven, a salvarnos, Señor, Dios nuestro».

jueves, 22 de diciembre de 2016

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (22 dic.)

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (22 dic.)




El Salmo 23,7 sigue hoy resonando en la entrada de la eucaristía: «¡Portones! alzad los dinteles; que se alcen las antiguas compuertas; va a entrar el Rey de la gloria». En la oración colecta (Bérgamo), pedimos al Señor nuestro Dios: tú, que «con la venida de tu Hijo has querido redimir al hombre, sentenciado a muerte; concede a los que van a adorarlo, hecho Niño en Belén, participar de los bienes de su redención».
–1 Samuel 1,24-28: Ana agradece el nacimiento prodigioso de Samuel. Como antes la liturgia nos hizo contemplar los nacimientos prodigiosos de Sansón o de Juan, ahora nos recuerda el de Samuel. El cántico de Ana, su madre agradecida, prefigura el de la Virgen María: en uno y en otro caso se ensalza el poder de Dios que enaltece a los humildes.
Todo ello nos revela la acción misteriosa de Dios en la historia de la salvación. Para mostrar la potencia de su iniciativa en la redención de los hombres, Dios elige los instrumentos que a la luz del mundo parecen menos aptos. Él, que configura el interior de las personas, y que conoce el corazón de Ana, de Isabel y de la Virgen María, elige estos medios humildes para sus grandiosas acciones de salvación.
Hay dones que se nos dan porque, inspirados por Dios, los pedimos; y hay dones que nos vienen de un modo completamente gratuito e inesperado, previniendo toda petición e incluso todo deseo. En este segundo modo, nosotros escuchamos al Señor, que entra de pronto en nuestra vida, y nos colocamos a su disposición, según el don divino y su llamada.
Así es como Jesús es dado a la Virgen María, superando toda expectación y más allá de las leyes naturales. Así es dado Samuel a su estéril madre Ana, que lo había suplicado a Dios, contra toda esperanza. En realidad, todos nosotros somos también dones de Dios, dones de su gracia indebida y sobreabundante; hijos suyos por naturaleza y por redención.
¿Qué es el hombre? Creado por Dios en un principio, alejado de Él por el pecado, hecho así miserable, separado de la Fuente de la Verdad y de la verdadera Vida, condenado a la privación eterna de Dios, a las tinieblas y a la eterna desdicha.
Y sin embargo, ha sido el hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Aletea todavía en él la llama del espíritu, con su impetuosa tendencia a la verdad, hacia la posesión de todo bien, hacia la felicidad y la paz, hacia Dios, su única plenitud posible. Y Dios en Cristo se compadeció de él. Oyó su clamor. Se acordó de su pobreza, de su debilidad, de su nada, de su ignorancia, de su propensión al mal, de sus errores, de sus pasiones desatadas… Y quiso salvarlo.
–Como miró el Señor la humillación de Ana, así ha mirado a nuestra desvalida humanidad, y por la Virgen María le ha dado la salvación. Por eso cantamos y bendecimos al Señor con el mismo cántico de Ana:
«Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador, mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con su salvación. Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor; los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan… El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece. Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono de gloria; pues del Señor son los pilares de la tierra, y sobre ellos afianzó el orbe» (1 Sam 2,1,4-5.6-7.8).
–Lucas 1,46-56: El Poderoso ha hecho obras grandes por mí. El Magníficat es, sin duda, la expresión más elevada de la Hija de Sión. Dios es alabado, porque miró la humildad de su Esclava. La misericordia de Dios se ha hecho realidad en Ella para beneficio de toda la humanidad. San Ambrosio dice:
«Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor. Que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una Madre de Cristo, por la fe Cristo es fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde castidad con una pureza intachable» (Comentario Evang. Lucas II,27).
Hay a veces una humildad hipócrita, que niega con obstinación los propios dones, y que no los agradece al Señor. Con frecuencia es una humildad precaria y combatida, que no resiste a la tentación de la propia dignidad y que, para sostenerse, tiene necesidad de humillarse. O a veces es un cálculo sagaz para provocar alabanzas. Pero la verdadera humildad ignora estos modos tortuosos. Sabe que las buenas cualidades son dones de Dios, y a Él le da la gloria con un corazón sencillo.
Así la Virgen María. Ella reconoce con gozo que el Poderoso ha hecho en Ella grandes cosas, lo agradece y, llena de alegría, lo alaba exultante. Y no duda en admitir que todos los pueblos la llamarán bienaventurada. Todo en Ella es gratitud y sentirse pequeña ante la magnitud de Dios y de su don. ¡Cuánto hemos de aprender de Ella!
Por eso hoy, en la liturgia de las Vísperas, cantamos la antífona del Magníficat: «Oh Rey de las naciones, Deseado de las gentes y Piedra angular donde se apoyan judíos y gentiles. Ven y salva al hombre que Tú formaste del limo de la tierra».