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viernes, 4 de noviembre de 2016

Tenían cinco hijos y tras rezar adoptaron un bebé sin cerebro: «Ella necesitaba una familia» 03112016

Allison y Josh también adoptaron a su hermano gemelo

Tenían cinco hijos y tras rezar adoptaron un bebé sin cerebro: «Ella necesitaba una familia»

Tenían cinco hijos y tras rezar adoptaron un bebé sin cerebro: «Ella necesitaba una familia»
La pequeña Ava coge la mano de su madre, Allison

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3 noviembre 2016
El amor es más fuerte que la muerte. Así lo ha experimentado un matrimonio de Estados Unidos, Allison y Josh, que no dudaron en adoptar a dos hermanos, uno de los cuales nació sin cerebro, a sabiendas que necesitaría numerosos cuidados y que su vida será previsiblemente muy corta.

Esta familia ya tiene cinco hijos pero vio de Dios que era necesario adoptar a esta niña enferma y a su hermano pues también ellos necesitan unos padres que la cuiden y la quieran. Lo más cómodo para ellos habría sido no hacer nada pero este matrimonio estaba llamado a otra cosa. Upscol recoge el testimonio de estos padres sobre cómo afrontar esta situación desde la fe:

El testimonio de Allison y Josh Lewis
Cuando se está abierto a la vida, no hay obstáculo, enfermedad, o situación que frene ese impulso a abrazar, amar y acoger al otro tal cual es. Es la historia de Allison y Josh Lewis que decidió adoptar a dos bebés, uno de los cuales gravemente enfermo, sin cerebro y que vivirá un tiempo limitado. Con 5 hijos ya en casa, sintieron que Dios les invitaba a dar un paso más adelante. Y sabiendo que gozarían poco tiempo de su pequeña bebé, siguieron abrazando la vida.
 

Una familia con cinco hijos
Allison y Josh Lewis se conocieron en el colegio y rápidamente se enamoraron. En el 2000 se casaron y tuvieron 4 hijos y adoptaron a uno más. Su familia estaba completa, o al menos eso es lo que ellos creían, pero la vida les puso una complicada prueba que día tras día han ido superando. Ellos mismos aseveran que “Dios tenía un plan diferente para nosotros”.

En 2015, justo en el cumpleaños número 30 de Allison, ella recibió una llamada de un amigo quien también es un abogado que trata temas de adopción. Él sabía que ellos habían contemplado la posibilidad de adoptar una vez más. Les dijo que había una mujer embarazada que no iba a poder quedarse con su hijo y les preguntó si estaban interesados.

Tras rezar decidieron adoptar
Allison y Josh explican que “oramos y lo conversamos el fin de semana y el lunes estábamos seguros que debíamos aceptar”. La pareja respondió con un sí rotundo.

El día del parto, la familia iba rumbo al hospital en Carolina del Norte cuando recibió una llamada del amigo: “¿Josh tiene las dos manos en el volante?”, preguntó. La noticia era importante. Les informó que no nacería solo un bebé, en realidad eran dos.

“Siempre me cuesta describir las emociones que teníamos en ese momento. Era algo parecido al éxtasis, deleite, abrumados, aterrados”.


Ava y su hermano gemelo

La noticia de que el bebé estaba gravemente enfermo
Por si una noticia tan grande no fuera suficiente, al poco tiempo el abogado llamó otra vez. En esta ocasión su tono de voz era diferente. “Lamento decirles esto (…) los médicos piensan que el segundo bebé no sobrevivirá”.

Así que cuando llegaron al hospital encontraron dos cosas. Un saludable bebé abrazando a las enfermeras y en contraste, una pequeña en cuidados intensivos que había nacido sin cerebro. “Los médicos nos miraron con compasión y dijeron, ‘No se la tienen que llevar.Sabemos que esto no es por lo que firmaron'”.

"Sería parte de nuestra familia sin importar el diagnóstico"
Tanto Allison como Josh dijeron al mismo tiempo: “Es nuestra hija. Sabíamos que sería parte de nuestra familia sin importar el diagnóstico. Dios creó su vida y el hecho de que no nació de la manera en que habríamos escogido, no cambiaba nada la realidad de que ella necesitaba una familia. Tenía un hermano que la necesitaba y nosotros la necesitábamos”.


Ava ya está en casa con el resto de sus hermanos 

Ellos pasaron 3 semanas en ese hospital muy lejos de casa cuidando a la niña, cuando estuvo suficientemente estable, volaron hacia su hogar para internarla en el hospital local. Después de 44 días, Ava Leigh Lewis por fin fue a casa con su familia.

"Una de las cosas 'más difícilmente fáciles que hemos hecho"
Elegir que Ava sea nuestra hija fue una de las cosas más ‘difícilmente fáciles’ que hemos hecho. Tenemos múltiples visitas a la semana de su equipo de cuidados (…) sus visitas son un recordatorio de que la vida de Ava en la tierra probablemente terminará mucho antes”.

La mamá le contó a The Little Things que ellos hablaron abiertamente del tema con los demás niños. Ellos saben que la vida de su hermana será muy corta, “pero saben que tenemos un montón de amor en un corto periodo de tiempo”.
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domingo, 7 de agosto de 2016

Diez principios y una clave para educar correctamente 06082016

Diez principios y una clave para educar correctamente

Un memorándum, el más accesible y concreto posible, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación
Libro - Pixabay
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Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de su hijos. Su misión no es fácil. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables: han de saber comprender, pero también exigir; respetar la libertad de los chicos, pero a la vez guiarles y corregirles; ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo…
De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto. En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alta responsabilidad. ¿Por qué en el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Acaso porque se trata más de un arte que de una ciencia? De acuerdo; pero en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse.
En cualquier caso, aprender este «oficio» no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Tales recetas no existen. Existen, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida, para con ellos encarar la práctica diaria.
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorándum, el más accesible y concreto posible, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación.
— Tres consejos de primer orden.
1) La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos.
Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor». Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sentido común, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados.
¿Por qué? Entre otros motivos, porque «cada niño es un caso» absolutamente irrepetible, distinto de todos los demás. Ningún manual es capaz de explicarnos ese «caso» concreto. Hay que aprender a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los hijos. Y solo el amor permite conocer a cada uno de ellos tal como es hoy y ahora y actuar en consecuencia: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura.
De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a descubrir el momento más adecuado para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas; las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados» frente a aquellas otras en que lo que procede es intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza…
Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan insustituibles. Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo. Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos padres».
2) La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí.
«Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…».
Expresiones como ésta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar, diversiones, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos.
El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado. El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas —el amor de los padres— que engendraron al hijo.
Desde hace ya bastantes siglos se ha dicho que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.
Por eso, cada uno de los esposos debe engrandecer la imagen del otro ante los hijos y evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia su cónyuge. Desde que los críos son muy pequeños, además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, los padres han de prestar atención a no hacerse reproches mutuos delante de ellos, a no permitir uno lo que el otro prohíbe, a evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño: «esto no se lo digas a papá (o a mamá)», etc.
3) Enseñar a querer.
Como acabamos de ver, el principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como fruto de ese amor, que quieran de veras a sus hijos; el fin de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar.
Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar.
Según explica Rafael Tomás Caldera, «la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido»… e incluso, si no se encamina al amor, pudiera resultar perjudicial.
La entera tarea educativa de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.
Sólo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos más clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón.
— Siete recomendaciones más.
4) El mejor educador es el ejemplo.
Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. Jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.
Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo.
Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas… y arrastra.
En el extremo opuesto la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre puede infligir a sus hijos: sobre todo a determinadas edades, cuando el sentido de la «justicia» se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.
5) Animar y recompensar.
El niño es muy receptivo. Si se le repite con frecuencia que es un maleducado, un egoísta, que no sirve para nada, se creerá y será verdaderamente maleducado, egoísta, e incapaz de realizar tarea alguna…«aunque no fuera sino para no defraudar a sus padres».
Es mejor que tenga un poco de excesiva confianza en sí mismo, que demasiado poca. Y si lo vemos recaer en algún defecto, resultará más eficaz una palabra de ánimo que echárselo en cara y humillarlo. Mostrar al hijo que confiamos en sus posibilidades es para él un gran incentivo; en efecto, el pequeño —como, con matices, cualquier ser humano— se encuentra impulsado a llevar a la práctica la opinión positiva o negativa que de él se tiene y a no defraudar nuestras expectativas al respecto.
Cuando hace una observación correcta, incluso opuesta a la que nosotros acabamos de comentar o sugerir, no hay que tener miedo a darle la razón. No se pierde autoridad; más bien al contrario, la ganamos, puesto que no la hacemos residir en nuestros puntos de vista, sino en la misma verdad objetiva de lo que se propone.
Al animar y elogiar es preferible estar más atentos al esfuerzo hecho que al resultado obtenido. En principio, no se debe recompensar al niño por haber cumplido un deber o por haber tenido éxito en algo, si el conseguirlo no le ha supuesto un empeño muy especial. Un regalo por unas buenas calificaciones es deformante. Las buenas calificaciones, junto con la demostración de nuestra alegría por ese resultado, deberían ser ya un premio que diera suficiente satisfacción al niño.
Tampoco es bueno multiplicar desmesuradamente las gratificaciones. Por un lado, porque se le enseña a actuar no por lo que en sí mismo es bueno, sino por la recompensa que él recibe (o, lo que es idéntico, a pensar más en sí mismo que en los otros). Y además, porque cuando éstas vinieran a faltar, el pequeño se sentirá decepcionado: premiar reiteradamente lo que no lo merece equivale a transformar en un castigo todas las situaciones en que esa compensación esté ausente.
Conviene no olvidar una ley básica: educar a alguien no es hacer que siempre se encuentre contento y satisfecho, por tener cubiertos todos sus caprichos o deseos, sino ayudarle a sacar de sí (e-ducir), con el esfuerzo imprescindible por nuestra parte y la suya, toda esa maravilla que encierra en su interior y que lo encumbrará hasta la plenitud de su condición personal… haciéndolo, como consecuencia, muy dichoso.
6) Ejercer la autoridad, sin forzarla ni malograrla.
Por lo mismo, para educar no son suficientes el cariño, el buen ejemplo y los ánimos; es preciso también ejercer la autoridad, explicando siempre, en la medida de lo posible, las razones que nos llevan a aconsejar, imponer, reprobar o prohibir una conducta determinada.
La educación al margen de la autoridad, en otro tiempo tan pregonada, se presenta hoy como una breve moda fracasada y obsoleta, contradicha por aquellos mismos que la han sufrido. El niño tiene necesidad de autoridad y la busca. Si no encuentra a su alrededor una señalización y una demarcación, se torna inseguro o nervioso.
Incluso cuando juegan entre ellos, los niños inventan siempre reglas que no deben ser transgredidas. Por lo demás, todos sabemos lo antipáticos, molestos y tiránicos que son los hijos de los otros, cuando están malcriados, habituados a llamar siempre la atención y a no obedecer cuando no tienen ganas.
Pero tratándose de los propios, es más difícil un juicio lúcido. No se sabe bien si imponerse o abajarse a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo de tener una escena en público…, o acabar la cuestión con una explosión de ira y una regañina (que después deja más incómodos a los padres que al niño).
Por detrás de esta inseguridad, hay siempre una extraña mezcla de miedos y prevenciones. El horror a perder el cariño del chiquillo, el temor a que corra algún riesgo su incolumidad física, el pavor a que nos haga quedar mal o nos provoque daños materiales.
En definitiva, aunque no lo advirtamos ni deseemos, nos queremos más a nosotros mismos que al chico o la chica, anteponemos nuestro bien al suyo. De ahí que, si por encima de tantos temores prevaleciera el deseo sincero y eficaz de ayudar al crío a reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la envidia, la crueldad, etc., no existiría esa sensación de culpa cuando se lo corrigiera utilizando el propio ascendiente.
· Con base en lo expuesto hasta aquí, y aun cuando no esté de moda, es menester reiterar de modo claro y neto la imposibilidad de educar sin ejercer la autoridad (que no es autoritarismo) y exigir la obediencia desde el mismo momento en que los niños empiezan a entender lo que se les pide. Por eso, es importante que los padres, explicando siempre los motivos de sus decisiones, indiquen a los niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por comodidad caer en el olvido sus órdenes, ni permitiendo que los niños se les opongan abiertamente.
Como consecuencia, un criterio básico en la educación del hogar es que deben existir muy pocas normas y muy fundamentales y nunca arbitrarias, lograr que siempre se cumplan… y dejar una enorme libertad en todo lo opinable, aun cuando las preferencias de los hijos no coincidan con las nuestras: ¡ellos gozan de todo el «derecho» a llegar a ser aquello a lo que están llamados… y nosotros no tenemos ninguno a convertirlos en una réplica de nuestro propio yo!
A veces, sin embargo, se prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo que encierra de malo, sólo por impulso, por las ganas de estar tranquilos o porque uno se siente nervioso y todo le molesta. Se compromete así la propia autoridad sin que sea necesario, abusando de ella… y se desconcierta a los muchachos, que no saben por qué hoy está vedado lo que ayer se veía con buenos ojos.
Cualquier niño sano tiene necesidad de movimiento, de juego inventivo y de libertad. Interviniendo de manera continua e irrazonable se acaba por hacer de la autoridad algo insufrible. Como aquella madre de la que se cuenta que decía a la niñera: «Ve al cuarto de los niños a ver que están haciendo… y prohíbeselo».
Por otro lado, la convicción del niño de que nunca hará desistir a los padres de las órdenes impartidas posee una extraordinaria eficacia, y ayuda enormemente a calmar las rabietas o a que no lleguen a producirse.
(Lo más opuesto a esto, como ya he insinuado, es repetir veinte veces la misma orden —lávate los dientes, dúchate, vete ya a dormir…— sin exigir que se cumpla de inmediato: provoca un enorme desgaste psíquico, tal vez sobre todo a las madres, que suelen pasar mayor parte del día bregando con los críos, al tiempo que disminuye o elimina la propia autoridad).
· Vale asimismo la pena estar atentos al modo como se da una indicación. Quien ordena secamente o alzando sin motivo el volumen de la voz deja siempre traslucir nerviosismo y poca seguridad. Un tono amenazador suscita con razón reacciones negativas y oposiciones. Demos las órdenes o, mejor, pidamos por favor, con actitud serena y confiando claramente en que vamos a ser obedecidos.
Reservemos los mandatos estrictos para las cosas muy importantes. Para las demás peticiones resultará preferible utilizar una forma más blanda: «¿serías tan amable de…?», «¿podrías, por favor…?», «¿hay alguno que sepa hacer esto?». De este modo, se estimulará a los críos para que realicen elecciones libres y responsables, y se les dará la ocasión de actuar con autonomía e inventiva, de sentirse útiles… y experimentar la satisfacción de tener contentos a sus padres.
A veces es necesario pedir al hijo un esfuerzo mayor del acostumbrado; convendrá entonces crear un clima favorable. Si, por ejemplo, sabéis que vuestro cónyuge está particularmente cansado o lo atenaza una jaqueca insufrible, hablaréis a solas con el niño y le diréis: «Mamá (o papá) tiene un fuerte dolor de cabeza; por eso, esta tarde te pido un empeño especial para hacer el menos ruido posible…».
Quizá sea oportuno darle una ocupación, y dirigirle una mirada cariñosa o una caricia, de vez en cuando, para recompensar sus desvelos… sin olvidar que en este, como en los restantes casos, hay que arreglárselas para que el niño cumpla su obligación.
Firmeza, por tanto, para exigir la conducta adecuada, pero dulzura extrema en el modo de sugerirla o reclamarla.
7) Saber regañar y castigar.
Los ánimos y las recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación. Un reproche o una punición, dados de la manera oportuna, proporcionada y sin arrepentimientos injustificados, contribuirá a formar el criterio moral del muchacho.
Sensata e inteligente debe ser la dosificación de las reprimendas y de los castigos. La política del «dejar hacer» es típica de los padres o débiles o cómplices.
También en la educación, la «manga ancha» viene dictada a menudo por el temor de no ser obedecido o por la comodidad («haz lo que quieras, con tal de dejarme en paz»)… que no son sino otros tantos modos de amor propio: de preferir el propio bien (no esforzarse, no sufrir al demandar la conducta correcta) al de los hijos.
Pero resultaría pedante, o incluso neurótico, un continuo y sofocante control de los chicos, regañados y castigados por la más mínima desviación de unos cánones despóticos establecidos por los padres.
Para que una reprensión sea educativa ha de resultar clara, sucinta y no humillante. Hay por tanto que aprender a regañar de manera correcta, explícita, breve, y después cambiar el tema de la conversación. En efecto, no se debe exigir que el hijo reconozca de inmediato el propio mal y pronuncie un mea culpa, sobre todo si están presentes otras personas (¿lo hacemos nosotros, los adultos?).
Convendrá también elegir el lugar y el momento pertinente para reprenderle; a veces será necesario esperar a que haya pasado el propio enfado, para poder hablar con la debida serenidad y con mayor eficacia.
Por otro lado, antes de decidirse a dar un castigo, conviene estar bien seguros de que el niño era consciente de la prohibición o del mandato.
Naturalmente, hay que evitar no solo que la sanción sea el desahogo de la propia rabia o malhumor, sino también que tenga esa apariencia. Tratándose de fracasos escolares, conviene saber juzgar si se deben a irresponsabilidad o a limitaciones difícilmente superables del chico o de la chica.
Cuando se reprenda es menester además huir de las comparaciones: «Mira cómo obedece y estudia tu hermana…». Las confrontaciones sólo engendran celos y antipatías.
Tener que castigar puede y debe disgustarnos, pero a veces es el mejor testimonio de amor que cabe ofrecer a un hijo: el amor «todo lo sufre», cabría recordar con san Pablo,… incluso el dolor de los seres queridos, siempre que tal sufrimiento sea necesario.
Ningún temor, por tanto, a que una corrección justa y bien dada disminuya el amor del hijo respecto a vosotros. A veces se oye responder al muchacho castigado: «¡No me importa en absoluto!». Podéis entonces decirle, con toda la serenidad de que seáis capaces: «No es mi propósito molestarte ni hacerte padecer».
8) Formar la conciencia.
En nuestra sociedad, los niños resultan bombardeados por un conjunto de eslóganes y de frases que transmiten «ideales» no siempre acordes con una visión adecuada del ser humano, e incapaces por tanto de hacerlos dichosos.
La solución no es un régimen policial, compuesto de controles y de castigos. Es menester que los hijos interioricen y hagan propios los criterios correctos, que formen su conciencia, aprendiendo a distinguir claramente lo bueno de lo malo.
Y para ello no basta con decirles: «¡Esto no está bien!» o, menos todavía, «¡Esto no me gusta!».
Se corre el riesgo de transformar la moral en un conjunto de prohibiciones arbitrarias, carentes de fundamento. Por el contrario, es muy importante «educar en positivo», como se suele afirmar; lo cual equivale, en mi opinión, a mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones. Para lograrlo, hay que esforzarse por vivir la propia vida, con todas sus contrariedades, como una gozosa aventura que vale la pena componer cada día.
En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído y estimulado para obrar correctamente.
Además, interesa hacer comprender lo decisiva que es la intención para determinar la moralidad de un acto, y ayudar a los hijos a preguntarse el porqué de un determinado comportamiento. A tenor de sus respuestas, se les hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc., que los ha motivado. El denominado complejo de culpa, es decir, la obscura y angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada de miedo o de vergüenza, nace justo de la falta de un valiente y sereno examen de la calidad moral de nuestros actos. Por el contrario, como muestran también los psiquiatras más avezados, es necesario y sano el sentido del pecado. La clara percepción de las propias concesiones y faltas, con las que hemos vuelto las espaldas a Dios, provoca un remordimiento que activa y multiplica las fuerzas para buscar de nuevo el amor que perdona.
Para formar la conciencia puede también ser útil comentar con el niño la bondad o maldad de las situaciones y hechos de los que tenemos noticia, así como sugerirle la práctica del examen de conciencia personal al término del día, acaso ayudándole en los primeros pasos a hacerse las preguntas adecuadas. A medida que crece, hay que dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad sus propias decisiones, diciéndole como mucho: «Yo, de ti, lo haría de este o aquel modo» y, en su caso, explicándole brevemente el porqué.
9) No malcriar a los niños.
Se malcría a un niño con desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos. Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos, y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares. Un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá, si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse de los otros o de llevárselos por delante.
Por eso, frente a los caprichos de los niños no se debe ceder: habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al mismo tiempo, firme. Y esto, incluso —o sobre todo— cuando «nos pongan en evidencia» delante de otras personas: su bien (¡el de los hijos!) debe ir siempre por delante del nuestro.
10) Educar la libertad.
En este ámbito, la tarea del educador es doble: hacer que el educando tome conciencia del valor de la propia libertad, y enseñarle a ejercerla correctamente.
Pero no resulta fácil entender a fondo lo que es la libertad y su estrecha relación con el bien y con el amor. ¿Quién es auténticamente libre?: el que, una vez conocido, hace el bien porque quiere hacerlo, por amor a lo bueno. Al contrario, va «perdiendo» su libertad quien obra de manera incorrecta. Un hombre puede quitarse la vida porque es «libre», pero nadie diría que el suicidio lo mejora en cuanto persona o incrementa su libertad.
Educar en la libertad significa por tanto ayudar a distinguir lo que es bueno (para los demás y, como consecuencia, para la propia felicidad), y animar a realizar las elecciones consiguientes, siempre por amor.
Conceder con prudencia una creciente libertad a los hijos contribuye a tornarlos responsables. Una larga experiencia de educador permitía afirmar a San Josemaría Escrivá: «Es preferible que [los padres] se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre».
En definitiva, igual que antes afirmaba que el objetivo de toda educación es enseñar a amar, puede también decirse —pues en el fondo es lo mismo— que equivale a ir haciendo progresivamente más libre e independiente a quienes tenemos a nuestro cargo: que sepan valerse por sí mismos, ser dueños de sus decisiones, con plena libertad y total responsabilidad.
— …Y la clave de las claves.
11) Recurrir a la ayuda de Dios.
El conjunto de sugerencias ofrecidas hasta el momento estarían incompletas si no dejáramos constancia de este «último» y fundamentalísimo precepto, que debe acompañar a todos y cada uno de los precedentes.
Educar procede de e-ducere, ex-traer, hacer surgir. El agente principal e insustituible es siempre el propio niño. De una manera todavía más profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona de nuestros hijos, haciendo posible su perfeccionamiento.
Ningún hijo es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo y, en última instancia, a Dios. Por tanto, y como apuntaba, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen y semejanza». Nuestra tarea consiste en «desaparecer» en beneficio del ser querido, poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la suya!, única e irrepetible.
Por consiguiente, el padre o la madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse colaboradores de Dios en el crecimiento humano y espiritual del chico; pero es este el auténtico protagonista de tal mejora.
A los padres en concreto, en virtud del sacramento del matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan importante tarea. Por todo ello es muy conveniente que, sobre todo pero no sólo en momentos de especial dificultad, invoquen la ayuda y el consejo de Dios… y que sepan abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan los resultados deseados o que el chico —en la adolescencia, pongo por caso— enrumba caminos que nos hacen sufrir.
Además, no debe olvidarse del gran servicio gratuito del Ángel Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el cuidado de nuestros hijos. Y recordar también que la Virgen continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía y de intercesión.
Enseñarles a tener todo esto en cuenta puede constituir la herencia más valiosa que, en el conjunto íntegro de la educación, leguen los padres a sus hijos.
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com

jueves, 4 de agosto de 2016

¿Qué deben hacer los matrimonios jóvenes para acercar a sus hijos a Dios? (II) 03082016


¿Qué deben hacer los matrimonios jóvenes para acercar a sus hijos a Dios? (II)

Puesto que el hogar es la primera escuela de la fe (y la más importante), es muy importante saber qué cosa es la primera y la principal que hay que enseñar

Niñas - Pixabay
Niñas - Pixabay
Para quienes no hayan leído la primera parte, ¿Qué deben hacer los matrimonios jóvenes para acercar a sus hijos a Dios? (I), les pueden resultar útiles dos avisos: uno, que este escrito es una carta dirigida a una consultante, y dos, que en el último punto decíamos que más que los padres antes que tomar iniciativas para acercar a los hijos a Dios, debían tratar de no obstaculizar la acción de Dios en sus hijos. Ahora ya se puede entender el punto 4 con el que comenzamos porque enlaza con esa idea.
4. Esto no es un capricho de Dios sino que obedece a una razón profunda, que es la siguiente: Dios, que nos ha creado a todos como personas, seres únicos, tiene un camino personal y único para cada uno de nosotros y sabe muy bien cuál es y cómo nos tiene que conducir hacia él; en cambio los hombres no siempre sabemos cuál es ese camino ni ese designio de Dios. Más aún, muchas veces interferimos en la acción de Dios, haciendo planes para los hijos que más se deben a nuestras expectativas que a lo que Dios tiene dispuesto. Él sabe lo que quiere para cada persona y los padres humanos no siempre lo tienen claro; en muchas ocasiones lo que hacen es lo contrario, buscar brillo social o presuntos éxitos que no concuerdan para nada con lo que Dios había dispuesto para este hijo concreto. Esto se demuestra en numerosos casos en los que Dios concede a un hijo una vocación religiosa, especialmente si es una hija, y cómo muchos padres que se dicen cristianos (y en verdad lo son, pero esto no lo han entendido bien) cuando llega el momento de la renuncia a los propios planes, tantas veces se oponen con inexplicable obstinación.
5. La acción de los padres, por tanto, está en facilitar que cada hijo pueda descubrir cuál es la llamada de Dios para cada uno de sus hijos. Cuando yo le decía a usted que los padres cristianos no tienen descanso en la educación de sus hijos, me refería a esto. Su misión está en establecer un ambiente de familia en el que los hijos puedan escuchar la llamada personal que Dios hace a cada uno de ellos. Y esto exige mucha dedicación y mucho trabajo. Lo diré con un ejemplo referido al mundo de la construcción. Su misión no es tanto construir cuanto preparar el terreno donde otro construirá, tenerlo desbrozado y limpio. Y también hay otra tarea que se les encomienda a los padres: poner los cimientos donde se alzará la construcción de la persona. El terreno es la persona del hijo, los cimientos, la formación humana básica, que por básica es fundamental: conocimientos, normas, actitudes y hábitos.
6. Ahora ya se pueden señalar alguna de las cosas que pueden hacer los padres.
6.1 Lo primero es vivir intensamente la gracia sacramental de su matrimonio. Este es el fundamento de la familia. La gracia que Dios da a través del sacramento del matrimonio está activa siempre, no se acaba el día de la boda. Esa gracia hay que mantenerla y desarrollarla con los medios espirituales habituales: sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, vida de oración y práctica de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia.
6.2 Generosidad en la apertura a la vida. Un medio extraordinario de que un niño pueda acercarse a Dios con facilidad es rodeándole de los hermanos que Dios quiere darle a través de sus padres. El hermano facilita la fe tanto o más que los padres. Para un desarrollo personal óptimo, la persona necesita un mundo de relaciones óptimas. Eso lo procura en primer lugar la casa, una casa en la que además del padre y la madre, haya un buen grupo de hermanos, y si se puede unos abuelos. En segundo lugar también son muy importantes el colegio y los demás grupos de referencia de la familia, sobre los que también le diré algo en un punto posterior.
6.3 El padre debe actuar como padre, siendo un reflejo de la paternidad de Dios y la madre como madre, siendo un reflejo de la maternidad de la Iglesia. En la práctica esto se traduce en una dedicación constante, creando un ambiente hogareño presidido por el amor; un amor que tenga estas tres notas: intenso, tierno y exigente, porque así es el amor de Dios. En la nota exigente entra todo el tema de la autoridad que es muy importante aunque ahora no se pueda desarrollar.
6.4 En ese ambiente deben cultivarse las prácticas de piedad de manera ordinaria: acudir a la Iglesia, escucha de la Palabra y oración en común. Son importantes las imágenes religiosas, como elementos habituales en el hogar. Especial atención merece la Palabra de Dios, con la cual hay que tener verdadera familiaridad. La Santa Biblia no puede ser un elemento extraño ni decorativo, pero tampoco es un libro más. Debe tener reservado en la casa un lugar privilegiado y acostumbrar a los niños a usarla con frecuencia y a tratarla con respeto y reverencia.
6.5 En una casa cristiana debe haber auténtica solicitud por los pobres y los niños deben acostumbrarse a ver el trato amoroso de sus padres hacia ellos. La pobreza no es una calamidad, sino un don de Dios que Cristo hizo suyo en su estilo de vida y que regala a todo aquel a quien llama a la vida religiosa mediante el voto de pobreza. Los pobres no son enemigos de quienes defenderse, sino presencia de Jesucristo que se ha identificado con ellos hasta el punto que se explica en el capítulo 25 del evangelio de San Mateo. Tanto el papa San Juan Pablo II en Familiaris consortio como el actual papa Francisco en Amoris laetitita han hecho una llamada fuerte a la práctica de la hospitalidad en las familias. Quien no tiene trato de familiaridad con los pobres tiene un gran déficit en su vida de fe porque si no se les trata no se les puede ver como prójimos (próximos) y si no se les tiene como prójimo, ¿cómo se les va a amar? A medida que los hijos vayan creciendo deben participar en obras de ayuda a los demás.
6.6 Puesto que el hogar es la primera escuela de la fe (y la más importante), es muy importante saber qué cosa es la primera y la principal que hay que enseñar, para empezar por donde se debe, que es por el principio. Pues bien, “el principio de la sabiduría es el temor del Señor” (Prov 1, 7). El temor de Dios no es miedo a Dios sino un don del Espíritu Santo que consiste en tener grabado en el alma el miedo a ofender a nuestro Padre Dios. Este punto es fundamental para el niño cristiano: saber que debe huir de ofender a Dios. Antes morir que pecar. Después, cuando vaya creciendo, irá descubriendo que el amor supera al temor (aunque no lo anula nunca, por más santo que uno sea), pero es imposible llegar al amor de Dios sin pasar por el temor, como es imposible llegar a la Universidad sin los conocimientos de la escuela primaria.
6.7 En casa debe haber un ambiente de optimismo y alegría y la clave para ello está en los padres. Sin buen humor el evangelio ni prende ni crece.
6.8 Uno de los peores enemigos que hay que combatir es la pereza. El tiempo no es una cosa ajena a la persona, como si fuera un ente abstracto y escurridizo que nos envuelve igual que nos envuelve el aire y al cual no podemos atrapar; el tiempo no es eso, el tiempo es la vida misma. Perder el tiempo es perder parte de la vida. Por eso puede haber -y deberá haber- muchos momentos para pasarlo bien, de recreo, pero ninguno de aburrimiento. Las actividades lúdicas no son un extra a la vida ordinaria, sino una necesidad y una gran oportunidad para el crecimiento personal.
6.9 La familia no puede estar cerrada en sí misma. Si lo hace se asfixia. Nuestra fe es eclesial. Una de las mejores ayudas que pueden proporcionar los padres es estar ligados en su parroquia o movimiento apostólico a un grupo de matrimonios y familias cristianas. Esto, que ha sido siempre así, en la actualidad es absolutamente indispensable; sin el apoyo de los demás la fe se ahoga y se pudre. Nuestra fe es comunitaria y no se puede vivir de manera individualista, sino en estrecha relación con los hermanos. Para un matrimonio cristiano que no tenga a mano un grupo de matrimonio amigos mi consejo es que dé los pasos necesarios para establecerlo donde él esté. Eso que dice el Génesis: “no es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2, 18), no debe ser entendido solo a nivel individual sino también a nivel familiar.
6.10 La Virgen María debe ser protagonista de fondo en todo lo que la familia se mueve y hace. Las referencias a Ella deben ser constantes. Con Ella hay que tener una familiaridad parecida a la que le recomendaba respecto de la Palabra de Dios.
7. Disposición de hijos hacia Dios por parte de los padres. Reitero en este punto -aunque no para repetirme- algo a lo que ya me he referido antes y que me parece especialmente importante. Los padres son padres de sus hijos, pero no dejan de ser hijos de sus padres (los abuelos) y a la vez hijos de Dios, es decir, no dejan de vivir como hijos. También los padres son hijos llevados por Dios hacia él a través del ejercicio de su paternidad humana. Dicho de otra manera: Dios está hablando a los padres constantemente a través de sus hijos. Como es sabido, la venida de Jesucristo al mundo estuvo precedida por la labor anunciadora de Juan el Bautista, del cual se había profetizado que “convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y de los hijos hacia los padres” (Mal 3, 24), lo cual significa que no podremos recibir al Señor, unos y otros, si no convertimos nuestros corazones de padres y de hijos mutuamente.
Aunque de manera muy resumida, espero haber respondido a su pregunta.
Reciba mis saludos.
Y recíbelos tú también, lector de CATHOLIC.NET.
Con todo afecto y con mis mejores deseos,
Estanislao Martín Rincón

martes, 2 de agosto de 2016

¿Qué deben hacer los matrimonios jóvenes para acercar a sus hijos a Dios? (I) 02082016

¿Qué deben hacer los matrimonios jóvenes para acercar a sus hijos a Dios? (I)

Los padres deben facilitar que sus hijos vayan a Dios siempre
Niñas - Pixabay
Niñas - Pixabay
El título corresponde a la pregunta que una lectora ha tenido a bien hacerme llegar por escrito. Como ni el contenido de la pregunta ni la respuesta comprometen en absoluto la privacidad de la comunicación, ni hay riesgo de quebranto de ningún dato ni secreto que guardar, me ha parecido que podía ser conveniente hacer pública la pregunta y la respuesta para los lectores de la revista porque tal vez haya a quien le pueda resultar de utilidad; todo ello con el conocimiento previo de la interesada.
Para no faltar a la verdad he de decir también que la contestación que paso a reproducir, coincide en el contenido de la respuesta dada a esta lectora, si bien aquí me he permitido introducir algunas modificaciones con explicaciones algo más amplias sobre puntos que en la comunicación original se exponían con menor extensión. Esa respuesta ha sido como sigue:
Muy estimada:
Me hace usted una pregunta muy interesante y muy abierta, tanto que cabría exponer todo un programa educativo para darle una respuesta cumplida. Al pedirme un consejo para los matrimonios jóvenes, entiendo que los hijos son niños y en eso me centraré, pero hay que decir que los padres deben facilitar que sus hijos vayan a Dios siempre, independientemente de la edad de los padres e independientemente de la edad de los hijos. No son pocos los casos en que padres ya ancianos, con el peso de la vida a sus espaldas, a veces con una sola palabra, a veces con su ejemplo, vienen a reconducir la vida de sus hijos ya adultos. Aunque, como le digo, yo me centraré en el caso de niños pequeños. Iré por partes:
1. En primer lugar, se debe tener claro que los hijos son hijos de sus padres y son hijos de Dios, y que la filiación respecto de Dios es más intensa que la filiación humana. Entre ambas filiaciones hay varias diferencias, pero yo le señalaré solo esta:
La dependencia de los padres va de más a menos, va disminuyendo desde una dependencia absoluta hasta desaparecer con la entrada de los hijos en la vida adulta. Cuando el hijo nace, los padres tienen que sostenerlos en todo, pero a medida que la vida del hijo se va desarrollando (vida corporal, facultades, mundo de relaciones, etc.) los hijos se van valiendo cada vez más por ellos mismos, hasta el punto de poder vivir de manera independiente y autónoma, sin la ayuda paterna.
Con respecto a Dios ocurre al revés. Lo propio del cristiano es que pase de ser niño en la fe a ser adulto, pero este crecimiento no supone independencia del Padre Dios, sino lo contrario. A mayor crecimiento en la vida espiritual, mayor dependencia de Dios. No debería extrañar, puesto que en la vida humana también vemos que este ejemplo se cumple en algunos casos. Como me estoy dirigiendo a matrimonios jóvenes, creo que es muy oportuno poner al matrimonio como ejemplo. Si las cosas se hacen como se debe, cuando un hombre y una mujer (normalmente jóvenes) deciden casarse es porque su amor de novios ha madurado lo suficiente como para dar ese paso definitivo. Es claro que para el momento del “sí, quiero” ante el altar, se quieren todo lo que puedan quererse un hombre y una mujer como para entregarse mutuamente en cuerpo y alma y para siempre. Eso es verdad, pero el amor inicial que los lleva a unirse, por grande que sea, está en sus inicios y, por lo mismo, llamado a crecer y madurar muchísimo con el paso de los años. Y si llegan felizmente a la ancianidad, podrán comprobar y testimoniar cómo aquel amor inicial tan grande, ahora se ha hecho más grande todavía en el sentido de estar más acrisolado, más depurado, más solícito, de haber madurado hasta el punto en que puede madurar el amor humano que consiste en no saber distinguir dónde empieza el esposo y acaba la esposa, y viceversa.
El amor crecido no les ha hecho más independientes, sino lo contrario, más necesitados. Pues bien, valga el ejemplo para entender lo que quiero decirle con la filiación divina. Según se va desarrollando nuestra fe y vamos creciendo en vida de santidad y en perfección cristiana, nos vayamos viendo cada vez más menos autónomos y, por tanto, más dependientes y más necesitados de Dios. Para el cristiano de fe poco desarrollada, Dios está lejos, a veces a una distancia sideral, casi ajeno a su vida, mientras que el cristiano de fe adulta entiende que no puede dar un paso sin acudir a Dios y se ve cada vez más estrechamente unido a él y más colgado de su mano providente. El primero vive como autónomo, o sea como huérfano; el segundo como hijo.
2. Hasta que unos padres no entiendan que Dios es más padre de sus hijos que ellos mismos, no se habrán situado en el camino correcto para educar cristianamente a sus hijos. ¿Por qué es eso así? Por algo a lo que me referiré en un punto posterior: porque los padres son a su vez hijos. Cuando un hombre y una mujer se convierten en padres, el hecho de ser padres no anula su condición original de hijos, hijos de sus padres e hijos de Dios. La condición de hijo es un dato de identidad de toda persona, un dato que permanece en el tiempo y que explica, en parte, nuestro propio ser. Quien desustancia u olvida su condición de hijo, pierde una referencia importante y única sobre quién es él.
A continuación hay que preguntarse por la función del hijo. ¿Qué nos corresponde en cuanto hijos? La respuesta es la siguiente: Lo propio del hijo es recibir. Lo que a un hijo le corresponde como hijo no es dar, sino recibir. Sabemos que esto es así por los estudios de las ciencias humanas sobre la familia y lo sabemos sobre todo por Jesucristo, que es el Hijo, con mayúscula, el Hijo Único de Dios e hijo del matrimonio formado por San José y la Santísima Virgen María. Pues bien, en su doble condición de Hijo Único de Dios e hijo de sus padres humanos, Cristo nos enseña en qué consiste ser hijo y cómo se es hijo. Por ser hijo de San José y de la Virgen María, en Cristo destaca especialmente su perfecta obediencia mientras dependió de ellos, a los cuales “estaba sujeto” (Lc 2, 51).
Por ser el Hijo de Dios, Cristo insiste en este aspecto de recepción una y otra vez. Le pongo algunas citas, pero en los evangelios hay muchas más. “No he venido por mi cuenta, sino que él [Dios Padre]me envió” (Jn 8, 42). “Todo me ha sido entregado por mi Padre” (Mt 11, 27).  Él, que es “el” Hijo Único de Dios, una y otra vez con su palabra y con su vida nos enseña a ser hijos. Él, aun siendo la Palabra eterna pronunciada por Dios Padre, y sin dejar de serlo, no habló nada que no le hubiera oído al Padre, ni actuó jamás por su cuenta, sino que hizo las obras que su Padre le había mandado hacer. Desde aquí puede entenderse que dijera: “Yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he decir y cómo he de hablar” (Jn 12, 49) Y refiriéndose a las obras: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo” (Jn 5, 19-20).
3. Lo que le voy a decir ahora, puede que suene un tanto extraño, incluso mal, pero la cosa no está en cómo suene, sino en ver si lo que se dice es verdad. Pues bien, tengo que decirle que lo que le expongo es absolutamente cierto. Se trata de lo siguiente:
Usted me pide un consejo para ayudar a los matrimonios a que acerquen sus hijos a Dios. Eso ya lo hicieron al bautizarlos. Después de llevarlos a bautizar, el gran papel que tienen los padres respecto de sus hijos no consiste en acercarlos a Dios, puesto que eso ya lo han hecho, sino en facilitarles el camino para que ellos vayan por sí mismos. Puede parecer que es lo mismo, pero no lo es. Lo digo con otras palabras: La gran misión de los padres cristianos está en no obstaculizar la acción de Dios en sus hijos. Esto no significa que los padres deban cruzarse de brazos porque para los padres cristianos no hay tiempos muertos; su actividad educativa no tiene tregua ni descanso, pero hay que entender bien cuál es su misión. Porque no se trata tanto de hacer sino de dejar a Dios que haga Él. Una de las grandes enseñanzas de San Juan de la Cruz es precisamente esta, que en la vida cristiana, no está la cosa en poner de nuestra parte sino en quitar estorbos a la acción de Dios.
Trataré de ilustrar esta idea con dos ejemplos tomados de la Sagrada Escritura:
a) En el segundo libro de Samuel, aparece cómo el rey David se dispone a construir un templo para el Señor. Entonces Dios le envía al profeta Natán a que le diga lo siguiente: “Ve y habla a mi siervo David: «Así dice el Señor: ¿Tú me vas a construir una casa para morada mía? (…)  Pues bien, el Señor te anuncia que te va a edificar una casa» (2º Sam 7, 5; 11).
Trasladado al tema que nos ocupa, que es ver cómo llevar los hijos a Dios, es como si Él dijera a los padres humanos. “¿Vosotros me vais a hacer el regalo de acercarme a mí a vuestros hijos? No, vuestros hijos son míos, yo os los he dado y seré yo quien os haga el regalo de traerlos a mí. El hecho de tenerlos cerca de mí no es un regalo que me hacéis, sino un regalo que os hago yo.
b) Cuando Jesucristo, el Señor, habla del acercamiento de los niños a Él, no dice “acercadme los niños”; lo que dice es: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis” (Lc 18, 16).

(Continuará)