"Son muchos los que viven hoy a la intemperie (...) y caen en el desaliento, la crispación o la depresión"
"El impaciente agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra; condena, pero no libera"
La paciencia, una virtud
Apenas se habla de la paciencia en nuestros días, y sin embargo pocas veces habrá sido tan necesaria como en estos momentos de grave crisis generalizada, incertidumbre y frustración.
Son muchos los que viven hoy a la intemperie y, al no poder encontrar cobijo en nada que les ofrezca sentido, seguridad y esperanza, caen en el desaliento, la crispación o la depresión.
Hermana paciencia
La paciencia de la que se habla en el evangelio no es una virtud propia de hombres fuertes y aguerridos. Es más bien la actitud serena de quien cree en un Dios paciente y fuerte que alienta y conduce la historia, a veces tan incomprensible para nosotros, con ternura y amor compasivo.
La persona animada por esta paciencia no se deja perturbar por las tribulaciones y crisis de los tiempos. Mantiene el ánimo sereno y confiado. Su secreto es la paciencia fiel de Dios, que, a pesar de tanta injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus promesas.
Al impaciente, la espera se le hace larga. Por eso se crispa y se vuelve intolerante. Aunque parece firme y fuerte, en realidad es débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra; condena, pero no libera. El impaciente puede terminar en el desaliento, el cansancio o la resignación amarga. Ya no espera nada. Nunca infunde esperanza.
La persona paciente, por el contrario, no se irrita ni se deja deprimir por la tristeza. Contempla la vida con respeto y hasta con simpatía. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia.
Cielo Jeremy Perkins
No por eso cae en la apatía, el escepticismo o la dejación. La persona paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animada por la esperanza. «Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en el Dios vivo» (1 Timoteo 4,10).
La paciencia del creyente se arraiga en el Dios «amigo de la vida». A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra. En él ponemos los creyentes nuestra esperanza.
La Fundación Ajuda i Esperança, en colaboración con la Fundación ”la Caixa”, ha analizado los datos de las 55.498 llamadas atendidas durante el 2020 del Teléfono de la Esperanza y el Teléfono de Prevención del Suicidio
El estudio del Observatorio de la ESPERANZA pone de manifiesto el profundo malestar de unos colectivos sociales que recorren a una voz amiga para ser escuchados y apuesta por convertirse en un punto de encuentro, de reflexión y proposición para hacer frente a las problemáticas personales y sociales
| Fundación "la Caixa"
En un año especialmente sobrecogedor, la Fundación Ajuda i Esperança ha estado sensible al malestar y al sufrimiento de las personas que necesitan ser escuchadas en un marco de seguridad, confidencialidad y anonimato. La Fundación ofrece orientación y acompañamiento emocional a través del Teléfono de la Esperanza (operativo desde 1969) y del Teléfono de Prevención del Suicidio activo desde el 6 de octubre de 2020 en convenio con el Ayuntamiento de Barcelona (900 92 55 55).
De esta experiencia nace el proyecto del Observatorio de la Esperanza, iniciado con el soporte de la Fundación “la Caixa” durante el año 2020, con el objetivo de analizar la información recogida en los servicios del Teléfono de la Esperanza y del Teléfono de Prevención del Suicidio, sobre las personas atendidas y su problemática para contrastarla con el análisis de los fenómenos sociales actuales y generar una fuente de conocimiento que aporte reflexión y propuestas para mejorar la atención a las personas vulnerables.
La publicación es el primer resultado del Observatorio que apuesta por convertirse en un punto de encuentro, de reflexión y proposición sobre cómo afrontar las tensiones emocionales de la población que generan las transformaciones sociales, económicas y culturales de nuestros tiempos, y de esta manera establecer las bases para el desarrollo de una sociedad de bienestar para toda la ciudadanía.
Los relatos anónimos recogidos en los teléfonos de la Esperanza y de la Prevención del Suicidio ponen de manifiesto el profundo malestar de unos colectivos sociales que recorren a una voz amiga para ser escuchados.
El elevado número de llamadas recibidas durante el año 2020 en los dos teléfonos (55.948 llamadas), más de 150 diarias, que mayoritariamente proceden de Barcelona ciudad y alrededores, pero que van más allá de los límites de la ciudad, denota que la problemática no es menor. Más aún cuando, seguramente, los dos teléfonos solo detectan la punta de un iceberg de malestar mucho más extenso.
Las problemáticas personales y sociales que se expresan a través de los dos teléfonos giran entorno a seis temáticas principales: la ideación suicida, las enfermedades mentales, los problemas relacionales, la soledad no deseada, la salud física y la pobreza económica. Cada una de ellas obedece a una dinámica propia, pero muy a menudo están interrelacionadas entre sí y se retroalimentan. Todas ellas se caracterizan por comportar un sufrimiento personal que cada persona afronta con sus capacidades personales y con los recursos que obtiene de las personas de su entorno y de los que la sociedad pone a su disposición. La experiencia acumulada en los dos teléfonos enseña que con estos recursos no hay suficiente o no son suficientes para contener a niveles soportables las tensiones del malestar. De hecho, los servicios de los dos teléfonos generan un nuevo recurso de una voz amiga anónima que ha demostrado su validez para apaciguar las tensiones emocionales y para evitar situaciones extremas.
El anonimato en qué se basa la metodología de los teléfonos no permite conocer en profundidad las características de las personas que llaman, pero a grandes rasgos dibujan unos perfiles claros: en el caso del Teléfono de la Esperanza, las mujeres son mayoritarias, sobre todo entre las personas mayores. El colectivo mayoritario es el de los adultos, pero con dos grupos de edades significativos, el de los más jóvenes (18-39 años) y el de los de más de 65 años. Los dos colectivos de edad extremos, los menores de 18 años o los mayores de 80 años, son más minoritarios, lo cual no significa que su problemática sea menos importante, sino que se dirigen menos a este servicio.
Son personas de todos los niveles sociales, por bien que casi la mitad tienen un nivel básico de estudios. En la mayoría de los casos son personas que viven solas, aunque una tercera parte viven en pareja o con otros familiares. La gran mayoría no son personas activas en el mercado laboral, ya sea por estar de baja, por jubilación o bien por no tener un trabajo remunerado. Casi todos han estado o están atendidos por los sistemas de salud o por los servicios sociales, aunque en algunos casos, el servicio del teléfono constituye el primer punto de contacto que después puede derivar en una atención médica o de servicios sociales.
En el Teléfono de Prevención del Suicidio, los perfiles son similares. Una mayoría de llamadas corresponden a mujeres y esta mayoría se incrementa en el caso de mujeres con conducta suicida. En referencia a la edad, la mayoría son también de edades centrales, pero la proporción de jóvenes menores de 29 años es más elevada en este caso, casi un tercio, que en el Teléfono de la Esperanza. Son personas mayoritariamente solteras, la mitad de las cuales viven solas y la otra mitad con la familia u otras fórmulas. La soledad física no es tan prevalente como en el caso del Teléfono de la Esperanza. La mayoría no trabajan, aunque las personas con un trabajo remunerado son mas abundantes entre las llamadas al Teléfono de Prevención del Suicidio que en las llamadas del Teléfono de la Esperanza. La influencia territorial es similar.
En el caso de la prevención del suicidio las problemáticas de salud mental son mucho más presentes que en el Teléfono de la Esperanza.
Si este es el perfil anónimo de las personas que utilizan el teléfono de los dos servicios, la dimensión exacta de la totalidad del iceberg es más difícil de dibujar. Las problemáticas que recogen en sus conversaciones los/las escuchas y los orientadores y orientadoras de los servicios tienen un denominador común que es el malestar personal que no encuentra en su entorno personal o social, la confianza necesaria para expresarse y encontrar consuelo y sí que lo encuentra en la comunicación telefónica con una persona que solo conoce por la voz y que le ofrece comprensión y compañía. Un malestar personal, que puede ser de diferentes grados de intensidad, pero que siempre es vivido por la persona de forma suficientemente problemática como para coger el teléfono y explicar a otra persona que no conoce personalmente sus preocupaciones, aunque sea, como muy bien cuentan los voluntarios/as para escuchar su propia voz y apaciguar su incomunicación. “Cuando nos llaman saben perfectamente que somos personas anónimas, que nuca sabrán como somos, ni nosotros como son ellos. Pero lo que realmente actúa como bálsamo es escuchar su propia voz, verbalizar aquello que les angustia, y esta misma angustia brota, la ven, casi la tocan, porque la pueden sentir, y precisamente por esto, porque somos anónimos, pueden llegar a más, hasta todavía más profundamente de cómo lo harían en una conversación con una amistad o con cualquier otra persona más cercana. Y por supuesto, es soledad, mucha soledad” comenta Alicia, participante del focus group como escucha y orientadora.
De esta manera, la experiencia de los servicios del Teléfono de la Esperanza y el de la Prevención del Suicidio aportan cinco elementos de reflexión:
Ponen en valor el poder transformador de la conversación, aunque solo sea para ayudar a visualizar las tensiones y angustias de la persona que se expresa bajo la presión del malestar y, mucho más cuando contribuye a su elaboración racional, tal y como expresan con gran lucidez los voluntarios y voluntarias que participan.
El carácter voluntario de la relación de los individuos con el servicio, tanto de sus usuarios/as como de los prestadores/as que aporta un clima de libertad altamente constructivo y enriquecedor por las conversaciones a establecer. Es una relación en que ambas partes salen ganando personalmente, unos porque descargan tensiones y los otros porque reciben más de lo que dan, parafraseando las declaraciones de algunos voluntarios.
En el caso del Teléfono de la Esperanza, la iniciativa de la sociedad civil a través de la Fundación Ayuda y Esperanza contribuye a generar patrones y a difundir comportamientos alternativos de implicación comunitaria de las personas. Y en el caso del Teléfono de Prevención del Suicidio, la iniciativa pública de establecer una colaboración pública privada entre el Ayuntamiento de Barcelona y la Fundación materializa una de las líneas más prometedoras para afrontar los retos de las sociedades avanzadas, hoy ampliamente reconocidas, pero de materialización todavía incipiente.
La exigencia de una elevada profesionalización de los voluntarios de la escucha basada en un riguroso control metodológico de los procesos de las conversaciones que facilite la incorporación de toda la acumulación del saber y la inteligencia colectiva desarrollada por las ciencias humanas y sociales.
El anonimato entre el usuario/a y el/la escucha o el orientador/a contribuye a generar un clima de confianza en un espacio de tiempo muy corto totalmente necesario para facilitar la rápida manifestación del malestar interno. El reto que plantea este recurso de urgencia es su articulación en un conjunto de recursos que faciliten la resolución de los factores desencadenantes del malestar.
El Papa lanza sus "sueños" para el Viejo Continente, e invita a los cristianos a "despertar la conciencia de Europa" y a "comprometerse con valentía y determinación a ofrecer su colaboración en cada ámbito donde viven y trabajan", en una carta al cardenal Parolin
Advierte del riesgo de que el proyecto europeo "esté volviendo atrás" y de "la tentación de ir cada uno por su cuenta, buscando soluciones unilaterales"
“Sueño una Europa amiga de la persona y de las personas. Una tierra donde sea respetada la dignidad de todos, donde la persona sea un valor en sí y no el objeto de un cálculo económico o una mercancía”
“Sueño una Europa que sea una familia y una comunidad, que sepa valorar las peculiaridades de todas las personas y los pueblos, sin olvidar que estos están unidos por responsabilidades comunes”
“Se trata de elegir entre un modelo de vida que descarta personas y cosas, y uno inclusivo que valora lo creado y a las criaturas”
“Sueño una Europa sanamente laica, donde Dios y el César sean distintos pero no contrapuestos. Una tierra abierta a la trascendencia, donde el que es creyente sea libre de profesar públicamente la fe y de proponer el propio punto de vista en la sociedad”. El Papa Francisco ha escrito una interesantísima carta al Viejo Continente, azotado por la división y en riesgo por la pandemia y la crisis cultural. Y sí: también religiosa.
Y lo hace admitiendo que “han terminado los tiempos de los confesionalismos”, pero “se espera, también el de un cierto laicismo que cierra las puertas a los demás y sobre todo a Dios, porque es evidente que una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia, no respeta adecuadamente a la persona humana”.
Una realidad, en la que “los cristianos tienen hoy una gran responsabilidad: como la levadura en la masa, están llamados a despertar la conciencia de Europa, para animar procesos que generen nuevos dinamismos en la sociedad”. “Los exhorto, pues, a comprometerse con valentía y determinación a ofrecer su colaboración en cada ámbito donde viven y trabajan”.
Medio siglo de relaciones con Europa
La carta, escrita con motivo de los 50 años de relaciones entre la Santa Sede y las instituciones europeas, así como el 40 aniversario de la COMECE, comienza combatiendo con el secretario de Estado, Pietro Parolin (el destinatario de la misma) “algunas reflexiones sobre el futuro de este continente, que me es particularmente querido, no sólo por los orígenes familiares, sino también por el rol central que este ha tenido y pienso que todavía debe tener —si bien con tonos diversos— en la historia de la humanidad”.
Caritas alerta de la debilidad de los servicios sociales en Europa y urge a la fortalecerlos
“El proyecto europeo surge como voluntad de poner fin a las divisiones del pasado”, sostiene Bergoglio, que apunta cómo en nuestro tiempo, marcado por la pandemia del coronavirus, da la sensación de “estar volviendo atrás”, por lo que es preciso “hacer una elección: o se sigue el camino tomado en el último decenio, alentado por la tentación de la autonomía, enfrentando crecientes incomprensiones, contraposiciones y conflictos; o bien se redescubre ese camino de la fraternidad, que sin duda fue el que inspiró y animó a los Padres fundadores de la Europa moderna”.
“En las noticias europeas de los últimos meses, la pandemia puso en evidencia todo esto: la tentación de ir cada uno por su cuenta, buscando soluciones unilaterales a un problema que trasciende los límites de los Estados, pero también, gracias al gran espíritu de mediación que caracteriza a las Instituciones europeas, el deseo de recorrer con convicción el camino de la fraternidad que es además camino de la solidaridad, poniendo en marcha la creatividad y nuevas iniciativas”, subrayó el Pontífice, quien pidió “consolidar las medidas adoptadas para evitar que los empujes centrífugos recobren fuerza”.
El Papa Francisco y Europa
"Europa, vuelve a descubrir tus ideales"
En este sentido, el Papa recuerda las palabras de Juan Pablo II en Compostela: “Europa, vuelve a encontrarte. Sé tú misma”, para añadir: “Europa: Tú, que has sido una fragua de ideales durante siglos y ahora parece que pierdes tu impulso, no te detengas a mirar tu pasado como un álbum de recuerdos”.
“Europa, ¡vuelve a encontrarte! Vuelve a descubrir tus ideales, que tienen raíces profundas. ¡Sé tú misma!”, clama Bergoglio, quien pregunta “¿qué Europa soñamos para el futuro? ¿En qué consiste su contribución original?”
“Sueño una Europa amiga de la persona y de las personas. Una tierra donde sea respetada la dignidad de todos, donde la persona sea un valor en sí y no el objeto de un cálculo económico o una mercancía”, apunta el Papa, quien pide cuidar la vida “en todas sus etapas, desde que surge invisible en el seno materno hasta su fin natural, porque ningún ser humano es dueño de la vida, sea propia o ajena”.
Para ello, invita a “proteger al que es más frágil y débil, especialmente a los ancianos, los enfermos que necesitan tratamientos costosos y las personas con discapacidad”, tutelando los derechos, pero también los deberes. “Sueño una Europa que sea una familia y una comunidad”, añade, que “sepa valorar las peculiaridades de todas las personas y los pueblos, sin olvidar que estos están unidos por responsabilidades comunes”.
Consejo de la UE
Una Europa dividida y sin futuro
Porque “Europa es una auténtica familia de pueblos, distintos entre sí, pero sin embargo unidos por una historia y un destino común”, y porque “una Europa dividida, compuesta de realidades solitarias e independientes, fácilmente se encontrará incapaz de hacer frente a los desafíos del futuro”.
En cambio, añade, “una Europa comunidad, solidaria y fraterna, sabrá aprovechar las diferencias y el aporte de cada uno para afrontar juntos las cuestiones que le esperan, comenzando por la pandemia, pero también por el desafío ecológico, que no se limita sólo a la protección de los recursos naturales y a la calidad del ambiente en que vivimos”.
“Se trata de elegir entre un modelo de vida que descarta personas y cosas, y uno inclusivo que valora lo creado y a las criaturas”, recuerda Bergoglio.
“Sueño una Europa solidaria y generosa. Un lugar acogedor y hospitalario, donde la caridad —que es la mayor virtud cristiana— venza toda forma de indiferencia y egoísmo”, añade, señalando que “ser solidarios implica hacerse prójimos”, y que, en el caso de Europa, “significa particularmente hacerse disponible, cercana y diligente para sostener —a través de la cooperación internacional— a los otros continentes —pienso especialmente en África—, de modo que se resuelvan los conflictos en curso y se ponga en marcha un desarrollo humano sostenible”.
Migrantes Lampedusa
Ante la actual tesitura, el Pontífice alerta de la propensión a “cerrarnos en nosotros mismos y a vivir con miedo a todo lo que nos rodea y es diferente a nosotros”, especialmente en el caso de los migrantes. “Es evidente que la necesaria acogida de los migrantes no puede limitarse a simples operaciones de asistencia al que llega, a menudo escapando de conflictos, hambre o desastres naturales, sino que debe consentir su integración para que puedan ‘conocer, respetar y también asimilar la cultura y las tradiciones de la nación que los acoge’”.
Mon. Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano
Carta del Papa a Parolin
Publicamos a continuación la carta que el Santo Padre ha dirigido al Emmo. Secretario de Estado con ocasión del 40º aniversario de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE), el 50º aniversario de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la Unión Europea y el 50º aniversario de la presencia de la Santa Sede como Observador Permanente ante el Consejo de Europa.
En coincidencia con estos aniversarios, estaba programada, del 28 al 30 de octubre, una visita del cardenal Parolin a Bruselas, que ha sido cancelada debido al empeoramiento de la emergencia sanitaria. Se prevé que las reuniones con las autoridades de la Unión Europea y los miembros de la COMECE puedan efectuarse en video-conexión.
Al Venerado Hermano
Señor Cardenal PIETRO PAROLIN
Secretario de Estado
En este año, la Santa Sede y la Iglesia en Europa celebran algunos acontecimientos significativos. Hace cincuenta años se concretó la colaboración entre la Santa Sede y las Instituciones europeas surgidas después de la segunda guerra mundial, mediante el establecimiento de las relaciones diplomáticas con las entonces Comunidades Europeas y la presencia de la Santa Sede como Observador ante el Consejo de Europa. Después, en 1980, se creó la Comisión de los Episcopados de las Comunidades Europeas (COMECE), en la que participan con un delegado propio todas las Conferencias Episcopales de los Estados Miembros de la Unión Europea, con el objetivo de favorecer «una colaboración más estrecha entre dichos Episcopados, en orden a las cuestiones pastorales relacionadas con el desarrollo de las competencias y de las actividades de la Unión».[1] Además, este año se celebró el 70.º aniversario de la Declaración Schuman, un acontecimiento de gran importancia que ha inspirado el largo camino de integración del continente, haciendo posible que se superen las hostilidades producidas a causa de los dos conflictos mundiales. A la luz de estos acontecimientos, usted tiene previsto próximamente visitas significativas a las Autoridades de la Unión Europea, a la Asamblea Plenaria de la COMECE y a las Autoridades del Consejo de Europa, por lo que considero oportuno compartirle algunas reflexiones sobre el futuro de este continente, que me es particularmente querido, no sólo por los orígenes familiares, sino también por el rol central que este ha tenido y pienso que todavía debe tener —si bien con tonos diversos— en la historia de la humanidad.
Ese rol se vuelve todavía más relevante en el contexto de pandemia que estamos atravesando. De hecho, el proyecto europeo surge como voluntad de poner fin a las divisiones del pasado. Nace de la conciencia de que juntos y unidos somos más fuertes, que «la unidad es superior al conflicto»[2] y que la solidaridad puede ser «un modo de hacer la historia, un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida».[3] En nuestro tiempo, que «da muestras de estar volviendo atrás»,[4] en el que prevalece la idea de ir cada uno por su cuenta, la pandemia constituye como una línea divisoria que obliga a hacer una elección: o se sigue el camino tomado en el último decenio, alentado por la tentación de la autonomía, enfrentando crecientes incomprensiones, contraposiciones y conflictos; o bien se redescubre ese camino de la fraternidad, que sin duda fue el que inspiró y animó a los Padres fundadores de la Europa moderna, a partir justamente de Robert Schuman.
En las noticias europeas de los últimos meses, la pandemia puso en evidencia todo esto: la tentación de ir cada uno por su cuenta, buscando soluciones unilaterales a un problema que trasciende los límites de los Estados, pero también, gracias al gran espíritu de mediación que caracteriza a las Instituciones europeas, el deseo de recorrer con convicción el camino de la fraternidad que es además camino de la solidaridad, poniendo en marcha la creatividad y nuevas iniciativas.
Sin embargo, es necesario consolidar las medidas adoptadas para evitar que los empujes centrífugos recobren fuerza. Resuenan hoy con gran actualidad las palabras que san Juan Pablo II pronunció en el Acto europeo en Santiago de Compostela: Europa, «vuelve a encontrarte. Sé tú misma».[5] En un tiempo de cambios repentinos se corre el riesgo de perder la propia identidad, especialmente cuando desaparecen los valores compartidos sobre los que se funda la sociedad.
En este momento, quisiera decirle a Europa: Tú, que has sido una fragua de ideales durante siglos y ahora parece que pierdes tu impulso, no te detengas a mirar tu pasado como un álbum de recuerdos. Con el tiempo, aun las memorias más hermosas se desvanecen y acaban siendo olvidadas. Tarde o temprano nos damos cuenta de que los contornos del propio rostro se esfuman, nos encontramos cansados y agobiados de vivir el tiempo presente, y con poca esperanza de mirar al futuro. Sin una noble motivación nos descubrimos frágiles y divididos, y más inclinados a lamentarnos y a dejarnos atraer por quien hace de las quejas y de la división un estilo de vida personal, social y político.
Europa, ¡vuelve a encontrarte! Vuelve a descubrir tus ideales, que tienen raíces profundas. ¡Sé tú misma! No tengas miedo de tu historia milenaria, que es una ventana abierta al futuro más que al pasado. No tengas miedo de tu anhelo de verdad, que desde la antigua Grecia abrazó la tierra, sacando a la luz los interrogantes más profundos de todo ser humano; de tu sed de justicia, que se desarrolló con el derecho romano y, con el paso del tiempo, se convirtió en respeto por todo ser humano y por sus derechos; de tu deseo de eternidad, enriquecido por el encuentro con la tradición judeo-cristiana, que se refleja en tu patrimonio de fe, de arte y de cultura.
La UE, según Bansky
Hoy, mientras en Europa tantos se interrogan con desconfianza sobre su futuro, muchos otros la miran con esperanza, convencidos de que todavía tiene algo que ofrecer al mundo y a la humanidad. Es la misma confianza que inspiró a Robert Schuman, consciente de que «la contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas».[6] Es la misma confianza que podemos tener nosotros, a partir de valores compartidos y arraigados en la historia y en la cultura de esta tierra.
Por tanto, ¿qué Europa soñamos para el futuro? ¿En qué consiste su contribución original? En el mundo actual, no se trata de recuperar una hegemonía política o una centralidad geográfica, ni se trata de elaborar soluciones innovadoras a los problemas económicos y sociales. La originalidad europea está sobre todo en su concepción del hombre y de la realidad; en su capacidad de iniciativa y en su solidaridad dinámica.
Sueño, entonces, una Europa amiga de la persona y de las personas. Una tierra donde sea respetada la dignidad de todos, donde la persona sea un valor en sí y no el objeto de un cálculo económico o una mercancía. Una tierra que cuide la vida en todas sus etapas, desde que surge invisible en el seno materno hasta su fin natural, porque ningún ser humano es dueño de la vida, sea propia o ajena. Una tierra que favorezca el trabajo como medio privilegiado para el crecimiento personal y para la edificación del bien común, creando fuentes de empleo especialmente para los más jóvenes. Ser amigos de la persona significa colaborar con su instrucción y su desarrollo cultural. Significa proteger al que es más frágil y débil, especialmente a los ancianos, los enfermos que necesitan tratamientos costosos y las personas con discapacidad. Ser amigos de la persona significa tutelar los derechos, pero también señalar los deberes. Significa recordar que cada uno está llamado a ofrecer la propia contribución a la sociedad, porque ninguno es un universo cerrado en sí mismo y no se puede exigir respeto para sí, sin respeto por los demás; no se puede recibir si al mismo tiempo no se está dispuesto a dar.
Sueño una Europa que sea una familia y una comunidad. Un lugar que sepa valorar las peculiaridades de todas las personas y los pueblos, sin olvidar que estos están unidos por responsabilidades comunes. Ser familia significa vivir la unidad teniendo en cuenta la diversidad, a partir de la diferencia fundamental entre hombre y mujer. En este sentido, Europa es una auténtica familia de pueblos, distintos entre sí, pero sin embargo unidos por una historia y un destino común. Los últimos años, y aún más la pandemia, han demostrado que nadie puede salir adelante solo y que un cierto modo individualista de entender la vida y la sociedad lleva solamente al desánimo y a la soledad. Todo ser humano aspira a ser parte de una comunidad, es decir, de una realidad más grande que lo trasciende y que da sentido a su individualidad. Una Europa dividida, compuesta de realidades solitarias e independientes, fácilmente se encontrará incapaz de hacer frente a los desafíos del futuro. En cambio, una Europa comunidad, solidaria y fraterna, sabrá aprovechar las diferencias y el aporte de cada uno para afrontar juntos las cuestiones que le esperan, comenzando por la pandemia, pero también por el desafío ecológico, que no se limita sólo a la protección de los recursos naturales y a la calidad del ambiente en que vivimos. Se trata de elegir entre un modelo de vida que descarta personas y cosas, y uno inclusivo que valora lo creado y a las criaturas. Sueño una Europa solidaria y generosa. Un lugar acogedor y hospitalario, donde la caridad —que es la mayor virtud cristiana— venza toda forma de indiferencia y egoísmo. La solidaridad es expresión fundamental de toda comunidad y exige que cada uno se haga cargo del otro. Ciertamente hablamos de una “solidaridad inteligente” que no se limite solamente a asistir las necesidades fundamentales en casos puntuales.
Ser solidarios significa guiar al más débil por un camino de crecimiento personal y social, para que un día este pueda a su vez ayudar a los demás. Como un buen médico, que no se limita a suministrar una medicina, sino que acompaña al paciente hasta la recuperación total.
Ser solidarios implica hacerse prójimos. Para Europa significa particularmente hacerse disponible, cercana y diligente para sostener —a través de la cooperación internacional— a los otros continentes —pienso especialmente en África—, de modo que se resuelvan los conflictos en curso y se ponga en marcha un desarrollo humano sostenible.
Acuerdo UE-Turquía Agencias
Además, la solidaridad se nutre de gratuidad y engendra gratitud. Y la gratitud nos lleva a mirar al otro con amor; pero cuando nos olvidamos de agradecer por los beneficios recibidos, somos más propensos a cerrarnos en nosotros mismos y a vivir con miedo a todo lo que nos rodea y es diferente a nosotros.
Lo vemos en los numerosos temores que atraviesan nuestras sociedades actuales, entre los que no puedo callar el recelo respecto a los migrantes. Sólo una Europa que sea comunidad solidaria puede hacer frente a este desafío de forma provechosa, mientras que las soluciones parciales ya han demostrado su insuficiencia. Es evidente, en efecto, que la necesaria acogida de los migrantes no puede limitarse a simples operaciones de asistencia al que llega, a menudo escapando de conflictos, hambre o desastres naturales, sino que debe consentir su integración para que puedan «conocer, respetar y también asimilar la cultura y las tradiciones de la nación que los acoge».[7]
Sueño una Europa sanamente laica, donde Dios y el César sean distintos pero no contrapuestos. Una tierra abierta a la trascendencia, donde el que es creyente sea libre de profesar públicamente la fe y de proponer el propio punto de vista en la sociedad. Han terminado los tiempos de los confesionalismos, pero —se espera— también el de un cierto laicismo que cierra las puertas a los demás y sobre todo a Dios,[8] porque es evidente que una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia, no respeta adecuadamente a la persona humana.
Los cristianos tienen hoy una gran responsabilidad: como la levadura en la masa, están llamados a despertar la conciencia de Europa, para animar procesos que generen nuevos dinamismos en la sociedad.[9] Los exhorto, pues, a comprometerse con valentía y determinación a ofrecer su colaboración en cada ámbito donde viven y trabajan.
Señor Cardenal:
Estas breves palabras nacen de mi solicitud de Pastor y de la certeza de que Europa aún tiene mucho que dar al mundo. No tienen, por tanto, otra pretensión que la de ser un aporte personal a la reflexión tan necesaria sobre su futuro. Le agradecería si puede compartir su contenido en los diálogos que tendrá usted los próximos días con las Autoridades europeas y con los miembros de la COMECE, que exhorto a colaborar con espíritu de comunión fraterna con todos los obispos del continente, reunidos en el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE). Le ruego que lleve a cada uno mi saludo personal y el signo de mi cercanía a los pueblos que representan. Sus encuentros serán ciertamente una ocasión propicia para profundizar las relaciones de la Santa Sede con la Unión Europea y con el Consejo de Europa, y para confirmar a la Iglesia en su misión evangelizadora y en su servicio al bien común.
Que no le falte a nuestra querida Europa la protección de sus santos Patronos: san Benito, los santos Cirilo y Metodio, santa Brígida, santa Catalina y santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), hombres y mujeres que por amor al Señor han trabajado sin cesar en el servicio de los más pobres y en favor del desarrollo humano, social y cultural de todos los pueblos europeos.
BOLLETTINO N. 0556 - 27.10.2020 19
Mientras me encomiendo a sus oraciones y a las de cuantos tendrá ocasión de encontrar durante su viaje, le pido que lleve a todos mi Bendición.
Vaticano, 22 de octubre de 2020,
memoria de san Juan Pablo II.
FRANCISCO
_________________________
[1] Estatuto de la COMECE, art. 1.
[2] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 228.
[3] Ibíd.
[4] Carta. enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 11.
[5] 9 noviembre 1982, 4.
[6] Declaración Schuman, París, 9 mayo 1950.
[7] Discurso a los participantes en la Conferencia “Repensando Europa” (28 octubre 2017). [8] Cf. Entrevista al semanario católico belga “Tertio” (7 diciembre 2016).
[9] Discurso a los participantes en la Conferencia “Repensando Europa”.
La Conferencia Episcopal prepara una misa solemne en La Almudena con la presencia de la familia real y la vicepresidenta del Gobierno Carmen Calvo
La Iglesia hará 10 días antes del homenaje de Estado un funeral por los fallecidos de la COVID-19 con el rey
El día 6 de julio a las 20.00 h., se celebrará una misa funeral en la catedral de la Almudena de Madrid por todos los fallecidos a causa de la pandemia, presidida por Carlos Osoro y a la que acudirán la familia real, diversas autoridades del Estado y religiosas.
Este funeral católico tendrá lugar solo diez antes del homenaje de Estado planeado por el Gobierno para el 16 de julio y anunciado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado 17 de junio
| El Diario
La Iglesia católica española ha planeado un gran funeral por las víctimas de la COVID-19 para el día 6 de julio. Será una misa de la más alta jerarquía al ser presidida por el cardenal Carlos Osoro y contar con la presencia del rey Felipe VI y su familia: la reina Letizia Ortiz y sus dos hijas. Está previsto que asista la vicepresidenta Carmen Calvo en representación del Gobierno.
Este funeral católico tendrá lugar solo diez antes del homenaje de Estado planeado por el Gobierno para el 16 de julio y anunciado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado 17 de junio. La Conferencia Episcopal aprovecha su comisión permanente que se celebrará el 6 y 7 de julio tras ser postergada por la pandemia para convocar la ceremonia en la catedral de La Almudena, en Madrid.
La Conferencia Episcopal ha dotado de carácter solemne a la celebración: además del cardenal Osoro, la misa será concelebrada por todos los obispos de la Comisión. El acto previsto por el Gobierno tenía carácter laico.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, explicó en junio que, ese acto sería presidido por el jefe del Estado, el rey Felipe VI y que estaba previsto que acudieran el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, de la Comisión, Ursula von der Leyen, del Parlamento Europeo, David Sassoli, el Alto Representante de la UE, Josep Borrell, y el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus.