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lunes, 25 de noviembre de 2019

El museo que inspira premios Nobel (Mauricio Bitran)



El museo que inspira premios Nobel

El astrofísico canadiense de origen chileno Mauricio Bitran, que dirige uno de los dos museos de ciencia más antiguos del mundo, defiende que facilitar el acceso a la ciencia desde los 7 años es clave para la democracia
Mauricio Bitran dirige un museo cuyo lema es “por favor, toca todo lo que veas”. El Centro de Ciencia de Ontario, en Canadá, fue fundado en 1969 y es uno de los museos de ciencia interactivos más antiguos del mundo, explica Bitran, doctor en astrofísica nacido y educado en Chile (La Serena, 1954) y emigrado a Canadá en los años 80, país del que actualmente ostenta la nacionalidad. La institución es una especie de Museo del Prado de la ciencia con un presupuesto anual de unos 25 millones de euros, unas ocho veces más que el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de A Coruña, el mayor centro estatal de este tipo en España.
A lo largo de su carrera Bitran ha pasado de estudiar radioastronomía a ser asesor gubernamental en temas relacionados con ciencia, agricultura y comercio. De viaje en España para impartir una conferencia en la universidad, el científico explica en esta entrevista la importancia de los centros como el que dirige para generar nuevas vocaciones científicas. En su opinión nunca es demasiado pronto para empezar a explicarles a los niños qué es la ciencia y por qué la necesitarán para vivir en el mundo de mañana.
Pregunta. ¿Los políticos y los científicos viven de espaldas?
Respuesta. Más bien es nuestra tendencia a analizar y dividir la que ha separado las humanidades de la ciencia, no es culpa de los políticos. O eliges ciencia y te especializas en eso y tienes una manera de pensar y de ver el mundo, o te especializas en políticas públicas, en ciencias políticas, humanidades, y tienes otro lenguaje, otra manera de ver las cosas. La mayoría de la gente que hace políticas públicas viene del mundo de las humanidades, no de la ciencia, pero muchos de los problemas que enfrentamos actualmente están basados en la ciencia, como la inteligencia artificial o el cambio climático. Muchos científicos ignoran también cómo se hacen las políticas públicas. Yo he intentado crear un curso, el único que conozco en Canadá, que intenta crear un puente entre estas dos culturas. Darles un lenguaje común para que puedan dialogar.
P. Usted ha sido asesor del Gobierno de su provincia ¿los políticos hacen caso de sus asesores en este campo?
R. La ciencia es mucho más simple que la política porque hay menos variables. Es necesaria la educación de los científicos para que entiendan la política y cómo se hacen políticas públicas y también al revés, para que los políticos entiendan mejor cómo funciona la ciencia y saber qué preguntas puede responder. Lo que más me preocupa —y esto lo hemos visto en un sondeo reciente que hicimos en el Centro de ciencias de Ontario— es que en general en la población hay una preocupante desconfianza en la ciencia. La población piensa que su opinión es tan buena como cualquier otra. La opinión y los hechos empiezan a tener la misma validez y eso es gravísimo.
P. ¿La forma de hacer política de algunos líderes puede estar agravando este problema?
R. No les echaría a ellos la culpa. Más bien hay una degradación del discurso en la sociedad. Hoy hay menos profundidad y extensión en el análisis. Incluso ahora algunos científicos, en lugar de presentar sus resultados con precaución, lo hacen de una forma sensacionalista para tener más visibilidad. Todo son estudios rompedores y así la gente no sabe qué pensar. Es un problema general de nuestras sociedades.
P. ¿Qué soluciones hay?
R. Educar a la población. Hay que infundir el espíritu crítico a los niños desde pequeños, a los siete u ocho años. Han hecho falta unos 30 años hasta llegar al punto de descrédito de la ciencia actual, ha sido un proceso lento pero continuo. La solución tampoco será a corto plazo. Lo que hacen los museos de ciencia es producir un incentivo, un interés fuera del contexto de la escuela, por eso se les llama centros informales. Los chavales están deslumbrados por jugadores de fútbol, artistas de cine, pero entre los héroes de nuestra sociedad no están los científicos.
P. ¿Cómo se acercan a los chavales jóvenes?
R. Tenemos tres pilares estratégicos. Uno es la innovación juvenil. Tenemos un premio de innovación para chavales de 14 a 18 años [dotado con un primer premio de 10.000 euros]. Uno de los ganadores desarrolló un sistema para medir el pulso, la presión arterial, la saturación de oxígeno en sangre con un dispositivo inalámbrico que se pone en el dedo. Él escribió el programa que hace un cribado para determinar a quién hay que atender primero en una situación de muchos heridos, por ejemplo. Tiene 15 años. Él mismo imprimió en 3D el dispositivo, validó las mediciones, escribió el software... Esto sirve para darle un cauce a los intereses científicos de los jóvenes e incluso ayudar a que sus inventos pasen al sistema de innovación regional.
P. ¿Hay una forma de medir el impacto que tiene el museo?
R. Es difícil. Hay una medida que no es muy cuantitativa, pero sí importante. Hemos ido coleccionando historias de gente que se ha destacado en la ciencia e ingeniería. Donna Strickland, que ganó el premio Nobel de Física el año pasado y es la tercera mujer que gana este premio en toda la Historia, nos contó que cuando tenía 10 años vino al Centro de Ciencias de Ontario con su familia y vio láseres por primera vez. 35 años más tarde ganó el Nobel por un trabajo relacionado con el láser. El astronauta Chris Hadfield dice que unos meses después del alunizaje del Apolo 11 en julio de 1969 vino al centro y vio expuesta una de las rocas lunares traídas por esa misión. Eso le aclaró lo que quería hacer en la vida. Tenemos 50 historias como esta. Desde que abrimos hemos tenido más de 53 millones de visitas. Cada año hay 180.000 alumnos que nos visitan. Entonces ese impacto se multiplica, aunque es difícil ponerle números exactos. En general estos centros son como un repositorio universal del conocimiento. Si tienes un familiar científico eso es capital que hay ya en tu familia. Pero si no lo tienes, ¿dónde lo adquieres? Estos centros intentan ser la respuesta.
P. ¿Deberían tener todos los países centros como este?
R. Nuestras economías dependen de la innovación. ¿Cómo haces que esta forme parte de lo que las nuevas generaciones quieren hacer? Yo creo que no hay que esperar a la universidad. Cuando tienes 18 años ya tienes tu idea del mundo y si no eres innovador a esa edad no lo vas a ser después. Si intervienes antes hay más posibilidades. Es muy importante tener centros como estos que no deben ser considerados centros culturales sino parte del ecosistema de innovación. Sí, estas instituciones forman una parte clave del fomento de la ciencia y la tecnología. En China se han dado cuenta y están construyendo centros de ciencia en 129 ciudades, de un millón de habitantes. En Shenzhen están rehaciendo el paseo marítimo y la parte central será un centro de ciencia. Estos centros también juegan un rol social. Si tenemos una población que no está interesada en la ciencia, no la conoce, ¿cómo va a participar en el debate de los temas que afrontamos como sociedad, que tienen base científica? Por eso lo que hacemos en estos museos está relacionado con la democracia.
P. Un tema sobre el que usted ha trabajado es el de lo que aportan los inmigrantes a la sociedad ¿Qué dicen los datos?
R. Yo hice un trabajo sobre la influencia positiva de los inmigrantes en Canadá. Los inmigrantes son una fuerza dinámica importante en la economía y la vida intelectual de un país. Hay un efecto de selección. La gente que emigra es la que tiene la fuerza, la inquietud, la confianza en sí mismo para salir adelante viviendo en otro país. En ese estudio quedaba patente la enorme contribución de los inmigrantes a la economía de Canadá. Pensar que los inmigrantes nos quitan el trabajo no está basado en los hechos, en el conocimiento.
P. En unos días Madrid acogerá la cumbre del clima de Naciones Unidas ¿Es este un ejemplo de lo difícil es hacer que política y ciencia caminen de la mano?
R. Yo lo veo desde el punto de vista de las atmósferas planetarias. Los procesos de cambio climático en atmósferas planetarias son no lianeales, sino que empiezan despacito, despacito y después agarran vuelo y van muy rápido. Mientras nosotros discutimos esto va avanzando y cuando los efectos sean evidentes va a ser demasiado tarde. Alguna gente puede pensar que limitar que suba dos grados la temperatura media mundial, no es tan importante. Pero es que cuando la temperatura global promedio de la Tierra era solo cuatro grados más baja que ahora en Toronto, donde yo vivo, había una capa de hielo de dos kilómetros de grosor. Cuando en el pasado la temperatura era dos grados más alta que ahora los niveles del mar eran casi 10 metros más altos. Los efectos van a ser enormes y van a venir rápido, y mientras llegan estamos perdiendo el tiempo. Es un problema de una urgencia enorme.

domingo, 5 de marzo de 2017

Defender lo evidente 06032017

Defender lo evidente


La ideología reinante no se conforma con imponer una percepción subjetiva sobre una evidencia biológica, sino que pretende convertir esa percepción subjetiva en dogma social, moldeando la opinión pública.



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6 marzo 2017
Tiembla el pulso al escribirlo, pero aquel mundo de pesadilla que se recrea en 1984 ya está entre nosotros, con tan sólo treinta años de retraso: “El Partido –escribe Orwell– os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía enfrente. Y, sin embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Había que defender lo evidente. (…) La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados”. Ese totalitarismo fiscalizador, que en la novela de Orwell se encarnaba en el Partido, en nuestra época se encarna en la ideología de género denunciada por el Papa Francisco en su exhortación Amoris Laetitia, que impulsa “proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer”. Una ideología que pretende –volvemos a citar a Francisco– “imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños”, negando las realidades biológicas más evidentes. Cuando una evidencia biológica y una ideología se contradicen, lo más sensato sería aceptar la evidencia biológica; pues, como decía Chesterton, el hombre debe dudar de sí mismo, antes que de la verdad de las cosas. Pero ya sabemos que en nuestra época sucede exactamente lo contrario.

No siempre, sin embargo. Cuando una chica escuálida, negando una evidencia biológica, afirma que está gorda y se somete a una dieta estragadora, dictaminamos que padece un trastorno mental. No ocurre, misteriosamente, lo mismo cuando un señor con toda la barba, negando una evidencia biológica, afirma que es una señora y se somete a tratamiento hormonal o a mutilaciones en el quirófano. Entonces la ideología reinante nos exige dictaminar que ha asumido su “identidad de género”. En ambos casos nos hallamos ante una percepción subjetiva que niega una evidencia biológica; pero los dictámenes de nuestra época para cada uno de los casos son completamente distintos. ¿No será que, como denunciase Chesterton, vivimos en una época empeñada en considerar las pasiones sexuales más peregrinas como las cosas más inocentes, para que las cosas más inocentes se tiñan de las pasiones sexuales más peregrinas? Enseguida hallamos la respuesta cuando descubrimos que la ideología reinante no se conforma con imponer una percepción subjetiva sobre una evidencia biológica, sino que pretende convertir esa percepción subjetiva en dogma social, moldeando la opinión pública hasta lograr lo que Marcuse denominó “la dimensión única de pensamiento, de tal modo que toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible”. Y pretende, sobre todo, que nuestros hijos –las cosas más inocentes– sean aleccionados de forma obligatoria en esa dimensión única del pensamiento desde la escuela, con leyes como la que ha promovido la alguacialesa Cristina Cifuentes.

“El sentido común se ha convertido en la mayor de las herejías”, afirmaba Orwell, describiendo el mundo totalitario de 1984. Ha llegado el momento en el que, como ocurría en aquella novela, se nos quiere obligar a aceptar que dos y dos son cinco. Ha llegado el momento de defender lo evidente, frente al rebaño que aplaude al rey desnudo. Se nos encoge el corazón, como al personaje de Orwell, al pensar en la magnitud del poder que tenemos enfrente; pero es un poder que quiere corromper a nuestros hijos. Ha llegado la hora de alzar la voz o callar para siempre.

Artículo publicado en ABC el 4 de marzo de 2017.

viernes, 26 de agosto de 2016

Una nueva división política 25082016


Inicio / Opinión

Una nueva división política


Izquierdas y derechas nacen como negociados de una misma empresa, que es la revolución, al asalto del orden cristiano hoy reducido a escombros; y aunque sus estrategias son diversas (¡incluso aparentemente adversas!), tienen un objetivo común.



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25 agosto 2016
I
Tiene razón Guy Sorman cuando afirma, en un artículo reciente, que la distinción entre izquierda y derecha se ha quedado obsoleta. Más propiamente podríamos afirmar que, en realidad, siempre fue una distinción ficticia, un engañabobos inventado para alimentar la demogresca y enardecer las pasiones de las masas, que así se figuran que defienden cosas distintas. Izquierdas y derechas nacen como negociados de una misma empresa, que es la revolución, al asalto del orden cristiano hoy reducido a escombros; y aunque sus estrategias son diversas (¡incluso aparentemente adversas!), tienen un objetivo común. Ya Balmes nos advertía que los partidos “de instinto moderado y sistema conservador” se convertían a la postre en conservadores “de los intereses creados de una revolución consumada y reconocida”.

En esta estrategia convergente al negociado de izquierdas le ha correspondido tradicionalmente la labor más resultona de acelerar el triunfo de la revolución; y al negociado de derechas la labor más lacayuna de consolidar sus “logros” parciales. Pero los líderes y lideresas más aguerridos de la derechona ya se rebelan contra este reparto de papeles que los perjudica, y pugnan por adoptar iniciativas que aceleren el triunfo de la revolución, evacuando zurullos aún más fétidos que la izquierda. Ahí tenemos, por ejemplo, a la alguacilesa Cifuentes, convertida en adalid chillona del cambio de sexo y la conversión de la escuela en un corruptorio de menores.

A la alguacilesa Cifuentes la votan muchos izquierdistas sistémicos que quieren seguir mamando de la teta, como en Estados Unidos muchos derechistas mamoncetes y sistémicos se disponen a votar a la bruja Hilaria. Como nos advertía Ernest Hello, “las opiniones del mundo pactan fácilmente con las demás opiniones de su especie, pues las une un odio profundo contra el común enemigo”, que aunque reducido a escombros cuenta con un Dios que sabe cómo salir de la tumba. En efecto, las opiniones del mundo, por mucho que finjan contradicción, por mucho que se esfuercen en levantar construcciones ideológicas aparentemente disímiles, a la postre enseñan la patita del odio al común enemigo; y, llegado el caso, se coaligan para combatirlo, en lo que Hello denominaba una “parodia de unión” y Unamuno “la liga aparente de los intereses”.

Si peperos y sociatas tuvieran enfrente una formación que postulase una auténtica política cristiana, haría más de medio año que tendríamos un gobierno de coalición, porque se habrían unido de inmediato contra ella. Pero como no tenemos esa formación peperos y sociatas pueden permitirse el lujo de simular "sine die" una división aparente, para seguir alimentando la demogresca, que es el nutriente que los hace fuertes.

En el artículo arriba citado de Guy Sorman no se mencionaba, sin embargo, esta división entre adalides de la revolución y defensores de una política cristiana; pues dos siglos de hegemonía revolucionaria han hecho ininteligibles unos postulados que ya sólo se atreven a defender unos pocos obispos arriscados (solos entre una multitud de hijos de Oppas) y algún reaccionario maldito e irredento. Sorman distinguía, en cambio, entre los partidarios de una “sociedad abierta” y los partidarios de una “sociedad tribal”; división que nos ha parecido muy interesante como expresión (eufemística por un lado, caricaturesca por el otro) del malestar que bulle, lo mismo entre liberales que entre progresistas, ante la emergencia de nuevos líderes políticos que se revuelven, a veces de forma más visceral que consciente, contra el mundialismo. Trataremos de explicar este asunto en un próximo artículo.

II
En un artículo reciente, Guy Sorman sostenía que la distinción entre izquierda y derecha se ha quedado obsoleta; y proponía como distinción alternativa otra que señalase, por un lado, a los partidarios de la “sociedad abierta” y, por otro, a los partidarios de la “sociedad tribal”. La elección de los epítetos delata las preferencias del autor, que incluye entre los adalides de esta “sociedad tribal” –en el artículo citado y en otros anteriores– a líderes políticos de muy diverso pelaje, desde el “populista” Trump al “despótico” Putin, pasando por los “criptofascistas” Viktor Orban o Andrzej Duda. Los epítetos peyorativos desempeñan nuevamente una función anatemizadora de estos líderes, a quienes Sorman moteja de “nacionalistas, autárquicos y estatistas”. En cambio, cuando describe los rasgos principales de los partidarios de la “sociedad abierta” (entre los que ocupa un lugar destacado la bruja Hilaria), Sorman adopta un lenguaje más acariciante que los convierte en defensores de “la diversidad cultural, étnica, religiosa y sexual” y del “activismo diplomático y militar”.

Lo que traducido al román paladino significa que son fieles mamporreros del mundialismo, encargados de convertir a los pueblos en una papilla buenista y bardaje; encargados de promover el multiculturalismo, destruir la familia y erosionar las tradiciones de sus pueblos; encargados de expoliar las economías nacionales y de ponerlas al servicio de la plutocracia transnacional; encargados de apoyar los conflictos bélicos que han convertido Oriente Próximo en un avispero, alimentado el yihadismo y desatado corrientes migratorias incontenibles. Y enfrente de estos mamporreros tenemos una miscelánea de líderes políticos que se resisten de forma visceral a los designios del mundialismo, a veces revitalizando el patriotismo, a veces apoyando la familia y combatiendo el homosexualismo, a veces tratando de devolver a las naciones cierto grado de independencia económica, a veces renegando de la geopolítica impuesta por el mundialismo o negándose a aceptar invasiones disfrazadas de migración. Ninguno de estos líderes encarna una política verdaderamente cristiana; y alguno cuenta con episodios muy turbios en su biografía. Pero tampoco Tamerlán era un santo varón de comunión diaria, sino un mongol al que se le metió entre ceja y ceja la idea quimérica de zurrar la badana al sultán turco; y vaya si se la zurró. Desbarató sus tropas, saqueó sus posesiones y dejó a los turcos noqueados durante décadas, justo cuando más amenazaban a una Cristiandad debilitada en guerras intestinas. Evidentemente, Tamerlán no era ningún paladín de la Cristiandad; pero, al destrozar al turco, permitió que la Cristiandad se recompusiese. Ya llegaría luego don Juan de Austria.

Parece evidente que Putin y Orban, Trump y Duda no son santitos de peana; pero son chinas en el zapato para un mundialismo al que, llegado el caso, pueden causar graves daños, como Tamerlán se los causó al turco. Esta es la razón por la que los malditos irredentos los miramos con simpatía; y la razón por la que tanto liberales como progresistas los detestan y arremeten contra ellos. Saben que, aunque no vayan a restaurar el derruido orden cristiano que tanto odian, pueden favorecer las condiciones que lo hagan posible; pues, aunque hijos de la revolución, son hijos bastardos, hijos tronados y levantiscos que pueden salir por peteneras, si se les mete entre ceja y ceja alguna idea quimérica. Cosa que nunca harán la bruja Hilaria o –en la chiquita medida de sus posibilidades– la alguacilesa Cifuentes, que se tragan las ruedas de molino del mundialismo con un ardor (¡sociedad abierta de orificios!) digno de Linda Lovelace.

Artículo publicado en ABC en dos partes los días 13 y 15 de agosto.