Como cayeron las estrellas
(una reflexión sobre el primer peregrinaje: los reyes-magos de la Ciudad de Dios)
Los reyes no podían decir ni una palabra,
mirando a este poder reluciente.
Y algo salía como una sombra velada,
y todo surgía otra vez de la nada.
El olor de la mirra llevaba el viento.
El tiempo borraba a las olas del desierto.
La tierra estaba aún sin caminos.
Las Parcas dejaron tejer a los destinos.
Solo él que renace se sienta muerto.
En el Evangelio según Lucas estos reyes como los portadores del poder respondieron a la llamada de los ángeles del cielo. La encarnación de Jesús introducía a la humanidad en una vida trinitaria, levantando a nuestra naturaleza caída como un tabernáculo al sol (Salmo 19 comentado por Clemente de Alejandría). Desde la encarnación la sociedad siempre va a tener como su excelso ejemplo a un “comunio” trinitario. “Contemplando a la Santa Trinidad que se apague el odio y las luchas de este mundo” (“La vida de Santo Sergio de Radonej” de Epifanio el Sabio”). Por eso en las crónicas medievales muchas “triadas” de los personajes bíblicos reciben este significado de la universalidad y de la totalidad del mundo humano, como por ejemplo Sem, Cam y Jafet que se convirtieron en los progenitores de los hebreos, árabes y europeos (un relato sobre esto aparece en la primera crónica rusa medieval “La Narración sobre los años venideros” s. XII). Ante un Dios encarnado los reyes-magos representaban a toda la humanidad, a su estructura estatal, a su conocimiento y a su gobierno, a una sociedad que estaba ante un cambio más importante en su historia.
La luz de la estrella como un fuego quemaba a todos los cálculos de los magos astrólogos, sus cartas astrales trazadas en el papiro de repente empezaron a ser unos dibujos sin ningún sentido. La estrella de Belén rompía a todo los viejos esquemas, que mando a los 2 círculos y a los cuadrados de los destinos humanos en los mapas astrológicos. La pecaminosa esclavitud del hombre consistía en la imposibilidad de elegir a su destino, como máximo su camino vital podría vacilarse entre las estrellas altas (en el nivel máximo realizado todo dado por la naturaleza) y las estrellas bajas (no se realizó de todo), pero ningunos cambios cardenales el hombre antiguo simplemente no conocía. Esto había sido imposible porque las Parcas y las Moiras ya tejían a los destinos y eran una fuerza ciega de la que dependía lo que iba a pasar, como íbamos a morir y todos los recuerdos sobre nosotros. La vida del Edipo estaba ante los ojos de todos y cada uno sabía que con él jugaban los dioses, las estrellas y las otras fuerzas extrañas de la naturaleza desconocida. Y nadie sabía quién va a ganar en este juego. La gente sencilla tenía miedo de estos dioses de destino, los héroes despreciaban a esta fuerza, pero morán igual como Patroclo, porque todo ya había sido decidido.
La llegada del Dios al mundo, su encarnación, dio a nuestra naturaleza la libertad de la elección de destino. Cada pecador podría arrepentirse y convertirse en un seguidor del Cristo, cada oveja negra había sido buscada por el Señor, nadie ya estaba abandonado y olvidado. Dios Padre nos adoptó en su Hijo y este vínculo anunciaba a la nueva creación como la restauración de la nuestra libertad. Al hombre vivo no le podemos juzgar porque siempre puede estar ante un cambio crucial de su vida. Cada uno de nosotros está libre de volverse a su Padre divino como un hijo pródigo. Y la estrella iluminaba por primera vez a este camino, su luz quemaba a la esclavitud de destino y los reyes, como los sabios de este mundo, los primeros vieron a este cambio.
En sus personas se nos demuestra que el mundo comprendía lo que estaba pasando. Aquí podemos ver un caso de la profunda reflexión expresada en la leyenda. Los reyes-magos no estaban afligidos porque se acabó el poder de su conocimiento, ellos sabían muy bien que las mismas fuerzas fatales también afectaban a ellos. No había en el mundo nadie menos libre que un rey-mago. Ellos trajeron los dones reales al niño divino en el agradecimiento por su libertad y como un reconocimiento de la otra autoridad superior que puede cambiar al mundo. Los reyes viajaron por los montes y desiertos hasta la cueva de Belén conociendo que ellos ya estaban libres, que con su viejo conocimiento y con su viejo poder también se acabó su esclavitud.
Muchos emperadores nacieron bajo las estrellas, pero su divinidad y su eternidad solo se reconocían paradójicamente después de su muerte. El rostro del emperador muerto hecho de la cera blanca se derretía en la hoguera y se levantaba el humo que subía al cielo en la forma de águila o de fénix, en el humo es fácil de ver a las imágenes. Y esta ilusión había sido una señal de la eternidad, de la inmortalidad. Sólo un emperador muerto podría ser eterno. Nadie veía a su cuerpo mortal, porque una muerte real podría matar a la inmortalidad imaginaria (E. Bickerman “Consecratio” en “Le culte des souverains dans l´Empire Romaine”).
Pero el niño divino era la misma eternidad viva que entró en el tiempo, una eternidad nacida para el renacimiento de todos, un Mesías que llegó para vencer a la muerte y a abolir a su poder. El mundo viejo se acababa, los magos representaban a este mundo y aceptaron al nuevo camino, a las otras perspectivas, a un poder verdadero que solo quería ser bondad y amor. El rey Herodes había sido en algún sentido un anti-mago, su enfrentamiento con el Dios demostraba que él no entendía el sentido de los que pasaba en el mundo y tenía miedo de los 3 cambios, aferrándose a lo que tiene. El trasfondo legendario de su historia no disminuye a su sentido en la narración: él había sido dado para ser un contraste para los reyes-magos, mostrando la trágica separación del mundo. Cristo desde el principio era una espada que separaba a la gente, que les obligaba a definirse ante cada acontecimiento de la vida divina.
Los reyes-magos veían a este sentido. En la liturgia ortodoxa hay unas palabras muy bellas: “los magos instruidos por la estrella”. Ellos eran muy buenos alumnos y la estrella por eso podía ser su maestra. La capacidad de los magos de acoger al nuevo conocimiento y a la nueva escala de los valores demostraba a su verdadera sabiduría. Estos reyes llegaron del “Eclesiastés”, sabiendo que “su hora de nacer y su hora de morir; su hora de plantar y su hora de arrancar el plantado” ahora depende de una fuerza bondadosa que regala su libertad al hombre mismo. No es que “habrá tiempo para todo”, sino uno puede elegir para que vaya a servir su tiempo. Hasta el hombre ya podía elegir como morir, como mártires negando en los coliseos poner a los trajes de los dioses paganos y fallecer como unos payases criminales, sino proclamar a su fe en todos los martirios y cantando a la alabaza al Señor. Si, con el mal que hay en el mundo el destino cristiano será la cruz, pero siempre libremente elegida y aceptada.
Los magos salieron de sus ciudades orientales, opulentas y ricas, y libremente seguían a la estrella en este primer peregrinaje en la historia, las viejas capitales llenas de conocimiento se quedaron atrás, ante los reyes estaba un pueblo pobre y una cueva, donde la propia tierra, el polvo del cual había sido creado el primer hombre, escondía al Dios. El niño divino parecía quedarse fuera de la civilización, de la antigua cultura, unido con los animales en su pesebre como Adán en el paraíso. Y todo esto tenía su lógica, porque él era un poder externo que debería cambiar a todo, él no dependía de este mundo, sino el futuro de toda la humanidad ahora se concentraba en él. La hoguera-estrella quemaba a las viejas constelaciones, a todos los hilos de Ariadna, a todos los héroes inmortalizados solo después de su muerte. Y se oía el canto de los ángeles que gobernaban a las estrella en el “Libro de Enoc”, porque ellos también recibieron a su libertad, todo lo creado se renacía en el niño y ya podría servir al Dios libremente.
Los magos con su adoración dieron la respuesta a toda la teoría sobre la dependencia humana de las circunstancias exteriores, sean ellas genéticas, históricas, raciales o psicológicas: un hombre nunca de nada depende definitivamente, incluso matando no le pueden privar de su libertad, porque la elección existe siempre. El mundo acabó de moverse por el círculo vicioso de los presocráticos: del agua al agua, del fuego al fuego y recibió el otro significado. El mundo empezó a ser el camino hacia Dios. Una línea recta cambio al círculo, porque solo una vez nació el Cristo.
¿Existían estos reyes-magos en la realidad? Si. A veces puede parecerse que todo lo que se menciona en las Sagradas Escrituras existía en algún sentido máximo, siendo un núcleo de una importancia innegable. Sabemos que el poder de un rey mágico se extendía hasta el siglo IX y que había una diferencia muy grande entre él y un rey santo o ungido y consagrado. Rey-mago no había sido un rey puesto por el Dios y en el servicio divino, sino un rey-dios de su pueblo, sacralizado como una divinidad pagana durante la vida. De él dependían victorias en las guerras, la fertilidad de las tierras y la salud de su pueblo. En las tribus prehistóricas un rey-caudillo de este tipo siempre debería ser joven y fuerte: del rey dependía la buena cosecha y por eso le sacrificaban con las primeras señales de la vejez (J. Frazer “La rama dorada. Magia y religión”; M. Sot « Hérédité Royale et pouvoir sacré avant 987 » en Annales ESC, 1988, 3). Más tarde este sacrificio o autosacrificio se reemplazó por una muerte simbólica, por un muñeco quemado o destrozado, pero el sentido del rito seguía siendo vivo. Asimismo el destino de un rey-mago no dependía de él, sino de la naturaleza ciega. Un rey sacralizado o santo como un poder justo y verdadero apareció como un fenómeno extendido sólo con el cristianismo que se desarrolló el rito de la unción real como una protección de poder justo y la máxima “no toquéis a mis ungidos” se convirtió en el fundamento de la estabilidad política.
Los reyes-magos trajeron la mirra de la unción a un rey verdadero. Como cayó la vieja sabiduría, tanto se acabó y la antigua concepción del poder. Un rey-mago solo había sido un portador del poder que dependía de los otros, pero el niño divino era el mismo poder, una autoridad independiente que podría poner y deponer a los gobernantes, sin embargo, con esto les liberaba de las fuerzas de la naturaleza caída que casi siempre se acababa culminando con un acto de violencia, real o simbólico. Dejando a sus oro, láudano y mirra cerca del pesebre un rey-mago sabía que él también vence a la muerte, atraviesa a la frontera del pecado, eligiendo el bien. El poder mágico no daba ni felicidad ni seguridad, un rey-mago había sido utilizado, pero no amado. Y los tres reyes llegaron a su Padre como los hijos pródigos. El padre-niño dormía en el pesebre, pero él ya estaba aquí y ellos dejaron a sus dones reales como un prisionero que se libera de sus cadenas. “¡Toma a este oro, Rey, a este láudano de la liturgia, a este mirra de la unción! Solo tú puedes gobernar a este mundo”.
En este reconocimiento del Cristo había una humildad de la sabiduría verdadera, una apertura hacia el Señor y un deseo del poder verdadero sobre la muerte. Todo lo que se acercaba al niño ya estaba salvado: los reyes, el viejo Simón. El mundo reconoció a su Dios y esto era muy importante. Era muy importante que existiera la gente que estaba capaz de reconocerle. “No soy un profeta en mi Patria”, pero siempre había algunos tres o doce, o setenta que ya formaban junto a él a la otra Patria celestial. Al lado del pesebre sentaba la Virgen que en la máxima altura estaba capaz de entender y recibir y ante el pesebre estaban postrados los tres reyes unidos con la Virgen en esta adoración y aceptación. Por los veinte justos Dios salvaba a una ciudad. Nuestra humanidad tenía a estos hombres justos y merecía ser salvada, convertida en el Cuerpo de Cristo y en una Ciudad de Dios. La postración, “proskynesis”, había sido una ceremonia de servicio, los reyes-magos se proclamaban los servidores del Señor. Todo maestro debería tener a los discípulos y la estrella-maestra ya prometía que Mesías les va a tener.
Los reyes en su viaje van en pos de la estrella, asimismo recordando a nosotros el éxodo del pueblo de Israel del Egipto en pos de una columna del fuego. A este periodo tan importante de la unión de Yahveh con su pueblo en el desierto recuerda también el viaje de la Sagrada Familia en Egipto. Sin embargo, existe una diferencia muy grande: los reyes van detrás de la luz y llegan hacía el Dios encarnado, hacia el Señor revelado como una persona. El fuego de la columna se convierte en la luz de la divinidad encarnada. Ellos eran los primeros que podían ver al nacido antes de los tiempos como al uno de la humanidad. Según Santo Juan Crisóstomo, Dios se humilló en su encarnación porque si hubiera manifestado a su divinidad directamente, “habría anonadado a todo el género humano, pues nadie había podido resistir la excesiva intensidad de su luz” (Homilía 6,1 en Juan Crisóstomo “Homilías sobre el Evangelio de San Juan”). Pero esta luz no era natural y creada, sino la “luz que llega a los hombres a través de su fe” (Homilía 5, 4). La divinidad había sido mostrada sin ningún velo. Nada en él no era occidental: ni su luz, ni su eternidad, ni su potestad regia, sino todo derivaba de su sustancia y naturaleza divina.
En algún sentido podemos decir que los reyes encontraron al Señor y a la estrella gracias a su fe, porque los buscaban y esperaban, como alguien que está afectado por la ceguera busca a su curación, como este pastor ciego del poema de Luis Rosales curado por el niño:
“ya caído
toqué al cuerpo de un niño, yo quería
pedirle ver y me encontré mirando
sintiéndome nacer, recién nacido,
junto al rostro de Dios que sonreía”
(“Del pastor ciego que abrió sus ojos a nueva vida”).
Este pastor iba a Belén arrastrándose, palpando los muros. La luz ya no ciega, sino cura a la ceguera. Nadie ya irá palpando los muros por el laberinto de Creta, siguiendo al frágil hilo de la Parca. Las altas y las bajas estrellas cambiaron a su curso, empezando como los ángeles en el “Paraíso” de Dante contar la gloria, girando alrededor de la única estrella que liberaba a los vivos y a los muertos del poder de pecado.
Los reyes en su peregrinaje recibieron a la Gracia del perdón. El mundo viejo se derrumbaba como el Templo de Jerusalén. Será abolido todo el recuerdo del sacrificio mágico. En esta oscura cueva al mundo se revelaba su sentido: “un niño recién nacido y un Dios Eterno” (la liturgia ortodoxa de la Navidad). Las antinomias se chocaban y en esta contradicción renacía el mundo que ya no va a seguir a sus viejas leyes de la lógica en todo, sino va a adquirir a la otra profundidad, al otro nivel, a su eternidad como un fondo trascendente.
Ilustraciones: fotos de Renger, iconos ortodoxos de la Natividad de Nuestro Señor
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