miércoles, 31 de mayo de 2017

Trigésimo primer día: Oraciones a la Santísima Virgen (Día 31 de mayo)

Trigésimo primer día: Oraciones a la Santísima Virgen







Memorare
"Acordaos, oh, piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir, que ninguno de los que han acudido a vuestra protección implorando tu auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén."
Sub tuum
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa María Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, ante bien líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita.
Amén
El Padre Bernard, apodado el pobre sacerdote, era uno de los más fieles servidores de María. Creía deberle su conversión y su vocación al estado eclesiástico. La llamaba siempre su buena made. Había hecho imprimir en varios idiomas una oración de san Bernardo: el Memorare. Distribuyó durante su vida 200,000 ejemplares, y por medio de esta oración, operó una infinidad de cosas maravillosas.
Recitemos estas oraciones frecuentemente y con fervor, la Santísima Virgen nos tomará bajo su poderosa y maternal protección.
Consagración a la Santísima Virgen compuesta por san Luis Gonzaga
Virgen Santa, María, mi guía y mi Soberana, vengo a arrojarme en el seno de tu misericordia, y de poner desde ahora y para siempre mi alma y mi cuerpo bajo tu salvaguarda y bajo tu protección maternal. Te confío y pongo entre tus manos todas mis esperanzas y mis consuelos, todas mis penas y mis miserias, lo mismo que el curso y el fin de mi vida, para que, mediante tu intercesión y tus méritos, todas mis obras sean hechas según tu voluntad y con miras a complacer a tu divino Hijo.
Amén

Traducido del francés por José Gálvez para ACI Prensa

Ven, Espíritu Santo. Con él la Iglesia inicia su misión (Cardenal Carlos Osoro) 31052017

Ven, Espíritu Santo. Con él la Iglesia inicia su misión

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Ven, Espíritu Santo. Con él la Iglesia inicia su misión
Siempre es un gozo contemplar cómo el Espíritu Santo constituye un regalo de Dios a la Iglesia. Es su alma, es la savia que recorre todo el Cuerpo de la Iglesia y que le hace experimentar que su vida debe ser la que Jesús le dio, cuando antes de subir a los cielos les prometió a los primeros discípulos que les daría el Espíritu Santo, y que debían salir al mundo y dirigirse a todos los hombres para anunciarles la Buena Noticia de la salvación, que es el mismo Jesucristo. Resuenan las palabras de Jesús: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo» (cfr. 1, 1-11). El Señor, enviando el Espíritu Santo, comunica dones espirituales a quien lo acoge. La Iglesia ha enumerado siempre siete. Es número que significa plenitud y totalidad: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
Deja que tu vida se llene del Espíritu Santo que Cristo da a su Iglesia. Déjate inundar por esos dones en tus entrañas profundas. ¿Qué significan estos dones? I) Sabiduría: ver las cosas con los ojos de Dios, sentir con el corazón de Dios, saber de Dios, gusto y sabor de Dios. II) Inteligencia o entendimiento: no es inteligencia humana o capacidad intelectual. Abre la mente para entender mejor las cosas de Dios, las cosas humanas, todas las situaciones. Es aquello de san Pablo: «Lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni entraron en el corazón del hombre, Dios las ha preparado para los que le aman». III) Consejo: es Dios mismo quien nos ilumina con su Espíritu y alumbra el corazón y comprendemos el modo justo de hablar, de comportarse, de caminar. IV) Fortaleza: nos sostiene en nuestra debilidad, nos libera de la tibieza, de incertidumbres y temores. Nos ayuda a dar la vida. V) Ciencia: la fuerza del Espíritu nos ilumina ojos, mente y corazón, para descubrir cómo cada cosa nos habla de Él y de su amor. VI) Piedad: nos habla de nuestra pertenencia a Dios y de nuestro vínculo profundo con Él, que da sentido a nuestra vida. Es la amistad con el Señor que cambia nuestra vida y nos da entusiasmo y alegría. VII) Temor de Dios: no es tener miedo de Dios, pues es Padre y nos ama, nos salva y nos perdona siempre. El temor de Dios nos recuerda la pequeñez. Somos muy pequeños ante Dios y por ello nos dejamos sostener por sus brazos y nos hacemos dóciles, con capacidad permanente de alabanza y llenos de esperanza; todo viene de la gracia que nos llena de misericordia y bondad.
Hagamos un examen de la vida y construyámosla con el regalo que nos da Nuestro Señor Jesucristo, el Espíritu Santo. De tal manera que en nuestra vida se hagan realidad estas tres dimensiones:
1. Vida llena de sentido de universalidad: a ello te ayuda ver a la Iglesia caminando desde su inicio con la fuerza del Espíritu Santo. Es un camino en medio de las dificultades del mundo, con alegría, en fiesta. Y así lo tiene que hacer hoy, en medio de un ambiente secularizado. Debes de ser consciente de que nuestro mundo está lleno de energías que aparentemente no se ven, pero están. Nosotros, los cristianos, vivimos de la  energía más grande, de la fuerza del Espíritu Santo que nos llama y nos hace vivir con nuestro nombre verdadero: hijo de Dios y hermano de todos los hombres. De tal manera que la Iglesia es una alternativa a una sociedad que se cierra sobre sí misma. Ella nos abre a todos, porque apoyados en la fuerza del Espíritu Santo confiamos, no tenemos miedos, nos abrimos a la absoluta confianza de quien nos dijo y nos sostiene en ese «no tengáis miedo», «veréis cosas mayores».
El Espíritu Santo nos hace nacer de nuevo, ¿cómo? Entrando en todos los caminos, en todos los hombres y para todos los hombres. Nunca pensando solamente en mí y en el bien de uno mismo. El ser humano sufre siempre por falta de visión y por ello debe abrirse a la perspectiva que le da la Palabra del Señor, su acción. Es necesario cultivar la visión, la que nos da Cristo por su Espíritu. Creemos hombres fuertes llenos del Espíritu Santo, que harán sociedades fuertes. Conectándonos con el otro en su verdadero valor, nos conectamos en la solidaridad. Ello nos hace vivir en medio del pueblo con cordialidad, entusiasmo, llenando de una atmósfera de amor, que es el amor mismo de Dios, todo lo que toca nuestra vida, siempre en actitud cordial. La Iglesia tiene que desarrollar el sentido social y hacer crecer la conciencia religiosa, cambiar la cultura, sosteniendo a las familias, dándoles entusiasmo por ser iglesias domésticas, como en el inicio de la Iglesia.
2. Vida que trae y entrega la novedad: muestra la gran novedad que trae el espíritu de apertura que da el Espíritu Santo. No tengas miedo a fundar la vida en esas convicciones firmísimas del cristiano que te hacen vivir las experiencias nuevas. Que no te llevan a perder la identidad y la apertura que han de caracterizar tu ser de cristiano en profundidad. No tengas miedo a encontrarte con las grandes confesiones religiosas, pues el espíritu de apertura has de fundarlo en convicciones firmísimas de hombre de Iglesia que no cesan de invitar a quienes nos encontremos a la oración y a la meditación. El Concilio Vaticano II es un acontecimiento y una experiencia de comunión fraterna entre los cristianos, pero también una llamada a crearla donde se rompió, a aumentarla donde se va evaporando y a manifestarla para ser creíbles. Pero ello es obra del Espíritu Santo.
El Concilio Vaticano II nos habla de proclamar la verdad sobre Dios y sobre el hombre en un mundo dominado por el materialismo y la ausencia de Dios. Tengamos el atrevimiento y la osadía de hacerlo con nuestras vidas. Poner a la Iglesia en misión, como describió el Papa beato Pablo VI en Evangelii nuntiandi y el Papa Francisco en Evangelii gaudium, es un reto; es el reto de poner a la Iglesia cumpliendo lo que mandó el Señor y para la que le entregó el Espíritu Santo. Es su misión en el mundo tal y como es el mundo hoy.
3. Vida con un modo nuevo de vivir, de fervor y disponibilidad: vivir con los dos pulmones, occidental y oriental, es una necesidad que el Espíritu Santo nos da a conocer y que nos ayuda a respetar y descubrir en profundidad los derechos humanos, la libertad, las grandes cuestiones sociales. Es más, la aceptación generalizada de la carta de la Declaración de los Derechos del Hombre no corresponde a la realización concreta de su espíritu; al contrario, a veces el espíritu de la vida social de algunos pueblos está en abierta contraposición con la letra de los derechos, por ejemplo con el tema de la libertad religiosa. Hay que seguir preguntándonos: ¿qué quiere decir ser católico después del Concilio Vaticano II, en esta realidad concreta en la que vive nuestro mundo? No desestimar absolutamente nada de lo que dicen todos los documentos del Concilio e interpretarlos a la luz de la identidad de la Iglesia y de su misión. Solamente el Espíritu Santo nos hará comprender el tiempo que vivimos y discernir los signos del mismo tiempo. Permanecer en la Iglesia y dar a la misma la forma de auténtico Pueblo de Dios. Creo que aquí valen las palabras del beato Pablo VI: «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio» (EN 41). Cristo nos pide que, con nuestra vida,  demos a saber lo que Él piensa, cómo quiere que vivamos los hombres, y cómo hemos de ver la vida. Lo que sí es claro es que el ser humano se afirma a sí mismo de manera más completa dándose. El Espíritu Santo nos sitúa en la lógica de darnos.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid 

Templo singular de Tu gloria, ruega por nosotros (Mater Dei) 30052017

Templo singular de Tu gloria, ruega por nosotros

“Somos templos del Espíritu Santo”, dirá san Pablo. Santuario de predilección donde Dios hace morada. Lugar íntimo, en el que el diálogo discurre con suavidad y delicadeza, tratando todo aquello que tiene que ver con la aceptación del querer de Dios, en medio de los gozos, pero, también, en las grandes dificultades. Lo que el Apóstol de los gentiles vino a decirnos es que, en todo y para todo, somos de Él, y que las limitaciones de nuestra condición mortal no son obstáculo para que la gloria de Dios se recree en nuestro interior, siendo luz permanente a través de las sombras de una vida que, en ocasiones, nos resulta ardua y trabajosa.
¿Cómo sería esa recreación de Dios en la Virgen? Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo. Toda la Trinidad hizo de Ella su hogar aquí, en la tierra. Resulta estremecedor imaginar la enormidad de gracia de esa presencia tan original. Preparar la encarnación de Dios en el mundo era romper la distancia del infinito para asumir la historia de lo temporal. Suponía la entrada de lo eterno en el seno de una virgen, concebida sin pecado original, pero criatura humana al fin y al cabo. El anonadamiento de Dios exigía también la humildad de una mujer, dispuesta a ser esclava hasta las últimas consecuencias.
Ser templo de la gloria de Dios es hablar de docilidad y confianza. Es la disposición necesaria para que Dios realice en el mundo sus maravillas, es decir, el milagro de vivir, insertos en lo efímero, pero derrochando palpitaciones de lo divino a través de nuestros afectos y obras. No tengamos miedo a ser templos de la gracia de Dios, aunque la exigencia de abandonarnos en Él suponga morir a nuestras seguridades y egoísmos. María lo vivió así, y ahora es Reina de toda la Creación.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

Gloria del Hijo, ruega por nosotros (Mater Dei) 29052017

Gloria del Hijo, ruega por nosotros

Mucho de su gloria divina nos reveló el Padre en la maternidad de María, con la que quedó irreversiblemente marcado el misterio de la divinidad de Dios. La carne del Verbo quedó para siempre adornada de la gloria del Padre y de la gloria de la Madre. Aquella gloria de Dios, que en los tiempos antiguos hacía taparse el rostro a los israelitas, muestra en María y en su Hijo su rostro más humano y accesible.
A pesar del tiempo, mucho de María pervivió y permaneció para siempre en el Hijo, como también mucho del Hijo permaneció para siempre en la Virgen Madre. Este vínculo materno-filial entre el Hijo y la Madre era, en realidad, un signo en la carne que anunciaba ese otro misterio mucho más inefable de la relación paterno-filial entre el Hijo y el Padre: “Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,11). El Verbo estuvo en María y quedó para siempre en Ella; María quedó también para siempre como Madre en el misterio del Hijo. A la luz de esta relación materna, Cristo pudo decir a sus discípulos: “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15,4).
Aquella gloria del rostro del Padre, que Cristo no podía contemplar en la noche oscura del abandono de la Cruz, pudo verla en el rostro de María, compadeciente con Él al pie de la Cruz. Allí, fue Ella reflejo de esa gloria divina que anunciaba ya los primeros destellos de la resurrección. Gloria divina y espiritual, que pasó inadvertida a los ojos de los hombres, acostumbrados al brillo cegador y al espejismo de la gloria del mundo. No sea así tu gloria, aparente y transitoria, para que cuantos vean tu vida den gloria al Padre que está en los cielos.

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REFLEXIONES PARA CADA DÍA DEL MES DE MARÍA (Día 31 de mayo)

REFLEXIONES PARA CADA DÍA DEL MES DE MARÍA


La Virgen MaríaDOS IDEAS PREVIAS

Se trata de que hagas oración cada día. Todos los días puedes empezar el rato de oración con la "oración inicial para cada día"; después leyendo con atención el "texto de cada día", a continuación hablas con Dios y con María; por último, terminas rezando la "oración final".

1. PROHIBIDO CORRER: Es corto; no tengas prisa en acabar. No es leer y ya está. Dale tiempo a que Ella te hable.

2 LO QUE NO ESTÁ ESCRITO ¿Sabes qué es lo mejor de este texto? Lo que no está escrito y tú le digas; la conversación que tú, personalmente, tengas con María.


ORACIÓN INICIAL PARA CADA DÍA

Santa María, ¡Madre de Dios y Madre mía! Eres más madre que todas las madres juntas: cuídame como Tú sabes. Grábame, por favor, estas tres cosas que dijiste:

"NO TIENEN VINO": presenta siempre a tu Hijo mis necesidades y las de todos tus hijos.

"HACED LO QUE ÉL OS DIGA": dame luz para saber lo que Jesús me dice, y amor grande para hacerlo fielmente.

"HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR": que yo no tenga otra respuesta ante todo lo que Él me insinúe.


ORACIÓN FINAL PARA CADA DÍA

¡OH SEÑORA MÍA, Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti; y en prueba de mi amor de hijo te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Madre buena, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén


Día 31: Temer ¿a qué?
Te copio una copla popular que hace siglos rezaban los cristianos con frecuencia, para que ahora se la digas a Ella:

"No, no temo nada; no temo a mis pecados, porque puedes remediar el mal que me han causado; no temo a los demonios, porque eres más poderosa que todo el infierno; no temo a tu Hijo, justamente indignado por mí, porque se aplacará con una sola palabra tuya. Sólo temo que por mi culpa deje de encomendarme a Ti y así me pierda".

¡Qué seguridad! ¡Y qué lógico! Si yo no le dejo, Ella no me dejará. Lo único que puede darnos miedo es dejar de rezar y alejarse de María.

Madre mía, hoy acaba el mes dedicado a Ti. Tenme siempre cogido de tu mano. Cuídame cada día hasta el día de mi muerte. Y así vaya al cielo, donde ya poder estar contigo por los siglos. Amén.

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Texto escrito por José Pedro Manglano Castellary (Sacerdote)

Aforismos (Benedicto XVI)

Aforismos

·         “Donde llega María, está presente Jesús. Quien abre su corazón a la Madre, encuentra y acoge al Hijo y se llena de su alegría”.

Santa Bautista (Camila) de Varano – 31 de mayo

Santa Bautista (Camila) de Varano – 31 de mayo

«La Pasión de Cristo: única razón, alimento y luz de vida para esta santa, que atravesó la juventud seducida por los placeres mundanos hasta que se convirtió. Se hizo ofrenda suplicando la reconciliación dentro de la Iglesia»
Santa Bautista de Varano
Santa Bautista De Varano (Cuadro Franciscanos.Org)

(ZENIT – Madrid).- Se entregó generosamente a Cristo después de haber experimentado los goces mundanos que formaban parte de la clase social a la que pertenecía. Nació en Camerino, Macerata, Italia, el 9 de abril de 1458. Y aunque era hija ilegítima del príncipe Julio César de Varano y de Cecchina di maestro Giacomo, no le faltó el cariño de su padre y de su esposa Juana Malatesta. Hasta que llegó el momento de su conversión, esta mujer despierta e inteligente recibió una sólida formación conforme a los cánones renacentistas. Ello incluía el conocimiento de la literatura clásica y el dominio del latín. Aprendió a pintar, dominaba los juegos de mesa, y no se privó de los bailes de salón frecuentados por personas de su alcurnia.
Espiritualmente, cuando tenía alrededor de 10 años su inocente corazón quedó encendido por las palabras que oyó pronunciar a Domenico da Leonessa. Entonces elevó a voto la costumbre de meditar todos los viernes en la Pasión de Cristo y de verter alguna lágrima por Él, como le sugirió el bondadoso fraile. Cumplió esta promesa fielmente: «Por virtud del Espíritu Santo, aquella santa palabra quedó impresa de tal manera en mi tierno e infantil corazón, que ya nunca marchó del corazón ni de la memoria». Fray Pacífico da Urbino, otro insigne franciscano, le animó a perseverar en esta práctica piadosa. Pero a los 18 años quedó hechizada por lo fútil. Pesaron en su ánimo las ansias de vivir y de divertirse, quedando inmersa en el fulgor de la corte en la que determinados comportamientos escandalosos no se consideraban tales. «Todo el tiempo –recordó de forma retrospectiva– lo pasaba en serenatas, bailes, paseos, en vanidades y en otras cosas juveniles y mundanas que de éstas se siguen». Después añadiría: «Bienaventurada aquella criatura que por ninguna tentación deja el bien comenzado». Lo decía por experiencia, porque hasta los 21 años se debatió entre grandes luchas espirituales.
Aún seducida por los placeres, un persistente impulso interior le invitaba a seguir a Dios. En la Cuaresma de 1479 experimentó la gracia de comprender el don de la virginidad y el llamamiento a la vida consagrada. Eligió el convento de Santa Clara, pero al comunicar esta decisión a su padre no recibió su beneplácito. Firme en su propósito, dos años más tarde logró vencer la obstinación paterna y pudo ingresar en el monasterio de Urbino. Allí tomo el nombre de Bautista, inusual para una mujer en esa época.
El príncipe, aceptando que inevitablemente no podría desposarla con alguien de rancio abolengo, ni proveerla de una vida llena de riquezas, como había soñado, secundó el anhelo de su hija restaurando y ampliando el monasterio de Santa María Nuova. Debió pensar que era la mejor dote que podía ofrecerle sin ser rehusada por ella que había elegido la pobreza franciscana. Además, el convento estaba ubicado cerca de sus posesiones lo que emocionalmente tenía su enjundia para él, ya que al menos la mantendría en su entorno. A este lugar se trasladó Camila en 1484, después de profesar, junto a ocho religiosas. Durante su estancia, por indicación de su confesor Antonio de Segovia, redactó diversos tratados en medio de las numerosas gracias y favores celestiales que recibió; entre ellos se encuentra La pureza del corazón.
Pasó por etapas de gran aridez que expuso minuciosamente en su obra Vida espiritual. Esas experiencias fueron forjando su imparable ascenso espiritual que estuvo marcado por las renuncias, en medio de las cuales ofrendó su amor a Dios sin escatimar esfuerzos. Era el signo de una vida ascética impecable que tenía como soporte, junto a la Eucaristía y a la oración continua, esta aspiración: «entrar en el Sagrado Corazón de Jesús y ahogarse en el océano de sus dolorosísimos sufrimientos». En ese tiempo la Iglesia se estremecía por el impacto que las tesis luteranas estaban teniendo en Alemania. Paralelamente, la desidia, origen de tantos desmanes, se había apoderado del espíritu de muchos eclesiásticos. Y Camila se afligía viendo tambalearse los cimientos de la unidad. Por eso, en su oración y entrega incluía específicamente la intención de obtener de Cristo la gracia de la conversión y, con ella, la reconciliación dentro de la Iglesia.
En su corazón revivía su amor por el Redentor, suplicando: «haz que yo te restituya amor por amor, sangre por sangre, vida por vida». Pronto se le presentó la ocasión de cumplir tan ferviente deseo. En 1501 se desencadenó una aterradora tragedia familiar. Alejandro VI excomulgó al príncipe de Varano y lo privó de sus derechos. Al tiempo, arrasaron Camerino y asesinaron al padre y tres hermanos de Camila. Solo uno de ellos se libró de la muerte. La santa, en medio de su dolor, elevó sus súplicas por ellos al cielo y perdonó al asesino. El lema de su vida era: «‘Hacer el bien y sufrir el mal’, y sufrirlo no solos, sino con Jesús en la cruz». Al año siguiente vio con preocupación que la masacre de Camerino podía reproducirse en el convento. Y huyendo del asedio de los Borgia, que ponía en peligro la vida de sus hermanas, partió a Fermo. No se diluyó el alto riesgo y como los señores de Fermo podían sufrir represalias por haberle dado cobijo, se dirigió a Atri, Nápoles, teniendo a su lado a Isabel Piccolomini Todeschini, que estaba casada con Mateo de Aguaviva de Aragón.
La muerte del papa Borgia le permitió regresar a Camerino. Después, coincidió que su hermano Juan, el único que había sobrevivido al asalto, fue nombrado jefe de estado de la ciudad por el papa Julio II. Este pontífice en 1505 encomendó a Camila la fundación de un nuevo monasterio en Fermo. Luego ella abrió otro en San Severino Marche ocupándose también de formar a las monjas. De ambos fue reelegida abadesa en diversas ocasiones. Su vida se apagó el 31 de mayo de 1524 a consecuencia de la peste que se desató en Camerino. Tenía 66 años, 43 de los cuales habían discurrido en la intimidad del claustro. Gregorio XVI la beatificó el 7 de abril de 1843. Benedicto XVI la canonizó el 17 de octubre de 2010.