Santa Inés de Bohemia, virgen y
fundadora
fecha: 2 de marzo
n.: c. 1211 - †: c. 1282 - país: República Checa
otras formas del nombre: Anezka
canonización: Conf. Culto: Pío IX 3 dic 1874 - C: Juan Pablo II 12 nov 1989
hagiografía: «L`Osservatore Romano»
n.: c. 1211 - †: c. 1282 - país: República Checa
otras formas del nombre: Anezka
canonización: Conf. Culto: Pío IX 3 dic 1874 - C: Juan Pablo II 12 nov 1989
hagiografía: «L`Osservatore Romano»
En
Praga, de Bohemia, santa Inés, abadesa, hija del rey Ottokar, que tras haber
renunciado a nupcias reales, y deseosa de desposarse con Jesucristo, abrazó la
Regla de santa Clara en el monasterio edificado por ella misma, donde quiso
observar la pobreza conforme a la Regla.

Inés,
hija de Premysl Otakar I, rey de Bohemia, y de la reina Constancia, hermana de
Andrés I, rey de Hungría, nació en Praga en el año 1211. Desde la infancia,
independientemente de su voluntad, se vio implicada en proyectos de matrimonio
por especulaciones políticas y conveniencias dinásticas. A la edad de tres años
fue encomendada a los cuidados de la duquesa de Silesia, Santa Eduvigis, que la
acogió en el monasterio de las monjas cistercienses de Trzebnica y le enseñó
los primeros rudimentos de la fe cristiana. A la edad de seis años la llevaron
de nuevo a Praga y la encomendaron a las monjas premonstratenses de Doksany
para su instrucción. En 1220, prometida en matrimonio a Enrique VII, hijo del
emperador Federico II, fue llevada a la corte del duque de Austria, donde vivió
hasta el año 1225, manteniéndose siempre fiel a los deberes de la vida
cristiana.
Rescindido
el pacto de matrimonio, volvió a Praga, donde se dedicó a una vida de oración
más intensa y a obras de caridad; después de madura reflexión decidió consagrar
a Dios su virginidad. Llegaron a la Corte de Praga otras propuestas de
matrimonio para Inés. El Papa Gregorio IX, a quien Inés había pedido
protección, intervino reconociendo su propósito de virginidad y desde entonces
Inés adquirió para siempre la libertad y la felicidad de consagrarse a Dios.
A
través de los Hermanos Menores, que iban a Praga como predicadores itinerantes,
conoció la vida espiritual que llevaba en Asís la virgen Clara, según el
espíritu de San Francisco. Quedó fascinada y decidió seguir su ejemplo. Con sus
propios bienes fundó en Praga entre 1232 y 1233 el hospital de San Francisco y
el instituto de los Crucíferos para que lo dirigieran. Al mismo tiempo fundó el
monasterio de San Francisco para las «Hermanas Pobres» o «Damianitas», donde
ella misma ingresó el día de Pentecostés del año 1234.
Profesó
los votos de castidad, pobreza y obediencia, plenamente consciente de los
valores eternos de estos consejos evangélicos, y se dedicó a practicarlos con
fervorosa fidelidad, durante toda su vida. La virginidad por el Reino de los
cielos siguió siendo siempre el elemento fundamental de su espiritualidad,
implicando toda la profunda afectividad de su persona en la consagración del
amor indiviso y esponsal a Cristo. El espíritu de pobreza, que ya la había
inducido a distribuir sus bienes a los pobres, la llevó a renunciar totalmente
a la propiedad de los bienes de la tierra para seguir a Cristo pobre en la
Orden de las «Hermanas Pobres». El espíritu de obediencia la condujo a
conformar siempre su voluntad con la de Dios, que descubría en el Evangelio del
Señor y en la Regla de vida que la Iglesia le había dado.
Trabajó
junto con santa Clara para obtener la aprobación de una Regla nueva y propia
que, después de confiada espera, recibió y profesó con absoluta fidelidad.
Constituida, poco después de la profesión, abadesa del monasterio, conservó
esta función durante toda la vida y la ejerció con humildad, sabiduría y celo,
considerándose siempre como «la hermana mayor». La admiración que suscitó Inés
cuando se difundió por Europa la noticia de su ingreso en el monasterio creció
con los años. Se admiraba especialmente el ardor de su caridad para con Dios y
para con el prójimo, el fervor con el que adoraba el misterio eucarístico y la
cruz del Señor, así como la devoción filial a la Virgen María, contemplada en
el misterio de la Anunciación. Amó a la Iglesia, implorando para sus hijos los
dones de la perseverancia en la fe y la solidaridad cristiana. Se hizo
colaboradora de los Romanos Pontífices, que para el bien de la Iglesia
solicitaban sus oraciones y su mediación ante los reyes de Bohemia, sus
familiares. Amó a su patria, a la que benefició con las obras de caridad
individuales y sociales y con la sabiduría de sus consejos, encaminados siempre
a evitar conflictos y a promover la fidelidad a la religión cristiana de los
padres.
En
los últimos años soportó inalterable los dolores que la afligieron a ella, a la
familia real, al monasterio y a la patria. Murió santamente en su monasterio el
2 de marzo de 1282. El culto tributado desde su muerte y a lo largo de los siglos
a la Venerable Inés de Bohemia, tuvo el reconocimiento apostólico con el
Decreto aprobado por el Papa Pío IX el 28 de noviembre de 1874. La proclamó
Santa el papa Juan Pablo II el 12 de noviembre de 1989.
Texto
de L'Osservatore Romano en lengua española del 12 de noviembre de 1989, que
reproducimos de Franciscanos.org
fuente: «L`Osservatore
Romano»
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Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=742
Santa Ángela de la Cruz Guerrero González, virgen
y fundadora
fecha: 2 de marzo
n.: 1846 - †: 1932 - país: España
canonización: B: Juan Pablo II 12 jul 1982 - C: Juan Pablo II 4 may 2003
hagiografía: «L`Osservatore Romano»
n.: 1846 - †: 1932 - país: España
canonización: B: Juan Pablo II 12 jul 1982 - C: Juan Pablo II 4 may 2003
hagiografía: «L`Osservatore Romano»
En
Sevilla, en España, santa Ángela de la Cruz Guerrero González, virgen,
fundadora del Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz, que no se
reservó derecho ninguno para sí, sino que lo dejó todo para los pobres, a
quienes acostumbraba a llamar sus «señores», sirviéndoles de verdad.

Nació
en las afueras de Sevilla el día 30 de enero de 1846. Fue bautizada el 2 de
febrero siguiente en la parroquia de Santa Lucía. Su padre, Francisco, era
cocinero del convento de los Trinitarios, y su madre, Josefa, costurera allí
mismo. Tuvieron catorce hijos, de los que solamente seis llegaron con vida a la
mayoría de edad. Como tantas niñas pobres sevillanas de su tiempo, fue poco al
colegio, aprendiendo a escribir, sin dominar la ortografía, algunas nociones de
aritmética y catecismo. Su pobreza no le impedía, desde niña y adolescente,
compartir con los más pobres los bienes que tenían en la familia, pues les
llevaba mantas de su casa cuando no tenían ellos para todos.
En
el hogar aprendió a rezar el rosario y las oraciones del mes de mayo dedicado a
la Virgen María. Con su padre acudía al rosario de la aurora y su madre se prestaba
a ser madrina de los niños del barrio que lo necesitaban. Hizo la primera
comunión en 1854 y recibió la confirmación en 1855. A los doce años tuvo que
ponerse a trabajar para ayudar a su familia como aprendiz en la zapatería
Maldonado, donde también se rezaba diariamente el rosario, y tuvo sus primeras
experiencias místicas. Ella misma se puso a enseñar el oficio a otras niñas,
como oficiala de primera, en una institución llamada «Las Arrepentidas», en
aquella Sevilla que entonces tenía rango de Corte por la presencia en el
palacio de San Telmo de los duques de Montpensier.
El
canónigo que confesaba a Angelita, el padre Torres, le ayudó a encontrar lo que
Dios le pedía: ser monja. En 1865, acompañada de su hermana Joaquina, llamó a
las puertas del Carmelo que había fundado en Sevilla santa Teresa de Jesús,
pero, a pesar de su gran capacidad para la vida contemplativa, no fue admitida
porque no tenía suficiente salud para la vida tan austera del Carmelo. En 1868
entró como postulante en las Hijas de la Caridad del hospital central de
Sevilla, pero por su salud quebrantada fue trasladada a Cuenca, por si le
sentaba mejor aquel clima. En 1870 tuvo que dejar definitivamente a las Hijas
de la Caridad, a pesar de su entrega y fidelidad generosa.
Resignada
a vivir como «monja sin convento», volvió a su trabajo y se sometió en
obediencia a su director espiritual, escribiendo todos los pensamientos y
deseos de su alma, hasta que en 1875 vio durante la oración el monte Calvario
con una cruz frente a la de Cristo crucificado: «Al ver a mi Señor crucificado
deseaba con todas las veras de mi corazón imitarle; conocía con bastante
claridad que en aquella otra cruz que estaba frente a la de mi Señor debía
crucificarme, con toda la igualdad que es posible a una criatura...». En una
ocasión, después de escuchar las quejas de los pobres que sufren, escribe al
padre: «Si, para aconsejar a los pobres que sufran sin quejarse los trabajos de
la pobreza, es preciso llevarla, vivirla, sentirse pobre... ¡qué hermoso sería
un instituto que por amor a Dios abrazara la mayor pobreza!», recibiendo así la
inspiración de fundar una «Compañía».
En
sus Papeles íntimos, páginas asombrosas para una mujer iletrada, con faltas
ortográficas pero con una identidad cristiana y eclesial admirable, redactó su
proyecto de Compañía, con una dimensión caritativa y social a favor de los
pobres y con un impacto enorme en la Iglesia y en la sociedad de Sevilla, por
su identificación con los menesterosos: «Hacerse pobre con los pobres». No
quería hacer la caridad «desde arriba» sino ayudar a los pobres «desde dentro».
Escribía y lo vivía: «La primera pobre, yo...».
El
día 2 de agosto de 1875 el padre Torres celebraba la Eucaristía en la iglesia
del convento jerónimo de Santa Paula, a la que asistían, con Ángela, que era
terciaria franciscana, otras tres mujeres, Juana, Josefa y otra Juana,
dispuestas a desentrañar el misterio de la cruz en la oración y en el servicio
a los pobres. Acabada la misa, se trasladaron a vivir a un cuarto alquilado en
la calle de San Luis, n. 13, en el que había una mesa, unas sillas y unas
esteras de junco que servían de colchón y de almohada, un crucifijo y un cuadro
de la Virgen de los Dolores. Estaban naciendo las Hermanas de la Cruz.
La
fundadora imprimió a su Compañía un ambiente de limpieza, de saludable alegría
y de contenida belleza, de tal forma que sus conventos tendrían esplendor a
base de cal, estropajo, dos esterillas y cinco macetas. Su estilo sería el de
mujeres sencillas, verdaderamente populares, apartadas de la grandiosidad,
impregnando de tal forma el aire de dulzura, que la gente agradecía aquel nuevo
modo de querer a Dios y a los pobres. Luego pasaron a la calle Hombre de
Piedra, junto a la parroquia de San Lorenzo, donde ejercía el ministerio
Marcelo Spínola, quien llegaría a ser el arzobispo llamado «mendigo»,
recientemente beatificado. Empezaron a recoger niñas huérfanas de los enfermos
a quienes atendían, por eso pasaron a otra casa más grande en la calle Lerena,
donde ya pudieron contar con la presencia de la Eucaristía. Atendían a las
personas que estaban solas y enfermas en sus casas. Con una mano pedían limosna
y con la otra la repartían.
En
1879 el arzobispo fray Joaquín Lluch aprobó las primeras Constituciones de la
Compañía de las Hermanas de la Cruz, en una síntesis de oración y austeridad,
contemplación y alegría en el servicio a los pobres. Las Hermanas de la Cruz
fueron extendiéndose por Andalucía y Extremadura, La Mancha, Castilla, Galicia,
Valladolid, Valencia y Madrid, las Islas Canarias, Italia y América. En Sevilla
se trasladarían a lo que después sería la casa madre en la calle de Los
Alcázares. En 1894 sor Ángela, «madre Angelita» o simplemente «madre» como se
le llamaba ya en Sevilla, viajó a Roma para asistir a la beatificación del
maestro Juan de Ávila y fray Diego de Cádiz, pudiendo entrevistarse con el Papa
León XIII, quien más tarde concedió el decreto inicial para la aprobación de la
Compañía, que firmaría en 1904 san Pío X.
En
1907 sor Ángela asumió el gobierno y la responsabilidad de su instituto
religioso como primera madre general, reelegida cuatro veces. Aunque tenía fama
de «milagrera», destacaba por su naturalidad y sencillez. En 1928, a pesar de
la exposición iberoamericana, en Sevilla continuaba habiendo pobres y
necesidades; por eso las Hermanas de la Cruz rondaban por los barrios más
pobres, santificándose especialmente con la virtud de la mortificación, al
servicio de Dios en los pobres, haciéndose pobres como ellos. Sor Ángela aceptó
la decisión del arzobispo y, al no continuar siendo madre general, se puso a
disposición de la nueva, aconsejando a sus hermanas y a cuantas personas
acudían a pedirle ayuda, atraídas por sus virtudes. Las Hermanas de la Cruz, de
entonces y de ahora, siguen a rajatabla las normas de mortificación establecidas
por sor Ángela: comen de «vigilia», duermen sobre una tarima de madera las
noches que no les toca velar, duermen poquísimo, pues quieren estar «instaladas
en la cruz», «enfrente y muy cerca de la cruz de Jesús», renunciando a los
bienes de este mundo y acudiendo sin tardanza donde los pobres las necesiten.
El
7 de julio de 1931 la madre Ángela tuvo una trombosis cerebral que, nueve meses
después, la llevaría a la muerte. Estuvo paralizada de medio cuerpo, pero
continuó resplandeciendo en su virtud de la humildad, tratando de agradar y
nunca molestar. Después de una larga agonía y de haber recibido los últimos
sacramentos, murió en Sevilla, en su tarima de dormir, el 2 de marzo de 1932.
Sevilla entera pasó durante tres días enteros por la capilla ardiente hasta
que, por privilegio especial, fue sepultada en la cripta de la casa madre. Fue
beatificada en Sevilla por el Papa Juan Pablo II el 5 de noviembre de 1982, y
canonizada por el mismo en Madrid el 4 de mayo de 2003. Su cuerpo incorrupto
reposa en su capilla de la casa madre y su memoria litúrgica se viene
celebrando el día 5 de noviembre.
De
L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, del 2 de mayo de 2003,
que tomamos de Franciscanos.org
fuente: «L`Osservatore
Romano»
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Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=744
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