martes, 22 de marzo de 2016

Santo Toribio de Mogrovejo, obispo - San Fingar, mártir (23 de marzo)

Santo Toribio de Mogrovejo, obispo
fecha: 23 de marzo
n.: 1538 - †: 1606 - país: Perú
otras formas del nombre: Toribio Alfonso
canonización: 
B: Inocencio XI 1679 - C: Benedicto XIII 1726
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Santo Toribio de Mogrovejo, obispo de Lima, en Perú. Laico de origen español y licenciado en leyes, fue elegido para esta sede y se dirigió a América, donde, inflamado en celo apostólico, visitó a pie varias veces la extensa diócesis, proveyó a la grey a él encomendada, fustigó en sínodos los abusos y los escándalos en el clero, defendió con valentía a la Iglesia y catequizó y convirtió a los pueblos nativos, hasta que finalmente, en la población de Saña, descansó en el Señor.
patronazgo: patrono de Perú, de Lima y del episcopado latinoamericano.
refieren a este santo: San Francisco SolanoSanta Rosa de Lima
oración:
Señor, tú que has querido acrecentar la Iglesia mediante los trabajos apostólicos y el celo por la verdad de tu obispo santo Toribio, concede al pueblo a ti consagrado crecer constantemente en fe y en santidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Toribio Alfonso de Mogrovejo nació el 18 de noviembre de 1538 en Mayorga, provincia de León, España. Desde la infancia se sintió inclinado a la piedad y le tuvo horror al pecado; en vez de los juegos, encontraba placer en adornar los altares y servir a los pobres. Devotísimo de la Santísima Virgen, rezaba a diario su oficio, el Rosario y ayunaba todos los sábados. Más de una vez fue necesario moderar sus mortificaciones; durante sus estudios en Valladolid y Salamanca, daba un buena parte de sus alimentos a los pobres.
Muy pronto, el rey Felipe II tuvo oportunidad de conocer los méritos del joven estudiante y le confió puestos importantes, al grado de llegar a nombrarle presidente del Tribunal de la Inquisición en Granada, a pesar de que sólo era un laico. Tras de haber desempeñado su oficio durante cinco años, satisfactoriamente para todos, Toribio fue elegido para ocupar la sede arzobispal de Lima, capital del Perú. Una serie de escándalos impedía la conversión de los infieles en aquel país de América y, en la corte española se consideraba que Toribio era el único hombre capaz de poner remedio a los excesos. Pero éste recibió la noticia de su elección como la de un suceso funesto: consternado y bañado el rostro en lágrimas, se echó a los pies del crucifijo; escribió en seguida al Consejo del Rey una extensa carta en la que declaraba su incapacidad y recordaba los cánones de la Iglesia que prohibían elevar a un laico al episcopado. Aquel acto de humildad fue para Toribio una fuente de gracias. Sus razones no fueron aceptadas y tuvo que consentir en su elección.
Toribio se preparó entonces a su ordenación; solicitó recibir las cuatro órdenes menores en otros tantos domingos, para tener el tiempo de cumplir con sus funciones; después recibió las demás órdenes, fue consagrado obispo y se embarcó sin demoras para el Perú. Llegó en 1581, cuando acababa de cumplir cuarenta y dos años. La diócesis de Lima tenía ciento veinte kilómetros de extensión a lo largo de las costas; aparte de varias poblaciones, comprendía una multitud de aldeas dispersas por la cordillera de los Andes. Los conquistadores se habían conducido como verdaderos tiranos con respecto a los indios y, tras la conquista, se desataron las guerras civiles y las disensiones internas; las costumbres habían caído en una condición deplorable y, en vez de reaccionar, los clérigos contribuían con su conducta a aumentar los escándalos. El santo arzobispo no pudo contener las lágrimas al constatar todos aquellos desórdenes y se propuso recurrir a todas las medidas necesarias para remediarlos. Sus primeros mandatos, enérgicos y prudentes, lograron detener el curso de los escándalos públicos en Lima, y así el arzobispo pudo emprender la visita de su diócesis, a lo cual consagró siete años. Es imposible dar una idea precisa sobre los peligros que debió afrontar, las fatigas y penurias que debió soportar; tuvo que escalar altísimas montañas escarpadas, cubiertas de hielo o de nieve, para llegar hasta las chozas miserables de los pobres indios. A menudo, tenía que hacer sus viajes a pie; pero aún así oraba y ayunaba sin cesar para asegurar los frutos de sus trabajos apostólicos. Por todas partes colocó a pastores sabios y celosos, fue el azote de los pecadores públicos y el protector de los oprimidos, sin cuidarse de la calidad, dignidad o poder de las personas a las que había necesidad de reprimir. Medidas tan enérgicas le atrajeron persecuciones; le malquistaron con los gobernantes del Perú, que todo lo sacrificaban a sus placeres y sus intereses; pero Toribio hizo frente a sus enemigos con su paciencia y su dulzura, sin abandonar por ello su firmeza contra el mal. Muchos de los poderosos, para excusar ciertos abusos, alegaban que esa era la costumbre; pero su argumentación era vana, porque Toribio les respondía invariablemente, como Tertuliano, que Jesucristo se llamaba verdad y no costumbre y que, en el tribunal de Dios, nuestras acciones serán pesadas en la justísima balanza del Santo de los Santos.
A fin de que se extendiera y perpetuara su obra, Toribio decidió realizar sínodos diocesanos cada dos años y sínodos provinciales cada siete. Fundó seminarios, iglesias y hospitales. Cuando la peste atacó una parte de su diócesis, se privó aun de lo más necesario para socorrer a las víctimas de la epidemia y recomendó la penitencia como el único medio de aplacar la indignación del cielo. En aquella ocasión organizó procesiones públicas a las que él mismo asistía como un penitente más, con los ojos llenos de lágrimas, fijos en un Santo Cristo que portaba en alto, mientras ofrecía su propia vida a Dios por la conservación de su rebaño. Sus plegarias, sus ayunos, sus extraordinarias vigilias duraron el tiempo que la peste.
Afrontaba los mayores peligros, si con ello lograba proporcionar a un alma el menor beneficio; hubiese dado la vida con gusto por cualquiera de sus diocesanos. Cuando se enteraba de que algunos pobres indios, para escapar a la barbarie de sus opresores, vagaban por las montañas o en los desiertos, iba hacia ellos a través de espantosas soledades en las que no había más que bestias feroces, para llevarles socorros y palabras de consuelo. Por tres veces hizo la visita a su diócesis: el segundo recorrido duró cinco años y el tercero un poco menos: el fruto de estos trabajos fue la conversión de un enorme número de indios. Cuando iba de camino, empleaba su tiempo en la plegaria; al llegar a cualquier sitio, su primer cuidado era el de ir a la iglesia. A veces permanecía varios días en un lugar donde había necesidad de instruir a los indios, a pesar de que casi siempre faltaba ahí hasta lo indispensable para vivir. Predicaba y catequizaba con un celo infatigable y, con el fin de desempeñar esa tarea con mayor eficacia, se propuso aprender las diferentes lenguas y dialectos que hablaban las tribus. También tuvo Toribio la gloria de renovar a la Iglesia en el Perú, porque si bien no fue el primer apóstol en las nuevas tierras, a él se debe el restablecimiento de la devoción, casi extinta. Los decretos elaborados en los concilios provinciales realizados durante su episcopado quedarán para siempre como auténticos monumentos de su piedad, de su sabiduría y de su prudencia; se les ha considerado como oráculos, no sólo en el Nuevo Mundo, sino en Europa y hasta en la misma Roma. Incluso se ha comparado su obra a la de san Carlos Borromeo en Italia.
El prelado, tan celoso por la salvación de su prójimo, no descuidaba nada para su propia santificación; se confesaba por lo general cada mañana y a diario celebraba la misa con una piedad angelical. La gloria de Dios era el fin de todas sus palabras y de todos sus actos, de manera que su vida era una continua plegaria. Sin embargo, tenía señaladas sus horas para los santos ejercicios; y en esos momentos, un resplandor externo caía sobre su rostro. Por humildad, ocultaba con extremo cuidado sus mortificaciones y sus otras buenas obras; su caridad hacia los pobres era ilimitada; su generosidad comprendía a todos, sin distinción, pero dedicaba especial atención a los pobres vergonzantes.
El arzobispo Toribio cayó enfermo en Santa, una villa situada a 440 kilómetros de Lima. Por entonces, acababa de iniciar una visita más a su diócesis. Inmediatamente vaticinó su muerte próxima y prometió una recompensa al primero que llegara a anunciarle que los médicos no tenían esperanza de salvarlo. A sus auxiliares y servidores les dio todo lo que empleaba en su uso personal; el resto de sus bienes lo legó a los pobres. Pidió que lo llevaran cargado a la iglesia para recibir el viático, pero antes de llegar los portadores consideraron prudente devolverlo al lecho y ahí se le administró la extramaunción. Durante su agonía repitió constantemente las palabras de San Pablo: «Deseo despojarme de los lazos de mi cuerpo para estar unido a Jesucristo». Rogó a los presentes que se acercaran al lecho para entonar las frases del salmo, «Estoy lleno de júbilo por lo que se me ha dicho: ¡Iremos a la casa del Señor!». El 23 de Marzo de 1606, murió mientras pronunciaba las palabras del rey profeta: «Señor: pongo mi alma entre Tus manos».
El año siguiente al de la muerte del santo arzobispo Toribio, se trasladó su cuerpo de Santa a Lima: aún estaba incorrupto. El autor de su biografía y las actas de su canonización informan que resucitó a un muerto y dejó sanos a numerosos enfermos. También después de su muerte obró muchos milagros. Fue beatificado en 1679 por Inocencio XI y canonizado en 1726 por Benedicto XIII. En 1983 Juan Pablo II lo proclamó Patrono del Episcopado latinoamericano.
Véanse las actas de beatificación y canonización de San Toribio. Cipriano de Herrera, «Vida de San Toribio», dedicada al papa Clemente X.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=970




San Fingar, mártir

fecha: 23 de marzo
†: c. 460 - país: Reino Unido (UK)
otras formas del nombre: Guignero, Gwinear, Gwinnear
canonización: culto local
hagiografía: Abel Della Costa

En Cornualles, san Fingar o Guignero, mártir.
En Cornualles, conmemoración de san Fingar, mártir, hijo de Clitón, rey de Hibernia, el cual, convertido a la fe por san Patricio, rehusó la dignidad de príncipe, y la corona que le fue ofrecida a la muerte de su padre, se trasladó a Cornualles para abrazar la vida solitaria, y allí, en odio a la religión cristiana fue muerto por Teodorico, rey de Cornualles, hacia el año quinientos.
Esto dice el «Martirologio Anglicano» de Wilson de 1640. Posiblemente este Clitón que menciona la noticia como padre de san Fingar sea Clito, uno de los siete hijos del rey Amhalghaidh, que aparece nombrado en la «Vita tripartita» de san Patricio, en la que el bautismo de los siete es narrado en detalle. Si esto es así -y es casi seguro-, podemos ubicar a Fingar en la historia con bastante precisión: Amhalghaidh era rey de Connacht, uno de los reinos históricos de Hybernia, es decir, de la actual Irlanda, situado al oeste de la isla, cuando san Patricio predicó en la región. Gobernó poco tiempo, del 440 al 445 aproximadamente, pero su nombre reviste especial importancia, porque fue el primer rey cristiano de Connacht. 
Fingar (llamado también Guignero o Gwinnear) era, por tanto, príncipe a través de Clito. Según la noticia hagiográfica, era no sólo príncipe, sino también heredero, ya que rehusó la corona; ese extremo no lo podemos verificar, dado que a la muerte de Amhalghaidh no le sucedió Clitón sino otro miembro de la familia.
Aunque todavía no había comenzado el auge de los eremitas irlandeses, que más bien se darán a partir del siglo VI, no es nada extraño que a la conversión de Fingar le haya seguido su deseo de vida eremítica. Fue así que se retiró a un territorio que aun era pagano, Cornualles, península al sur de la actual Inglaterra.
Una vez instalado allí, lamentablemente carecemos de datos verificables. La leyenda se entremezcla con la historia y forma un nudo intrincado. Algunas crónicas hablan de que fue también misionero en la Bretaña francesa (en Vannes se conserva su conmemoración), otras que se estableció en Cornualles en lo que nosotros llamaríamos una comunidad de monjes, en la que también participaba su hermana Phiala. La noticia como hemos visto, termina abruptamente: el rey de Cornualles por odio a la fe cristiana, lo mató. Ese rey, incorrectamente identificado con un tal Teodorico, que no figura en fuentes propias del territorio, quizás sea Corótico, que sí es mencionado en las crónicas de san Patricio como un tirano. El hecho debió de suceder hacia el 460, no hacia el 500 como indica Wilson.
La celebración tradicional incluye a Phiala y a un indeterminado número de compañeros también mártires, mientras que el Martirologio Romano actual ha preferido mantener lo más ceñido a las escasas noticias que poseemos, evitando los desarrollos legendarios. En Cornualles y en Irlanda se celebra el 14 de diciembre, pero parece que la fecha propia del martirio es el 23 de marzo, y así está inscripto en el Martirologio Romano actual. Existe una «Vita» escrita por un monje de nombre Anselmo, aunque muy tardía, de no menos de 500 años posterior al santo.
Ver Acta Sanctorum, marzo III, pág. 455ss., allí mismo se reproduce la mencionada «Vita»; ver también Dennis Walsh, «Ireland's History in Maps» 


Abel Della Costa
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=971

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