domingo, 22 de mayo de 2016

Beato João Baptista Machado - Beato Diego - Beata Rosana. (22 de mayo)

Beato João Baptista Machado

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(c. 1580-1617), religioso y mártir portugués.
Natural de Angra (Azores), ingresó en la Compañía de Jesús en 1597. En 1601, tras haber concluido sus estudios de filosofía y teología (en los colegios de Goa y Macao, respectivamente), abandonó Portugal con destino a la India. En 1609 fue destacado por la Compañía a su provincia de Japón, donde desarrolló una intensa actividad apostólica. Cuando aconteció la persecución de los cristianos, en 1614, que culminó con el decreto de expulsión de todos los misioneros, decidió permanecer oculto en la isla de Gotō para prestar asistencia espiritual a las comunidades cristianas japonesas. Descubierto tres años después, fue condenado a muerte y decapitado, junto con el franciscano Pedro da Assunção, en el monte Obituri, en las proximidades de la ciudad de Omura. Inauguró así la lista de los 205 mártires de Japón.

El jesuita António Francisco Cardim alabó su figura en su obra Elogios, e ramalhetes de flores borrifado com o sangue dos mártires da Companhia de Jesus, a quem os tiranos do Império de Japão tiraram as vidas... (Elogios, y ramilletes de flores salpicados con la sangre de los mártires de la Compañía de Jesús, a quienes los tiranos del Imperio de Japón quitaron sus vidas..., 1650). Beatificado en 1867 por el papa Pío IX, en 1962 fue declarado protector especial de la diócesis de Angra por Juan XXIII.



Beato Diego

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Beato Diego José de Cádiz
PRESBÍTERO, I ORDEN
OFM Cap Andalucía: MO
(la Familia Franciscana celebra su ML el 5 de enero)
Nació en Cádiz en 1743.
De jovencito entró en la Orden Capuchina. Fue un predicador asombroso, así en Andalucía como en buena parte de la Península.
Los mayores templos eran incapaces de contener a sus oyentes. Sus dotes oratorias iban acompañadas de singulares gracias del cielo.
Se le consideraba apóstol de la misericordia. Escribió numerosas obras. Murió en Ronda en 1801.
Lo beatificó León XIII en 1894.
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De las cartas del beato Diego José de Cádiz, presbítero, a su director espiritual Francisco Javier González(El director perfecto y el dirigido santo, Sevilla 1901, pp. 126, 210, 280, 287)
Deseo un altísimo trato con Dios
¿Es verdad, Padre mío, que ha de verlo cumplido este su ruín, vilísimo y miserabilísimo hijo de usted? ¡Sería tan dichoso, que así lo vea cumplido, y después dé mi vida y derrame mi sangre por mi Dios y por mis prójimos!
Los pecados del pueblo no dejan de abrumarme bastante; sin duda porque no reconozco los gravísimos míos. Con este pensamiento estaba un día en el coro con la comunidad como queriendo disuadirme de su peso, y se me ocurrió, con viveza y eficacia, cuánta era mi deuda a satisfacerlos, en vista de lo que mi Señor Jesucristo hizo y padeció, aun siendo justo, con los ajenos que tomó a su cargo. Con este mismo peso suelo sobresaltarme, cuando hay alguna ocurrencia de males temporales en el pueblo.
Qué saeta no es para mi corazón aquella repetida expresión que usa usted en sus cartas: que soy llamado para «capuchino, misionero y santo». No puedo leerla sin que todo el interior y aun las entrañas se me conmuevan con dulce, pero extraña fuerza. Ella es un clavo que a todas horas punza sin lastimar, y en toda ocasión y circunstancia la veo inseparable de mí. Usted me lo dice inspirado de Dios, sin haberle yo manifestado los prodigios que motivaron y acompañaron mi vocación. Revienta mi corazón por ser todo de Dios, por lograr su intento, que es no faltar un ápice a lo que el Señor quiere de mí. De aquí es que, cuando oigo o pienso que en mis tareas censuran algo, se quejan, me delatan, etc., toda mi angustia es: «Yo he faltado a lo que mi Dios quiere de mí; éstos lo conocen y yo no.» Si temo como miserable la desgracia de los poderosos, me parece que sin mucho trabajo se desvanecen; mas en llegando a esto de haber faltado en un átomo a la voluntad de Dios y a lo que quiere de mí, no cabe consuelo en mi corazón. No me turbo ni me inquieto, pero si me es una congoja tan interior y profunda que, sino me engaño, es ella la que debilita mis fuerzas más que las tareas corporales. Toda mi ansia es llenar lo que Dios ha dispuesto de mí, y, en una palabra, Padre de mi corazón y de mi alma, ser en esto una perfecta semejanza de mi Señor Jesucristo, porque así lo sería en todo.
Deseo un interior, familiar y altísimo trato con Dios, seco, amargo y lejos de toda sensibilidad; quisiera hacer asombrosos prodigios en el mundo, quisiera pasar las noches en oración, sin necesitar dormir, quisiera que a cuantos hablase y mirase, se convirtiesen, y quisiera qué sé yo qué; pues nada, nada, nada llena mi corazón, y creo que uno de los mayores quebrantos que padecieron los santos fue esta insaciabilidad de sus corazones en lo que deseaban obrar con Dios.







Himno


Hosanna a ti, Señor, porque a los hombres
de todos los sectores de su época
tú enviaste a fray Diego, como apóstol,
con el fuego y la fe de tus profetas.



Honor a ti, Señor, porque al llamarle
al retiro, a la paz, a la pobreza,
su firme vocación de capuchino
dio sentido total a su existencia.



Bendito seas tú, porque en el cruce
de sus largas campañas evangélicas,
para su afán tenaz de misionero
tu palabra fue siempre luz y fuerza.



Loado seas tú, porque en su vida,
testigo de tu amor sobre la tierra,
para su empeño libre de ser santo
hermanaste tu gracia con su entrega.



Gloria a ti, Dios eterno, trino y uno:
Padre, Hijo y Espíritu, en tu Iglesia,
porque por ti fray Diego, ya sin término,
es signo de tu amor y tu presencia. Amén.



Señor Dios, que has concedido al beato Diego José la sabiduría de los santos, y le has encomendado la salvación de su pueblo, concédenos, por su intercesión, discernir lo que es bueno y justo, y anunciar a todos los hombres la riqueza insondable que es Cristo. Que vive y reina contigo.



Beata Rosana.

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Nació en Faenza, de padres nobles. Casada con un rico caballero de la ciudad, no cesó durante nueve años de solicitar de su marido una separación amistosa.
Al fin, él cayó enfermo, y los médicos diagnosticaron que, si quería vivir, debía guardar continencia. En consecuencia, los dos tomaron el hábito.
Rosana, que cambió este nombre por el de Humildad, fundó en Florencia un monasterio de la Congregación benedictina de Valumbrosa, donde vivió entregada a la oración y a la mortificación. Se conserva el relato de sus revelaciones, 1310.


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