viernes, 13 de mayo de 2016

Bienaventurada Virgen María de Fátima - San Servacio de Tongres, obispo (13 de mayo)

Bienaventurada Virgen María de Fátima

fecha: 13 de mayo
país: Portugal
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Nuestra Señora la Bienaventurada Virgen María de Fátima, en Portugal. En la localidad de Aljustrel, la contemplación de la que, en el orden de la gracia, es nuestra Madre clementísima, suscita en muchos fieles, no obstante las adversidades, la oración por los pecadores y la profunda conversión de los corazones.
Era el año de 1916. La guerra se había extendido sobre Europa y, hacía apenas unos meses que Portugal se hallaba mezclado también en la lucha, cuando tres pequeños campesinos portugueses del interior se encontraron de pronto, en una de las colinas áridas que rodean a Fátima, con una figura resplandeciente que les dijo: «Soy el Ángel de la Paz». Durante aquel mismo año, vieron otras dos veces la misma aparición. Los exhortó a «ofrecer constantes plegarias y sacrificios». «Sobre todo, les dijo, aceptad y soportad con sumisión los sufrimientos que el Señor os envíe». Los pastores: Lucía de 9 años, Francisco de 8, y Jacinta de 6, guardaron silencio respecto a estas visiones. No sospechaban que eran como la preparación para un encuentro más importante. La presencia del ángel, aunque los llenaba de gozo, los dejaba azorados, llenos de confusión: «Me gusta mucho ver al Ángel, comentó un día Francisco, pero lo malo es que, después no podemos hacer nada. Yo no puedo ni andar, no sé lo que me sucede».
El 13 de mayo de 1917, fue distinto el estado de ánimo que les produjo la aparición de una «Señora toda de blanco, más brillante que el sol», a cuya aparición habían precedido dos relámpagos, y que resplandecía en lo alto de un arbusto de la sierra. «¿De dónde viene Vuestra Merced?», preguntó Lucía. «Vengo del cielo». Les pidió en seguida que regresaran al mismo lugar durante seis meses seguidos, los días trece.
«¿Deseáis ofreceros a Dios para soportar todo el sufrimiento que a Él plazca enviaros, como un acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y para pedir por la conversión de los pecadores?», inquirió la aparición posteriormente. «Sí queremos». Los niños quedaron llenos de «una paz y una alegría expansiva», cuando la Señora se alejó. «Ai, que Senhora tâo bonita» repetía Jacinta. Lucía les recomendó a sus primos que no dijeran lo que habían visto; pero Jacinta, la más alegre y comunicativa de los tres, no pudo ocultar su alegría y lo contó a su madre. Cuando los rumores llegaron a casa de Lucía, la madre y los hermanos de ésta se mostraron totalmente escépticos. Pensaron que todo era un invento de los tres niños. Para el 13 de junio de 1917, los tres niños habían comprendido rápidamente el sentido redentor del sufrimiento. La Señora les había pedido sacrificios y ellos, durante ese mes, se dedicaron a buscarlos con empeñoso entusiasmo. La comida que recibían en sus casas para llevar al campo, la entregaban a los pobres y se contentaban después con raíces y frutas silvestres. El hambre, la sed, las burlas de los que no creían en la aparición, los ofrecían, como la Señora lo había pedido, por la conversión de los pecadores. Ese 13 de junio, mientras Fátima celebraba a San Antonio, el patrono de su iglesia, unas 50 personas se reunieron alrededor de los niños en Cova da Iría a esperar la llegada de la Señora. Al mediodía, dijo Lucía con voz fuerte: «Jacinta, allá viene nuestra Señora. Ahí está la luz». A los asistentes les pareció oír «como una voz muy apagada», pero nada pudieron entender. La Señora dijo que Jacinta y Francisco irían pronto al cielo, que Lucía permanecería más tiempo aquí abajo para ayudar a establecer la devoción al Corazón de María. Como lo había hecho en la primera ocasión, al despedirse, la Señora abrió las manos, de ellas brotaron rayos de luz que rodearon a los niños. En esa luz «nos veíamos como sumergidos en Dios», escribió después Lucía.
Era el 13 de julio de 1917. Lucía estuvo a punto de no acudir a la cita. El padre Ferreira, párroco de Fátima, había aventurado la opinión de que se trataba, tal vez, de un engaño diabólico. Además, continuaba la oposición en casa de la niña. Pero, aquella mañana, sus primos lograron persuadirla y fue con ellos a la que sería una de las más largas conversaciones con la Señora. Les fue prometido que en octubre se realizaría un milagro para demostrar la verdad de las apariciones. Cuando la Señora extendió sus manos y los niños se sintieron rodeados del resplandor celestial, vieron abierta la tierra y dentro, «un mar de fuego . . . los demonios y las almas como si fueran carbones al rojo vivo...» La Señora les pidió la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María y la Comunión de reparación, cinco primeros sábados en otros tantos meses. Añadió: «cuando recéis el Rosario, decid después de cada misterio: ¡Oh Jesús mío, perdónanos y líbranos del fuego del infierno! Atrae todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas». Al terminar, les comunicó el secreto que llegó a ser uno de los puntos importantes de la tradición de Fátima, cuya última parte se reveló en el año 2000. La multitud que los rodeaba sólo había visto descender una especie de nubécula sobre la carrasca, el arbolillo de las apariciones, y escuchado un murmullo sordo, durante la visión.
Así llegó el 13 de agosto de 1917. La visión del infierno que les fue concedida a los niños había despertado en ellos un anhelo incontenible de oración y penitencia. El anticlerical administrador de Ourem, empeñado en combatir la fama creciente de las apariciones, les brindó una oportunidad de ofrecer padecimientos. Con engaños, los alejó de Fátima y logró impedir que asistieran a la cita del 13 de agosto. Viendo que los interrogatorios no daban resultado, los encerró en una celda común con los malhechores de la cárcel. Y, en un último esfuerzo dramático por atemorizarlos, afirmó que los haría hervir en aceite, uno por uno. Se llevaron a Jacinta, luego a Francisco y, cuando Lucía esperaba ser arrojada en un caldero, se encontró con sus primos, a quienes creía muertos. No habiendo obtenido ni una retractación, ni la confesión del secreto, el administrador acabó por soltarlos. Una muchedumbre numerosa había esperado inútilmente la aparición de aquel mes. Pero, los niños pudieron ver a la Señora, cuando se les apareció y renovó sus advertencias y peticiones.
Gran parte de la prensa de Portugal se había lanzado contra las apariciones, antes del 13 de septiembre de 1917, sin embargo, para esta ocasión se reunió una muchedumbre mucho mayor, con peregrinos venidos de todas las partes del país. Iba a ser la más breve de todas las apariciones. Apenas un momento de conversación: «...continuad rezando el Rosario...» insistió nuestra Señora. El 13 de octubre de 1917: Nuestra Señora había dicho que en ese día se llevaría a cabo un milagro para demostrar la veracidad de las apariciones y los niños así lo habían anunciado. A pesar del frío y de la lluvia, que desde la tarde anterior comenzó a caer, a través de los caminos enlodados de la sierra llegaron más y más peregrinos hasta aquel rincón casi incomunicado del resto de Portugal. Aproximadamente 70.000 personas habían venido a presenciar el milagro de Fátima.
Los familiares y vecinos de Lucía estaban atemorizados. Si el milagro no se verificaba, ¿cómo iba a reaccionar aquella multitud defraudada? Al mediodía, después de una espera tensa por parte de la multitud arrodillada bajo la lluvia, la Señora se presentó ante los niños: «Quiero decirte que construyan aquí, en mi honor, una capilla. Soy la Virgen del Rosario. Que continúen rezando el rosario todos los días...» La multitud no vio a la Señora, pero asistió a un espectáculo sobrecogedor: oyó a Lucía gritar: «mirad el sol». Las nubes se abrieron de pronto y apareció el sol como un gran disco de plata al que, aunque brillante como cualquier sol, se podía mirar directamente sin cerrar los ojos y con una satisfacción única y deliciosa. Esto sólo duró un momento. Mientras lo contemplaban, la gigantesca bola comenzó a "danzar": esta fue la palabra que todos los observadores aplicaron al fenómeno. Giró rápidamente. Se detuvo. Volvió a girar con más fuerza. Como un prisma gigantesco cubrió el cielo y la tierra con franjas de colores. «Girando locamente bajo esta apariencia, por tres veces, la ígnea esfera pareció temblar, estremecerse y después arrojarse precipitadamente en zigzag hacia la multitud». Cuando todo terminó, la muchedumbre estaba conmovida y convencida por completo de la verdad de las apariciones. Incluso periodistas no creyentes afirman haber visto el fenómeno.
Antes de que pasaran tres años, Francisco y Jacinta habían muerto ya, como se los había dicho la Señora y ellos lo habían dado a conocer, fueron beatificados por SS. Juan Pablo II el 13 de mayo del año 2000. Lucía fue religiosa de las Hermanas de Santa Dorotea desde 1925, puso por escrito el «secreto de Fátima» en 1944 y lo confió a la Santa Sede. Falleció el 13 de febrero del 2005, a los 98 años de edad. La carrasca, la humilde encina de la sierra sobre el que Nuestra Señora se mostró, ha desaparecido hacia 1930: los fieles lo cortaron, rama a rama, para llevarlas como reliquia. En su lugar, en la tierra reseca de la colina, ha brotado una basílica enorme a la «Señora Blanca» que vino a este rincón portugués a pedir oraciones y sacrificios para la conversión de los pecadores, a la Señora que insistió una y otra vez en el rezo del Rosario y pidió que consagraran a su Corazón Inmaculado a esa potencia misteriosa que en 1917 apenas surgía: Rusia.
El tema del «Secreto de Fátima» es demasiado extenso para tratarlo aquí, y no corresponde propiamente a este contexto hagiográfico. El sitio Corazones.org tiene un excelente monográfico sobre el tema, cuya lectura recomendamos a todos los que estén interesados en profundizar en ese aspecto de Fátima. El presente artículo sobre las apariciones corresponde íntegramente al del Butler, excepto las necesarias actualizaciones sobre la beatificación de los niños, la muerte de Sor Lucía, etc. No debería tener que aclararse, pero a lo mejor a alguien viene bien que lo hagamos: no hay obligación por parte de los creyentes en creer en ninguna aparición privada de la Virgen, ni de los santos, etc. ni ninguna obligación en creer en ninguna revelación privada. Quienes creemos en esta o aquella aparición lo hacemos porque nos parece convincente, y porque vemnos en ella la misma direccción del camino de la fe que lleva la fe que ya poseemos, y la revelación pública que sí estamos, como creyentes, necesitados de creer. Como dijo en su momento el actual Papa, cuando era Prefecto del Santo Oficio y el preguntaron por qué no se publicaba el «tercer secreto»: «El Santo Padre juzga que no añadiría nada a lo que un cristiano debe saber por la Revelación». Nótese lo prudente que es el lenguaje utilizado por el Martirologio, que en esta fecha, en al que ocurrieron las apariciones, el elogio no habla de ninguna aparición sino de la «contemplación de la que, en el orden de la gracia, es nuestra Madre clementísima, suscita en muchos fieles, no obstante las adversidades, la oración por los pecadores y la profunda conversión de los corazones.»
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=1598





San Servacio de Tongres, obispo

fecha: 13 de mayo
†: c. 384 - país: Países Bajos
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

En Maastricht, junto al río Mosa, en la Galia Bélgica, san Servacio, obispo de Tongres, que defendió con tenacidad la fe ortodoxa nicena acerca de la naturaleza de Cristo, en las controversias suscitadas en varios concilios.
patronazgo: patrono de Maastricht y otras ciudades, tanto de Bélgica como de Países Bajos; de los cerrajeros y carpinteros; protector de los cojos y contra la dolencias del pie, el reumatismo, fiebre, miedo a la muerte, para pedir por los daños de las heladas y las plagas de ratas y ratones.
refieren a este santo: San Febadio de Agen
San Servacio había nacido probablemente en Armenia. Durante el destierro de san Atanasio, le ofreció hospedaje a éste y defendió la causa del gran patriarca en el Concilio de Sárdica. Después del asesinato de Constante, el usurpador Majencio envió a san Servacio y a otro obispo a Alejandría para defender su causa ante el emperador Constancio. La embajada no tuvo éxito, pero san Servacio tuvo ocasión de volver a ver en Egipto a san Atanasio. El año 359, san Servacio asistió al Concilio de Rímini, donde se opuso valientemente a la mayoría arriana, junto con san Febadio, obispo de Agen; sin embargo, ambos santos se dejaron engañar por la fórmula que se firmó ahí, hasta que los ilustró san Hilario de Poitiers.
San Gregorio de Tours cuenta que san Servacio predijo la invasión de los hunos a las Galias y que, con el ayuno, la oración y una peregrinación a Roma, trató de evitar esa catástrofe. El santo emprendió la peregrinación a Roma en espíritu de penitencia para encomendar su grey a los dos grandes Apóstoles. Casi inmediatamente después de su regreso a Tongres, contrajo la peste y murió. Algunos autores sostienen que murió en Maestricht. En ese mismo año, la ciudad de Tongres fue saqueada; pero la profecía de san Servacio se cumplió plenamente setenta años más tarde, cuando Atila y los hunos invadieron y asolaron toda la región.
En los Países Bajos se profesaba gran devoción a san Servacio en la Edad Media, y las leyendas sobre él se multiplicaron. Las reliquias del santo se conservan en Maestricht, en un hermoso relicario antiguo; también se conservan su báculo, la copa en que acostumbraba beber, y su llave de plata. Según la tradición, el mismo san Pedro le dio esa llave en Roma, durante una visión; pero en realidad se trata de una de las Claves Confessionis S. Petri [«llave de la confesión de San Pedro»] que los Papas solían regalar a algunos personajes distinguidos, fundidas con un poco del acero de las cadenas de San Pedro. Otra tradición cuenta que la copa había sido regalada a san Servacio por un ángel y que tenía la propiedad de curar la fiebre.
Las actas de San Servacio son, en realidad, obra de Herigero, abad de Lobbes (siglo X); se hallan reproducidas, en parte, en Acta Sanctorum, mayo, vol. III. Recientemente se han descubierto algunos textos más antiguos; pueden verse en Analecta Bollandiana, Vol. I (1882), pp. 88-112, y en G. Kurth, Deux biographies de St Serváis (1881). Véase también G. Kurth, Nouvelles recherches sur St Serváis (1884); A. Proost, Saint Serváis (1891); F. Wilhelm, (1910); G. Gorris (1923); Duchesne, Fastes Episcopaux, vol. m, p. 188; y Anallecta Bollandiana, vol. IV (1937), pp. 117-120. El culto de san Servacio fue muy popular y la literatura sobre él es considerable. Sobre las llaves de San Pedro, cf. Dictionnaire d'Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. III, c. 1861.
En la imagen, frente del relicario de san Servacio que se conserva en Maastricht, del siglo XII.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=1600

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