El impeachment como una
anti-revolución
2016-05-06
Soy
uno de los pocos que ha dicho y repetido que la ascensión del PT y de sus
aliados al poder central del estado, ha significado la verdadera revolución
pacífica brasilera que, por primera vez, ocurrió en Brasil. Florestán Fernandes
escribió sobre La revolución burguesa en Brasil (1974) que representa la
absorción por parte de la iniciativa empresarial post-colonial de un patrón de
organización de la economía, la sociedad y la cultura, con la universalización
del trabajo asalariado, con un orden social competitivo y una economía de
mercado de base monetaria y capitalista (cf. en Intérpretes de Brasil,
vol. 3, 2002 p. 1512).
Si
miramos bien, no se produjo exactamente una revolución, sino una modernización
conservadora que impulsó el desarrollo brasilero, pero no hizo lo que es
decisivo para hablar de revolución, un cambio del sujeto de poder. Aquellos que
siempre habían estado en el poder, de diversas formas continuaron y
profundizaron su poder. Pero no hubo un cambio de sujeto del poder como ahora.
Esto
es, en mi opinión, lo que ocurrió con la llegada del PT y aliados al elegir al
presidente Lula. El sujeto no forma parte de los dueños del poder, tradicional
o moderno, siempre conservadores, sino que forma parte de los sin-poder: los
provenientes de la Senzala, de las periferias, del Brasil profundo, del
nuevo sindicalismo, los intelectuales de izquierda y la Iglesia de la
liberación con sus miles de comunidades de base. Todos estos, en un largo y
doloroso proceso de organización y articulación, consiguieron transformar el
poder social que habían acumulado en un poder político de partido. Vía el PT
realizaron analíticamente una auténtica revolución.
Superamos
la visión convencional de la revolución como un proceso de cambio vinculado a
la violencia armada. Asumimos el sentido positivo dada por Caio Prado Jr. en su
clásico libro La revolución brasileña (1966, p.16): «transformaciones
que reestructuran la vida de un país de manera en consonancia con sus
necesidades y aspiraciones más generales y profundas, y las aspiraciones de la
gran masa de su población que, en el estado actual, no son debidamente
atendidas, algo que lleve la vida del país por un rumbo nuevo».
Pues
esto fue lo que realmente ocurrió. Se dio un nuevo rumbo al país. El presidente
Lula tuvo que hacer concesiones a la macroeconomía neoliberal para asegurar el
cambio de rumbo, pero se abrió al mundo de los pobres y marginados. Consiguió
montar políticas sociales, algunas inauguradas previamente en forma solo
inicial, pero ahora oficiales como políticas de Estado. Ellas «atendieron a las
necesidades más generales y profundas que no habían sido antes debidamente
atendidas» (Caio Prado Jr.).
Vamos
a enumerar algunas conocidas por todos, como la Bolsa Familia, Mi Casa Mi Vida,
Luz para Todos y numerosas universidades y escuelas técnicas, el FIES y los
diversos sistemas de cuotas para el acceso a la universidad. Nadie puede negar
que el paisaje social de Brasil ha cambiado. Todo el mundo, incluso los
banqueros y los ricos (Jesse de Souza) han salido ganando.
Lógicamente,
herederos de una tradición perversa de exclusión y desigualdades, aún queda
mucho por hacer, sobre todo en los campos de la salud y la educación. Sin
embargo, hubo una revolución social.
¿Por
qué nos referimos a todo este proceso? Porque está en marcha en Brasil un
anti-revolución. Las viejas élites oligárquicas nunca aceptaron a un obrero
como presidente. En relación con la crisis económica y política (que destruye
el orden capitalista mundial), una derecha conservadora y rencorosa, aliada de
los bancos y el sistema financiero, los inversores nacionales e
internacionales, la prensa empresarial hostil, partidos conservadores, sectores
del poder judicial, el FP y MP sin excluir la influencia de la política
exterior norteamericana que no acepta una potencia en el Atlántico Sur
vinculada a los BRICS, esta derecha conservadora está promoviendo la
anti-revolución. El impeachment de la presidenta Dilma es un capítulo de
esa negación. Quieren volver al estado anterior, a la democracia
patrimonialista, de espaldas al pueblo, para enriquecerse como en el pasado.
Además de defender la
democracia y desenmascarar el impeachment como un golpe parlamentario
contra la presidenta Dilma, es importante asegurar la revolución brasileña, por
la que esperamos desde hace siglos. Repito lo que escribí en un twitter: «Si
los pobres supiesen lo que se está armando contra ellos, las calles de Brasil
serían insuficientes para contener el número de manifestantes que protestarían
en contra».
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