Madre de Dios, madre nuestra: María… ¡siempre María!
Virgen María:
Hoy quiero escribirte, Madre del Cielo, recordando tu humildad y
confianza en Dios, nuestro Padre, pues ante el anuncio del ángel no mostraste
temor ni excusa para cumplir su voluntad y aceptar lo que de Él viniera,
estando completamente dispuesta para tal fin.
En esa alegría interior, de saberte elegida por nuestro Dios para
llevar a cabo a través de ti la Redención del hombre, quiero ahora pedirte por tantas
madres que llevan ya dentro de sí la semilla de una nueva vida:
dales tu alegría
por ese tesoro que es la vida humana, enséñales tu confianza en la voluntad de Dios
para con sus hijos, pues son ellos manifestación del amor de Dios con nosotros
y guárdalas
de cualquier tentación de abandonar su tarea encomendada.
Madre del cielo, permíteme también que recuerde que no fue fácil
iniciar tu camino al decir “sí” a la voluntad de Dios. En el mundo que te
rodeaba, ajeno y distraído, no se podía entender nada de lo que te sucedía y
menos aún se entendía la voluntad de Dios de salvar a los hombres a través del
sacrificio de su único Hijo, a pesar de estar ya anunciada por los profetas.
Tal fue la noticia de su llegada, que originó una matanza de inocentes, nada
más nacer Jesucristo, nuestro Señor.
Sin embargo, tu templanza ante la circunstancia de abandonar
tu hogar apresuradamente para salvarlo, dejando todo atrás y buscando otro
país, nos tiene que hacer pensar en los cientos de familias desplazadas en el
mundo, por motivos diversos, que como tú, emprenden un camino difícil y
peligroso para salvar sus vidas y buscar un futuro mejor. Ruega, Madre de Dios, para que esas
familias no desesperen, encuentren un próspero porvenir y
puedan algún día regresar a sus hogares y vivir en paz.
Madre de Dios, no puedo dejar de pensar en los momentos que
viviste en familia, junto a nuestro Señor Jesucristo y tu esposo San José, al
que el Buen Dios puso como figura paternal en la Sagrada Familia. En ella
encontraste momentos de alegría y también de preocupación, como cuando el Niño
Jesús se “pierde” en el camino de regreso de Jerusalén y luego lo encuentras en
el Templo, la casa de su Padre.
De tu amor de Madre brotaron esa preocupación y voluntad decidida
de encontrarle, junto a San José, no importando el esfuerzo y medios para
lograrlo hasta dar con Él. Con esa misma determinación, te imploro Virgen María,
que también busques a tantos chicos
jóvenes y menos jóvenes que se pierden en un mundo vacío de Dios y del cual,
sin tu intercesión ante tu Hijo, poco o nada se puede hacer por ellos, si al
abandonar el camino de vida que Dios les propone, pecan y no se arrepienten.
Llega el final de la carta, Madre del cielo, en la que tengo que
despedirme, pero no sin antes recordar, una vez , tu fidelidad a la voluntad de Dios
hasta el final y tu amor de madre por nuestro Señor Jesucristo,
cuando lo acompañabas, camino del calvario, mostrándonos así nuestra Salvación.
En tu mirada perdida, tu dolor de madre, tu alma atravesada
por cruel acero y tu soledad, quiero Madre ¡perdón ahora pedirte!, pues son
mis pecados y los de los demás los que hacen daño a tu Hijo, nuestro Señor y
también a ti, Madre del Cielo.
Y al recordar tu dolor y el sacrificio de tu Hijo, con profunda
humildad quiero
finalmente pedirte que en la hora de mi muerte me acompañes,
como hiciste con tu Hijo, para que así, llevado de tu mano, me presentes a
Jesús, nuestro Señor y poder gozar de su promesa eterna.
Eduardo JB.
No hay comentarios:
Publicar un comentario