San Heladio de Auxerre, obispo
país: Francia - †: s. IV
En
Auxerre, en la Galia Lugdunense, san Heladio, obispo.
San Arsenio, eremita
fecha: 8 de mayo
fecha en el calendario anterior: 19 de julio
n.: c. 354 - †: c. 450 - país: Egipto
otras formas del nombre: Arsenio el Grande
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 19 de julio
n.: c. 354 - †: c. 450 - país: Egipto
otras formas del nombre: Arsenio el Grande
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Cerca del monte Scete, en Egipto, san
Arsenio, que, según la tradición, fue diácono de la Iglesia de Roma, y en
tiempo del emperador Teodosio se retiró a la vida de soledad, donde, lleno de
todas las virtudes, rindió su espíritu a Dios.
patronazgo: patrono de los maestros.

Cuando el emperador Teodosio el Grande
buscaba a un hombre a quien confiar la educación de sus hijos, el papa san
Dámaso le recomendó a Arsenio, un senador tan versado en las ciencias sagradas
como en las profanas. Arsenio se trasladó a Constantinopla para ejercer el
cargo de tutor de los hijos del emperador, Arcadio y Honorio. Se cuenta que en
cierta ocasión Teodosio el Grande fue a ver a Arcadio y Honorio y los encontró
sentados, mientras Arsenio les explicaba las lecciones de pie; al punto ordenó
a sus hijos que en adelante escuchasen de pie las lecciones y pidió a Arsenio
que tomase asiento. Pero Arcadio y Honorio no hicieron nunca honor a su tutor,
quien, por otra parte, se sentía llamado a retirarse del mundo. Finalmente,
después de haber pasado diez años en la corte, Arsenio oyó claramente la voz de
Dios, que le decía: «Huye de la compañía de los hombres para salvarte». Arsenio
partió, pues, de Constantinopla y se trasladó por mar a Alejandría. Después de
la muerte de Teodosio, los monjes con quienes Arsenio vivía se burlaban de él
llamándole «Padre de los Emperadores»; Arsenio, que sufría por no haber
conseguido hacer hombres decentes de sus dos pupilos, huyó al desierto para
olvidar su fracaso.
Los superiores de los monjes de Scete,
ante quienes se presentó, le confiaron al cuidado de san Juan el
Enano. Cuando los monjes se sentaron a comer, Juan el Enano se
sentó con ellos, dejando a Arsenio de pie y sin saber qué hacer. Tal recepción
era un rudo golpe para la vanidad de un antiguo miembro de la corte. Pero lo
que siguió fue todavía peor: san Juan el Enano, tomando una rebanada de pan, se
la arrojó a los pies y le dijo con aire de indiferencia que comiese si tenía
hambre. Arsenio se sentó alegremente en el suelo a comer. San Juan quedó tan
satisfecho al ver ese gesto, que consideró que no hacía falta probar más a
Arsenio antes de recibirle y dijo a los monjes: «Este hombre será un buen
fraile». Por falta de atención, Arsenio conservaba al principio ciertas
costumbres cortesanas, como la de sentarse con la pierna cruzada, y sus
compañeros veían en ello cierta ligereza o falta de recogimiento. Pero los
monjes más antiguos, que tenían gran respeto por Arsenio, no querían humillarle
en público haciéndoselo notar; así pues, se pusieron de acuerdo en que uno de
ellos cruzaría la pierna en una reunión y soportaría sin replicar la reprensión
de otro. Arsenio comprendió al punto la lección y no volvió a cruzar la pierna.
El nuevo monje pasaba el tiempo tejiendo esteras con hojas de palma. En vez de
cambiar el agua en la que humedecía las hojas, se contentaba simplemente con
añadir más según se iba consumiendo. Algunos monjes preguntaron a Arsenio por
qué no tiraba el agua sucia, y el santo respondió: «con el mal olor del agua
sucia hago penitencia por haber empleado, en otro tiempo, perfumes lujosos».
Arsenio vivía en la mayor pobreza; durante una enfermedad, hubo de mendigar la
pequeña suma que necesitaba para procurarse medicinas. Como la enfermedad se
prolongase, el sacerdote del desierto de Scete trasladó a Arsenio a su propia
celda y le recostó en un lecho de pieles de bestias salvajes, con una almohada
en la cabecera. Algunos ermitaños condenaron el hecho como un lujo. En cierta
ocasión, un empleado del emperador llevó a Arsenio el testamento de un senador
que le había dejado por heredero de su fortuna. El santo tomó el documento y lo
hizo pedazos, a pesar de que el enviado imperial le previno de que ello podría
acarrearle dificultades. Arsenio se contentó con responder: «Yo morí antes que
el senador y, por consiguiente, no puedo ser su heredero». El santo debía
practicar, sin duda, ayunos muy severos, pues, aunque se le daba una ración muy
reducida de grano para todo el año, él se las arreglaba para regalar a otros
una parte de ella.
Con frecuencia pasaba toda la noche en
oración. Los sábados tenía por costumbre asistir a los rezos del crepúsculo y
permanecer con los brazos en cruz hasta la salida del sol. Dos de los
discípulos de Arsenio vivían cerca de él; se llamaban Alejandro y Zoilo. Algo
más tarde, se añadió a esos dos discípulos un tercero llamado Daniel. Los tres
se distinguieron por su santidad y sus nombres aparecen con frecuencia en las
historias de los padres del desierto de Egipto. San Arsenio admitía rara vez a
los visitantes. En cierta ocasión, fue a visitarle Teófilo, el obispo de
Alejandría, con algunos compañeros y le rogó que le diese algunos consejos para
bien de sus almas. El santo les preguntó si estaban dispuestos a seguir sus
consejos. Cuando los visitantes le respondieron afirmativamente, Arsenio les
dijo: «Bien, entonces os mando que, cuando alguien os pregunte dónde vive
Arsenio, no se lo digáis, o bien decidles que se eviten la molestia de ir a
visitarle y que le dejen en paz». El santo no visitaba nunca a sus hermanos, a
los que veía de cuando en cuando en las conferencias espirituales. El abad
Marcos le preguntó un día por qué rehuía de esa manera la compañía de sus
hermanos. Arsenio replicó: «Dios es testigo de que os amo de lodo corazón.
Pero, como no puedo estar con Dios y con los hombres al mismo tiempo, prefiero
dedicarme a conversar con Dios». Sin embargo, no dejaba por ello de dirigir
espiritualmente a sus hermanos, y todavía se conservan algunos de sus dichos. Con
frecuencia repetía: «Muchas veces he tenido que arrepentirme de haber hablado,
pero nunca me he arrepentido de haber guardado silencio». Solía también traer a
colación lo que san Eutimio y san Bernardo se repetían para renovar su fervor:
«Arsenio, ¿por qué abandonaste el mundo y para qué has venido a la religión?»
En cierta ocasión, los monjes le preguntaron por qué pedía consejo a un
iletrado, puesto que él era tan versado en las ciencias. Arsenio replicó: «Es
cierto que conozco un poco de las culturas griega y romana; pero todavía me
queda por aprender el "ABC" de la ciencia de los santos, y este monje
ignorante lo conoce a la perfección». Evagrio del Ponto, que se había retirado
al desierto de Nitria el año 385, después de haberse distinguido en Constantinopla
por su saber, preguntó al santo por qué tantos hombres muy versados en las
ciencias hacían tan pocos progresos en la virtud, en tanto que algunos egipcios
analfabetas alcanzaban un alto grado de contemplación. Arsenio respondió: «Si
nosotros no progresamos, es porque nos gloriamos de la vana ciencia que
poseemos; en cambio, esos analfabetas egipcios, que conocen perfectamente su
debilidad, ceguera e insuficiencia, avanzan en la virtud por el verdadero
camino de la humildad». Los autores antiguos hablan muy frecuentemente del gran
don de lágrimas de san Arsenio, que lloraba sus propios pecados y los del
prójimo, particularmente la debilidad de Arcadio y la falta de juicio de
Honorio.
San Arsenio era bien parecido y muy alto,
aunque con los años se encorvó un poco. Era de figura elegante y su rostro
reflejaba a la vez la majestad y la mansedumbre. Su cabello era muy blanco y la
barba le llegaba hasta la cintura; pero las lágrimas que derramaba
continuamente le habían carcomido los párpados. Tenía cuarenta años cuando
abandonó la corte y vivió hasta los noventa y cinco años en la mayor
austeridad. Estuvo cuarenta años en el desierto de Scete, hasta que la
irrupción de los bárbaros le obligó a salir de ahí, hacia el año 434. Entonces
se retiró a la roca de Troe, que dominaba la ciudad de Menfis y, diez años más
tarde, a la isla de Canopo en las costas de Alejandría; pero, no pudiendo
soportar la proximidad de dicha ciudad, se retiró a morir a Troe. Sus hermanos,
viéndole llorar en sus últimas horas, le preguntaron: «Padre, ¿por qué lloras?
¿Tienes miedo de morir, como tantos otros?» Arsenio respondió: «Sí, tengo miedo
y no he dejado de temer ni un solo instante desde que fui al desierto». Sin
embargo, Dios le concedió una muerte muy apacible, y el santo pasó al Señor
lleno de fe y de la humilde confianza que inspira la caridad perfecta, el año
449 o 450. En el canon de la misa del rito armenio se menciona su nombre.
En Acta Sanctorum se halla la biografía
griega escrita por Teodoro el Estudita, con una traducción latina. En 1920, T.
Nissen editó un texto de dicha biografía, que los bolandistas no conocían, en
Byzant. Neugriech. Jahrbuch, pp. 241-262. Ver también el comentario de Acta
Sanctorum, julio, vol. IV, y A dictionary of Christian Biography, vol. I, pp.
172-174.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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