San Job, santo
del AT
fecha: 10 de mayo
canonización: bíblico
hagiografía: P. Luis Alonso Schökel
canonización: bíblico
hagiografía: P. Luis Alonso Schökel
Conmemoración del
santo Job, varón de admirable paciencia, que vivió en el país de Hus.

La
Escritura nos presenta, en la introducción de un libro maravilloso, llamado
precisamente «Libro de Job», la figura de Job sufriendo, protagonista del
dolor. Son dos capítulos breves en los que, con rapidez estilizada, va bajando
los escalones de la privación y el sufrimiento hasta la hondura del dolor.
Primero pierde la hacienda: bueyes y asnos, corderos y camellos, siervos.
Después pierde los hijos. Después la salud. Y así queda, llagado de pies a
cabeza, tendido sobre la ceniza, rascándose las úlceras con una tejuela,
mientras su mujer le escarnece: «¿Aún te aferras a tu integridad? ¡Maldice a
Dios y muérete!» (2,9) La resignación de Job está concentrada en un par de
frases sobrias y robustas. Cuando pierde hacienda e hijos exclama: «Desnudo
salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá; Yahvé lo dio, Yahvé lo
tomó, bendito el nombre de Yahvé» (1,21). A su mujer que le escarnece responde:
«Bienes recibimos de parte de Yahvé; los males ¿no los recibiremos?» (2,10). En
ambas ocasiones comenta el autor sacro: «En todo esto no pecó Job».
Aquí
tenemos a Job sufriente y sufrido, parco en palabras, íntegro en someterse a
Dios. Por encima de esa figura humana suena la voz de Dios en su consejo: «¿Has
reparado en mi siervo Job, que no hay como él en la tierra; hombre íntegro y
recto, temeroso de Dios, alejado del mal?» (1,8; 2,3). Muchos cristianos han
mirado con estupor esa figura ejemplar, han escuchado el comentario divino como
una canonización inapelable; después han cerrado el libro. Exactamente después
de un capítulo y diez versículos. Y así no se han enterado de que Job, sujeto
paciente del comienzo, se convierte muy pronto en el protagonista de un colosal
debate, en el que se plantea y discute el eterno problema del dolor humano y la
justicia divina:
«Tres amigos de Job, los sabios Elifaz, Bildad y Sofar, vinieron a consolarle. Desde lejos alzaron los ojos y no le reconocieron. Rasgaron sus vestiduras, esparcieron ceniza sobre sus cabezas, se sentaron junto a él siete días y siete noches, sin hablar palabra, porque era extremado su dolor.» (2,11-13)
Rompió el silencio Job, para gritar patéticamente su dolor: «Perezca el día en que nací, la noche en que se dijo: ha sido concebido un varón. No brille sobre él un rayo de luz, sea noche de soledad, no haya en ella regocijos. Espere la luz y no venga, no vea el parpadeo de la aurora. ¿Por qué no expiré en el seno, salido del vientre no perecí? Ahora reposaría, descansaría en paz; como aborto secreto no existiría, como las criaturas que no vieron la luz. Son mi comida los suspiros, se derraman como agua mis rugidos.» (cap 3, extractos)
«Tres amigos de Job, los sabios Elifaz, Bildad y Sofar, vinieron a consolarle. Desde lejos alzaron los ojos y no le reconocieron. Rasgaron sus vestiduras, esparcieron ceniza sobre sus cabezas, se sentaron junto a él siete días y siete noches, sin hablar palabra, porque era extremado su dolor.» (2,11-13)
Rompió el silencio Job, para gritar patéticamente su dolor: «Perezca el día en que nací, la noche en que se dijo: ha sido concebido un varón. No brille sobre él un rayo de luz, sea noche de soledad, no haya en ella regocijos. Espere la luz y no venga, no vea el parpadeo de la aurora. ¿Por qué no expiré en el seno, salido del vientre no perecí? Ahora reposaría, descansaría en paz; como aborto secreto no existiría, como las criaturas que no vieron la luz. Son mi comida los suspiros, se derraman como agua mis rugidos.» (cap 3, extractos)
Este
clamor lírico de Job pone en marcha el diálogo: por turno riguroso arguyen los
amigos y responde Job; el turno gira tres veces. Siempre en torno al problema,
girando, repitiendo, insistiendo; siempre a la misma distancia intelectual, sin
llegar a la solución. El problema consiste en conciliar la justicia divina con
el dolor del hombre. Elifaz, Bildad y Sofar tienen una solución bien simple,
resumible en dos silogismos: Dios es justo; si Dios castiga es que el hombre ha
pecado. Es decir, los tres amigos entienden el dolor como castigo; la
consecuencia irremediable es que Job ha pecado. Para defender a Dios condenan
al siervo de Dios. Y hasta pretenden convertirle y hacerle reconocer sus
pecados personales. La solución opuesta, la solución del impío, es también
simple: el hombre sufre sin ser culpable, luego Dios no es justo, luego Dios no
existe. Es decir, para justificar al hombre, condenar a Dios. Solución algo
parecida a las palabras despechadas de la mujer de Job.
Pero
Job no acepta ninguno de los dos extremos. De manera confusa entrevé una
tercera vía que conduce a la solución, y no sabe cómo caminarla. Por eso afirma
una y otra vez las dos justicias: la de Dios y la suya propia. No basta argüir
que todos los hombres son pecadores, pues Job considera su dolor
desproporcionado como castigo. Los interlocutores quieren defender a Dios, pero
lo hacen con argumentos ineficaces o repiten que Dios castiga al malvado, o
insisten en que Job es pecador. Job refuta vigorosamente tales argumentos: que
muchos malvados disfrutan de la vida lo prueba la experiencia; mientras él
escucha a su conciencia que le justifica. Por eso pide un juez imparcial y
libertad para argüir; en tales condiciones espera victoria segura. Pero no
encuentra ese juez supremo, porque Dios mismo le ha herido. Y, sin embargo, por
encima de Dios que le hiere espera en Dios que le salvará.
Ya no
es la carne, es el espíritu de Job quien parece rasgarse por la tensión de
ideas contrarias. Audazmente, paradójicamente, parece apelar a Dios contra
Dios, con una oscura y definitiva confianza. Tanto los argumentos fútiles y
tradicionales de los tres sabios como las reclamaciones de Job piden una
intervención divina que aporte la verdadera solución. Ya por el prólogo
sabíamos que esa tercera vía, que busca Job a tientas, existe: que el dolor no
sólo es castigo, sino también prueba. Esto lo sabíamos, porque el autor nos
descubrió el fondo de los sucesos en un rapto celeste. Pero Job, ignora tales
razones, y más aún sus amigos. Dios acepta la apelación y baja a responder al
hombre; no sólo al hombre Job, sino a todos los hombres dolientes que
interrogan en la persona de Job.
Al
final del largo debate la posición de Job se asemeja a la resignación inicial;
sólo que ahora su actitud es más profunda y rica. Al principio era una
resignación muda, de quien no piensa y acepta. Ahora es la aceptación
consciente de quien ha meditado largamente sobre el problema sin hallar por sus
medios la solución. Al final Dios restituye a su siervo; le acrecentó hasta el
duplo sus posesiones, le dio hijos e hijas, le alargó los días". Así nos
enseña a todos que el dolor no es el destino definitivo del hombre. Sin
formularlo, la acción de Dios significa una respuesta. Job había dicho: «Si
recibimos bienes de Dios, ¿por qué no aceptar los males?». Dios responde implícitamente:
«Porque aceptó los males le duplico los bienes». Así Job, protagonista del
dolor resignado y del debate ardiente, concluye como protagonista del premio.
Consolando a todos los hombres dolientes que sufren con resignación y esperan
recibir, no el doble, sino el ciento por uno.
Bellísima
introducción al personaje escrita para Año Cristiano (BAC, 1966 y 2003) por
quien fuera uno de los más grandes teólogos bíblicos en lengua española, si no
el mayor, el P. Luis Alonso Schökel. Atención a la sugerencia del primer
párrafo: a muchos cristianos les basta quizás con «canonizar» a Job: «qué
paciente fue, qué bueno, qué santo...», cuando de lo que se trata no es de la
paciencia o la santidad personal de un personaje que, en definitiva, es sólo
protagonista de una parábola sobre el dolor, sino lo que en el Libro de Job se
revela: una meditación tenaz, nunca acabada por inacabable, sobre el dolor
humano y sobre la justicia de Dios. El Libro de Job debe ser cada vez de nuevo
leído y meditado, no es suficiente con recordar al personaje. Para ayudar a
ello es muy recomendable el volumen «Job», del propio P. Alonso Schökel, en
ediciones Cristiandad, o, del mismo autor, la introducción y notas al libro en
la Biblia del Peregrino (vol II-2, págs 887ss). También puede ser útil
consultar «Job. El libro y su mensaje», de Jean Leveque, un estudio sólido y a
la vez de sencilla lectura. Estos últimas se pueden encontrar para descarga en
nuestra Biblioteca. En la misma biblioteca está el e-book Job, realizado en ETF, con una
introducción al libro y la colección de fragmentos que se leen en la liturgia.
El cuadro es de Georges de La Tour, «Job burlado por su mujer», c. 1630, Óleo sobre tela, 145 x 97 cm, Musée Départemental des Vosges, Épinal.
El cuadro es de Georges de La Tour, «Job burlado por su mujer», c. 1630, Óleo sobre tela, 145 x 97 cm, Musée Départemental des Vosges, Épinal.
fuente: P. Luis Alonso Schökel
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modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de
santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta
ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y
servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta
hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente
enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=1561
can.: pre-congregación
país: Turquía - †: s. inc.
país: Turquía - †: s. inc.
En Mira, de Licia, san
Dioscórides, mártir.
Santos Alfio, Filadelfio y Cirino, mártires
fecha: 10 de mayo
†: s. III - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: s. III - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Lentini, en Sicilia, santos Alfio,
Filadelfio y Cirino, mártires.

Los principales patronos de Vaste, en la
diócesis de Otranto, y de Lentini, en Sicilia, son san Alfio, san Filadelfo y
san Cirino. Probablemente nacieron en Vaste y fueron martirizados en Lentini.
Los documentos que poseemos sobre ellos son contradictorios y poco fidedignos.
Según una leyenda, después de haber sido instruidos en la fe por su padre y un
tal Onésimo, fueron aprehendidos junto con su hermana santa Benedicta y otros
compañeros, durante la persecución de Decio. En Roma, a donde los trasladaron, sufrieron
atroces torturas. Onésimo y algunos otros fueron martirizados en Pozzuoli,
cerca de Nápoles. Los otros fueron llevados a Sicilia, donde los torturaron de
nuevo. La valentía con que confesaron la fe convirtió a muchos de los
presentes, entre los que se contaban veinte soldados.
Alfio, que tenía veintidós años, murió a
causa de una hemorragia cuando le arrancaron la lengua. Filadelfo, joven de
veintiún años, murió en la hoguera. Cirino, que no tenía más de diecinueve
años, pereció en un caldero de aceite hirviente. En 1517, se descubrieron los
cuerpos de los tres mártires. El pueblo de Lentini, ciudad que dista unos
veinticinco kilómetros de Catania, honró sus reliquias con grandes fiestas.
El Martirologio Romano menciona a estos
mártires y el Acta Sanctorum (mayo, vol. II) les consagra sesenta páginas
infolio. La «Vita» fue escrita hacia mitad del siglo X por un monje basiliano
de nombre Basilio; el manuscrito se conserva en la Biblioteca Vaticana. Su
culto está muy extendido en la Sicilia Oriental.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como
fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que
siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla
con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=1563
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