viernes, 13 de enero de 2017

Ad maiorem Dei gloriam (reflexión sobre la segunda adición a los Ejercicios Espirituales de Santo Ignacio de Loyola) Marina Korotchenko




Ad maiorem Dei gloriam 

(mi reflexión sobre la segunda adición a los Ejercicios Espirituales de Santo Ignacio de Loyola “para mejor hacer los ejercicios y para mejor hallar lo que desea”: (74) un caballero traidor).

Las adiciones a los Ejercicios tienen un carácter metódico y por eso son muy importantes. El rito de la penitencia que aparece en el texto ignaciano no sigue a ningún modelo litúrgico, puesto que todo el rito penitencial se compone de las tres partes obligatorias: postración, confesión y elevación que en el nivel estatal tenía como núcleo “adventus –proskynesis – triumphus”, una llegada victoriosa del emperador y la postración del pueblo. En las cartas paulinas este esquema se convierte en la unión de la humillación del crucificado y de su Resurrección y glorificación (sobre todo en los himnos del origen litúrgico).

Santo Ignacio convierte este rito en un ceremonial de la reverencia cortesana que se prorroga en la condena del traidor y en su juicio, lo que nos representa a un esquema bipartido:

1. “si un caballero se hallase delante de su rey y de toda su corte, avergonzado y confundido en haberse mucho ofendido”

 2. “voy atado como en cadenas a parecer delante del sumo Juez eterno, trayendo en ejemplo cómo los encarcelados y encadenados, ya dignos de muerte, parecen delante su juez temporal”

La elevación va aparte y está más abstracta: “me pondré en pie por espacio de un Pater noster, alzado el entendimiento arriba”.

Entre las razones de este cambio no podemos omitir ni el servicio militar de San Ignacio, ni su vida cortesana, sin embargo, no podemos reducir a un texto místico solo a estos recuerdos, porque ellos no tienen ningún sentido por sí mismos, sino se usan como un instrumento para preparar el espacio de la contemplación. Hay que analizar a las peculiaridades que distinguen a este ceremonial cortesano de la penitencia eclesiástica: no aparece la prosternación en el principio, sino solo un cambio del estado anímico que convierte al orante en una persona “avergonzada y confundida”. No tenemos ninguna confesión de los pecados, ni privada ni publica, como lo cabía esperar, sino un repentino cambio del “caballero” a un “encarcelado”. Aparece la imagen del Juez eterno, pero se menciona solamente la condena y la elevación del alma se traslada en el campo de la oración de un modo absoluto: “alzado el entendimiento arriba, considerando como Dios nuestro Señor me mira”.

Realmente aquí estamos ante un trampolín antinómico de los dos estados del orante que se contrastan y se contrarrestan uno al otro, vaciando a su alma de las imágenes y pensamientos. Por eso es importante empezar esta actividad al despertar, “no dando lugar a unos pensamientos ni a otros”. Para comprender mejor el sentido del texto es preciso ver a los textos paralelos o a sus antecedentes que curiosamente no se encuentran entre los ritos litúrgicos penitenciales. La más amplia y más desarrollada liturgia penitencial visigoda incluye obligatoriamente a una confesión de los pecados, a la imposición de las manos y la unción del penitente, después este se cambia su ropa al cilicio (J. Mª. Carda Pitarch “Doctrina y práctica penitencial en la Liturgia Visigótica”; J. Fernández Alonso “La disciplina penitencial en la España desde el punto de vista pastoral”). En el caso de los Ejercicios tenemos sólo la conciencia de la gravedad del pecado y su condena. Nada más. Y no se trata de ninguna reducción de un rito ya conocido, sino del otro caso de la penitencia que aparece solamente en las crónicas medievales: una reverencia ante el rey con el reconocimiento del pecado que ya está divulgado y no tiene porque ser pronunciado es posible en el caso único de la rebelión contra el poder legítimo.

Este tipo de la penitencia podemos ver, por ejemplo, en el reconocimiento de su perfidia por el obispo Argobaldo ante el rey Wamba, hasta algunas expresiones coinciden con las ignacianas, obviamente no por la influencia directa, sino por la descripción de una situación parecida: “Hemos pecado contra el cielo y contra ti, santísimo soberano. No somos dignos de que nos acoja la gracia de tu confesión, de recibir la concesión de tu perdón, puesto que hemos mancillado la promesa de la lealtad que te ofrecimos” (Julián de Toledo “Historia del rey Wamba” 21). Un repentino cambio del estado de un rey a un condenado y decalvado estera al rebelde duque Paulo en la misma obra, su despojamiento de los vestidos regios procede una procesión penitenciaria entre los otros traidores del rey. Originalmente se trataba de una “contraposición entre el príncipe ungido por la Iglesia y el rebelde desprovisto de la ayuda de Dios (G. García Herrera “Julián de Toledo y la realeza visigoda”). Podemos decir que en este caso San Ignacio no reduce la penitencia, ni la suaviza, sino pone en su fundamento un contraste máximo: un pecado tan mortal y tan visible para todos que nadie no necesita su explicación, solo existe el único camino al juez.

 Usando la terminología política romana podemos decir que el “adventus” y el “triumphus” de un soberano verdadero se ponen como un fondo a la rebeldía que rechaza a su poder. Este ceremonial tiene su antecedencia que a veces se consideran del origen romano, pero más se trata de una costumbre oriental que se difundió en el Imperio Tardío, en los reinados de Nerón y Tiberio. Esta adoración en las “Vidas de los Santos Padres Emeritenses” se convierte en la presentación de un fallecido a la corte celestial (D. Pérez Sánchez “Algunas consideraciones sobre el ceremonial y el poder político en la Mérida visigoda”).

Realmente como las dos situaciones paralelas nos representan los dos casos extremadamente difíciles y complicados: una traición del poder reinante y una muerte. Es un modelo cuando un orante está imposibilitado salir de la situación con sus propias fuerzas y necesita a la Gracia de Dios y solamente a ella. Él ya no tiene nada que explicar, nada que decir, simplemente pedir, recibir y acoger la Gracia. Lo que consigue San Ignacio con este método es la máxima apertura del orante: “el someterse humildemente a esa voluntad de Dios ya es la mayor gloria de Dios como quien dispone, mientras, al mismo tiempo, es ya objeto de la disposición” (K. Rahner “La apertura hacía el Dios cada vez mayor”). Todo el ser humano se abre en su oración a Dios, siendo empleado “en su maior seruicio, alabanza y gloria” (San Ignacio citado por N. Martínez Gayol “Gloria de Dios en Ignacio de Loyola”).

 El resultado es bastante paradójico: una situación aparentemente cerrada nos proporciona una mayor apertura, una traición se convierte en el mayor servicio y una negación del poder del Señor reconduce al alma penitente “Ad maiorem Dei gloriam”.



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