(mi reflexión sobre la anotación decimosexta a los Ejercicios Espirituales de Santo Ignacio)
Una de la condición imprescindible de la oración, de la posibilidad del diálogo con el Dios es un estado de la humildad intelectual y pasional, podemos llamarlo “kenosis” o vaciamiento. Muchas veces la Palabra no encuentra el espacio en nuestra alma, porque ésta se inclina más al estado de concupiscencia que a una contemplación espiritual. En la tradición mística ortodoxo-bizantina el estado de la liberación de imágenes y palabras se consigue con una larga repetición respiratoria de las cortas oraciones, cuyo sentido ya está tan conocido que no enturbia la mente del orante. “Señor, ten piedad de mí” repetido entre 100 y 300 veces, igual que la lectura respiratoria de los salmos nos concede una disposición cuando convertimos en el propio ritmo de la oración y no pensamos sobre nada. El alma se libera de las pasiones y sus comienzos (los “prilogues” en el antiguo eslavo) y el espíritu de la persona se levanta hacia el Dios que no es ninguna fuerza o revelación meramente exterior, sino el propio sentido de nuestro ser, escondido en las profundidades de nuestro corazón, considerado por los Padres griegos como un centro espiritual del hombre.
Santo Ignacio de Loyola tiene su propia solución de este problema que él explica en la anotación decimosexta a los Ejercicios Espirituales. Es un camino más racional y relacionado con la disciplina mental tan importante en el Nuevo Tiempo. Una alma “afectada e inclinada a una cosa desordenadamente” debe “venir al contrario de lo que esté mal afectada”, “pidiendo a Dios nuestro Señor el contrario”. Asimismo, deseando lo contrario un orante elimina al deseo perjudicial. Lo contrario no puede herir al alma de la misma manera como algo muy deseado. Es un camino del pensamiento antinómico que tiene como su objetivo el estado de la paz apofática, de la liberación de todo, cuya procedencia no discernimos. El resultado es un estado cuando “la causa de desear o tener una cosa u otra sea sólo servicio, honra y gloria de su divina majestad”.
Sólo cumpliendo esta condición la fuerza imaginativa de la razón puede ir por el camino espiritual y ver al mundo del modo sincero y desinteresado. Recuerdo a un aforismo oriental: “Uno recibe lo que desea cuando lo deje de desear”. Obviamente, en el caso de los Ejercicios no se trata de ninguna compensación material, sino de la posibilidad de recibir Todo como al Dios omnipotente, aceptando a sus caminos sin valoración causal o axiológica. Todo se recibe como Todo, porque Cristo es “nuestra Vida y nuestro Todo”, “la oración es un recuerdo de Dios” que “deja que caigan las máscaras detrás de las cuales de ordinario nos parapetamos”. El espíritu derramado hacia la vaciedad nos permite volverse “hacia Aquel que atentamente nos mira, para conservar su Palabra y permanecer en su presencia, poniendo la vida entera en sus manos” (S. Arzuabialde “La oración, obra del Espíritu” en “La oración cristiana, oración trinitaria: testigos y maestros”).


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