viernes, 1 de mayo de 2015

Textos de los Padres Apostólicos (PASTOR DE HERMAS) (Padres de la Iglesia)

PASTOR DE HERMAS
La Tradición. Padres de la Iglesia
Los Padres de la Iglesia.


Por: Congregación para la Educación Católica | Fuente: Congregación para la Educación Católica





El «Pastor de Hermas» es un libro que fue muy apreciado en la primitiva Iglesia, hasta el punto de que algunos Padres llegaron a considerarlo como canónico, esto es, perteneciente al conjunto de la Sagrada Escritura. Sin embargo, gracias al Fragmento Muratoriano (un pergamino del año 180 que recoge la lista de los libros inspirados, descubierto y publicado en el siglo xv), sabemos que fue compuesto por un tal Hermas, hermano del Papa Pío I, en la ciudad de Roma; por tanto, entre los años 141 a 155. Otros catálogos eclesiásticos posteriores confirman esta noticia. Es el escrito más largo de la época post-apostólica.

El libro refleja el estado de la cristiandad romana a mediados del siglo II. Tras una larga pausa de tranquilidad sin sufrir persecución, parece que no era tan universal el buen espíritu de los primeros tiempos. Junto a cristianos fervorosos, había muchos tibios; junto a los santos, no faltaban los pecadores, y esto en todos los niveles de la Iglesia, desde los simples fieles a los ministros sagrados. No es de extrañar, pues, que el libro gire en torno a la necesidad de la penitencia.

Se trata de un escrito perteneciente al género apocalíptico: el autor presenta sus ideas como si le hubiesen sido reveladas (apocalipsis=revelación, en griego) por dos personajes misteriosos: una anciana y un pastor. Precisamente de este último personaje toma nombre todo el libro.

En la primera parte, el autor ilustra la doctrina de la penitencia por medio de una serie de Visiones o revelaciones. Se le aparece una anciana matrona que va despojándose poco a poco de la vejez para mostrarse al final como una novia engalanada, símbolo de los elegidos de Dios. Esa matrona, como ella misma explica, es la Iglesia: parece anciana porque es la criatura más antigua de la creación, y porque la afean los pecados de los cristianos; pero se renueva gracias a la penitencia, hasta aparecer sin fealdad alguna. En la segunda parte, los Mandamientos, el ángel de la penitencia enseña a Hermas un resumen de la doctrina moral. En la tercera, llamada Comparaciones o semejanzas, se resuelven algunas cuestiones que inquietaban a los cristianos de aquella época.

En las siguientes lineas se recogen dos textos de esta obra. En el primero, correspondiente a la tercera visión, la anciana explica a Hermas el significado de una torre que se construye con piedras, de las que algunas son desechadas. Es una bella imagen para señalar la construcción de la Iglesia, en la que los cristianos—como decía San Pedro— son piedras vivas edificadas sobre el fundamento que es Cristo. Y para ser piedra viva, tiene una importancia fundamental la penitencia por los pecados.

LOARTE


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El llamado Pastor, de Hermas, es un escrito complejo y extraño, compuesto en el género apocalíptico y visionario, probablemente hacia la primera mitad del siglo ll, aunque pudiera haber en él elementos de diversas épocas. Consta de una serie de visiones, comparaciones o alegoAas, algunas de ellas de sentido bastante confuso, que se refieren a diversos aspectos de la vida cristiana.

Según se desprende del escrito, Hermas, su autor, era un cristiano sencillo y rudo, pero lleno de preocupaciones religiosas y con una par ticular conciencia de sus propias faltas morales de diversa índole. Pesa sobre él especialmente el remordimiento por no haber sabido mantener debidamente las relaciones familiares con su mujer y sus hijos, y por no haber sabido hacer buen uso de sus bienes de fortuna, que había perdido. Correspondiendo a esta conciencia de culpabilidad, sobresale en el escrito el tema de la penitencia y del perdón que, contra lo que se suponía en concepciones rigoristas, podía ser obtenido al menos una vez después del bautismo, si uno se arrepentía sinceramente. Hermas, simple laico, tiene conciencia de que esto se oponía a la enseñanza de ciertos doctores de la Iglesia que no admitían posibilidad de perdón al que hubiere pecado gravemente después del bautismo, y presenta sus ideas como un anuncio especial de un mensajero de Dios que se aparece en forma de pastor, y que es el que dio a este escrito su nombre.

Además del tema de la penitencia, es prominente en el Pastor, de Hermas, el tema de la Iglesia, la cual aparece balo la alegoría de una torre en construcción, de la que pueden venir a formar parte diversas clases de piedras, que son diversos géneros de fieles. Algunas piedras son temporalmente rechazadas para la construcción, otras lo son definitivamente, representando los fieles que podrán o no a su tiempo hacer penitencia.

Otros muchos temas van apareciendo a lo largo del escrito: de particular interés pueden ser los que se refieren al peligro de las riquezas, a las relaciones entre ricos y pobres, o a la necesidad de saber distinguir los signos de la influencia del bueno o del mal espíritu en nosotros o en los demás. En este último aspecto Hermas encabeza la copiosa literatura cristiana acerca del "discernimiento de espíritus".

El Pastor, de Hermas, muestra cierta audacia imaginativa, pero tiene en general poca profundidad teológica y se mantiene más bien en una actitud meramente moralística. Sin embargo, es interesante como reflejo de los problemas religiosos y morales que podia tener entonces un cristiano ordinario.

JOSEP VIVES


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El Pastor, aunque tiene la forma de un libro de visiones y revelaciones, de un apocalipsis apócrifo, se suele tradicionalmente estudiar con los Padres Apostólicos. Su autor, Hermas, parece ser judío de origen o de formación; había sido vendido como esclavo y enviado a Roma, donde consiguió ir abriéndose paso; como liberto se dedicó a los negocios y compró algunas fincas, que luego había ido perdiendo; sus hijos apostataron en la persecución y vivían mal, y con su mujer no se llevaba demasiado bien, según él mismo nos va contando. Se ve en él a un hombre piadoso; es posible, como afirma el fragmento muratoriano del que ya hablaremos, que fuera hermano del papa Pío I (140-150); parece que comenzó a escribir el Pastor a comienzos del siglo o antes, pero que la redacción definitiva es de este último período.

Hacia el principio del libro, Hermas cuenta cómo la Iglesia se le aparece en una visión, bajo la forma de una anciana que exhorta a la penitencia; la anciana le muestra una torre en construcción, para decirle que las piedras que no sirven han de labrarse por la penitencia, y tienen que hacerlo pronto, antes de que se acabe de construir la torre; luego es un ángel el que se le aparece, bajo la forma de un pastor, que es el que da nombre al libro, para insistirle igualmente en la necesidad de la penitencia y para proclamar una serie de mandamientos y de parábolas, las cuales encierran también preceptos morales.

El objetivo principal del libro es esta exhortación a la penitencia; se trata de la penitencia pública sacramental, que sólo se puede recibir una vez después del bautismo, y que abarca a todos los pecados sin ninguna exclusión, lo cual es un dato muy característico de Hermas. Esta penitencia hay que hacerla ya enseguida y ha de producir una conversión profunda y una enmienda verdadera, pues la santificación que produce en el alma es comparable a la del bautismo.

En todo este contexto, la Iglesia se presenta como necesaria para la salvación, una Iglesia que es la primera de las criaturas, y por esto se aparece como anciana, y que es también una torre mística, la Iglesia de los escogidos y de los predestinados. Se entra en ella por el bautismo, que es un auténtico sello, y tan necesario que, según Hermas, los apóstoles descendieron al limbo para bautizar a los justos que habían muerto antes de Cristo. Es en cambio poco claro lo que Hermas nos dice de Cristo: no utiliza este nombre ni el de Logos, habla de Dios Padre, llama Hijo de Dios al Espíritu Santo (lo cual es un error) y nombra luego al Salvador, hecho hijo adoptivo como premio por sus sufrimientos y unido así a las otras dos personas (lo que es otro error).

En cuanto a los preceptos morales, distingue entre lo que está mandado y lo que está aconsejado, y dice que un ángel bueno y otro malo influyen en el corazón del hombre; respecto al matrimonio, permite las segundas nupcias; también manda repudiar a la adúltera, aun cuando su marido no puede volver a casarse mientras ella viva. Bajo la imagen de siete mujeres, da una lista de siete virtudes, que son la fe, continencia, sencillez, ciencia, inocencia, reverencia y caridad.

MOLINÉ


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1. Piedras para construir la Iglesia

(Visión lll, nn. 2-7)

Dicho esto, [la anciana] hizo ademán de marcharse; mas yo me postré a sus pies y le supliqué por el Señor que me mostrara la visión que me había prometido. Y ella me tomó otra vez de la mano, me levantó y me hizo sentar en el banco a su izquierda. Tomó asiento también ella, a la derecha, y, levantando una vara brillante, me dijo:

—¿Ves una cosa grande?

—Señora—le contesté—, no veo nada.

—¡Cómo!—me replica—; ¿no ves delante de ti una torre que se está construyendo sobre las aguas con brillantes sillares?

En un cuadrilátero, en efecto, se estaba construyendo la torre, por mano de aquellos seis jóvenes que habían venido con ella; y, juntamente, otros hombres por millares y millares, se ocupaban en acarrear piedras —unas de lo profundo del mar, otras de la tierra—y se las entregaban a los seis jóvenes. Estos las tomaban y edificaban.

Las piedras sacadas de lo profundo del mar las colocaban todas sin más en la construcción, pues estaban ya labradas y se ajustaban en su juntura con las demás piedras; tan cabalmente se ajustaban unas con otras, que no aparecía juntura alguna y la torre semejaba construida como de un solo bloque.

De las piedras traídas de la tierra, unas las tiraban, otras las colocaban en la construcción, otras las hacían añicos y las arrojaban lejos de la torre. Había, además, gran cantidad de piedras tiradas en torno de la torre, que no empleaban en la construcción, pues de ellas unas estaban carcomidas, otras con rajas, otras desportilladas, otras eran blancas y redondas y no se ajustaban a la construcción. Veía también otras piedras arrojadas lejos de la torre, que venían a parar al camino, pero que no se detenían en él, sino que seguían rodando del camino a un paraje intransitable; otras caían al fuego y allí se abrasaban; otras venían a parar cerca de las aguas, pero no tenían fuerza para rodar al agua por más que deseaban rodar y llegar hasta ella.

Una vez que me mostró todas estas cosas, quería retirarse. Le digo:

—Señora, ¿de qué me sirve haber visto todo eso, si no sé lo que significa cada cosa?

Me respondió diciendo:

—Astuto eres, hombre, queriendo conocer lo que se refiere a la torre.

—Sí, señora—le respondo—; quiero conocerlo para anunciarlo a los hermanos y que así se pongan más alegres. Y, una vez que hayan conocido estas cosas, reconozcan al Señor en mucha gloria.

Y ella me dijo:

—Oírlas, las oirán muchos; pero, después de oídas, unos se alegrarán y otros llorarán. Sin embargo, aun éstos, si oyeren y se arrepintieren, se alegrarán también. Escucha, pues, las comparaciones acerca de la torre, pues voy a revelártelo todo. Y ya no me molestes más pidiéndome revelación, pues estas revelaciones tienen un término, puesto que están ya cumplidas. Sin embargo, tú no cesarás de pedir revelaciones, pues eres importuno.

Ahora bien, la torre que ves que se está edificando, soy yo misma, la Iglesia, la que se te apareció tanto ahora como antes. Así, pues, pregunta cuanto gustes acerca de la torre, que yo te lo revelaré, a fin de que te alegres junto con los santos (...).

Le pregunté entonces:

—¿Por qué la torre está edificada sobre las aguas, señora?

—Ya te dije antes—me replicó—que eres muy astuto y que inquieres con cuidado; inquiriendo, pues, hallas la verdad. Ahora bien, escucha por qué la torre está edificada sobre las aguas. La razón es porque vuestra vida se salvó por el agua y por el agua se salvará; mas el fundamento sobre el que se asienta la torre es la palabra del Nombre omnipotente y glorioso y se sostiene por la virtud invisible del Dueño.

Tomando la palabra, le dije:

—Señora, esto es cosa grande y maravillosa. Y los seis jóvenes que están construyendo, ¿quiénes son, señora?

—Éstos son aquellos santos ángeles de Dios que fueron creados los primeros, y a quienes el Señor entregó su creación para acrecentar y edificar y dominar sobre la creación entera. Así pues, por obra de éstos se consumará la construcción de la torre.

—Y los otros que llevan las piedras, ¿quiénes son?

—También éstos son ángeles santos de Dios; pero aquellos seis los superan en excelencia. Por obra de unos y otros se consumará, pues, la construcción de la torre, y entonces todos se regocijarán en torno de ella, y glorificarán a Dios porque se terminó su construcción.

Hícele otra pregunta:

—Señora, quisiera saber el paradero de las piedras y qué significación tiene cada una de ellas.

Me respondió diciendo:

—No es que seas tú más digno que nadie de que se te revele, porque otros hay primero y mejores que tú a quienes debieran revelárseles estas visiones. Mas, para que sea glorificado el nombre de Dios, se te han revelado a ti, y se te seguirán revelando, por causa de los vacilantes, de los que oscilan en sus discursos consigo mismos sobre si estas cosas son o no son. Diles que todas estas cosas son verdaderas y nada hay en ellas que esté fuera de la verdad, sino que todo es firme y seguro y bien asentado.

Escucha ahora acerca de las piedras que entran en la construcción. Las piedras cuadradas y blancas, que ajustaban perfectamente en sus junturas, representan los apóstoles, obispos, maestros y diáconos que caminan según la santidad de Dios, los que desempeñaron sus ministerios de obispos, maestros y diáconos pura y santamente en servicio de los elegidos de Dios. De ellos, unos han muerto, otros viven todavía. Éstos son los que estuvieron siempre en armonía unos con otros, conservaron la paz entre sí y se escucharon mutuamente. De ahí que en la construcción de la torre encajaban ajustadamente sus junturas.

—Y las piedras sacadas de lo hondo del mar y sobrepuestas a la construcción, que encajaban en sus junturas con las otras piedras ya edificadas, ¿quiénes son?

—Éstos son los que sufrieron por el nombre del Señor.

—Quiero saber, señora, quiénes son las otras piedras, traídas de la tierra.

Respondióme:

—Los que entraban en la construcción sin necesidad de labrarlos son los que aprobó el Señor, porque caminaron en la rectitud del Señor y cumplieron sus mandamientos.

—Y las que eran traídas y puestas en la construcción, ¿quiénes son?

—Éstas son los neófitos, nuevos en la fe, pero creyentes; son amonestados por los ángeles a obrar el bien, pues se halló en ellos alguna maldad.

—Y los que rechazaban y tiraban, ¿quiénes son?

—Éstos son los que han pecado, pero están dispuestos a hacer penitencia; por esta causa, no se los arrojaba lejos de la torre, pues cuando hicieren penitencia serán útiles para la construcción. Los que tienen intención de hacer penitencia, si de verdad la hacen, serán fortalecidos en la fe; a condición, sin embargo, de que hagan penitencia ahora, mientras se está construyendo la torre. Mas si la edificación llega a su término, ya no tienen lugar a penitencia. Sólo se les concederá estar puestos junto a la torre.

¿Quieres conocer las piedras que eran hechas trizas y se las arrojaba lejos de la torre? Éstos son los hijos de la iniquidad; se hicieron creyentes hipócritamente y ninguna maldad se apartó de ellos. De ahí que no tienen salvación, pues por sus maldades no son buenos para la construcción. Por eso se les hizo pedazos y se los arrojó lejos. La ira del Señor pesa sobre ellos, pues le han exasperado.

Respecto a las otras, que viste tiradas en gran número por el suelo y que no entraban en la construcción, las piedras carcomidas representan a los que han conocido la verdad, pero no perseveraron en ella ni se adhirieron a los santos. Por eso son inútiles.

—¿Y a quiénes representan las piedras con rajas?

—Éstos son los que guardan unos contra otros algún resentimiento en sus corazones y no mantienen la paz mutua. Cuando se hallan cara a cara, parecen tener paz; mas apenas se separan, sus malicias siguen tan enteras en sus corazones. Éstas son, pues, las hendiduras que tienen las piedras.

Las piedras desportilladas representan a los que han creído y mantienen la mayor parte de sus actos dentro de la justicia, pero tienen también sus porciones de iniquidad. De ahí que están desportillados y no enteros.

—Y las piedras blancas y redondas y que no ajustaban en la construcción, ¿quiénes son, señora?

Me respondió diciendo:

—¿Hasta cuándo serás necio y torpe, que todo lo preguntas y nada entiendes por ti mismo? Éstos son los que tienen, sí, fe; pero juntamente poseen riqueza de este siglo. Cuando sobreviene una tribulación, por amor de su riqueza y negocios, no tienen inconveniente en renegar de su Señor.

Le respondí, por mi parte:

—Señora, ¿cuándo serán, pues, útiles para la construcción?

RIQUEZA/IMPEDIMENTO

—Cuando—me dijo—se recorte de ellos la riqueza que ahora los arrastra, entonces serán útiles para Dios. Porque, al modo que la piedra redonda, si no se la labra y recorta algo de ella, no puede volverse cuadrada; así los que gozan de riquezas en este siglo, si no se les recorta la riqueza, no pueden volverse útiles a Dios. Por ti mismo, ante todo, puedes darte cuenta: cuando eras rico, eras inútil; ahora, en cambio, eres útil y provechoso para la vida. Haceos útiles para Dios, pues tú mismo eres empleado como una de estas piedras.

En cuanto a las otras piedras que viste arrojar lejos y caer en el camino y que rodaban del camino a parajes intransitables, éstas representan a los que han creído; pero luego, arrastrados de sus dudas, abandonan su camino, que es el verdadero. Imaginándose, pues, que son ellos capaces de hallar camino mejor, se extravían y lo pasan míseramente andando por soledades sin senderos.

Las que caían en el fuego y allí se abrasaban representan a los que de todo punto apostataron del Dios vivo y todavía no ha subido a su corazón el pensamiento de hacer penitencia, por impedírselo los deseos de su disolución y las perversas obras que ejercitaron.

¿Quieres saber quiénes son las otras piedras que venían a parar cerca de las aguas y que no podían rodar hasta ellas? Estos son los que, después de oír la palabra de Dios, quisieran bautizarse en el nombre del Señor; pero luego, al caer en la cuenta de la castidad que exige la verdad, cambian de parecer y se echan otra vez tras sus perversos deseos.

Terminó, pues, la explicación de la torre. Importunándola yo todavía, le pregunté si a todas aquellas piedras rechazadas y que no encajaban en la construcción de la torre, se les daría ocasión o posibilidad de penitencia y tendrían aún lugar en esta torre.

—Posibilidad de penitencia—me contestó—sí que la tienen; pero ya no pueden encajar en esta torre. Sin embargo, se ajustarán a otro lugar mucho menos elevado, y eso cuando hayan pasado por los tormentos de la penitencia y hayan cumplido los días de expiación de sus pecados. La razón de que sean trasladados es porque, al fin y al cabo, participaron de la palabra justa. E incluso para ser trasladados de sus tormentos, es preciso que antes suban a su corazón, por la penitencia, las obras malas que ejecutaron; si no suben, no se salvarán, en castigo de su dureza de corazón.

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2. Los dos ángeles

(Mandamiento Vl, n. 2)

—Escucha ahora—me dijo—acerca de la fe. Dos ángeles hay en cada hombre: uno de la justicia y otra de la maldad.

—¿Cómo, pues, señor—le dije—, conoceré las operaciones de uno y otro, puesto que ambos habitan conmigo?

—Escucha—me dijo—y entiende. El ángel de la justicia es delicado, y pudoroso, y manso, y tranquilo. Así, pues, cuando subiere a tu corazón este ángel, al punto se pondrá a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad, sobre la mortificación y sobre toda obra justa y sobre toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas subieren a tu corazón, entiende que el ángel de la justicia está contigo. He ahí, pues, las obras del ángel de la justicia. Cree, por tanto, a éste y a sus obras.

Mira también las obras del ángel de la maldad. Ante todo, ese ángel es impaciente, amargo e insensato, y sus obras malas derriban a los siervos de Dios. Así pues, cuando éste subiere a tu corazón, conócele por sus obras.

—Señor—le dije—, yo no sé cómo tengo que conocerle.

—Escucha—me dijo—. Cuando te sobrevenga un arrebato de ira o un sentimiento de amargura, entiende que él está contigo; y lo mismo hay que decir de un deseo de derramarte en muchas acciones, de la preciosidad y abundancia de comidas y bebidas, y embriagueces muchas, y deleites variados y no convenientes, del deseo, y también de mujeres, avaricia, mucho boato de soberbia y altanería y, en fin, de todo cuanto a estas cosas se acerca y asemeja. Siempre, pues, que cualquiera de estas cosas subiere a tu corazón, entiende que el ángel de la maldad está contigo. Tú, pues, ya que conoces sus obras, apártate de él y no le creas en nada, pues sus obras son malas e inconvenientes para los siervos de Dios.

Ahí tienes las operaciones de uno y otro ángel; entiéndelas y cree sólo al ángel de la justicia. Apártate, en cambio, del ángel de la maldad, pues su doctrina es totalmente perversa. En efecto, imaginemos a un hombre todo lo fiel que queramos. Si el deseo de este ángel subiere a su corazón, por fuerza ese hombre (o mujer) cometerá algún pecado. Y al revés, por muy malvado que sea un hombre o una mujer, si a su corazón suben las obras del ángel de la justicia, de necesidad aquel hombre o mujer practicarán algún bien. Ya ves que es bueno seguir al ángel de la justicia y renunciar al ángel de la iniquidad.

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3. El mensaje de penitencia. 

Habiendo yo ayunado y orado insistentemente al Señor, me fue revelado el sentido de la escritura. Lo escrito era lo siguiente: Tus hijos, Hermas, se enfrentaron contra Dios, blasfemaron contra el Señor y traicionaron a sus padres con gran perversidad, y tuvieron que oírse llamar traidores de sus padres. Y aun cometida esta traición, no se enmendaron, sino que añadieron a sus pecados sus insolencias y sus perversas contaminaciones, con lo que llegaron a su colmo sus iniquidades. Sin embargo, haz saber a todos tus hijos y a tu esposa, que ha de ser hermana tuya, estas palabras. Pues tu esposa no se modera en su lengua, con la que obra el mal. Pero si oye estas palabras, se contendrá y obtendrá misericordia.

Después que les hubieres dado a conocer estas palabras que me encargó el Señor que te revelara, se les perdonarán a ellos todos los pecados que hubieren anteriormente cometido, así como también a todos los santos que hubieren pecado hasta este día, con tal de que se arrepientan de todo corazón y alejen de sus corazones toda vacilación. Porque el Señor hizo este juramento por su gloria con respecto a sus elegidos: si después de fijado este día todavía cometen pecado, no tendrán salvación, ya que la penitencia para los justos tiene un limite. Los dias de penitencia están cumplidos para todos los santos, mientras que para los gentiles hay penitencia hasta el último día. Así pues, dirás a los jefes de la Iglesia que enderecen sus caminos según justicia, para que puedan recibir el fruto pleno de la promesa con gran gloria. Por tanto, los que obráis la justicia manteneos firmes y no vaciléis, para que se os conceda la entrada a los ángeles santos. Bienaventurados vosotros, los que soportáis la gran tribulación que está por venir, así como los que no han de negar su propia vida. Porque el Señor ha jurado por su propio Hijo que los que nieguen al Señor serán privados de su propia vida, es decir, los que lo negaren a partir de ahora en los días venideros. Pero los que hubieren negado antes obtendrán perdón por su gran misericordia.

En cuanto a ti, Hermas, no guardes ya más rencor contra tus hijos, ni abandones a tu hermana, para que tengan lugar a purificarse de sus pecados pasados. Porque si tú no les guardas rencor, serán educados con justa educación. El rencor produce la muerte. Tú, Hermas, sufriste grandes tribulaciones en tu persona a causa de las transgresiones de los de tu casa, pues no cuidaste de ellos, porque tenías otras preocupaciones y te enredabas en negocios malvados. Pero te salva el hecho de no haber apostatado del Dios vivo, así como tu sencillez y tu mucha continencia. Esto es lo que te ha salvado—con tal que perseveres—y lo que salvará a cuantos hagan lo mismo y vivan en inocencia y simplicidad. Estos triunfarán de toda maldad y perseverarán para la vida eterna. Bienaven turados todos los que obran la justicia, porque no se perderán para siempre...1

¿No te parece—me dijo el pastor—que el mismo arrepentirse es una especie de sabiduría? Si—dijo—, el arrepentirse es una sabiduría grande, porque el pecador se da cuenta de que hizo el mal delante del Señor, y penetra en su corazón el sentimiento de la obra que hizo, con lo que se arrepiente y ya no vuelve a obrar el mal, sino que se pone a practicar toda suerte de bien, y humilla y atormenta su alma, por haber pecado. Ya ves, pues, cómo el arrepentimiento es una gran sabiduría...

Señor—le dije—he oído de algunos maestros que no se da otra penitencia fuera de aquella por la que bajamos al agua (del bautismo) y alcanzamos el perdón de nuestros pecados anteriores.

El me dijo: Has oído bien, pues así es: porque el que ha recibido el perdón de sus pecados ya no debiera pecar, sino que debiera vivir puro. Pero ya que quieres enterarte de todo con exactitud, te explicaré también otro aspecto, sin que con ello quiera dar pretexto de pecar a los que en lo futuro han de creer o a los que poco ha creyeron en el Señor. Porque los que poco ha creyeron, o han de creer en lo futuro no tienen lugar a penitencia de sus pecados, fuera de la remisión de sus pecados anteriores (en el bautismo). Pero para los que fueron llamados antes de estos días, el Señor tiene establecida una penitencia: porque el Señor es conocedor de los corazones, y lo sabe todo de antemano, y conoció la debilidad de los hombres y la mucha astucia del diablo con la que había de hacer daño a los siervos de Dios y ensañarse con ellos. Ahora bien, siendo grandes las entrañas de misericordia del Señor, se apiadó de su creatura, y dispuso esta penitencia haciéndome a mí el encargado de la misma. Sin embargo, he de decirte esto: si después de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el diablo, cometiere pecado, sólo tiene lugar a una penitencia. Pero si continuamente peca y se vuelve a arrepentir, de nada le aprovecha al tal hombre, pues difícilmente alcanzará la vida.

Yo le repliqué: El oir esta explicación tan exacta sobre estas cosas me ha devuelto la vida, pues ahora sé que si no vuelvo a cometer más pecados me salvaré.

Te salvarás—me dijo— tú y todos los que hicieron estas cosas. 2

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4. Riqueza y pobreza.

Así como la piedra redonda no puede convertirse en sillar si no es cortándola y quitando algo de ella, así también los ricos en este siglo no pueden hacerse útiles para el Señor si no se les recorta su riqueza. Por ti mismo puedes saberlo en primer lugar: cuando eras rico eras inútil, pero ahora eres útil y provechoso para la vida... 3

El rico tiene realmente mucho dinero, pero con respecto al Señor es pobre, arrastrado como anda tras su riqueza. Muy pocas veces hace su acción de gracias y su oración ante el Señor, y aun cuando lo hace es con brevedad, sin intensidad y sin fuerza para penetrar hasta lo alto. Pero cuando el rico se entrelaza con el pobre y le proporciona lo necesario creyendo que podrá encontrar en Dios la recompensa de lo que hubiere hecho por el pobre—ya que el pobre es rico en la oración y en la acción de gracias, y sus peticiones tienen gran fuerza delante de Dios—entonces el rico atiende al pobre en todas las cosas sin reservas. Por su parte, el pobre, atendido por el rico, ruega por él y da gracias a Dios por aquel de quien recibe beneficios. Y entonces el rico todavía toma mayor interés por el pobre, para no hallarse falto de nada en su vida, pues sabe que la oración del pobre es rica y aceptable delante de Dios. De esta suerte, uno y otro llevan a cabo su obra en común: el pobre coopera con su oración, en la que es rico, habiéndola recibido del Señor y devolviéndola al mismo Señor que se la había dado. A su vez, el rico pone a disposición del pobre sin reservas la riqueza que recibió del Señor. Es ésta una gran obra agradable a Dios, con la que muestra que entiende el sentido de sus riquezas poniendo a disposición del pobre los dones del Señor y cumpliendo rectamente el servicio que el Señor le encomendara... De esta forma, los pobres, rogando al Señor por los ricos dan pleno sentido a la riqueza de éstos, y a su vez, los ricos, socorriendo a los pobres alcanzan la plenitud de lo que falta a sus almas. Con ello se hacen unos y otros colaboradores en la obra de justicia. Por tanto, el que así obrare no será abandonado de Dios, sino que quedará escrito en el libro de los vivos. Bienaventurados los que tienen y entienden que sus riquezas las tienen del Señor: porque el que entiende esto podrá cumplir el servicio debido... 4

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5. Discernimiento de espíritus.

Dos ángeles acompañan al hombre, uno de justicia y otro de maldad... El ángel de justicia es delicado y recatado y manso y tranquilo. Así pues, cuando este ángel penetre en tu corazón, te hablará inmediatamente de justicia, de pureza, de santidad, de contentarte con lo que tienes, de toda obra justa y de toda virtud reconocida. Cuando sientas que tu corazón está penetrado de todas estas cosas, entiende que el ángel de la justicia está contigo, porque ésas son las obras del ángel de la justicia. A él pues has de creerle, y a sus obras.

Considera por otra parte las obras del ángel de la maldad: en primer lugar, es impaciente, amargado e insensato: sus obras son malas y capaces de abatir a los siervos de Dios. Cuando este ángel penetre en tu corazón, has de saber conocerle por sus obras... Cuando te sobrevenga alguna impaciencia o amargura, entiende que él está dentro de ti: igualmente cuando tengas ansia de hacer muchas cosas, o de muchos y exquisitos manjares, de muchas y variadas bebidas, de embriagueces muelles e inconvenientes; igualmente cuando tienes deseo de mujeres, o de posesiones o de gran soberbia y altanería y de otras cosas por el estilo: cuando estas cosas penetren en tu corazón, sábete que el ángel de la maldad está dentro de ti. Así pues, tú, conociendo sus obras, apártate de él y no le creas para nada, pues sus obras son malvadas y no traen provecho alguno a los siervos de Dios... 5

¿Cómo se conocerá a un hambre, si es verdadero o falso profeta? ...Al hombre que tiene el Espíritu divino has de examinarle por su vida. En primer lugar, el que tiene el Espíritu divino de lo alto, es manso, tranquilo y humilde; se aparta de toda maldad, así como de los vanos deseos de este siglo, y se hace a sí mismo el más pobre de todos los hombres; no empieza a dar respuestas a nadie solo porque se le pregunte, ni habla en secreto, que no habla el Espíritu Santo cuando el hombre quiere, sino que habla cuando Dios quiere que hable. Así pues, cuando un hombre que tiene el espíritu divino llega a una reunión de hombres justos que tienen fe en el espíritu divino, y en aquella reunión se hace oración a Dios, entonces el ángel del espíritu profético que está en él llena a aquel hombre, y lleno así con el Espíritu Santo habla a la muchedumbre como lo quiere el Señor...

Escucha ahora lo que se refiere al espíritu terreno y vacuo, que no tiene virtud alguna, sino que es necio. En primer lugar, el hombre que aparentemente tiene el Espíritu, se exalta a sí mismo, y quiere ocupar la silla presidencial; e inmediatamente se muestra como ligero, desvergonzado y charlatán; vive entre muchos placeres y con muchos otros engaños; se hace pagar sus profecías, y si no se le paga no profetiza. ¿Es que el Espíritu divino puede cobrar para profetizar? No puede hacer esto un profeta de Dios, sino que el espíritu de tales profetas es de la tierra. Además, el falso profeta no se acerca para nada a la reunión de los justos, sino que huye de ellos; en cambio se pega a los vacilantes y vacuos, echándoles sus profecías por los rincones, y los embauca hablándoles conforme a sus deseos, aunque son vacuos, pues responde a hombres vacuos. Cuando una vasija vacía choca con otras igualmente vacías, no se rompe, sino que resuenan todas con un mismo sonido. Cuando el falso profeta llega a una reunión llena de hombres justos que poseen el espíritu de la divinidad y hacen oración, se queda vacío, y su espíritu terreno huye de él amedrentado, y el hombre queda mudo y totalmente destrozado, sin poder hablar palabra 6.

Los que nunca han escudriñado la verdad ni han inquirido acerca de la divinidad, sino que se han contentado con creer, agitados con sus negocios, sus riquezas. sus amistades paganas y muchas otras ocupaciones de este siglo, todos los que andan enfrascados en estas cosas. no entienden las parábolas acerca de la divinidad. Es que con todos estos negocios están entenebrecidos, corrompidos y secos. Así como las viñas hermosas, si no se cuidan se secan a causa de las espinas y de toda suerte de yerbas, así también los hombres que después de recibir la fe se entregan a la multiplicidad de acciones dichas, se extravian en sus inteligencias y ya no entienden absolutamente nada acerca de la divinidad. Porque, en efecto, cuando oyen algo acerca de la divinidad su mente se encuentra en sus negocios, y así no comprenden absolutamente nada. Pero los que tienen el temor de Dios, e investigan acerca de la divinidad y de la verdad, y tienen su corazón vuelto hacia el Señor, entienden y comprenden en seguida cuanto se les dice, pues tienen dentro de sí el temor de Dios. Porque donde habita el Señor, allí hay gran inteligencia. Adhiérete, pues, al Señor, y lo comprenderás y entenderás todo 7.

ALEGRIA/TRISTEZA: Arranca de ti la tristeza, y no aflijas al Espíritu Santo que habita en ti, no sea que hagas tu oración a Dios en contra tuya y él se aparte de ti. Porque el Espíritu de Dios, que ha sido dado a esa carne tuya, no tolera la tristeza ni la angustia. Así pues, revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y no hace caso de la tristeza. En cambio, el hombre triste siempre va por mal camino. En primer lugar, hace mal entristeciendo al Espíritu Santo que fue dado en alegría al hombre. En segundo lugar, comete iniquidad al no orar ni dar gracias a Dios, ya que siempre la oración del hombre triste no tiene fuerza para remontarse hasta el altar de Dios... La tristeza se ha asentado en su corazón, y al mezclarse la tristeza con la oración, no deja a ésta que suba pura hasta el altar de Dios... Purifícate de esta malvada tristeza, y vivirás para Dios. Y asimismo vivirán para Dios cuantos arrojen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría 8.

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Ella También (Virtudes Valores)

Ella También
El rezo del rosario, oración que alegra el corazón de la Santísima Virgen.


Por: Nabor Herrera, L.C. | Fuente: Equipo Gama-Virtudes y Valores






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Doña Paquita y Doña Soledad vivían en la misma vecindad. Doña Paquita siempre criticaba a Doña Soledad porque rezaba todos los días el rosario. "¡Qué tontería! ¡Qué perdida de tiempo! ¡Cincuenta veces lo mismo!" Aunque Doña Soledad conocía el tamaño de la lengua de Doña Paquita no decía nada.

Por fin un día Doña Paquita se acercó entusiasta a Doña Soledad.

"¡Señora Soledad, no me va a creer!"

"¿Qué?"

"¡Mi hijo ya sabe decir mamá! ¡Me lo ha dicho como treinta o cuarenta veces por lo menos!"

"¡Ah... entonces debe estar usted cansada y aburrida de oír lo mismo tantas veces!"

"¡Claro que no! ¿Pero Doña Soledad, cómo se le ocurre semejante disparate!"

Desde aquel día Doña Paquita comprendió por qué Doña Soledad rezaba todos los días el rosario. Pues claro, Doña Soledad repetía cincuenta veces las palabras que más gustan a Nuestra Madre del Cielo.

Como el niño que apenas sabe balbucear arranca una sonrisa del corazón de la madre cuando dice "mamá", así nosotros con el Ave María alegramos a nuestra Madre. El niño dice "mamá", estira sus tiernos brazos y la madre sin dilación lo coge entre los suyos. Así María. El niño fija los ojos en los de su madre y ella lo acerca a su rostro hasta rozar con la nariz la ternura de su piel. Así María nos acerca a su rostro y roza con su belleza nuestra alma.

Como la mamá estrecha al niño entre sus brazos, lo oprime contra su pecho, porque lo ama, así María, apenas escucha el susurro de nuestra oración, corre, nos abraza, nos acerca hasta su pecho porque nos ama.

¿De que sirve el amor de una madre? No es moneda de cambio, no produce, no consigues nada con él, tampoco con el de María. El amor de una madre da seguridad, orienta tu vida; también el amor de María.

El niño dice mamá, espera la respuesta y siempre la halla. María responde cuando elevamos los ojos del alma y esperamos su respuesta. La madre goza cuando el niño le sonríe y susurra al oído "Te quiero" ¿Acaso María no? La madre ve crecer con santo orgullo a su hijo ¿Acaso María no? La madre ha engendrado con dolores ¿Acaso María no?

Una madre no se cansa de amar, de abrazar, de besar a sus hijos. Tampoco María. Una Madre derrama lágrimas de dolor cuando percibe, aún de lejos, que sus hijos andan tomando decisiones erróneas que los alejan de Dios. ¿Acaso María no? No hay peor dolor para María que el constatar que sus hijos viven distanciados de Dios. Ella les espera pacientemente e intercede día y noche por ellos hasta que como ovejitas descarriadas vuelven al redil en hombros de su Pastor. ¿Y si se olvidan de ella? Ciertamente sufre pero como buena Madre sabe perdonar el olvido.

El corazón de María ama por encima de cualquier olvido. Ama aunque el hijo duerma, cubre su cuerpecito, y acaricia la frente del hijo perdido en sueños.

Así nos ama María. ¿Por qué no repetir una y cien veces su Ave María? Para que así surja una sonrisa en su corazón, nos abrace, acaricie y cubra nuestra alma del frío mientras dormimos.

 
¡Vence el mal con el bien!

El servicio es gratuito

El rescate de la categoría “espíritu” (Leonardo Boff)

El rescate de la categoría “espíritu”

2013-02-18


  En la cultura de hoy, la palabra "espíritu" está desvalorizada en dos frentes: en la cultura letrada y en la cultura popular.
En la cultura letrada dominante "espíritu" es lo que se opone a la materia. La materia sabemos más o menos lo que es, ya que puede ser medida, pesada, manipulada y transformada, mientras que el "espíritu" cae en el campo de lo intangible, indefinido, y hasta nebuloso. La materia es la palabra-fuente de los valores axiales de la experiencia humana de los últimos siglos. La ciencia moderna se ha construido sobre la investigación y el dominio de la materia. Ha penetrado hasta sus últimas dimensiones, las partículas elementales, hasta el campo de Higgs en el que se habría dado la primera condensación de la energía originaria en materia: los tan buscados bosones y hadrones y la llamada "partícula de Dios”. Einstein demostró que la materia y la energía son equivalentes. La materia no existe. Es energía altamente condensada y un campo riquísimo de interacciones.
Los valores espirituales en el sentido moderno convencional, se sitúan en la superestructura y no caben en los esquemas científicos. Su lugar es el mundo de la subjetividad, entregado a la discreción de cada uno o de los grupos religiosos. Expresándolo de una manera un tanto grotesca, pero no demasiado, podemos decir con José Comblin, gran especialista en el tema: «Cuando se habla de "valores espirituales ", todo el mundo piensa que está hablando un burgués en una reunión de los Rotarios o del Club de Leones después de una copiosa cena regada con buenos vinos y a base de comida fina. Para el pueblo en general, "valores espirituales" equivale a “palabras bonitas pero vacías”. O pertenece al repertorio del discurso eclesiástico moralizante, espiritualizante y en relación hostil con el mundo moderno.
Como resultado de ello, la expresión "valores espirituales" aparece con más frecuencia en los labios de los sacerdotes y obispos de tendencia conservadora. De ellos es común escuchar que la crisis del mundo contemporáneo se encuentra fundamentalmente en el abandono del mundo espiritual: la no asistencia a misa o cualquier otra referencia explícita a la Iglesia jerárquica.
Pero con los escándalos de los últimos tiempos, con los sacerdotes pedófilos y con los escándalos financieros vinculados al Banco Vaticano, el discurso oficial de los "valores espirituales" se ha devaluado. No ha perdido su valor, pero la entidad oficial que los anuncia tiene muy poca audiencia.
En la cultura popular, la palabra "espíritu" tiene gran validez. Traduce cierta concepción mágica del mundo en contra de la racionalidad aprendida en la escuela. Para gran parte del pueblo, especialmente los influidos por la cultura afrobrasileña e indígena, el mundo está habitado por espíritus buenos y malos que afectan a las diferentes situaciones de la vida, como la salud y la enfermedad, la vida afectiva, los éxitos y los fracasos, la buena o la mala suerte. El espiritismo ha codificado esta visión del mundo por la vía de la reencarnación. Cuenta con más seguidores de los que se piensa.
Sin embargo, en las últimas décadas nos hemos dado cuenta de que la racionalidad excesiva en todos los ámbitos y el consumismo exacerbado generan saturación existencial y también mucha decepción. La felicidad no está en la materialidad de las cosas, sino en las dimensiones relacionadas con el corazón, el afecto, las relaciones de amor, de solidaridad y de compasión.
Por todas partes se buscan experiencias espirituales nuevas, es decir, sentidos de vida que van más allá de los intereses inmediatos y de la lucha diaria por la vida. Ellos abren una perspectiva de esperanza y luz en medio del mercado de ideas y propuestas convencionales, difundidas por los medios de comunicación y también por las llamadas "instituciones de sentido" que son las religiones, las iglesias y las filosofías de vida. Han adquirido fuerza a través de los programas de televisión y de los grandes shows religiosos que obedecen a la lógica del espectáculo masivo y que, por eso mismo, se desvían del carácter reverente y sagrado de toda religiosidad. En una sociedad de mercado, la religión y la espiritualidad se han convertido en mercancías disponibles para el consumo general. Y producen un montón de dinero.
No obstante esta mercantilización de lo religioso, el mundo espiritual ha empezado a incrementar su fascinación aunque, la mayoría de las veces, en forma de esoterismo y de literatura de autoayuda. Aún así, ha abierto una brecha en el mundo profano y en el carácter gris de la sociedad de masa. En los medios cristianos han surgido las Iglesias pentecostales, los movimientos carismáticos y la centralidad de la figura del Espíritu Santo.
Estos fenómenos suponen un rescate de la categoría "espíritu" en un sentido positivo e incluso anti-sistémico. El "espíritu" es una referencia consistente y ya no está colocado bajo sospecha por la crítica de la modernidad que sólo aceptaba lo que pasaba por el tamiz de la razón. Pero la razón no lo es todo, ni lo explica todo. Hay lo arracional y lo irracional. En los seres humanos hay el universo de la pasión, del afecto y del sentimiento que se expresa mediante la inteligencia emocional y cordial. El espíritu no rechaza la razón, antes bien, la necesita. Pero va más allá, englobándola en un nivel superior que tiene que ver con la inteligencia, la contemplación y el sentido superior de la vida y de la historia. En términos de la nueva cosmología él sería tan ancestral como el universo, éste también portador de espíritu. ¿La era del espíritu?
Del autor: Fuego del cielo: el Espíritu Santo en el universo, en la humanidad, en las Iglesias y religiones, que será publicado próximamente por la Editorial Vozes, Petrópolis, RJ, Brasil.



El presbiterado en la misión de la Iglesia

El presbiterado en la misión de la Iglesia
Naturaleza del presbiterado y condición de los presbíteros en el mundo


Por: Decreto «Presbyterorum Ordinis» | Fuente: Concilio Vaticano II



Naturaleza del presbiterado

El Señor Jesús, "a quien el Padre santificó y envió al mundo" (Jn., 10, 36), hace partícipe a todo su Cuerpo místico de la unción del Espíritu con que El está ungido[2]: puesto que en El todos los fieles se constituyen en sacerdocio santo y real, ofrecen a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales, y anuncian el poder de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable[3]. No hay, pues, miembro alguno que no tenga su cometido en la misión de todo el Cuerpo, sino que cada uno debe glorificar a Jesús en su corazón[4] y dar testimonio de El con espíritu de profecía[5].

Mas el mismo Señor, para que los fieles se fundieran en un solo cuerpo, en que "no todos los miembros tienen la misma función" (Rom., 12, 4), entre ellos constituyó a algunos ministros que, ostentando la potestad sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado del Orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados[6], y desempeñar públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres. Así, pues, enviados los apóstoles, como El había sido enviado por el Padre[7], Cristo hizo partícipes de su consagración y de su misión, por medio de los mismos apóstoles, a los sucesores de éstos, los obispos[8], cuya función ministerial fue confiada a los presbíteros[9], en grado subordinado, con el fin de que, constituidos en el Orden del presbiterado, fueran cooperadores del Orden episcopal, para el puntual cumplimiento de la misión apostólica que Cristo les confió[10].

El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo. Por lo cual, el sacerdocio de los presbíteros supone, ciertamente, los sacramentos de la iniciación cristiana, pero se confiere por un sacramento peculiar por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma, que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza[11].

Por participar en su grado del ministerio de los apóstoles, Dios concede a los presbíteros la gracia de ser entre las gentes ministros de Jesucristo, desempeñando el sagrado ministerio del Evangelio, para que sea grata la oblación de los pueblos, santificada por el Espíritu Santo[12]. Pues por el mensaje apostólico del Evangelio se convoca y congrega el Pueblo de Dios, de forma que, santificados por el Espíritu Santo todos los que pertenecen a este Pueblo, se ofrecen a sí mismos "como hostia viva, santa; agradable a Dios" (Rom., 12, 1). Por el ministerio de los presbíteros se consuma el sacrificio espiritual de los fieles en unión del sacrificio de Cristo, Mediador único, que se ofrece por sus manos, en nombre de toda la Iglesia, incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que venga el mismo Señor[13]. A este sacrificio se ordena y en él culmina el ministerio de los presbíteros. Porque su servicio, que surge del mensaje evangélico, toma su naturaleza y eficacia del sacrificio de Cristo y pretende que "todo el pueblo redimido, es decir, la congregación y sociedad de los santos ofrezca a Dios un sacrificio universal por medio del Gran Sacerdote, que se ofreció a sí mismo por nosotros en la pasión, para que fuéramos el cuerpo de tan sublime cabeza"[14].

Por consiguiente, el fin que buscan los presbíteros con su ministerio y con su vida es el procurar la gloria de Dios Padre en Cristo. Esta gloria consiste en que los hombres reciben consciente, libremente y con gratitud la obra divina realizada en Cristo, y la manifiestan en toda su vida. En consecuencia, los presbíteros, ya se entreguen a la oración y a la adoración, ya prediquen la palabra, ya ofrezcan el sacrificio eucarístico, ya administren los demás sacramentos, ya se dediquen a otros ministerios para el bien de los hombres, contribuyen a un tiempo al incremento de la gloria de Dios y a la dirección de los hombres en la vida divina. Todo ello, procediendo de la Pascua de Cristo, se consumará en la venida gloriosa del mismo Señor, cuando El haya entregado el Reino a Dios Padre[15].


Condición de los presbíteros en el mundo

Los presbíteros, tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los mismos en las cosas que miran a Dios para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados[16], moran con los demás hombres como con hermanos. Así también el Señor Jesús, Hijo de Dios, hombre enviado a los hombres por el Padre, vivió entre nosotros y quiso asemejarse en todo a sus hermanos, fuera del pecado[17]. Ya le imitaron los santos apóstoles; y el bienaventurado Pablo, doctor de las gentes, "elegido para predicar el Evangelio de Dios" (Rom., 1, 1), atestigua que se hizo a sí mismo todo para todos, para salvarlos a todos[18]. Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y por su ordenación, son segregados en cierta manera en el seno del pueblo de Dios, no de forma que se separen de él, ni de hombre alguno, sino a fin de que se consagren totalmente a la obra para la que el Señor los llama[19]. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida distinta de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres, si permanecieran extraños a su vida y a su condición[20]. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se conformen a este mundo[21]; pero, al mismo tiempo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres, y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas, y busquen incluso atraer a las que no pertenecen todavía a este redil, para que también ellas oigan la voz de Cristo y se forme un solo rebaño y un solo Pastor[22]. Mucho ayudan para conseguir esto las virtudes que con razón se aprecian en el trato social, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza de alma y la constancia, la asidua preocupación de la justicia, la urbanidad y otras cualidades que recomienda el apóstol Pablo cuando escribe: "Pensad en cuanto hay de verdadero, de puro, de justo, de santo, de amable, de laudable, de virtuoso, de digno de alabanza" (Fil., 4, 8)[23].


Notas

[2] Cf. Mt., 3, 16; Lc., 4, 18; Act., 4, 27; 10, 38.
[3] Cf. 1 Pedr., 2, 5 y 9.
[4] Cf. 1 Pedr., 3, 15.
[5] Cf. Apoc., 19, 10; Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, n. 35: AAS 57 (1965), pp. 40-41.
[6] Conc. Trident. Sess. 23, cap. 1 y can. 1: Denz., 957, 7, 961 (1764 y 1771).
[7] Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, n. 18: AAS 57 91965), pp. 14-15.
[8] Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, n. 28: AAS 57 (1965), pp. 33-36.
[9] Cf. Ibídem.
[10] Cf. Pontif. Romanum, "De la ordenación del presbítero", prefacio. Estas palabras se encuentran ya en el Sacramentario Veronensi, ed. L. C. Mohlberg, Roma, 1957, p. 9; también en el Libro Sacramentorum Romanae Ecclesiae, ed. L. C. Mohlberg, Roma, 1960, p. 25; en el Missale Francorum, ed. L. C. Mohlberg, Roma, 1957, p. 9; en el Pontif. Romano Germánico, ed. Vogel-Elze, Citta del Vaticano, 1963, vol. I, p. 34.
[11] Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. De Ecclesia, n. 10: AAS 57 (1965), pp. 14-15.
[12] Cf. Rom., 15, 16 gr.
[13] Cf. 1 Cor., 11, 26.
[14] S. Augustinus, De civitate Dei, 10, 6: PL 41, 284.
[15] Cf. 1 Cor., 15, 24.
[16] Cf. Hebr., 5, 1.
[17] Cf. Hebr., 2, 17, 4, 15.
[18] Cf. 1 Cor., 9, 19-23 Vg.
[19] Cf. Act., 13, 2.
[20] Cf. Pablo VI, Encicl. Ecclesiam Suam, del 6 de agosto de 1964: AAS 56 (1964), pp. 627 y 638: "Este estudio de perfeccionamiento espiritual y moral se ve estimulado aun exteriormente por las condiciones en que la Iglesia desarrolla su vida. No puede permanecer inmóvil e indiferente ante los cambios del mundo que le rodea. Estos cambios influyen de mil maneras en ella, y le imponen su marcha y sus condiciones. Es evidente que la Iglesia no está separada del mundo, sino que vive en él. Por eso los miembros de la Iglesia reciben su influjo, respiran su cultura, aceptan sus leyes, adoptan sus costumbres. Este contacto inmanente de la Iglesia con la sociedad temporal le crea una continua situación problemática, hoy gravísima... He aquí cómo enseñaba S. Pablo a los cristianos de la primera generación: "No os juntéis bajo un mismo yugo con los infieles. ¿Qué consorcio hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunidad entre la luz y las tinieblas?..., ¿Qué participación tiene el fiel con el infiel?" (2 Cor., 6, 14-15). La pedagogía cristiana deberá recordar siempre al discípulo de nuestro tiempo esta su privilegiada condición y este consiguiente deber de vivir en el mundo, según el deseo mismo de Jesús que antes citamos con respecto a sus discípulos: "No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo" (Jn., 17, 15-16). La Iglesia hace suya esta oración.
Sin embargo, esta diferencia no es lo mismo que separación, ni manifiesta indiferencia, ni miedo, ni desprecio. Pues cuando la Iglesia se distingue de la humanidad está tan lejos de oponérsele que, incluso, está unida a ella.
[21] Cf. Rom., 12, 2.
[22] Cf. Jn., 10, 14-16.
[23] Cf. S. Policarpo, Epist. ad Philippenses, VI, 1 (ed. F. X. Funk, Patres Apostolici, I, p. 303): "Sean los presbíteros inclinados a la conmiseración, misericordiosos para con todos, conduzcan a buen camino a los que yerran, visiten a todos los enfermos, no desprecien a las viudas, a los pupilos, ni a los pobres; por el contrario, preocúpense siempre del bien delante de Dios y de los hombres, absténgase de la ira, de la acepción de personas; vivan lejos de toda avaricia, no crean fácilmente lo que se dice contra otros, no sean demasiado severos cuando juzgan, sabiendo que todos somos deudores del pecado".

San Peregrino Italia - San Jeremías Profeta - Jeremías - Bienaventurado Anizan - Beato Clemente Septyckyj 01052015


San Peregrino Italia

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Patrón de los enfermos de Cáncer y SIDA.   Fecha canonización: 1726 por Benedicto XIII   Nacionalidad: italiana   Nacido de familia acomodada. Pasó una juventud mundana, y participó activamente en la política de su país. Tuvo al comienzo una fuerte postura anticatólica. Sin embargo, durante una rebelión popular, él golpeó al embajador papal de paz, el Santo Philip Benizi. El Santo Philip con calma giró la otra mejilla, rezó por la juventud, y Peregrino se convirtió.
Cuenta la tradición que él recibió una visión de Nuestra Señora en la que le dijo ir a Siena, Italia, y allí unirse a la Orden de los Frailes Servitas. Después de una empeñosa educación teológica y su ordenación, la orden lo asignó a cumplir labores a su ciudad natal.    Él sirvió y trabajó ahí tanto como le fue posible, en el silencio completo, en la soledad, y con el asombroso ofrecimiento penitente de no sentarse durante 30 años.    Lo conocían como un ferviente predicador, un orador excelente, y como confesor era conocido como el más apacible y comprensivo.
Fue fundador de una casa de la orden de los servitas en Forli, Italia.    Ahí se descubrió que padecía de cáncer. Un cáncer que se extendía en todo su pie. Peregrino fue programado para una amputación. La noche antes de la operación, él se la pasó en oración; aquella noche recibió una visión de Cristo que lo curó con un toque. La mañana siguiente, Peregrino fue encontrado completamente curado.







Oremos

Oh Dios, que diste a San Peregrino un ángel como compañero, la Madre de Dios como su maestra, y Jesús como médico para su enfermedad; te suplicamos nos concedas por los méritos de este santo, que mientras vivamos en este mundo amemos intensamente a nuestro Ángel de la Guarda, a la Virgen Santísima, y a nuestro Salvador, y luego en el Cielo les bendigamos para siempre. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.



San Jeremías Profeta

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En cuanto a los datos biográficos Jeremías es el menos ignorado entre todos los Profetas de Israel. Hijo del sacerdote Helcias, nació en Anatot, a 4 Km de Jerusalén, y fue designado por Dios desde el seno materno para el cargo de profeta (1, 5). Comenzó a ejercer esta altísima misión en el año decimotercero del rey Josías (638 - 608), es decir, en 625. Durante más de cuarenta años, bajo los reyes, Josías, Joacaz, Joaquín (Jeconías) y Sedecías, siguió amonestando y consolando a su pueblo, hasta que la ciudad impenitente cayó bajo el poder de los babilonios (587 a. C.).
Jeremías no compartió la suerte de su pueblo de ser deportado a Babilonia, sino que tuvo la satisfacción de ser un verdadero padre del pequeño y desamparado resto de los judíos que había quedado en la tierra de sus padres. Mas cuando sus compatriotas asesinaron a Godolías, gobernador del país desolado, obligaron al profeta a refugiarse con ellos en Egipto, donde, según la tradición antiquísima, lo mataron porque no cesaba de predicarles la ley de Dios. La Iglesia celebra su memoria, el 1° de mayo.
Jeremías es un ejemplo de vida religiosa, creyéndose que se conservó virgen (16, 1 s.). Austero y casi ermitaño, se consumió en dolores y angustias (15, 17 s.) por amor a su pueblo tan obtinado. Para colmo se levantaron con él falsos profetas y consiguieron que por mandato del rey fuesen quemadas sus profecías. El mismo fue encarcelado y sus días habrían sido contados, si los babilonios, al tomar la ciudad, no le hubiesen libertado.
Su libro se divide en dos partes, la primera de las cuales contiene las profecías que versan sobre Judá y Jerusalén (cap. 2 a 45) y la segunda reúne los vaticinios contra otros pueblos (cap. 46 a 51). El primer capítulo narra la vocación del profeta, y el último (cap. 52) es un apéndice histórico.
Cuanto menos comprendido fue Jeremías por sus contemporáneos, tanto más lo fue por las generaciones que le siguieron. Sus vaticinios alentaban a los cautivos de Babilonia y a él se dirigían las miradas de los israelitas que esperaban la salud mesiánica. Tan grande era su autoridad, que muchos creían que volvería de nuevo, como se ve en el episodio que leemos en el Evangelio de San Mateo (16, 14). Los Santos Padres lo consideran como figura de Cristo, a quien representa por lo extraordinario de su elección, por la pureza virginal, por el amor inextinguible a su pueblo y por la paciencia invencible frente a las persecuciones de aquellos a los cuales amaba con tanto cariño.







" Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén.  Los creyentes vivían todos unidos, y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno." (Hech 2, 42-45) 



Jeremías

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Jeremías: Las Lamentaciones
La tradición atribuye unánimemente a Jeremías la colección de Las Lamentaciones que va unida al libro de sus profecías.
Llámanse LAMENTACIONES o, según el griego, Trenos, porque expresan en la forma más conmovedora el amarguísimo dolor del santo profeta por la triste suerte de su pueblo y la ruina de su Templo y de la ciudad de Jerusalén. Fueron compuestas bajo la impresión de la tremenda catástrofe, inmediatamente después de la caída de la ciudad (587 a. C.).
Este pequeño libro pertenece al género de poesía lírico-elegíaco, distinguiéndose, además, por el orden alfabético de los versos en los capítulos 1 a 4. Su estilo es vivo y patético, pero a la vez tierno y compasivo como la voz de una madre que consuela a sus hijos. No hay en toda la antigüedad obra alguna que pueda compararse con una de estas elegías inmortales en cuanto a la intensidad de los sentimientos.
En el Canon judío Las Lamentaciones formaban parte de los cinco libros (Megillot) que se leían en ciertas fiestas. La Iglesia no ha hallado mejor expresión que ellas para recordar la Pasión de Jesucristo, por lo cual las reza en el Oficio de Semana Santa. Este sublime grito de dolor y arrepentimiento se prestaría maravillosamente, como los siete Salmos penitenciales, para manifestaciones públicas de contricción colectiva, como las que se hacían en tiempos de mayor fe, llorando los males de la Iglesia perseguida. Los grandes obispos San Ambrosio y San Carlos Borromeo promovían especialmente estos actos de penitencia pública que libraron así a los pueblos de grandes calamidades. 


Bienaventurado Anizan

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Bienaventurado Padre Anizan
PASION POR DIOS Y POR EL PUEBLO

Para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, el Padre Anizan pertenece históricamente al pasado. Un pasado, a caballo entre los siglos XIX y XX, que lo marcó sin por ello hacerlo prisionero de su tiempo.

Cierto es que no llegó a conocer el reino de la mundialización; pero asistió, conmocionado, al nacimiento doloroso de la clase obrera en los años de la industrialización.

Cierto es que no llegó a conocer ni el horror del Holocausto ni las angustias de Srebrenica o Ruanda; pero en cambio sí conoció el miedo y el lodo de las trincheras de Verdún.
Cierto es que no llegó a conocer una Iglesia minoritaria en medio de una sociedad en vías de secularización; pero sufrió en el seno de una Iglesia inquieta por la modernidad e inadaptada a las necesidades, tanto materiales como espirituales, de los suburbios obreros de París.
Cierto es que no llegó a conocer personalmente las fragilidades afectivas, psicológicas y morales de nuestro mundo en transformación; pero sufrió en carne propia el dolor de ser denunciado y desacreditado por sus propios hermanos de religión.



Una vida inestable, en difícil equilibrio sobre las fracturas del hombre, de la sociedad y de la Iglesia, que acabará sumergiéndolo en el más profundo desconcierto y le hará conocer su propio camino de Damasco. Incluso será condenado por Roma, acusado de querer abrazar demasiado estrechamente, y de forma equivocada como eclesiástico, ese mundo popular y obrero emergente. ¡Algo inaudito para este pastor que no tenía más que un deseo: vivir y trasmitir la Ternura de Dios en medio de las pobrezas y precariedades de su tiempo!
Jean-Yves Moy consigue hacernos revivir esta vida de cristiano ardiente; una vida no exenta de incertidumbre y de sobresaltos, de un ser afectado por los padecimientos de una profunda noche interior. Y así, a lo largo de estas páginas, poco a poco descubrimos que la agitada vida de este apóstol del pueblo hace de él un ser extraordinariamente cercano a los movimientos que marcan el alba del tercer milenio.

De este modo, quien fue acusado en su tiempo de “modernismo”, aparece ante nuestros ojos como asombrosamente moderno (en el sentido de “contemporáneo”) en su firme voluntad de propiciar el encuentro entre la Iglesia y los medios obreros y populares. Asombrosamente moderno porque conectado al walkman del Evangelio, donde confluyen la música de Dios y los gritos de los pobres. Asombrosamente moderno porque su trayectoria hubo de abrirse camino entre las sendas de una triple fidelidad: a Dios, al el pueblo y a la Iglesia. Fidelidad a menudo costosa, dolorosa a veces, pero siempre fecunda, puesto que lo llevará a fundar la Congregación de los Hijos de la Caridad y a colaborar en el nacimiento de las Auxiliadoras de la Caridad.

¡No, este hombre que ha pasado por nuestra historia, no es ni mucho menos un hombre del pasado! Su testimonio y sus intuiciones apostólicas y espirituales concuerdan plenamente con este naciente siglo XXI...

Cuando hay por doquier pobres que creen que Dios les ha abandonado... Cuando centenares de hombres y mujeres (¡más de un millar en México D.F!) desembarcan diariamente en las periferias de las grandes ciudades, huyendo de tierras ingratas... Cuando decenas de nacionalidades se cruzan en extrarradios mestizos... Cuando trabajadores o desempleados desean una Iglesia y un Dios más cercanos... Cuando jóvenes y adultos comprometidos por la justicia, aspiran a una vida mística arraigada en lo cotidiano de su existencia...

Frente a todas esas realidades una misma voz resuena y un mismo camino se abre, el que en su día proclamó el Padre Anizan: “Si el mundo se salva, será por la caridad”.

El autor de esta pequeña biografía conoce mejor que nadie la trayectoria de este hombre, al que incluso le ha consagrado una tesis doctoral. Además, sabe conjugar el rigor de sus conocimientos históricos con una gran admiración por este religioso de corazón ardiente. Jean-Yves Moy es un guía seguro En sus manos les dejo para que les conduzca al encuentro de un auténtico apóstol y de un místico de nuestro tiempo.
Michel Retailleau,
Superior general de los Hijos de la Caridad,
30 de marzo del 2000.
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  La espiritualidad del P. Anizan

« La espiritualidad el fundador de una congregación religiosa es el fruto de una serie de experiencias a la vez humanas y religiosas, por las cuales el Espíritu Santo le ha enseñado y lo ha conducido a actualizar un aspecto del Evangelio, al servicio de la Iglesia y del mundo…

La primera experiencia decisiva para Anizan fue el descubrir al pueblo trabajador de las periferias y de los suburbios de Paris. Por entonces cuenta con 20 años de edad y acaba de entrar al seminario de Issy-les-Moulineaux… El pueblo de los trabajadores y de los pobres es uno de los lugares desde donde el Espíritu no cesara de dirigirse a Anizan…

…Es el mismo Espíritu quien llama a Anizan para evangelizar el pueblo y que le hace descubrir al mismo tiempo su pequeñez, su inutilidad ante Dios, a quien quiere servir. Hace nacer y crecer en Anizan una doble pasión: dedicarse a los trabajadores y ser todo entregado a Dios… En él nace la doble corriente de “la pasión de Dios” y “la pasión por el pueblo”, así como “la pasión por el ministerio del pueblo».

…El centro unificador de la espiritualidad de Anizan es la persona de Jesús, en quien la pasión de la evangelización de las muchedumbres y la pasión del Padre se unifican en un mismo amor de caridad… Si se le pide a Anizan en donde encuentra su espiritualidad, que también la nuestra, la respuesta es: “Nuestro primer libro de espiritualidad debe ser el Evangelio” Pero para Anizan, el Evangelio es una persona: Jesús…

… La espiritualidad de Anizan es actualizar para hoy el amor de Jesús evangelizando las muchedumbres pobres y trabajadoras de su tiempo… La pasión de Dios y la pasión del pueblo se unifican en la caridad de Jesús cuando se nos muestra especialmente como “hombre”

(Extractos de un artículo de André Rebre, Hijo de la Caridad, en la revista “Chantiers”  de los HC, No 95.– 1992)



Beato Clemente  Septyckyj

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Beato Clemente (Klymentij) Septyckyj
Vladimir, Rusia, la memoria de B. Clemente Šeptyckyj, sacerdote y mártir, prior del monasterio de la Universidad Universidad de la Ciudad, quien testificó en consonancia con su fe, mientras que en el poder eran los enemigos de Dios, lo que amerita a cruzar la puerta del paraíso.

San José Obrero 01052015

San José Obrero

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  San José  Obrero  
El día 1 de Mayo del año 1955, el Papa Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero. Una fiesta bien distinta que ha de celebrarse desde el punto de partida del amor a Dios y de ahí pasar a la vigilancia por la responsabilidad de todos y de cada uno al amplísimo y complejo mundo de la relación con el prójimo basada en el amor: desde el trabajador al empresario y del trabajo al capital, pasando por poner de relieve y bien manifiesta la dignidad del trabajo -don de Dios- y del trabajador -imagen de Dios-, los derechos a una vivienda digna, a formar familia, al salario justo para alimentarla y a la asistencia social para atenderla, al ocio y a practicar la religión que su conciencia le dicte; además, se recuerda la responsabilidad de los sindicatos para logro de mejoras sociales de los distintos grupos, habida cuenta de las exigencias del bien de toda la colectividad y se aviva también la responsabilidad política del gobernante.
Todo esto incluye ¡y mucho más! la doctrina social de la Iglesia porque se toca al hombre al que ella debe anunciar el Evangelio y llevarle la Salvación; así mantuvo siempre su voz la Iglesia y quien tenga voluntad y ojos limpios lo puede leer sin tapujos ni retoques en Rerum novarum, Mater et magistra, Populorum progressio, Laborem exercens, Solicitudo rei socialis, entre otros documentos. Dar doctrina, enseñar donde está la justicia y señalar los límites de la moral; recordar la prioridad del hombre sobre el trabajo, el derecho a un puesto en el tajo común, animar a la revisión de comportamientos abusivos y atentatorios contra la dignidad humana... es su cometido para bien de toda la humanidad; y son principios aplicables al campo y a la industria, al comercio y a la universidad, a la labor manual y a la alta investigación científica, es decir, a todo el variadísimo campo donde se desarrolle la actividad humana.
Nada más natural que fuera el titular de la nueva fiesta cristiana José, esposo de María y padre en funciones de Jesús, el trabajador que no lo tuvo nada fácil a pesar de la nobilísima misión recibida de Dios para la Salvación definitiva y completa de todo hombre; es uno más del pueblo, el trabajador nato que entendió de carencias, supo de estréchese en su familia y las llevó con dignidad, sufrió emigración forzada, conoció el cansancio del cuerpo por su esfuerzo, sacó adelante su responsabilidad familiar; es decir, vivió como vive cualquier trabajador y probablemente tuvo dificultades laborales mayores que muchos de ellos; se le conoce en su tiempo como José «el artesano» y a Jesús se le da el nombre descriptivo de «el hijo del artesano». Y, por si fuera poco, los designios de Dios cubrían todo su compromiso.
Fiesta sugiere honra a Dios, descanso y regocijo. Pues, ánimo. Honremos a Dios santificando el trabajo diario con el que nos ganamos el pan, descansemos hoy de la labor y disfrutemos la alegría que conlleva compartir lo nuestro con los demás.







Oremos

Dios nuestro, creador del universo, que has establecido que el hombre coopere con su trabajo al perfeccionamiento de tu obra, haz que, guiados por el ejemplo de San José y ayudados por sus plegarias, realicemos las tareas que nos asignas y alcancemos la recompensa que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.







Calendario de  Fiestas Marianas: Nuestra Señora de Reina de Mayo.



San José II

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San José Obrero  
La fiesta de San José, obrero, es una buena ocasión para pensar en nuestra obligación de continuar la obra de la creación y de realizarla bien. Es lo que diríamos la Obra Bien Hecha.   Después de cada día de la creación, dice el autor sagrado que Dios contemplaba lo que había creado y veía que era muy bueno, que era hermoso. El séptimo día Dios descansó y encomendó al hombre la tarea.   Dios creó las cosas llenas de virtualidades, de posibilidades de expansión.
Pero no quiso dejarlas terminadas, para que el hombre las acabase. Dios no tiene envidia del hombre, Prometeo no tuvo que robar el fuego, como dicen algunos que ignoran las Escrituras. Al contrario, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y lo llamó a continuar la creación.   En el texto sagrado dice Dios a los primeros padres: "Someted la tierra y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra". Dios se lo entrega todo para su alimento y su servicio.    Luego Dios encarga al hombre que ponga nombre a todas las criaturas, que se interpreta como un modo de tomar dominio sobre ellas.
De este modo Dios pide al hombre colaboración asidua y consciente en la creación.   Hay aquí una aplicación ascética muy clara. El hombre debe dominar las criaturas y no ser dominado por ellas. Siempre que el hombre se somete a las cosas y se hace esclavo de ellas, ya no es el rey de la creación, se aparta del plan de Dios. Pero hay que poner mucha atención.
Dios pide al hombre que domine y someta a las criaturas, pero no a otros hombres.    Todo hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. Cuando un hombre somete o esclaviza a otro hombre, también se opone al plan de Dios. San José, obrero, nos recuerda, sin distinción, la dignidad de todo el que colabora en la obra de la creación.
"Trabajar con amor es tejer la tela con hilos de vuestro corazón, como si el ser amado fuera a usar esa prenda de vestir. Es arrojar semillas de ternura, y cosechar con alegría, como si el ser amado fuera a comer ese fruto. Es impregnarlo todo de amor" (K. Gibrán).    La fiesta de hoy nos señala a todos a San José, obrero. ¡La Obra Bien Hecha! Realizaría tareas sencillas, pero pondría toda su alma en hacer las cosas bien. No haría cosas extraordinarias, pero lo ordinario lo haría extraordinariamente...