miércoles, 9 de marzo de 2016

Santa Francisca Romana, viuda y fundadora - Santos Cuarenta soldados de Capadocia, mártires (9 de marzo)

Santa Francisca Romana, viuda y fundadora

fecha: 9 de marzo
n.: 1384 - †: 1440 - país: Italia
otras formas del nombre: Coecolella
canonización: 
C: Pablo V 29 may 1608
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Santa Francisca, religiosa, que, casada aún adolescente, vivió cuarenta años en matrimonio y fue excelente esposa y madre de familia, admirable por su piedad, humildad y paciencia. En tiempos calamitosos distribuyó sus bienes entre los pobres, asistió a los atribulados y, al quedar viuda, se retiró a vivir entre las oblatas que ella había reunido bajo la Regla de san Benito, en Roma.
patronazgo: patrona de Roma, de las mujeres y de los automovilistas.
oración:
Oh Dios, que nos diste en santa Francisca Romana modelo singular de vida matrimonial y monástica, concédenos vivir en tu servicio con tal perseverancia, que podamos descubrirte y seguirte en todas las circunstancias de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Santa Francisca Romana, famosa en todo el mundo, poseía en grado extraordinario el don de ganarse el amor y la admiración de cuantos la trataban. Su encanto no terminó con su muerte, pues innumerables peregrinos acuden todavía a su tumba, en Santa María Nuova. Durante la octava y la fiesta de la santa, la multitud se apiña para visitar la «Tor de Specchi» y la «Casa degli Escercizi Pii» (antiguo palacio Ponziano), cuyas puertas se abren al público, en esa ocasión, para mostrar todas las reliquias de la santa. Francisca nació en Roma, en el barrio de Transtévere, en 1384, precisamente cuando comenzaba el cisma de Occidente, que había de afligir tanto a la santa y resultar tan catastrófico para su familia. Francisca no vivió lo suficiente para ver restablecida la armonía. Su padres, Pablo Busso y Jacobella dei Roffredeschi, eran nobles acaudalados y la niña vivió en medio del lujo, pero recibió una educación muy cristiana. Francisca, que era muy precoz, pidió a sus padres permiso de ingresar en el convento a los doce años, pero recibió una rotunda negativa. En efecto, sus padres, que eran excelentes cristianos y la querían mucho, tenían planes muy diferentes para ella. Al año siguiente, anunciaron a su hija que habían determinado prometerla en matrimonio al joven Lorenzo Ponziano, cuya posición, carácter y riqueza le hacían un excelente partido. Francisca cedió al cabo de algún tiempo y el matrimonio se celebró cuando la joven tenía apenas trece años. Al principio, la santa encontró muy difícil de sobrellevar su nuevo estado; se esforzaba en vano por agradar a su marido y a los padres de éste. Vanozza, la esposa del hermano mayor de Lorenzo, sorprendió un día a Francisca llorando y ambas se hicieron confidencias; la santa le confesó que habría querido ser religiosa y descubrió que su cuñada habría preferido también una vida de retiro y oración. Tal fue el principio de una amistad que duró toda la vida. Las dos jóvenes empezaron a practicar la virtud, bajo una regla común. Modestamente vestidas, iban a visitar a los pobres de Roma y hacían cuanto podían por ellos. Sus esposos, que las amaban tiernamente, no opusieron objeción alguna a sus austeridades y obras de caridad.
Una grave y misteriosa enfermedad que afectó a Francisca interrumpió esa forma de vida durante algún tiempo y sus parientes recurrieron a la magia para tratar de curarla, sin conseguirlo. Se cuenta que entonces san Alejo se apareció a la santa y le preguntó si estaba dispuesta a morir o si prefería sanar. Francisca replicó que su único deseo era que se hiciese la voluntad de Dios. Entonces le dijo San Alejo que la voluntad de Dios era que sanase y trabajase por Su gloria. Acto seguido, el santo tendió su capa sobre Francisca y desapareció. La enfermedad desapareció también instantáneamente. Francisca y su cuñada reanudaron, con mayor fervor que antes, su vida de austeridad. Iban diariamente al hospital del Espíritu Santo de Sassia para asistir a los pacientes, particularmente a los que sufrían de las enfermedades más repugnantes. Doña Cecilia, su suegra, temiendo que se contagiara, y que su ausencia de las fiestas y banquetes fuese mal interpretada por la sociedad, aconsejó a sus hijos que las obligasen a cambiar de vida, pero éstos se negaron a intervenir. En 1400, Francisca tuvo un hijo y durante algún tiempo se vio obligada a modificar su tren de vida para atender al pequeño Juan Bautista. Al año siguiente, murió Doña Cecilia y el suegro de Francisca le rogó que tomase la dirección de la casa. En vano alegó Francisca que Vanozza era la esposa del hermano mayor; Don Andrés y Vanozza dijeron que ella tenía mayores aptitudes y Francisca no tuvo más remedio que aceptar. La santa se desenvolvió con gran gracia y habilidad en su nueva posición; trataba a sus criados como hermanos y les exhortaba a mirar por su salvación. En los cuarenta años que Francisca vivió con su esposo, no hubo entre ellos la menor discusión. Si su marido la llamaba cuando estaba haciendo oración, Francisca acudía al punto, ya que, como acostumbraba decir, «es magnífica la devoción en una mujer casada, con tal de que no olvide nunca que su principal deber es ser ama de casa; muchas veces tendrá que abandonar a Dios en el altar para encontrarle en el trabajo casero». Sus biógrafos cuentan que en cierta ocasión en que se hallaba recitando el oficio de Nuestra Señora, un paje fue a anunciarle: «Señora, mi amo me manda llamaros». La santa dejó al punto el libro y acudió al lado de su esposo. La interrupción se repitió otras tres veces; pero, cuando Francisca abrió por quinta vez el libro del oficio, encontró la antífona escrita en letras de oro. Además de Juan Bautista, Francisca tuvo otros dos hijos: Juan Evangelista e Inés. La santa no quiso abandonar a terceras manos el cuidado de su educación durante la infancia.
Francisca, como tantas otras almas verdaderamente interiores, se vio atacada de violentas tentaciones, que consistían principalmente en imágenes muy atractivas o muy repulsivas, y en algunos casos, llegaron a ser casi ataques físicos del demonio. Durante algunos años, reinó en su familia la mayor prosperidad. Los primeros síntomas de la mala época fueron el hambre y la peste, provocados sobre todo por las guerras civiles en que se hallaba envuelta Italia. Las gentes morían en las calles y la plaga diezmó a Roma. Francisca hizo cuanto pudo por asistir a los enfermos que encontraba a su paso, siempre ayudada por Vanozza. Al fin, se agotaron las provisiones de Palazzo Ponziani y las dos santas mujeres tuvieron que pedir limosna, de puerta en puerta, para los pobres, a pesar de los insultos y malas caras. En esos días aciagos, Francisca obtuvo de su suegro el permiso de vender sus joyas y, de allí en adelante suprimió todos los adornos en su vestimenta.
En 1408, las tropas de Ladislao de Nápoles, aliado del antipapa, habían tomado Roma. El gobierno de la ciudad había sido confiado al conde Troja, un terrateniente. La familia Ponziani había apoyado siempre al papa legítimo. En uno de los frecuentes combates, Lorenzo fue apuñalado, pero sanó gracias a los cuidados que le prodigó su santa esposa. El conde Troja decidió abandonar la ciudad, después de haberse vengado de los principales partidarios del papa, entre los que se contaban los Ponziani. El conde mandó arrestar a Paluzzo, el esposo de Vanozza y tomar como rehén al pequeño Juan Bautista. Felizmente, el niño fue puesto en libertad de un modo aparentemente milagroso, mientras su madre hacía oración en la iglesia de Ara Coeli. En 1410, cuando los cardenales se reunieron en cónclave en Bolonia, Ladislao tomó nuevamente la ciudad de Roma. Lorenzo Ponziani, cuya vida corría peligro, pues era uno de los jefes del partido papal, logró escapar; pero su familia no pudo seguirlo. Su palacio fue saqueado y las tropas se llevaron prisionero a Juan Bautista. Más tarde le dejaron en libertad y el joven pudo ir a reunirse con su padre. Las posesiones de la familia en Campanía fueron destruidas, las fincas fueron asoladas e incendiadas; los agricultores asesinados y los rebaños diezmados. Francisca habitaba en un rincón de su arruinado palacio, con Juan Evangelista, Inés y Vanozza, cuyo marido seguía preso. Las dos mujeres se consagraron al cuidado de los niños y a asistir a los pobres y enfermos, en cuanto era posible en aquellas difíciles circunstancias. Juan Evangelista murió tres años después, durante otra epidemia. Entonces Francisca convirtió una parte de su casa en hospital y Dios premió sus oraciones y trabajos, concediéndole el don de sanar a los enfermos.
Un día en que Francisca oraba, transcurrido un año desde la muerte de Juan Evangelista, el cuarto se llenó de luz y el joven se apareció a su madre, acompañado por un arcángel. Le habló de la felicidad de que gozaba en el cielo y le anunció la próxima muerte de Inés. Para consolar a su madre, Juan Evangelista le prometió que el arcángel guiaría en adelante sus pasos; así aconteció durante veintitrés años, al cabo de los cuales, un arcángel de dignidad aún más elevada, reemplazó al primero. La salud de Inés empezó pronto a debilitarse y la joven murió a los dieciséis años de edad. A partir de ese instante, según lo había predicho Juan Evangelista, santa Francisca vio al arcángel en forma de un niño de ocho años a su lado, aunque era invisible a los ojos de los demás. Sólo cuando la santa caía en alguna falta, desaparecía el arcángel, pero volvía lan pronto como Francisca se arrepentía y se confesaba. Debilitada por tantas adversidades, Francisca fue víctima de la epidemia. Cuando los médicos desesperaban ya de salvarla, la enfermedad desapareció súbitamente y la santa empezó a recuperar las fuerzas. Por aquella época, tuvo una visión tan terrible del infierno, que no podía hablar de ella, sin que se le saltasen las lágrimas. Tras de muchas dilaciones, el papa Juan XXII convocó el Concilio de Constanza, destinado a acabar con el cisma de Occidente. En el mismo año de 1414, los Ponziani volvieron del destierro y recobraron sus propiedades. Lorenzo estaba muy débil y vivía muy retirado de los asuntos mundanos, asistido tiernamente por su fiel esposa. Su gran deseo era casar a su hijo Juan Bautista antes de morir y había elegido para él a una hermosa muchacha, llamada Mobilia que resultó de carácter muy irascible y violento.
Mobilia concibió un gran desprecio por santa Francisca, quejándose de ella ante su esposo y su suegro y ridiculizándola en público. En cierta ocasión en que estaba hablando mal de la santa, le sobrevino una grave enfermedad, pero su suegra la asistió con gran cariño; esto cambió el corazón de Mobilia y en adelante, las dos mujeres vivieron en estrecha intimidad. Ya para entonces, la fama de los milagros y virtudes de santa Francisca se había divulgado en Roma y de todas partes la llamaban para que curase a los enfermos y arreglase las disputas. Lorenzo, cuyo respeto y amor por su mujer crecieron con el tiempo, se mostró dispuesto a libertarla de todas las obligaciones matrimoniales, a condición de que siguiera viviendo en su casa. Así, pudo la santa llevar a cabo el proyecto, concebido desde largo tiempo atrás, de formar una congregación de mujeres que vivieran en el mundo, sin más votos que la obligación de consagrarse interiormente a Dios y al servicio de los pobres. El confesor de la santa, Don Antonio, aprobó los planes y obtuvo la afiliación de la congregación a la orden de las benedictinas del Monte Oliveto, a la que él mismo pertenecía. El pueblo cambió el nombre original de Oblatas de María por el de Oblatas de Tor de Specchi. Cuando la congregación llevaba ya siete años de fundada, se juzgó conveniente comprar para la comunidad el edificio conocido con el nombre de Tor de Specchi. Santa Francisca pasaba allí todo el tiempo que le dejaban libre sus obligaciones caseras y compartía la vida y las obligaciones de sus oblatas. Jamás permitió que la llamasen fundadora de la congregación, e insistía en que todas obedeciesen a Inés de Lelis, que había sido elegida superiora. Tres años después, murió Lorenzo y fue sepultado junto con sus hijos, Juan Evangelista e Inés. Santa Francisca anunció su intención de retirarse a Tor de Specchi y el día de San Benito suplicó humildemente ser admitida en la congregación, donde se la recibió con gran júbilo. Inés de Lelis insistió en su deseo de renunciar al cargo de superiora y Santa Francisca no tuvo más remedio que aceptar.
De ahí en adelante, su vida estuvo más unida que nunca a Dios. Lo que la santa ya no podía aumentar eran sus austeridades, porque desde hacía largo tiempo no vivía sino de pan, agua y un poco de verduras, sumando a los ayunos, crueles disciplinas con agudos cilicios de metal. Sus visiones y éxtasis empezaron a multiplicarse y pasaba con frecuencia la noche entera en oración. En la primavera de 1440, aunque se sentía muy mal, insistió una noche en ir a visitar a Juan Bautista y Mobilia. En el camino encontró a su director espiritual, Juan Matteotti, quien, al verla tan enferma, le ordenó que volviese inmediatamente a casa de su hijo. La agonía duró una semana. Al atardecer del 9 de marzo, su rostro empezó a brillar con una luz extraña y la santa pronunció sus últimas palabras: «El ángel ha terminado su tarea y me manda que le siga». En cuanto corrió la noticia de su muerte, el palacio Ponziani se vio invadido por una muchedumbre que iba a llorar a la difunta y llevaba a los enfermos para que los curase. El cuerpo de Francisca fue transladado a Santa María Nuova, donde la muchedumbre aumentó más todavía, pues se había divulgado la noticia de nuevos milagros. Santa Francisca fue enterrada en la capilla de dicha iglesia, reservada a las oblatas. En la actualidad, las oblatas continúan en Tor de Specchi su trabajo educacional; su hábito sigue siendo el vestido de las mujeres nobles de la época. Santa Francisca Romana fue canonizada en 1608 y la iglesia de Santa María Nuova se conoce con el nombre de la santa.
La más importante de las fuentes sobre santa Francisca Romana es la colección de sus visiones, milagros y detalles biográficos que compiló en italiano el P. Matteotti. El mismo autor tradujo en latín su obra, con algunos cambios. El P. Matteoti había sido el confesor de santa Francisca durante los últimos diez años de su vida, pero no existe ninguna prueba de que la hubiese conocido desde antes. La biografía publicada en el siglo XVII por María Magdalena Anguillaria, superiora de Tor de Specchi, añade pocos detalles a la obra del P. Matteotti fuera tal vez de algunos hechos consignados en el proceso de canonización; En el oficio de lecturas de la memoria de la santa puede leerse una semblanza sobre la paciencia y caridad de la santa, tomada de esa vida. En Acta Sanctorum, marzo, vol. II, se hallará una traducción latina de todos estos documentos. El texto italiano de Matteotti fue publicado por Armellini; pero cf. M. Peláoz, en Archivio Soc. Romana di Storia patria, vols. XIV y XV (1891-1892). El cuadro, de Nicolás Poussin (1660), ilustra una de las visiones de la santa.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=821






Santos Cuarenta soldados de Capadocia, mártires

fecha: 9 de marzo
fecha en el calendario anterior: 10 de marzo
†: 320 - país: Turquía
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

En Sebaste, en la antigua Armenia, pasión de los cuarenta santos soldados de Capadocia, que en tiempo del emperador Licinio se mostraron compañeros, no por razón de sangre sino por la fe común y la obediencia a la voluntad del Padre celestial. Tras cárceles y crueles tormentos, como el de tener que pernoctar desnudos al aire libre sobre un estanque helado en el más frío invierno, consumaron el martirio con el quebrantamiento de sus piernas.
El emperador Licinio, que durante algún tiempo había tolerado a los cristianos, cambió de política después de su rompimiento con su cuñado Constantino y empezó a perseguir a la Iglesia. En Capadocia se publicó un decreto que condenaba a muerte a todos los cristianos que no abandonasen su religión. Cuando el gobernador de Capadocia y de Armenia Menor hizo leer el decreto al ejército, cuarenta soldados de diferentes nacionalidades, estacionados en Sebaste (actualmente Silvas, en Turquía), se negaron a ofrecer sacrificios a los ídolos. Según parece, los cuarenta pertenecían a la famosa «Legión del Trueno». Llevados ante el juez de Sebaste, declararon que eran cristianos y que todos los tormentos del mundo no conseguirían apartarles de su religión. El gobernador intentó al principio hacerles entrar en razón, hablándoles del peligro a que se exponían si se negaban a obedecer al decreto del emperador y prometiéndoles un glorioso porvenir, si cedían. Como los mártires permaneciesen inconmovibles, el juez mandó que les dieran tortura y les arrojaran después a un calabozo. Ahí entonaron todos al unísono el salmo 91(90): «El que habita al amparo del Altísimo, que vive a la sombra del Omnipotente, dice al Señor: "Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti."» (vv 1-2) La respuesta divina no se hizo esperar, pues el mismo Cristo se les apareció y les alentó a perseverar en la fe.
El gobernador, furioso ante la obstinación de los mártires, les sometió a un suplicio que él mismo había inventado. Como se sabe, en Armenia hace mucho frío, sobre todo durante el mes de marzo, época de los vientos del norte. Junto a las murallas de la ciudad había un lago helado. El gobernador Agricolao mandó que llevasen allí a los mártires, desnudos y que preparasen junto al lago un baño tibio para los que cedieran. Sin esperar a que les despojaran de sus ropas, los mártires se desnudaron espontáneamente, animándose unos a otros con la idea de que una mala noche les iba a merecer la felicidad eterna. Al mismo tiempo repitieron juntos la siguiente oración: «Señor, Tú ves que somos cuarenta los que vamos al martirio; haz que los cuarenta obtengamos la corona y que ninguno de nosotros rompa este número sagrado». Los guardias les repetían constantemente que, si estaban dispuestos a sacrificar a los dioses, serían inmediatamente conducidos al baño tibio junto al fuego. Pero todo fue en vano. San Gregorio de Nisa asegura que los mártires agonizaron durante tres días y tres noches.
Sólo uno de los cuarenta renegó de la fe; pero la reacción que le produjo el agua caliente después del intenso frío le costó la vida y de esta suerte, perdió el bien que había tratado de salvar y la corona a la que había renunciado. Su defección afligió mucho a los otros, pero el cielo les consoló reemplazando milagrosamente al apóstata: en efecto, uno de los guardias, que estaba de descanso, se quedó dormido junto al fuego y tuvo un sueño muy extraño. Le pareció que estaba junto al lago, cuando súbitamente el cielo se pobló de ángeles, los cuales descendieron sobre los mártires, les vistieron de túnicas blancas y les coronaron. El soldado descubrió que sólo había treinta y nueve coronas. Aquel sueño y la deserción del apóstata le convirtieron instantáneamente. Por inspiración divina, se desvistió y fue a reunirse con los mártires, proclamándose cristiano en voz alta. Su martirio fue lo que se llama «bautismo de sangre», y con él ganó la corona destinada al desertor. Dios había escuchado la oración de los soldados y había respondido a ella de esa manera inesperada.
A la mañana siguiente, casi todas las víctimas habían muerto. Entre los pocos que quedaban con vida se hallaba el más joven de todos, llamado Melitón. Agricolao mandó a los soldados que quebrasen las piernas a los supervivientes y les arrojasen a un horno ardiente. Los mártires cantaron con voz apagada: «Nuestra alma ha escapado del lazo del cazador» (Sal 124). Los verdugos dejaron a Melitón para el fin, pues tenían compasión de su juventud y esperaban que renegaría al verse solo; pero su madre, que era una viuda pobre, reprochó a los verdugos su falsa compasión. Cuando se acercó a su hijo, éste la miró tristemente y trató de sonreírle, pero apenas consiguió mover ligeramente la mano para mostrarle que la reconocía. Fortalecida por el Espíritu Santo, la madre le animó a perseverar hasta el fin y ella misma le colocó sobre el carro destinado a las víctimas. Los cuerpos de los mártires fueron quemados y sus cenizas arrojadas al río; pero los cristianos lograron rescatar furtivamente algunas reliquias, o pagaron por ellas a los soldados. Una parte de esas reliquias quedó en Cesarea. San Basilio decía, refiriéndose a ellas: «Son como las murallas que nos defienden del enemigo». Y añadía que todos los cristianos imploraban el auxilio de los mártires, quienes levantaban a los caídos, fortalecían a los débiles y aumentaban el fervor de los santos.
San Basilio el viejo y santa Emelia, los padres de los santos Basilio Magno, Gregorio de Nisa, Pedro de Sebaste y Macrina, obtuvieron una parte de las reliquias y santa Emelia regaló algunas a la iglesia que construyó en las cercanías de Anesis. El entusiasmo con que el pueblo las recibió fue extraordinario y san Gregorio cuenta que obraron muchos milagros. El mismo santo añade: «Yo sepulté a mis padres cerca de las reliquias de los mártires, a fin de que resuciten el día del juicio con aquellos que les alentaron en la fe, pues estoy convencido de que Dios les ha concedido un gran poder del que he visto pruebas indudables y oído testimonios contundentes». San Gaudencio, obispo de Brescia, escribe en uno de sus sermones sobre los mártires: «Dios me concedió una parte de sus sagradas reliquias y me permitió construir una iglesia en su honor». El mismo santo añade que las dos sobrinas de san Basilio le habían regalado las reliquias, a su paso por Cesarea camino de Jerusalén, y que a ella se las había regalado su tío. Procopio y Sozomeno cuentan que otra parte de las reliquias se hallaba en Constantinopla.
Tal vez el hecho más notable relacionado con la memoria de esos campeones de la fe es el de la preservación del documento conocido con el nombre de «Testamento de los cuarenta santos mártires de Cristo». El texto griego fue publicado hace más de dos siglos, pero hasta muy recientemente no se reconoció su autenticidad. Se trata de una reliquia única y perfectamente genuina de la época de las persecuciones. Aunque resulta imposible citar todo el documento, no estará de más dar aquí el resumen hecho por el P. H. Delehaye:
Melecio, Aedo y Eutiquio, «prisioneros de Cristo», saludan a los obispos, presbíteros, diáconos, confesores y clérigos de todo el mundo cristiano y les participan su última voluntad sobre sus restos mortales, después de su martirio. Desean que todas las reliquias sean entregadas al sacerdote Proido y algunos otros para que las depositen juntas en Sareim, cerca de Zela. Este exordio se debe a la pluma de Melecio, quien escribe en nombre de todos.
En seguida Aedo y Eutiquio, hablando por sus compañeros, ruegan a las familias de los mártires que no lamenten demasiado su muerte y que cumplan fielmente sus disposiciones acerca de las reliquias. Que nadie guarde un solo fragmento de los restos de los mártires, sino que los entreguen todos a las personas designadas. Los mártires esperan que aquellos que desobedezcan no obtendrán ningún favor del cielo por su intercesión.
Después, los mártires manifiestan su preocupación por uno de ellos, llamado Eunoico, a quien los perseguidores excluirían tal vez del martirio, por ser muy joven. Si Eunoico muere con ellos, que sea sepultado con ellos. Si los perseguidores le perdonan, que permanezca fiel a la ley de Cristo para que el día de la resurrección participe de la gloria de aquellos, cuyas penas compartió.
Aquí, según parece, Melecio toma de nuevo la pluma. Dirigiéndose a sus hermanos, Crispino y Gordión, los exhorta a guardarse de los placeres del mundo y a ser perfectamente fieles a los preceptos del Señor. También manifiesta su deseo de que todos los fieles tomen esas exhortaciones como si les fueran dirigidas personalmente.
En seguida viene una lista de saludos: «Saludamos al sacerdote Felipe, a Procliano y Diógenes y a toda la iglesia. Saludamos a Procliano de Pídela, a toda su iglesia y a todos los suyos. Saludamos a Máximo y su iglesia, a Magno y su iglesia, a Domno y su iglesia, a Iles nuestro padre, y a Valente y su iglesia». Nuevamente interviene Melecio: «Y yo, Melecio, saludo a mis parientes Lutanio, Crispino y Gordión, etc.» Siguen otros saludos, generales y particulares. El documento termina así: «Nosotros, los cuarenta prisioneros de Cristo, firmamos por mano de Melecio, quien forma parte del grupo. Después de escrito, confirmamos todos el documento y mostramos nuestro acuerdo».
Es muy poco probable que los cuarenta mártires hubiesen podido escribir por sí mismos; por ello Melecio se encargó de firmar por todos. Hay que hacer notar que los nombres de las «Actas» coinciden exactamente con los del «Testamento», lo cual induce a creer que las actas tienen un fundamento histórico, fuera de algunos detalles, como el de que las piedras lanzadas contra los mártires se tornaron contra los que las arrojaban y el de que las reliquias fueron recuperadas del mar.
La "passio" griega, que parece ser la fuente en la que se basan todas las versiones de las actas, fue publicada por primera vez por R. Abicht en Archiv für Slavische Philologie (vol. XVIII, p. 144 ss). La mejor edición actual es la de O. von Gebhardt, en Acta Martyrum Selecta, pp. 166-181, donde también se encuentra el Testamento. Las versiones latina, armenia y eslava carecen de importancia. En cambio los panegíricos de San Basilio, San Gregorio de Nissa, San Efrén, San Juan Crisóstomo y San Gaudencio de Brescia tienen cierta importancia, porque demuestran la veneración que se tenía a los mártires a fines del siglo IV. Acerca de esas homilías, ver Delehaye, Les Passions des Martyrs, pp. 184-235. Existen ciertas contradicciones entre los datos de la "passio" y los de los panegíricos, sobre todo acerca del sitio del martirio, pues es difícil determinar si el lago helado se hallaba dentro o fuera de las murallas. Sobre este punto ver Pió Franchi de Cavalieri, en Studi e Testi, n. 22, fase. 3, pp. 64-70; y Delehaye, en American Catholic Quarterly Review, 1899, pp. 161-171. Cf. también Bonwetsch, Studien zur Geschichte d. Theologie, vol. I, pte. I, pp. 71-95; y BHG., nn. 1201-1208.
Nota: Aunque Thurston, autor de esta hagiografía, menciona sólo algunos de los nombres, esta es la lista de los 40, tal como ha sido transmitida en las Actas y el Testamento, aunque hay algunas variantes según las regiones de donde proceden los documentos: Kyrion, Candidus, Domnus, Hesykhios, Heraklios, Smaragdes, Eunoikos, Valentus, Bibianus, Claudius, Priscus, Theodoulos, Eutychios, Johannes, Xanthios, Ilianus, Sisinios, Angus, Flavian, Aetius, Akakios, Ekdikios (Hecditus), Lysimachos, Alexander, Ilias, Gorgonios, Theophilos, Dometian, Caius, Leontius, Athanasias, Cyrill, Sacerdonus, Nikolaus, Valerius, Philoktimos, Severian, Khudion, Meliton y Aglaios.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=822

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