viernes, 20 de mayo de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” ( SE SALVAN TODOS LOS QUE QUIEREN, PERO HAY PELIGRO DE EXTRAVÍO) (HN-18)

SE SALVAN TODOS LOS QUE QUIEREN, PERO HAY PELIGRO DE EXTRAVÍO   (HN-18)

Ya sabemos que nuestra meta como cristianos es ser Hombres: hombres progresivamente divinizados por el Amor; hombres en los que se nos va derramando Dios, madurándonos con Cristo (Dios en el Hombre). Por tanto, y poniéndonos en uno u otro de dos extremos máximos posibles, o hablamos de una religión dinámica que nos lleve incluso a superarla y hasta admitir abandonarla por amor –lo que equivaldría sorprendentemente a una máxima religación con Dios–, o, al contrario, hablamos de quedarnos fijos en una religión de rutinas. Y en este caso, por inmovilismo, dejaremos de ser verdaderos cristianos. Por tanto, miremos con amor a nuestra religión actual y tratemos de lavarla de todo pecado –lavémosla del resultado de tanta ignorancia e incluso malicia humana–; o sea, procuremos quedarnos sólo con aquello que la hace esperanza y alegría: solo con el Amor que la empuja por dentro. Y para ello, volvamos a la ya comentada pregunta de S. Lucas: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (Lc. 13, 23). [La pregunta se la hacen los discípulos de Jesús que todavía son judíos, aunque ya les vaya creciendo por dentro el cristianismo. Lo mismo que nos pasa con el cristianismo actual; pues todavía no nos ha dado frutos suficientes, y por eso seguimos con la tentación de hacer fines en sí mismos al saber teológico y a la religión.]   Y escuchada la pregunta de los discípulos, el cogollo de Jesús les respondió: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Dios en Jesús (o sea Cristo), sin más, va y cambia el verbo por: “esforzaos”. O sea que el sujeto de salvación eres tú, y por tanto no debes preguntar si son muchos o pocos los que se salvan; porque se salvan todos los que quieren de verdad salvarse. Cada uno debemos preguntarnos: ¿Quiero yo salvarme? ¿Sí? Pues entonces me salvo. ¿Y si se quieren salvar todos?, pues se salvan todos; porque quién tiene la respuesta básica, fruto de la libertad que se nos ha dado para caminar, somos nosotros y no Dios. Sin olvidar que, antes de nuestra respuesta a cada circunstancia personal y desde el cogollo de esta, Dios siempre nos pregunta: ¿quieres que esta circunstancia sirva para salvarte?  Y Jesús –Cristo en Jesús–, que lo sabe muy bien y no dice nada de porcentajes de salvados, nos orienta a esforzarnos a través de la puerta estrecha. ¿Y cuál es la puerta estrecha? La misma vida del Jesús que nos interpela; pues nos dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6). Y en cuanto a pasar por la puerta: “... os digo, que muchos pretenderán entrar y no podrán” (Lc.13, 24). Los que lleguen a la meta serán los que se esfuercen por “ser” como Jesús, y los que no lleguen –los que tienen ese riesgo de perderse– serán los que se queden en el saber y en los detalles del comportarse. Y entre estos últimos puede haber hasta santos insoportables –como los fariseos– que se queden, que corran el riesgo de no llegar a la meta. Fijémonos que Jesús tampoco dice esforzaos en ser cristianos, o sintoístas... no, Cristo solo dice: trabajad vuestro “ser”, desde la religión que tengáis. También San Lucas, un poco más adelante y en el verso 25, dice: Una vez que el amo de la casa se levante y cierre la puerta –expresión típica del Apocalipsis–, los que lleguen después dirán: “Señor, ábrenos”. Y él responderá: “No sé quiénes sois...”. Aquí el sujeto son los que escuchan y le piden, pero después de haber llegado tarde. A estos les dice: ¿Quiénes sois, que no os conozco? Esta forma de presentación es muy oriental, pero la podemos entender porque su mensaje es típicamente cristiano. En efecto, los que se salvan son los que se quieren salvar, pero hay que tener mucho cuidado con esto de querer salvarse; porque hay quienes pueden estar pensando que se están salvando y no ser así. A estos hay que avisarles, y para eso están los cristianos: para avisarles con su conducta, para despertarles y que no vayan a llegar tarde; para que no se extravíen.  Sobre estos que creen ir por caminos de salvación sin que sea así, Jesús no dice que se vayan a perder sino algo muy diferente: hay que despertarles. Jesús no dice, ni mucho menos, que haya quienes se condenen, pero sí dice que hay quienes se pueden extraviar; a los que hay que espabilar. O sea, se salvan todos los que quieren, pero hay peligro de extravío. Y los extraviados, cuando lleguen y se les diga que no son reconocidos, dirán muy seguros: ¿Pero cómo puede ser eso, si hemos ido a misa todos los domingos, hemos comido y bebido con él y hemos recibido sus enseñanzas...? ¡Muy del tiempo judaico!  Aquellos cristianos que hagan de la Eucaristía –que es lo más sagrado del comer y el beber– una parte de su cumplimiento rutinario como meta, estos no entrarán como toca. Ya que, ante la respuesta zarandeante del “no sé quienes sois...”, es como si Dios les quisiera decir: se salvan todos los que quieren salvarse, pero “estos” tienen  el riesgo de no alcanzar la salvación como toca [ya sea por estar convencidos y orondos de salvarse por el solo hecho de haber comido y bebido con el Señor y de haber escuchado su palabra, ya sea por haber cumplido rigurosamente la doctrina teológica sin más aspiraciones]. Es decir, los que quieren tienen un riesgo de no conseguir la salvación “como toca”; y esto por olvidar que “salvarse es volar/convertirse amando”. En resumen, se extravían los que se dejan llevar por la religión sin trascenderla, sin convertirse: o sea, los que toman la puerta grande de la religión y no la estrecha

Sobre esto Cristo nos alerta, cuando dice: “Vendrán gentes de Oriente y Occidente, y os pasarán por delante en el Reino de los Cielos” (Lc. 13, 29). Cristo aquí es tajante: os pasarán por delante los extranjeros de Oriente y Occidente (aunque sean prostitutas, publicanos y…), caso que tengan buena intención y entren por la puerta estrecha. Pensemos que para algunas de estas gentes la puerta estrecha les supone: un temblor de conciencia, al tener que convivir con creencias distintas; una angustia por inseguridad y el malestar derivado de las nuevas costumbres…, además de la ignorancia inquietante ante posibles compromisos posteriores derivados de la nueva vida.

La religión de la puerta estrecha es: ese algo que nos empuja, pero a la vez deja que seamos nosotros quienes tengamos que abrir el camino; quienes debamos abrir la brecha, pisando fuerte sobre nuestras  circunstancias. Esta es la religión de la puerta estrecha, y por esta pasan solo los que quieren. En contraste, los de la puerta ancha son: los que no quieren pasar por la estrecha y encima reclaman muy seguros que se les abra esta; con el argumento de haber comido y bebido según los mandamientos de una religión. Por tanto, una religión puede ser peligrosísima si por un simple hecho –como el de haber acudido a sus ritos y cumplido sus mandamientos– puede afirmarnos que ya estamos  salvados. 
Pero Jesús dice justamente lo contrario: estos cumplidores-rutinarios que dicen eso son los que no entran, porque se han hecho una puerta ancha a su medida y no quieren esforzarse en pasar por la estrecha.

Nuestra puerta estrecha es: nuestro esfuerzo por vivir con alegría cada uno de los momentos propios, manteniendo constantemente la esperanza...  aunque esto pueda tener mucha dificultad. El cristiano de verdad es el que aunque haya un vendaval de guerra, un desastre ecológico o cualquier otra cosa, mantiene siempre encendida su esperanza y tiene palabras de optimismo que transmitir. Esto  es ser cristiano, y serlo no es fácil… pues las puertas se estrechan; y pueden ser tan estrechas como el ojo de la aguja del que habla Jesús: sí, es muy difícil que pase un camello por el ojo de una aguja, pero el cristiano que se empeñe puede y debe pasar por cada puerta estrecha.

Como podrán apreciar, en este curso -donde pretendemos profundizar en el hombre nuevo- se está acudiendo mucho a citas del Evangelio; porque lo que se está diciendo pretende ser no solo novedoso sino también “buena noticia”. El cristianismo, intoxicado por religiones de la tierra, ha llegado a perder de vista su propia novedad; y por esto olvida que la religión tomada como meta no salva a nadie. ¡Fíjense, lo que se acaba de decir! Siendo verdad que a los lectores actuales que estén preparados no les sonará tan mal lo dicho, ¿cómo le sonaría a la comunidad del año 75, a la que escribe Lucas, si hubieran sabido el sesgo de lo que más preocupa hoy a muchos mal llamados cristianos? Si hubiesen sabido que hoy la meta religiosa de muchos no es la alegría y el gozo en el amor, sino ir a misa los domingos y escuchar la Palabra de Dios. Porque hoy desgraciadamente todavía creen muchos, los perdidos, que solo por este cumplimiento se consigue la eterna salvación.

Hoy ya se puede decir que muchos de los que van rutinariamente a misa no son cristianos. Pero ¿se imaginan que hace unos años, cuando estábamos inmersos en la teología del comportamiento y de la moral cristiana, hubiese llegado San Lucas a predicarnos que también se salva toda la gente de buena fe si se esfuerza en la vida? ¿Que no se salvan solamente los de vida piadosa?  Pues si tú llevas la vida como toca –pues ésta es la puerta estrecha– te llegará la salvación. Que si te toca una pena, debes aceptarla e ingresarla en tu vida.  Lo mismo que si te toca una alegría: bendice a Dios e ingrésala en tu vida. Y si tienes un hijo disminuido, bendice también a Dios; pues por ahí también viene todo un misterio de salvación. Es decir: por todo lo que “seas”, a través de lo que te toca, por ahí te viene la salvación. Habría que llegar hasta decir, incluso desde el mismo púlpito, que se va a salvar todo el mundo y que el peligro mayor lo tienen  los que comen y beben rutinariamente el cáliz del Señor. Es evidente que esto también hay que explicarlo, y decir que el peligro no está en la misa sino en creer que porque vayas a misa ya estás salvado; porque esto último jamás lo ha dicho Jesucristo. Más bien ha dicho todo lo contrario, y has de saberlo; no para que dejes de ir a misa, sino para que nunca permitas que la misa te exima de ser lo que debes ser en la vida: intentar ser un verdadero cristiano. Si llevamos al límite lo anterior, se puede ser muy cristiano sin ir a misa, e ir a misa sin ser cristiano.

Resumiendo: La puerta más ancha, que es la decisión más cómoda y por la que uno se extravía, es la que hace de la religión una meta. La puerta más estrecha: la que permite escuchar a Dios en el corazón y estar siempre a su disposición; es la que nos hace esforzarnos por vivir con alegría cualquier hecho de la vida, por duro que este sea, y mantener siempre la esperanza: porque “Dios es amor”.


 En resumen, si la religión no nos hace acercarnos al amor podemos afirmar que no es religión. 

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