San Hemming de Abo, obispo
fecha: 21 de mayo
n.: c. 1290 - †: 1366 - país: Finlandia
canonización: Conf. Culto: León X 1514
hagiografía: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
n.: c. 1290 - †: 1366 - país: Finlandia
canonización: Conf. Culto: León X 1514
hagiografía: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
En Abo (hoy Turku), en Finlandia, san
Hemming, obispo, que, inflamado por el celo pastoral, restauró la disciplina en
esta Iglesia con el inicio de un sínodo, favoreció los estudios de los
clérigos, dio mayor decoro al culto divino y promovió la paz entre los pueblos.

Nace en Balinge, Suecia, a finales del
siglo XIII. Manifestó en su juventud vocación eclesiástica y estudió en la
escuela de Upsala. Ordenado sacerdote, marchó a París a perfeccionar estudios
de teología y derecho canóniuco, haciéndose con una buena colección de libros,
con los que, terminados los estudios, volvió a Suecia.
En 1329 es nombrado canónigo de la
catedral de Abo, sufragánea de Upsala. Abo es el nombre sueco, pero en idioma
finés actual se llama Turku, y es la ciudad más antigua de Finlandia. Aquí se
acreditó por su cultura religiosa y sus vIrtudes, al punto que, vacante la sede
en 1338, un canónigo lo propuso como nuevo obispo y todos los demás estuvieron
de acuerdo con su elección. Hemming fue un obispo con muchas iniciativas:
amante de la liturgia, se ocupó de que la catedral tuviera los oportunos
objetos para el culto, que fueron dignos y decorosos; igualmente reformó la
enseñanza en la escuela catedralicia, de manera que se formasen mejor los
jóvenes clérigos; a los más destacados de ellos los mandó a París, en su afán
de tener un clero culto, a la altura de las mejores diócesis europeas; celebró
varios sínodos, en los que se ocupó de puntos importantes de la disciplina
eclesiástica, como la guarda del ayuno y la abstinencia, el descanso dominical
y festivo, la seguridad del tabernáculo, la buena administración de los bienes
eclesiásticos, la gratuidad de los servicios a los pobres, y la entrega de los
diezmos para el sostén de las iglesias.
Unido en cálida amistad con santa Brígida,
fue con ella a Aviñón a visitar al papa Clemente VI, al que él había tenido de
profesor en París, para rogarle la vuelta a Roma. Estando en Francia intercedió
para que hubiera paz entre este reino e Inglaterra, pero sin éxito. Todos los
que le conocieron lo tuvieron por santo, debido a su vida conforme al
evangelio, a su celo apostólico y a su amor a la Iglesia, a cuyo servicio
siempre estuvo. Murió el 21 de mayo de 1366, y se le dio culto popular hasta la
llegada de la Reforma. En 1514 la Santa Sede permitió el traslado de los restos
y depositar sus reliquias en un relicario, lo que significaba la autorización
del culto público. En la última edición del Martirologio ha sido incluido en el
catálogo.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace:http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=1709
San Carlos Eugenio de Mazenod, obispo y fundador
fecha: 21 de mayo
n.: 1782 - †: 1861 - país: Francia
canonización: B: Pablo VI 19 oct 1975 - C: Juan Pablo II 3 dic 1995
hagiografía: Vaticano
n.: 1782 - †: 1861 - país: Francia
canonización: B: Pablo VI 19 oct 1975 - C: Juan Pablo II 3 dic 1995
hagiografía: Vaticano
En Marsella, ciudad de Provenza, también
en Francia, san Carlos Eugenio de Mazenod, obispo, que fundó los Misioneros
Oblatos de María Inmaculada, para evangelizar a los pobres, y durante cerca de
veinticinco años ilustró infatigablemente a la Iglesia con sus virtudes, su
labor, sus sermones y sus escritos.
refieren a este santo: Santa Emilia de Vialar

Carlos José Eugenio de Mazenod llegó a un
mundo que estaba llamado a cambiar muy rápidamente. Nacido en Aix de Provenza
al sur de Francia, el 1 de agosto de 1782, parecía tener asegurada una buena
posición y riqueza en su familia, que era de la nobleza menor. Sin embargo, los
disturbios de la Revolución francesa cambiaron todo esto para siempre. Cuando
Eugerio tenía 8 años su familia huyó de Francia, dejando sus propiedades tras
de sí, y comenzó un largo y cada vez más difícil destierro de 11 años de
duración. Como refugiados políticos, pasaron por varias ciudades de Italia. Su
padre, que había sido Presidente del Tribunal de Cuentas, Ayuda y Finanzas de
Aix, se vio forzado a dedicarse al comercio para mantener su familia. Intentó
ser un pequeño hombre de negocios, y a medida que los años iban pasando la
familia cayó casi en la miseria. Eugenio estudió, durante un corto período, en
el Colegio de Nobles de Turín, pero al tener que partir para Venecia, abandonó
la escuela formal. Don Bartolo Zinelli, vecino sacerdote, se preocupó por la
educación del joven emigrante francés. Don Bartolo dio a Eugenio una educación
fundamental, con un sentido de Dios duradero y un régimen de piedad que iba a
acompañarle para siempre, a pesar de los altos y bajos de su vida. El cambio
posterior a Nápoles, a causa de problemas económicos, le llevó a una etapa de
aburrimiento y abandono. La familia se trasladó de nuevo, esta vez hacia
Palermo, donde gracias a la bondad del Duque y la Duquesa de Cannizzaro,
Eugenio tuvo su primera experiencia de vivir «a lo noble», y le agradó mucho.
Tomó el título de «Conde» de Mazenod, siguió la vida cortesana y soñó con tener
futuro.
En 1802, a la edad de 20 años, Eugenio
pudo volver a su tierra natal y todos sus sueños e ilusiones se vinieron abajo
rápidamente. Era simplemente el «Ciudadano» de Mazenod, Francia había cambiado;
sus padres estaban separados, su madre luchaba por recuperar las propiedades de
la familia. También había planeado el matrimonio de Eugenio con una posible
heredera rica. Él cayó en la depresión, viendo poco futuro real para sí. Pero
la fe cultivada en Venecia comenzó a afirmarse en él. Se vio profundamente
afectado por la situación desastrosa de la Iglesia de Francia, que había sido
ridiculizada, atacada y diezmada por la Revolución.
Él llamado al sacerdocio comenzó a
manifestársele y Eugenio respondió a este llamado. A pesar de la oposición de
su madre, entró en el seminario San Sulpicio de París, y el 21 de diciembre de
1811 era ordenado sacerdote en Amiens. Al volver a Aix de Provenza, no aceptó
un nombramiento normal en una parroquia, sino que comenzó a ejercer su
sacerdocio atendiendo a los que tenían mayor necesidad espiritual: los
prisioneros, los jóvenes, las domésticas y los campesinos. Buscó pronto otros
sacerdotes igualmente celosos que se prepararían para marchar fuera de las
estructuras acostumbradas y aún poco habituales. Eugenio y sus hombres
predicaban en Provenzal, la lengua de la gente sencilla, y no el francés culto.
Iban de aldea en aldea, instruyendo en el nivel popular y pasando muchas horas
en el confesonario. Entre unas misiones y otras, el grupo se reunía en una vida
comunitaria intensa de oración, estudio y amistad. Se llamaban a sí mismos
«Misioneros de Provenza».
Sin embargo, para asegurar la continuidad
en el trabajo, Eugenio tomó la intrépida decisión de ir directamente al Papa
para pedirle el reconocimiento oficial de su grupo como una congregación
religiosa de derecho pontificio. Su fe y su perseverancia no cejaron y, el 17
de febrero de 1826, el papa León XII aprobaba la nueva Congregación de los
«Misioneros Oblatos de María Inmaculada». Eugenio fue elegido Superior General,
y continuó inspirando y guiando a sus hombres durante 35 años, hasta su muerte.
Insitió en una formación espiritual profunda y en la vida comunitaria, al mismo
tiempo que en el desarrollo de los esfuerzos apostólicos: predicación, trabajo
con jóvenes, atención de los santuarios, capellanías de prisiones, confesiones,
dirección de seminarios, parroquias. Era un hombre apasionado por Cristo y
nunca se opuso a aceptar un nuevo apostolado, si lo veía como una respuesta a
las necesidades de la Iglesia. «La gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la
santificación de las almas» fueron las tres fuerzas que lo impulsaron.
La diócesis de Marsella había sido
suprimida durante la Revolución francesa, y la Iglesia local estaba en un
estado lamentable. Cuando fue restablecida, el anciano tío de Eugenio,
Fortunato de Mazenod, fue nombrado Obispo. Él nombró a Eugenio inmediatamente
como Vicario General, y la mayor parte del trabajo de reconstruir la diócesis
recayó sobre él. En pocos años, en 1832, Eugenio mismo fue nombrado Obispo
auxiliar. Su ordenación episcopal tuvo lugar en Roma, desafiando la pretensión del
gobierno francés que se consideraba con derecho a intervenir en tales
nombramientos. Esto causó una amarga lucha diplomática y Eugenio cayó en medio
de ella con acusaciones, incomprensiones, amenazas y recriminaciones sobre él.
A pesar de ello, Eugenio siguió adelante resueltamente, y la crisis llegó a su
fin. Cinco años más tarde, al morir el Obispo Fortunato, fue nombrado él mismo
como Obispo de Marsella.
Sin dejar la actividad misionera, Eugenio
se destacó como un excelente pastor de la Iglesia de Marsella, buscando una
buena formación para sus sacerdotes, estableciendo nuevas parroquias,
construyendo la Catedral de la ciudad y el espectacular santuario de Nuestra
Señora de la Guardia en lo alto de la ciudad, animando a sus sacerdotes a vivir
la santidad, introduciendo muchas Congregaciones Religiosas nuevas para
trabajar en su diócesis, liderando a sus colegas Obispos en el apoyo a los
derechos del Papa. Su figura descolló en la Iglesia de Francia. En 1856,
Napoleón III lo nombró Senador, y a su muerte, era decano de los Obispos de
Francia. El 21 de mayo de 1861 vio a Eugenio de Mazenod volviendo hacia Dios, a
la edad de 79 años, después de una vida coronada de frutos, muchos de los
cuales nacieron del sufrimiento. Fue canonizado por SS Juan Pablo II el 3 de
diciembre de 1995 en la basílica de San Pedro.
fuente: Vaticano
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