San Ezequiel Moreno
Díaz, religioso y obispo
fecha: 19 de agosto
n.: 1848 - †: 1906 - país: España
canonización: B: Pablo VI 1 nov 1975 - C: Juan Pablo II 11 oct 1992
hagiografía: Agustinos Recoletos
n.: 1848 - †: 1906 - país: España
canonización: B: Pablo VI 1 nov 1975 - C: Juan Pablo II 11 oct 1992
hagiografía: Agustinos Recoletos
San Ezequiel Moreno
Díaz, obispo de Pasto, en Colombia, de la Orden de Agustinos Recoletos, que
dedicó toda su vida a anunciar el Evangelio, tanto en las Islas Filipinas como
en América del Sur, y falleció en Monteagudo, lugar de Navarra, en España.
oración:
Oh
Dios, que nos ofreces en san Ezequiel, obispo, un modelo de fidelidad al
Evangelio y de pastor según el Corazón de tu Hijo; concédenos, por su
intercesión, que, viviendo con alegría nuestro testimonio cristiano, estemos
plenamente dirigidos a ti y consagrados al servicio de tu Iglesia. Por nuestro
Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu
Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Dios
elige a los humildes para hacer cosas grandes. Y humildes fueron los orígenes
del que había de ser restaurador de los agustinos recoletos en Colombia,
promotor de tres circunscripciones misioneras en esa misma nación, obispo de
Pasto y defensor de la Iglesia en su enfrentamiento con el liberalismo en los
últimos años del siglo XIX y primeros del XX.
San
Ezequiel Moreno nació el año 1848 en Alfaro (La Rioja). Como hijo del pueblo su
niñez y adolescencia carecen de historia. Apenas hay en ellas lances dignos de
ser recordados. Sus padres, Félix Moreno y Josefa Díaz, eran de extracción
humilde y de religiosidad acendrada. Su padre, un modesto sastre, era conocido
por su piedad. Ezequiel, el tercero de sus seis hijos, asistió a la escuela
pública, formó parte de la capilla de música del pueblo y sirvió a las monjas
dominicas de monaguillo y sacristán. De 1861 a 1864 cursó latinidad con
intención de ingresar en el noviciado misionero que los agustinos recoletos
tenían en el vecino pueblo de Monteagudo, donde ya se encontraba su hermano
Eustaquio. El 21 de septiembre de 1864 tomó el hábito religioso y al año
siguiente pronunció los votos y el juramento de pasar a las misiones de
Filipinas. Entre 1864 y 1871 completó su formación teológica y espiritual en
los seminarios de la orden. El 2 de junio de 1871, a los 23 años de edad,
recibió la ordenación sacerdotal en Manila.
Misionero y
formador de misioneros, 1870-1888
De 1872
a 1885 ejerció el ministerio sacerdotal en varias islas de Filipinas: Palawan
(1872), Mindoro (1873-76) y Luzón (1876-85). Sus ocupaciones fueron las
ordinarias de un párroco de la época: misa diaria, catequesis infantil, homilía
dominical, atención a los enfermos, dirección de asociaciones católicas, etc. La
catequesis, los enfermos y las correrías misionales por los campos de sus
parroquias ocupaban su tiempo. En Palawan y Mindoro entró en relación con los
infieles que todavía abundaban en amplias zonas de su geografía. Y en todas
partes hacía frecuentes visitas a los cristianos diseminados por campos, ríos y
sementeras, y desprovistos de servicios civiles y religiosos.
En 1885
volvió a España como prior del noviciado de Monteagudo. En él vivió tres años
dedicado a la formación de los futuros misioneros. En sus pláticas a la
comunidad torna una y otra vez sobre el culto litúrgico, las devociones
populares, el aseo del templo y de los ornamentos sagrados, las ceremonias y el
espíritu que debe nutrirlas. Privilegia a la oración mental y al oficio divino,
pero de vez en cuando siente la necesidad de asociarse al pueblo y cantar con
él las alabanzas del Señor. Saboreaba particularmente la Hora Santa del Jueves
Santo, las primeras comuniones, las celebraciones de mayo y junio y otras
funciones en honor del Sagrado Corazón y de la Virgen.
Su
segunda preocupación fue la observancia regular. A ejemplo de san Pablo, veía
en la ley un pedagogo insustituible, que señala al alma el camino que conduce a
Cristo, la libra de falsos espejismos y le ahorra multitud de idas y venidas.
Las constituciones, el ceremonial, el ritual, cualquier orden o precepto de los
superiores suscitaban en su corazón reverencia y acatamiento, y como superior
se sentía obligado a trasmitir a sus súbditos esos mismos sentimientos.
En
estos años la comunidad era el centro de su vida, pero nunca la quiso aislada
del mundo circunstante. Prestaba gustoso sus servicios a los párrocos vecinos,
atendía a las comunidades religiosas de la comarca y en momentos de penuria se
volcaba en ayuda de los necesitados. Durante la carestía de 1887 llegó a
socorrer diariamente a unos 400 menesterosos. De ordinario eran más de
trescientos los menesterosos que se acercaban diariamente a la puerta del
convento en demanda de una comida regular (Juan Cruz Gómez, 28 enero 1897).
Restaurador de
los agustinos recoletos en Colombia y vicario apostólico de Casanare, 1889-1896
A
finales de 1888 Ezequiel cruza el océano con rumbo a Colombia, donde residirá
hasta principios de 1906, en que la enfermedad le obligó a tornar a su patria.
Este viaje divide su vida en dos grandes secciones. La primera, según queda
apuntado, se asemeja a la de tantos religiosos y párrocos de la época. En la
segunda adquiere relieve público y se convierte en símbolo de una causa. Actúa
en ambientes más complejos y desempeña funciones más delicadas.
Hasta
1894 reside en Santafé de Bogotá, ocupado en la restauración de la antigua
provincia agustino-recoleta de Colombia, reducida entonces a un minúsculo grupo
de religiosos exclaustrados, dispersos por parroquias y capellanías y ayunos de
espíritu corporativo. Simultáneamente desarrolla una intensa actividad
apostólica y promueve la restauración de las misiones de Casanare, en
decadencia desde los días de la Independencia (1810-21) y casi desamparadas
durante los últimos cinco lustros. En 1893 la Santa Sede creaba el vicariato
apostólico de Casanare y confiaba su administración al padre Ezequiel, a quien
elevaba a la dignidad episcopal. Casanare se convertía así en el primer
vicariato apostólico de Colombia y abría una nueva época en la historia de sus
misiones.
Su
permanencia en Casanare no llegó a dos años y durante varios meses se vio
entorpecida por la guerra civil y los rumores de su traslado a la sede de
Pasto. Sin embargo, recorrió todo su territorio y confeccionó un buen programa
pastoral. Distribuyó a sus 16 misioneros en cuatro puntos: Arauca, al norte;
Támara, en el centro; Orocué, al sur; y Chámeza, al oeste. Impulsó la
catequesis y se interesó por los infieles guahibos y sálivas, para cuyos hijos
preparó sendos orfanatos, organizó asociaciones católicas y, sobre todo, se
empeñó en que la palabra de Dios volviera a resonar con regularidad en aquellos
inmensos parajes.
Obispo de
Pasto, 1896-1906
El 2 de
diciembre de 1895 fue preconizado obispo de Pasto, pero hasta junio del año
siguiente no pudo trasladarse a su destino. Fue un pastor vigilante, consciente
de su responsabilidad y atento a las necesidades de sus ovejas, a las que supo
alimentar con doctrina segura y abundante. Sus circulares, pastorales y opúsculos
doctrinales, transparentes y transidos de fervor, eran buscados dentro y fuera
de su diócesis, porque afrontaban los temas más candentes de cada momento y
proponían una doctrina inspirada en los valores perennes del Evangelio. Su
enfrentamiento con el liberalismo no es más que una simple manifestación de su
celo pastoral. Veía en él un cuerpo de ideas y procedimientos contrarios al
cristianismo y una voluntad explícita de desterrar a Cristo de la sociedad y de
las almas. Sus ideas proceden de las encíclicas de Pío IX y León XIII, que
conocía a la perfección, del magisterio de otros obispos y de prestigiosos
moralistas, canonistas y tratadistas religiosos de la época. Pero la educación
recibida, la tradición antirreligiosa del liberalismo colombiano y la virulencia
antieclesiástica del gobierno de Ecuador, contiguo y en estrecha comunicación
con su diócesis, le inclinaron a interpretar las orientaciones romanas en
sentido restrictivo.
Giró
varias visitas pastorales, llegando incluso a las regiones más inhóspitas de su
vastísima diócesis (160.000 km2). Promovió la creación de sendas
prefecturas apostólicas en el Caquetá y Tumaco. Dio gran impulso a las misiones
populares, al culto al Sagrado Corazón y, sobre todo, a la catequesis, a la que
dedicó varias circulares y pastorales. En las visitas pastorales le gustaba
presenciar la catequesis «sentado en cualquier asiento y a veces en el suelo».
Otras veces la dirigía él mismo al aire libre y sentado sobre un tronco de
árbol. A los párrocos les recordó la obligación de no omitir la homilía durante
la misa del domingo ni la instrucción religiosa después de ella.
Visitaba
semanalmente el hospital y el orfanato y, menos a menudo, la cárcel. De vez en
cuando se sentaba en el confesionario. Las fiestas más solemnes y los domingos
de adviento y cuaresma predicaba en la catedral. Siguió de cerca la formación
de sus seminaristas y envió a dos de ellos a ampliar estudios en Roma. Con el
clero, tanto secular como regular, estuvo siempre en buenas relaciones. Los
ejercicios anuales solía celebrarlos en compañía del clero diocesano. No
admitía acusación alguna contra sus sacerdotes que no estuviera sufragada por
dos o más testigos.
Última
enfermedad y muerte
San
Ezequiel no fue mártir en sentido estricto. Pero sufrió penas y dolores de
auténtico mártir. Su vida entera rezuma privaciones, sufrimientos, dolores
físicos y morales. Y sus últimos meses fueron un martirio prolongado. A finales
de junio de 1905 advierte la presencia de unas llagas malignas en la nariz. Se
siente débil, con la cabeza cargada y molestias en la boca. Pero durante meses
conduce la vida de siempre. Se levanta a la misma hora, despacha los asuntos
ordinarios y hasta piensa en la erección de una prefectura apostólica en
Tumaco. A finales de octubre recibe con la máxima serenidad la confirmación de
que el origen de todos sus males es un cáncer maligno: «Me he puesto en las
manos de Dios. Él hará su santa voluntad».
El
clero de la diócesis no compartió su indiferencia y le ordenó viajar a
Barcelona, donde se esperaba que un célebre cirujano pudiera operarlo con
éxito. Él acata la voluntad de su clero y el 18 de diciembre sale rumbo a
Barcelona. Iba postrado, sin apetito y con dolores continuos. Sin embargo, no
se le escapa un lamento y tiene ánimos para ir a despedirse de la Virgen de Las
Lajas, ordenar a un diácono en el camino y celebrar misa todos los días.
El 10
de febrero llegaba a Madrid, pero tan desmejorado que los religiosos de su
orden no le permitieron seguir a Barcelona. El 14 entraba en el quirófano de la
clínica del Rosario, donde durante tres horas soportó horribles torturas «con
heroísmo de santo y bienaventurado», sin una queja, sin un movimiento de protesta.
Le extirparon las tumoraciones de las dos fosas nasales, el vómer y el hueso
etmoides, todo lo cual exigió la resección completa de la nariz. Luego le
rasparon el velo del paladar, el cielo de la boca y otros tejidos cancerosos.
Varios de estos cortes y raspamientos los soportó en estado de plena
conciencia, porque «la situación especial de su lesión» aconsejó la suspensión
de la anestesia. Las mismas muestras de fortaleza dio en una segunda operación
a que fue sometido el día 29 de marzo, así como en las cauterizaciones,
raspamientos y amputaciones de los apéndices cárnicos que periódicamente se le
reproducían en la boca.
Por
desgracia estos tormentos no le devolvieron la salud y ni siquiera aliviaron
sus dolores. Consciente de la proximidad de su fin, el 31 de mayo decide
abandonar Madrid y viaja a Monteagudo para rendir su alma al Creador al lado de
su amada Virgen del Camino: «voy a morirme al lado de mi madre». El 19 de
agosto, tras ajustarse él mismo las ropas de la cama y con la mirada fija en el
crucifijo, exhalaba su último suspiro.
El halo
de santidad que le había rodeado de vivo creció con su muerte. En 1910 la
autoridad diocesana abría en Pasto el proceso informativo sobre su vida y
virtudes, que, tras más de sesenta años de estudio, habrían de conducir a su
beatificación el 1 de noviembre de 1975 y a su canonización el 11 de octubre de
1992. Su cuerpo incorrupto se venera en la iglesia del convento de Monteagudo.
Extractado
de «San Ezequiel Moreno, obispo de Pasto - Trayectoria
biográfica», por A. Martínez Cuesta
Bibliografía citada por el autor: Cartas pastorales, circulares y otros escritos del ilmo Ezequiel Moreno, ed. de T. Minguella, Madrid 1908; Epistolario del beato Ezequiel Moreno, ed. de A Martínez Cuesta, Roma 1982; Obras completas. Vols. 1-4: Epistolario, Madrid 2006- 2007; T. Minguella, Biografía del Ilmo. fr. Ezequiel Moreno, Barcelona 1909; A. Martínez Cuesta, Beato Ezequiel Moreno. El camino del deber, Roma 1975; IDEM, San Ezequiel Moreno, fraile, obispo y misionero, Madrid 1992.
Bibliografía citada por el autor: Cartas pastorales, circulares y otros escritos del ilmo Ezequiel Moreno, ed. de T. Minguella, Madrid 1908; Epistolario del beato Ezequiel Moreno, ed. de A Martínez Cuesta, Roma 1982; Obras completas. Vols. 1-4: Epistolario, Madrid 2006- 2007; T. Minguella, Biografía del Ilmo. fr. Ezequiel Moreno, Barcelona 1909; A. Martínez Cuesta, Beato Ezequiel Moreno. El camino del deber, Roma 1975; IDEM, San Ezequiel Moreno, fraile, obispo y misionero, Madrid 1992.
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Estas biografías de
santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta
ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y
servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta
hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente
enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2951
San Juan Eudes, presbítero y fundador
fecha: 19 de agosto
n.: 1601 - †: 1680 - país: Francia
canonización: B: Pío X 25 abr 1909 - C: Pío XI 31 may 1925
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1601 - †: 1680 - país: Francia
canonización: B: Pío X 25 abr 1909 - C: Pío XI 31 may 1925
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
San Juan Eudes, presbítero, que durante
muchos años se dedicó a la predicación en las parroquias y después fundó la
Congregación de Jesús y María, para la formación de los sacerdotes en los
seminarios, y otra de religiosas de Nuestra Señora de la Caridad, para
fortalecer en la vida cristiana a las mujeres arrepentidas. Fomentó de una
manera especial la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, hasta
que en Caen, de la región de Normandía, en Francia, descansó piadosamente en el
Señor.
oración:
Oh Dios, que elegiste a san Juan Eudes
para anunciar al mundo las insondables riquezas del misterio de Cristo,
concédenos, te rogamos, que, por su palabra y su ejemplo, crezcamos en el
conocimiento de tu verdad y vivamos según el Evangelio. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y
es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

En la segunda mitad del siglo XVI, vivía
en Ri, en Normandía, Francia, un granjero llamado Isaac Eudes, casado con Marta
Corbin. Como no tuviesen hijos al cabo de dos años de matrimonio, ambos esposos
fueron en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora. Nueve meses después
tuvieron un hijo, al que siguieron más tarde otros cinco. El primogénito
recibió el nombre de Juan y, desde niño, dio muestras de gran inclinación a la
virtud. Se cuenta que, cuando tenía nueve años, un compañero de juegos le
abofeteó; en vez de responder en la misma forma, Juan siguió el consejo
evangélico y le presentó la otra mejilla. Pero no todos los niños que hacen
eso, alcanzan el honor de los altares, de suerte que no hay que dar demasiada
importancia a ese género de cosas. A los catorce años, Juan ingresó en el
colegio de los jesuitas de Caén. Sus padres deseaban que se casara y siguiera
trabajando la granja de la familia, Pero Juan, que había hecho voto de
virginidad, recibió las órdenes menores en 1621 y estudió la teología en Caén
con la intención de consagrarse a los ministerios parroquiales. Sin embargo,
poco después determinó ingresar en la congregación del oratorio, que había sido
fundada en 1611 por el futuro cardenal Pedro de Bérulle. Tras de recabar con
gran dificultad el permiso paterno, fue recibido en París por el superior
general en 1623. Juan había sido hasta entonces un joven ejemplar; su conducta
en la congregación no lo fue menos, de suerte que el P. Bérulle le dio permiso
de predicar, aunque sólo había recibido las órdenes menores. Al cabo de un año
en París, Juan fue enviado a Aubervilliers a estudiar bajo la dirección del P.
Carlos de Condren, el cual, según la expresión de santa Juana Francisca de
Chantal, «estaba hecho para educar ángeles». El fin de la congregación del
oratorio consistía en promover la perfección sacerdotal y Juan Eudes tuvo la
suerte de ser introducido en ella por dos hombres de la talla de Condren y
Bérulle.
Dos años más tarde, se desató en Normandía
una violenta epidemia de peste, y Juan se ofreció para asistir a sus
compatriotas. Bérulle le envió al obispo de Séez con una carta de presentación,
en la que decía: «La caridad exige que emplee sus grandes dones al servicio de
la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las órdenes sagradas, y que
su diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su
habilidad, bondad, prudencia, energía y vida». El P. Eudes pasó dos meses en la
asistencia a los enfermos en lo espiritual y en lo material. Después fue
enviado al oratorio de Caén, donde permaneció hasta que una nueva epidemia se
desató en esa ciudad, en 1631. Para evitar el peligro de contagiar a sus
hermanos, Juan se apartó de ellos y vivió en el campo en un enorme barril,
donde recibía diariamente la comida del convento. Pasó los diez años siguientes
en la prédica de misiones al pueblo, preparándose así para la tarea a la que
Dios le tenía destinado. En aquella época empezaron a organizarse las misiones
populares en su forma moderna. San Juan Eudes se distinguió entre todos los
misioneros. En cuanto acababa de predicar, se sentaba a oír confesiones, ya
que, según él, «el predicador agita las ramas, pero el confesor es el que caza
los pájaros». Mons. Le Camus, amigo de san Francisco de Sales, dijo
refiriéndose al P. Eudes: «Yo he oído a los mejores predicadores de Italia y
Francia y os aseguro que ninguno de ellos mueve tanto a las gentes como este
buen padre». San Juan Eudes predicó en su vida ciento diez misiones.
Una de las experiencias que adquirió
durante sus años de misionero, fue que las mujeres de mala vida que intentaban
convertirse, se encontraban en una situación particularmente difícil. Durante
algún tiempo, trató de resolver la dificultad alojándolas provisionalmente en
las casas de las familias piadosas, pero cayó en la cuenta de que el remedio no
era del todo adecuado. Magdalena Lamy, una mujer de humilde origen, que había
dado albergue a varias convertidas, dijo un día al santo: «Ahora os vais
tranquilamente a una iglesia a rezar con devoción ante las imágenes y con ello
creéis cumplir con vuestro deber. No os engañéis, vuestro deber es alojar
decentemente a estas pobres mujeres que se pierden porque nadie les tiende la
mano». Estas palabras produjeron profunda impresión en san Juan Eudes, quien
alquiló en 1641 una casa para las mujeres arrepentidas, en la que podían
albergarse en tanto que encontraban un empleo decente. Viendo que la obra
necesitaba la atención de las religiosas, el santo la ofreció a las
visitandinas, quienes se apresuraron a aceptarla.
Después de mucho orar, reflexionar y
consultar, san Juan Eudes abandonó la congregación del oratorio en 1643. La
experiencia le enseñó que el clero necesitaba reformarse antes que los fieles y
que la congregación sólo podría conseguir su fin mediante la fundación de
seminarios. El P. Condren, que había sido nombrado superior general, estaba de
acuerdo con el santo; pero su sucesor, el P. Bourgoing, se negó a aprobar el
proyecto de la fundación de un seminario en Caén. Entonces el P. Eudes decidió
formar una asociación de sacerdotes diocesanos, cuyo fin principal sería la
creación de seminarios con miras a la formación de un clero parroquial celoso.
La nueva asociación quedó fundada el día de la Anunciación de 1643, en Caén,
con el nombre de "Congregación de Jesús y María". Sus miembros, como
los del oratorio, eran sacerdotes diocesanos y no estaban obligados por ningún
voto. San Juan Eudes y sus cinco primeros compañeros se consagraron a "la
Santísima Trinidad, que es el primer principio y el último fin de la santidad
del sacerdocio". El distintivo de la congregación era el Corazón de Jesús,
en el que estaba incluido místicamente el de María, como símbolo del amor
eterno de Jesús por los hombres. La congregación encontró gran oposición, sobre
todo por parte de los jansenistas y de los padres del Oratorio. En 1646, el P.
Eudes envió a Roma, al P. Manoury, para que recabase la aprobación pontificia
para la congregación, pero la oposición era tan fuerte, que la empresa fracasó.
En 1650, el obispo de Coutances pidió a
San Juan que fundase un seminario en dicha ciudad. El año siguiente, M. Olier,
que consideraba al santo como «la maravilla de su época», le invitó a predicar
una misión de diez semanas en la iglesia de San Sulpicio de París. Mientras se
hallaba en esa misión, el P. Eudes recibió la noticia de que el obispo de
Bayeux acababa de aprobar la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de
la Caridad del Refugio, formada por las religiosas que atendían a las mujeres
arrepentidas de Caen. En 1653, san Juan fundó en Lisieux un seminario, al que
siguió otro en Rouen en 1659. En seguida, el santo se dirigió a Roma a tratar
de conseguir la aprobación pontificia para su congregación; pero los santos no
siempre tienen éxito, y san Juan Eudes fracasó en Roma, en parte, por falta de
tacto y de prudencia. Un año después, una bula de Alejandro VII aprobó la
Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio. Ese
fue el coronamiento de la obra que el P. Eudes y Magdalena Lamy habían
emprendido treinta años antes en favor de las pecadoras arrepentidas. San Juan
siguió predicando misiones con gran éxito; en 1666, fundó un seminario en
Evreux y, en 1670, otro en Rennes.
Al año siguiente publicó un libro titulado
«La devoción al adorable Corazón de Jesús». Ya antes, el santo había instituido
en su congregación una fiesta del Santísimo Corazón de María. En su libro
incluyó el propio de una misa y un oficio del Sagrado Corazón de Jesús. El 31
de agosto de 1670, se celebró por primera vez dicha fiesta en la capilla del
seminario de Rennes y pronto se extendió a otras diócesis. Así pues, aunque San
Juan Eudes no haya sido el primer apóstol de la devoción al Sagrado Corazón en
su forma actual, fue sin embargo él «quien introdujo el culto del Sagrado
Corazón de Jesús y del Santo Corazón de María», como lo dijo León XIII en 1903.
El decreto de beatificación añadía: «Él fue el primero que, por divina
inspiración, les tributó un culto litúrgico». Clemente X publicó seis breves por
los que concedía indulgencias a las cofradías de los Sagrados Corazones de
Jesús y de María, instituidas en los seminarios de san Juan Eudes. Durante sus
últimos años, el santo escribió su tratado sobre «El admirable Corazón de la
Santísima Madre de Dios»; trabajó en la obra mucho tiempo y la terminó un mes
antes de su muerte. Su última misión fue la que predicó en Saint-Lö, en 1675,
en plena plaza pública, con un frío glacial. La misión duró nueve semanas. El
esfuerzo enorme acabó con la salud del P. Eudes, quien a partir de entonces se
retiró prácticamente de la vida activa. Su muerte ocurrió el 19 de agosto de
1680. Fue canonizado en 1925 y su fiesta fue incluida en el calendario de la
Iglesia de occidente en 1928. El dicho más famoso de San Juan Eudes es que
harían falta tres eternidades para celebrar dignamente la misa: una eternidad
para prepararse, una eternidad para celebrarla y una eternidad para dar
gracias. En su obra titulada «La vida y el reinado de Jesús en las almas
cristianas», el santo resume así el principio de su propia vida y de su
actividad apostólica: «Nuestro deseo, nuestro objetivo y nuestra principal
preocupación, debe ser formar a Jesús en nosotros y hacer que en nuestros
corazones reine su espíritu, su devoción, sus afectos, sus deseos y sus
disposiciones. Toda nuestra vida religiosa debe tender a eso. Tal es la tarea
que Dios nos ha confiado para que trabajemos en ella constantemente».
Los biógrafos modernos de san Juan Eudes
han aprovechado mucho su correspondencia, en gran parte inédita. La primera
biografía propiamente dicha fue escrita por un miembro de la Congregación de
Jesús y María, el P. Hérambourg. Aunque el autor no conoció al P. Eudes, pues
ingresó en la congregación dos años después de la muerte de éste, tuvo la oportunidad
de recoger los testimonios de quienes le habían conocido íntimamente. La mejor
obra es sin duda la del P. Boulay (4 vols.), publicada en 1905. La biografía de
Émile Georges, Saint Jean Eudes, missionaire apostolique (1925), es menos
extensa, pero constituye un buen retrato del santo y de sus actividades.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
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