martes, 8 de septiembre de 2015

San Pedro de Chavanon - San Corbiniano de Freising - Beata Serafina Sforza - Santa Adela 08092015

San Pedro de Chavanon

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En Pébrac, territorio de Puy-en-Vélay, en Francia, san Pedro de Chavanon, presbítero, que aspirando a una vida más perfecta se retiró a este lugar, donde construyó y presidió un cenobio de canónigos regulares.




San Corbiniano de Freising

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San Corbiniano de Freising, obispo
En Freising, de Baviera, san Corbiniano, que, ordenado obispo, obtuvo frutos abundantes predicando el Evangelio entre los habitantes de la región bávara.
Este apóstol de Baviera, uno de los primeros que predicó el Evangelio en aquellas regiones, nació en Chártres, cerca de Melun, en Francia. En la pila bautismal recibió el nombre de su padre: Waldegiso, pero después, su madre lo cambió por el de ella: Corbiniano. Durante catorce años, vivió como eremita en una celda que él mismo construyó junto a una capilla, en la comarca donde nació. La fama de su nombre, acrecentada por la realización de diversos milagros y la prudencia de los consejos que daba en cuestiones espirituales, le hizo célebre en varias leguas a la redonda y pudo admitir a algunas de las muchas personas que se lo solicitaban, en una comunidad religiosa bajo su gobierno. Las distracciones que le proporcionaba aquella tarea le hicieron pensar en retirarse a otro sitio donde pudiese permanecer solo e ignorado; pero antes de buscar un retiro, decidió hacer una peregrinación a Roma. Al cruzar los Alpes por el paso del Brenero, ocurrió el legendario incidente que dio al santo el emblema de un oso; porque fue un oso el que atacó la caravana y mató al caballo que cargaba los bultos. Corbiniano ordenó entonces a su criado que pusiera las riendas y el freno del caballo muerto en el hocico del oso y la carga sobre sus lomos. Así se hizo, sin que la bestia opusiera resistencia alguna, y se prosiguió la marcha hasta llegar a Roma, con el oso domesticado, pero no sin que antes, al pasar por Trento, un señor del lugar le robase su mejor caballo y sin que lo despojase del otro buen animal que le quedaba un señor de Pavía. No pasó mucho tiempo sin que los dos ladrones pagasen su culpa, porque el señor de Trento murió súbitamente y el de Pavía perdió cuarenta y dos animales de sus caballerías a causa de una epidemia de elefantiasis. El papa san Gregorio II envió a Corbiniano, quien ya para entonces debía ser obispo, a predicar en Baviera. Al llegar a su destino, el santo se puso bajo la protección del duque Grimoaldo. Luego de haber aumentado considerablemente el número de los cristianos, estableció su sede en Freising, en la Alta Baviera que, sin embargo, no llegó a ser una sede episcopal regular hasta el año de 739, cuando la ocupó san Bonifacio.

San Corbiniano descubrió que su protector, el duque Grimoaldo, no obstante proclamarse cristiano, había quebrantado las leyes de la disciplina de la Iglesia, al casarse con la viuda de su hermano, la hermosa Biltrudis. El santo obispo rompió absolutamente todas sus relaciones con el duque, hasta que consiguió la separación de los cónyuges. Pero Biltrudis no se lo perdonó y, desde aquel momento, lanzó contra el obispo, sin reparar en medios, una implacable persecución, con la esperanza de volver al lado del duque. La persecución comenzó con una campaña de acusaciones falsas (como la de extranjero pernicioso, espía, entrometido obispo inglés), destinadas a desacreditar al santo, y culminó con una conspiración en toda forma para asesinarlo. Corbiniano se refugió en Meran y ahí permaneció como desterrado voluntario en señal de protesta, hasta que el duque Grimoaldo (quien había vuelto a unirse a Biltrudis) fue muerto en una batalla y la dama fue raptada por los francos. El sucesor de Grimoaldo protegió efectivamente al obispo, quien pudo continuar, con éxito, su trabajo misionero en toda Baviera.

A su muerte, san Corbiniano fue sepultado en un monasterio que él mismo había fundado en Obermais, en la región de Meran, pero sus restos fueron trasladados a Freising, en el año de 795, por Aribo, su sucesor y su biógrafo. Aribo dice que san Corbiniano era un hombre de carácter violento, que se inflamaba con rapidez y, como un ejemplo, cita la ocasión en que cabalgaba por las calles de Freising y se cruzó con una mujer que tenía fama de ejercer la magia negra y llevaba un gran paquete de carne fresca; el obispo preguntó qué iba a hacer, y se le dijo que trataría de curar a un enfermo con sus artes. Corbiniano saltó del caballo, alcanzó a la mujer, le propinó una soberana paliza y distribuyó la carne entre los pobres.

Biografía de san Corbiniano escrita en la Edad Media por Arbeo o Aribo, que vivió poco tiempo después y fue su sucesor en la sede de Freising. Posteriormente, esa biografía fue complementada con incidentes legendarios, como el episodio del oso, por ejemplo. Bruno Krusch editó el texto original en los volúmenes cuarto y quinto de Monumenta Germaniae Historica, Scriptores Merov.
Cuadro: Muerte de san Corbiniano, por Jan Polack, 1484/85, Alte Pinakothek, Munich.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Beata Serafina Sforza

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Beata Serafina Sforza, religiosa
En Pesaro, del Piceno, beata Serafina Sforza, que después de sufrir muchas adversidades en la vida conyugal, tras quedar viuda pasó humildemente los restantes años de su vida bajo la Regla de santa Clara.
Hacia el año de 1432, Guy, conde de Montefeltro, y su segunda esposa, Catalina Colonna, tuvieron una hija en su casa de Urbino. En la pila bautismal recibió el nombre de Sueva. Sus padres murieron cuando era apenas una niña, y fue enviada a Roma para vivir en la casa de su tío, el príncipe Colonna. Al cumplir los dieciséis años, se casó con Alejandro Sforza, señor de Pésaro, viudo y con dos hijos. Durante algunos años, Sueva vivió feliz al lado de su esposo, hasta que Alejandro tuvo que partir a tomar las armas para ayudar a su hermano, el duque de Milán, y dejó su hacienda al cuidado de su esposa. La ausencia del señor de la casa fue muy prolongada y, a su regreso, Alejandro inició una intriga amorosa con una mujer llamada Pacífica, esposa del médico de la localidad. Sueva recurrió a todos los medios a su alcance para reconquistar el afecto de su esposo, pero con tan poco éxito, que éste sumó a sus infidelidades los desprecios, los insultos y aun las golpizas crueles. Las cosas llegaron a un extremo de tirantez insoportable; hubo un momento en que Alejandro trató, descaradamente, de asesinar a su mujer y, a partir de entonces, la infortunada Sueva abandonó sus esfuerzos para conseguir una reconciliación y se entregó por entero al retiro y la oración. La actitud de Sueva sólo sirvió para exasperar más a Alejandro, quien acabó por sacarla a rastras de la casa, dejarla afuera y decirle, al tiempo que cerraba la puerta, que buscase refugio en algún convento.

Así lo hizo Sueva, que fue recibida como huésped por las Clarisas Pobres en el convento de Corpus Christi, donde llevó la misma vida que las monjas; con el correr del tiempo, tomó el hábito y el nombre de Serafina. Precisamente aquello era lo que deseaba Alejandro que, al sentirse libre, se dejó llevar por sus pasiones y rodó de mal en peor; con gran desvergüenza, se mostraba en toda Pésaro con Pacífica como si fuese su legítima esposa y aun tuvo la insolencia de enviarla a visitar el convento de las clarisas, adornada con las joyas de Sueva. Entretanto, la hermana Serafina se conducía como una monja ejemplar, aunque no se olvidaba de sus obligaciones para con su marido; nunca dejó de orar por él, ni de ofrecer sus penitencias por la conversión de Alejandro. Sus peticiones fueron otorgadas, porque en 1473, cuando murió Alejandro, tuvo tiempo de arrepentirse, confesarse y renegar de sus pasadas culpas.

Esa es, en esencia, la historia de la beata Serafina, tal como se cuenta por lo general. Desgraciadamente las investigaciones han dado pruebas de que, al dejar el mundo para recluirse en el convento, no era una víctima inocente como aparentaba. Su esposo la acusó de infidelidad y, aun cuando esos cargos fuesen falsos, hay pruebas de que ella estuvo complicada en una conspiración para matar a Alejandro. Lo cierto es que ella estaba bastante envuelta en las intrigas y liviandades del «alto mundo» del quattrocento; sin embargo, Sueva entró al convento en 1457, cuando tenía veinticinco años de edad, y tuvo más de veinte años para arrepentirse y reparar sus culpas, cualesquiera que hayan sido, en la práctica de una de las más austeras reglas religiosas. Seguramente que así fue, puesto que se veneró a la beata desde su muerte y su culto local fue aprobado por el papa Benedicto XIV, en 1754.

 Acta Sanctorum, sept. vol. IV. En el año 1903, P. Feliciangeli publicó su estudio titulado: Sulla monacazione di Sueva Montefeltro Sforza, donde da a conocer algunos documentos distintos que arrojan nueva luz sobre el personaje. Estas pruebas eran desconocidas para los primeros biógrafos. Fray Van Ortroy discute el problema en Analecta Bollandiana, vol. XXIV (1905), pp. 311-313.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



Santa Adela

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Santa Adela, viuda, mujer de Balduino IV, príncipe de Sicilia, fundadora del monasterio de Massena, 1067




 
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