sábado, 26 de septiembre de 2015

Santos Cipriano y Justina 26092015

Santos Cipriano y Justina, mártires.

La espectacular leyenda de Cipriano, el de Justina.

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26 septiembre 2015
Santos Cipriano y Justina, mártires.
Santos Cipriano y Justina.
Santos Cipriano, obispo y Justina, virgen; mártires. 26 de septiembre y 2 de octubre (Iglesia Oriental). 

Cipriano vivió en época del emperador Decio, en Antioquía, aunque era natural de Cartago (por eso lo suelen confundir con el San Cipriano histórico). Era filósofo, mago, alquimista. Sus padres rendían culto al dios Apolo y a los demonios, por lo que cuando tenía 10 años, fue enviado al Monte Olimpo a perfeccionar sus artes mágicas en el culto a los falsos dioses. Se hizo un experto en magia, logrando dominar la naturaleza, las cosechas, los corazones de las personas, la salud y la enfermedad. A los 15 años le enviaron a Argos, a perfeccionarse en el culto a la diosa Juno… Y así, la leyenda se extiende sobre los sitios de culto pagano que fue visitando. Al regresar a Antioquía ya era un mago reputado y presumía de un trato personal con el demonio (la leyenda se explaya hasta en una descripción gráfica del aspecto del diablo), al que ayudaba y este le recompensaba con poder, sabiduría y riquezas. Vamos, que era un mago de temer. No se guardaba su magia para sí, sino que enseñaba a otros a realizar sortilegios y embrujos para lograr sus objetivos, acercándoles a los demonios, como él mismo. Y lo dejamos aparcado un momento, para pasar a Justina, ya luego nos reencontramos con él.

Vivía en Antioquía una doncella llamada Justina, hija de Edesio, un sacerdote pagano y su madre se llamaba Cledonia. En una ocasión en que estaba a la ventana, oyó predicar al diácono San Praelio (4 de enero) sobre la Vida, Pasión y Resurrección de Jesucristo. Oírlo Justina y querer conocer a ese Dios Jesucristo, fue la misma cosa. Buscó instruirse en la fe y se fue a una comunidad de cristianos, donde llegó a la fe. Regresó a casa, y convirtió a sus padres. Fueron al obispo San Optato (23 de mayo), que les bautizó, ordenó presbítero a Edesio y consagró la virginidad de Justina a Jesucristo. A todas estas, había un joven pagano, llamado Aglax (o Aglaias) que se prendó, con malas intenciones, de Justina, proponiéndole fuera su amante, a lo que ella respondió huyendo de su persona, luego de responderle: “Mi esposo es Cristo; Él me basta, y por amor a Él guardo mi pureza, como Él ​​preserva mi alma y mi cuerpo de toda contaminación". Determinó el joven raptarla, y así lo hizo, ayudado unos amigos, pero Justina comenzó a gritar y fue socorrida por algunas personas.

Y vuelve a aparecer Cipriano: Ya que no podía hacer más, Aglax se fue a donde al mago Cipriano, para que hechizara a Justina, a cambio de riquezas. Cipriano le respondió que no se preocupara, que la misma joven iría a su presencia, rendida de amor. Y se puso a la tarea: tomó sus libros, preparó sus conjuros e invocó al demonio para que dominara el corazón de Justina y lo entregase al pagano. El diablo le ordenó a Cipriano que dijera al joven rociara la casa de Justina con un brebaje, y esta se encendería de lujuria por él. Así lo hizo este, y esa noche, al despertarse Justina a hacer su oración (hacía oración tres veces en la noche), se sintió fuertemente tentada de lujuria, y recordó a Aglax, pero clamó a Jesucristo, y este le liberó de la tentación. Se apareció el demonio a Cipriano, diciéndole que no podía conquistar a Justina. Invocó Cipriano a otro demonio más poderoso, que halló a la joven haciendo grandes penitencias y ayunando, y tampoco logró nada. Y llamó Cipriano al mismísimo Satanás, que riéndose de los otros demonios, tomó la apariencia de una mujer, se fue adonde Justina, y le pidió vivir con ella, para imitar su vida virtuosa. Pero a la primera sugerencia sobre la superioridad del sexo sobre la virginidad, Justina supo que era cosa del demonio, trazó la señal de la cruz, y el diablo huyó. Al volver adonde Cipriano, le confesó: “Los demonios no podemos ver la señal de la cruz, sino que huimos de ella, porque nos quema como el fuego y nos arroja lejos."

Pero quería cumplir el demonio con Cipriano y se le ocurrió (y tiene risa la cosa) tomar la apariencia de Justina, para que Aglax satisficiese sus deseos. Y allá se fue. Al verle Aglax, le abrazó y le dijo: “que bien que has venido a mí, Justina”, y al oir el nombre de la virgen casta, el diablo ¡puff! desapareció. Ni su nombre podía oír Satanás. Otras estratagemas inventó Cipriano, como convertir a Aglax en pájaro, pero nada, solo lo miró Justina, y el joven casi se mata al caer del tejado. Derrotado, Cipriano se vengó de la familia, los animales, los  amigos de Justina, y ella misma, provocándole una enfermedad. Nada logró, pures la virgen, virgen era, así que extendió sus maldiciones a toda la ciudad, muriendo personas y animales, atrayendo tormentas, terremotos y sequías. Entonces fueron las gentes a convencer a Justina que aceptara Aglax, para que Cipriano les dejase en paz, pero ella les dijo que toda esa obra del demonio cesaría por su oración. Eso, que oró a su Esposo Jesucristo, y los demonios huyeron de la ciudad, la gente alabó a Cristo y se burlaban de Cipriano, que había sido vencido por una virgen Justina.

¿Y que logró esto? Pues que Cipriano se diera cuenta que el diablo era mentiroso y ante Jesucristo no tenía poder alguno, así que renegó de él. El diablo intentó matarlo y llevarle al infierno, y Cipriano clamó: "¡Oh Dios de Justina, ayúdame!" haciendo la señal de la cruz, ante lo que el diablo salió disparado, dejándolo. Cipriano tomó todos sus libros, se fue ante el obispo San Antimo (13 de abril), pidiendo el bautismo. Antimo quemó los libros delante de todo el pueblo y le bautizó, al ver la fe y adhesión a Cristo de Cipriano. No solo esto, sino que al año, fue ordenado presbítero, y a los tres años, fue consagrado obispo. Dio a Justina el orden de las diaconisas, y fundó un monasterio para ella y otras jóvenes.

Pero cuando todo parecía estar bien, el diablo comenzó a insidiar en Eutolmio, gobernador de la región, alertándole sobre cómo eran despreciados los dioses, por los engaños del obispo Cipriano y la abadesa Justina. El gobernador les mandó apresar a ambos y llevarlos ante él para juzgarlos. Al estar ente él, y ser inquirido sobre su cambio de vida, Cipriano narró todo lo ocurrido hasta la huida del diablo ante la señal de la cruz, continuando con una apología de la fe cristiana frente a la idolátrica. Esto le valió ser colgado y raspado su cuerpo con peines, y a Justina ser golpeada. Soportaron grandes tormentos, como el caldero hirviente, al que sobrevivieron, mientras que un sacerdote pagano se quemó.

Les mandaron al juez Claudio, que les condenó a ser decapitados, sin más. Justina inclinó su cabeza y fue decapitada primero. Luego Cipirano, y un tal Teoctisto, que al ver la muerte de los mártires, se convirtió y fue martirizado allí mismo. Los cuerpos estuvieron al aire libre durante seis días, hasta que unos cristianos romanos que estaban de paso las tomaron y las llevaron a Roma, donde Rufina, una piadosa mujer las enterró decentemente y sobre ellos levantó un altar. Estas supuestas reliquias actualmente se veneran en la Basílica de San Juan de Letrán. 

Pero esto es la leyenda. ¿Qué dice la historia? 

El reconocimiento, y su culto, de los mártires Cipriano y Justina es tan antiguo como el siglo IV, en el que San Gregorio Nacianceno (1, Iglesia Siria; 2, Iglesia Romana; 19, traslación de las reliquias; 25, traslación de las reliquias, y 30 de enero, Iglesias orientales: la Sinaxys; 9 de mayo; 11 de junio, traslación de las reliquias a Roma, y 23 de agosto, Iglesia georgiana) le menciona en un sermón, corroborando que era un mago, y filósofo, aunque le llama obispo de Cartago. En el siglo V, la emperatriz Eudoxia le llama obispo de Antioquía. A quien no mencionan nunca es a Justina. El Metafraste y añadidos medievales van aumentado la leyenda, y le hacen autor del famoso libro “Grimonio” sobre magia y hechicería, aunque la verdad es que la compilación de este como se conoce hoy es de los siglos XIX y XX. La leyenda dorada de La vorágine los hizo famosos en Occidente. En el siglo XIII la memoria de Cipirano y Justina se introdujo en el calendario romano, para ser eliminada en 1969. En 2001 también fueron eliminados del martirologio romano.

Finalmente, podemos suponer que fueron mártires reales, a los que el tiempo les llenó de fábulas. O también que no existieron, vamos.


Fuentes.
-"Flos sanctorum". R.P ALONSO DE VILLEGAS. Barcelona, 1794.
-"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los dias del año: Septiembre. P JEAN CROISSET. S.I. Barcelona, 1863.
-"Diccionario de los Santos" C. LEONARDI, A. RICCARDI y G. ZIARRI. Madrid, 2000.

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