Beatos Luis Flores, Pedro de Zúñiga y trece compañeros, mártires
fecha: 19 de agosto
†: 1622 - país: Japón
canonización: B: Pío IX 7 may 1867
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 1622 - país: Japón
canonización: B: Pío IX 7 may 1867
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Nagasaki, en Japón, beatos mártires
Luis Flores, presbítero de la Orden de Predicadores, Pedro de Zúñiga,
presbítero de la Orden de Ermitaños de San Agustín, y trece compañeros,
marineros japoneses, que, desembarcados en el puerto y detenidos de inmediato
por su fe cristiana, tras variadas torturas sufrieron todos un único martirio.
Son sus nombres: Beatos Joaquín Hirayama, León Sukeyemon, Miguel Diaz, Antonio
Yamada, Marcos Takenoshima Shinyemon, Tomás Koyanagi, Jacobo Matsuo Denshi,
Lorenzo Rokuyemon, Pablo Sankichi, Juan Yago, Juan Nagata Mataktichi y
Bartolomé Mohioye.
refieren a este santo: Beatos Luis
Yakichi y Lucía, Andrés y Francisco
Ver más información en:
205 Mártires del Japón, 1617 - 1632
205 Mártires del Japón, 1617 - 1632

El día 22 de julio de 1620, el navío
inglés «Elizabeth» interceptó frente a las costas de Formosa (Taiwan), a una
nave japonesa en la que viajaban cuatro europeos y, al hacer el abordaje,
descubrieron, con gran regocijo, que entre los pasajeros había dos religiosos.
Los piratas se apoderaron del barco y, una vez en alta mar, hubo una
repartición del botín y los cautivos entre ingleses y holandeses. La
tripulación y los cuatro pasajeros europeos quedaron en manos de estos últimos
que consideraron a todos como sus prisioneros y los condujeron al puerto de
Firando. El barco holandés atracó ahí el 4 de agosto y, el mismo día, el padre
Bartolomé Gutiérrez se puso en camino hacia el puerto con la intención de
gestionar la libertad de sus hermanos en religión capturados, pero llegó
demasiado tarde: desde el primer momento, los dos sacerdotes habían sido
desembarcados y entregados al agente holandés Juan Specx. Este se apresuró a
desempeñar su papel de juez y, en seguida, sometió a un riguroso interrogatorio
a sus reos, quienes se mantuvieron firmes en su negativa de que fuesen
sacerdotes o religiosos, a fin de no comprometer a los tripulantes de la nave
japonesa que tan generosamente los había acogido. A los dos se les amenazó con
someterlos a torturas hasta que admitieran su identidad y, mientras tanto, se
los arrojó en una inmunda prisión.
Los religiosos tan arbitrariamente
capturados eran el padre Luis Flores, dominico, y el padre Pedro de Zúñiga, de
la orden de los Ermitaños de San Agustín. Luis Flores había nacido en Amberes,
entre 1565 y 1570; sus padres emigraron a España y se trasladaron a México,
donde el joven Luis entró al convento de San Jacinto, de la capital del
Virreinato de la Nueva España. Tuvo que cambiar su apellido flamenco Frayrin o
Froryn, por el de Flores, para que le permitieran ir a las Filipinas, adonde
llegó en 1602. Se embarcó para el Japón el 6 de junio de 1620, en compañía del
padre Pedro de Zúñiga, que era hijo de un muy gran señor, llamado Alvaro de
Zúñiga, marqués de Villamanrique y virrey de Nueva España. Pedro nació en
Sevilla y tomó el hábito en el convento de dicha ciudad. Hizo su profesión el 2
de octubre de 1604 y llegó a las Filipinas en 1610. De ahí pasó al Japón en
1618. Obligado a esconderse, tuvo que dejar el país al cabo de un año y se
sintió inmensamente feliz cuando se le designó de nuevo para regresar al Japón,
en 1620.
El 2 de octubre, los holandeses
interrogaron otra vez a los dos religiosos para hacerlos confesar su identidad.
El gobernador de Nagasaki, Gonrocu, conocía al padre de Zúñiga, puesto que le
había prohibido que huyera un año antes. El gobernador tenía simpatías por
aquel sacerdote tenaz y le habría gustado ir a saludarle en la prisión, pero no
se atrevía a desobedecer las órdenes del emperador. De todas maneras, se
alegraba al saber que los dos religiosos ocultaban su identidad y no estaba
dispuesto a denunciarlos. A pesar de sus buenas intenciones, el gobernador se
vio obligado a presidir una audiencia pública destinada a desenmascarar a los
dos supuestos sacerdotes apóstatas, asamblea ésta en la que participaba el
alcalde de Firando y donde debían comparecer, como testigos de la acusación, el
sacerdote jesuita Carlos Spínola y varios otros prisioneros cristianos, entre
los que figuraban muchos futuros mártires. El padre Spínola declaró que él no
conocía a ninguno de los acusados y afirmó que si bien un cristiano siempre
tiene que declarar su religión cristiana, no por eso está obligado a declararse
sacerdote. Se rehusó a prestar juramento sobre su declaración, en base a que no
podía hacerlo sin la autorización de sus superiores. Desgraciadamente,
numerosos testigos japoneses reconocieron al padre de Zúñiga. A fin de cuentas,
en la sesión del 30 de noviembre, éste confesó libremente su calidad de
sacerdote y declaró que la había ocultado con el único objeto de no perjudicar
a los marineros japoneses, inocentes en aquella aventura. El padre de Zúñiga
reingresó a la prisión y, a partir del 23 de diciembre, fue encerrado en una
jaula; el capitán y los marineros del barco japonés fueron arrestados a su vez.
El padre Flores permanecía en la cárcel, pero su verdadera identidad era
todavía desconocida.
El padre Collado trató de conseguir la
libertad del padre Flores con la ayuda del japonés Yachiki. Se fraguó un plan
y, el 4 de marzo, el padre Flores fingió que iba a tirar al mar las aguas
sucias y se deslizó en la barca que le esperaba; pero los guardias dieron la
alarma y los fugitivos fueron detenidos. Al día siguiente, comenzaron los
interrogatorios a los japoneses y en seguida el padre Flores para evitarles las
torturas, confesó que él era sacerdote. Inmediatamente fue enviado a
Yuchinochima, donde ya estaba el padre de Zúñiga.
Gonrocu tuvo que informar al emperador de
todo lo que había pasado. Incitado por los holandeses, que le convencieron de
que el padre de Zúñiga era un conquistador español, el emperador dio la orden
de ajusticiar a los detenidos. El 17 de agosto fueron llevados a Nagasaki y
condenados a muerte. El dominico, padre Pedro Vázquez, tuvo la oportunidad de
reunirse con los reos y confesarlos. Por el contrario el 18 de agosto, tuvieron
que soportar las intrigas de un sacerdote apóstata, Araki, quien no obtuvo ningún
resultado. La mañana del 10 de agosto, Gonrocu notificó la sentencia: los dos
padres y el capitán Firayama serían quemados vivos, los doce tripulantes del
navío, decapitados, Yachiki y los cuatro japoneses que habían ayudado al padre
Flores en su fracasada evasión, quedaron encarcelados para completar la
información (les llegó su turno el 2 de octubre). Firayama reclamó a Gonrocu:
«¿Por qué el emperador del Japón nos condena a muerte, sin que nosotros seamos
culpables de crimen alguno?» El gobernador respondió: «Porque está prohibido
que se predique en el Japón la fe de Jesucristo y que los japoneses la
practiquen».
Los condenados fueron conducidos al lugar
habitual de las ejecuciones. Entre la multitud inmensa que acudió a presenciar
los ajusticiamientos, se ocultaban tres dominicos. Numerosos cristianos
cantaban el Magnificat y el Laudate. Los doce japoneses fueron decapitados los
primeros. Eran cofrades del Rosario; eran León Sukemeyon, segundo del navío;
Juan Soyemon, jefe de tripulación; Miguel Díaz, comerciante; Antonio Yamanda,
pasajero; Santiago Matsouwo Dcnchi, pasajero; Laureano Rocouyémond,
comerciante, y cuatro marineros: Pablo Sankichi, Juan Yango, Juan Matachiki
Nangata y Bartolomé Mofióyé. Los dos sacerdotes y Joaquín Firayama fueron
atados a columnas con lazos débiles, pues los verdugos tenían la esperanza de
verlos renegar bajo el exceso del dolor; el fuego era lento para alargar el
suplicio, pero los tres mártires permanecieron invencibles. El padre Flores
murió el primero, después Firayama; al fin de tres cuartos de hora, el padre de
Zúñiga estaba muerto también. Los cristianos entonaron el Te Deum y esperaron
durante cinco horas a que se retiraran los guardias para apoderarse de las
reliquias de los mártires. El Papa Pío IX los beatificó el 7 de julio de 1867.
Procés apostolique; Boero, Relazioni della
gloriosa Morte di 205 Beati Martiri nel Giappone. L. Pages. Histoire de la
religión Chrétienne au Japon, pp. 389, 392, 402, 449, 464, 478, 480, 485, 490,
497, 499 y cartas anexas pp. 204, 214, 248.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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