Fiesta de la
Presentación del Señor
fecha: 2 de febrero
hagiografía: Abel Della Costa
hagiografía: Abel Della Costa
Elogio: Fiesta de la
Presentación del Señor, llamada Hypapante por los griegos: cuarenta días
después de Navidad, Jesús fue llevado al Templo por María y José, y lo que pudo
aparecer como cumplimiento de la ley mosaica se convirtió, en realidad, en su
encuentro con el pueblo creyente y gozoso. Se manifestó, así, como luz para
alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo, Israel.
refieren a este santo: Natividad de la bienaventurada Virgen María
Oración: Dios todopoderoso
y eterno, te rogamos humildemente que, así como tu Hijo unigénito, revestido de
nuestra humanidad, ha sido presentado hoy en el templo, nos concedas, de igual
modo, a nosotros la gracia de ser presentados delante de ti con el alma limpia.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad
del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración
litúrgica).
La
fiesta del 2 de febrero se celebra desde muy antiguo: el primer testimonio que
tenemos es ya del siglo IV, en Jerusalén (por supuesto, nada impide que sea aun
anterior). El «Itinerarium Egeriae» (la peregrinación de la monja hispana
Egeria a los lugares santos, hacia el 384) nos dice, en su capítulo XXVI:
«A los
cuarenta días de la Epifanía se celebra aquí una gran solemnidad. Ese día se
hace procesión en la Anástasis, todos marchan y actúan con sumo regocijo, como
si fuera pascua. Predican también todos los presbíteros y el obispo, siempre
sobre lo que trata el evangelio de la fiesta, de cuando a los cuarenta días
José y María llevaron al templo al Señor, y lo vieron Simeón y la profetisa
Ana, hija de Fanuel, de las palabras que dijeron, al ver al Señor, o de la
ofrenda que hicieron sus padres. Así se realiza todo por su orden y según
costumbre, se hace la ofrenda y así finaliza la misa.»
La
«Anástasis» era la sección del templo de Constantino en Jerusalén, que quedaba
sobre el lugar donde se había producido la resurrección (anástasis) del Señor.
Notemos que la fiesta es "40 días después de Epifanía", es decir,
hacia el 24 de febrero, porque aun no era práctica en Oriente celebrar la
Navidad el 25 de diciembre, costumbre que recién comenzaba en Occidente, y que
llegará a Oriente hacia el siglo VI, así que la fiesta de la Epifanía del 6 de
enero (como sigue siendo en las iglesias ortodoxas) conmemoraba todos los
hechos vinculados a la manifestación (epifanía) en carne de nuestro Señor: el
nacimiento, la adoración de los magos, el bautismo y el primer signo de su
poder (las bodas de Caná); sólo después se van desglosando los distintos hechos
en distintas fiestas.
Para el
siglo VI la celebración se hacía ya el 2 de febrero también en Oriente, sin que
disminuyera la gran solemnidad que ya nos comentaba Egeria, puesto que el
propio emperador Justiniano (que gobernó entre el 527 y el 565) decreta ese día
como festivo para todo el imperio de Oriente.
Egeria
no dice cómo se llama esa celebración que se hace "con sumo regocijo, como
si fuera Pascua", pero su contenido lo podemos deducir de lo que trataban
las predicaciones de los presbíteros: de la subida al templo, del encuentro con
Simeón y Ana, de la ofrenda... es decir, lo que corresponde a la narración de
Lucas 2,22-39, se trata sin duda de lo mismo que conmemoramos hoy.
Sin
embargo, ese texto evangélico es muy amplio y complejo, y cada época, y hasta
variando con los lugares, ha hecho un énfasis distinto en lo que se quiere
significar con la celebración. Así, en Oriente se celebra más bien el encuentro
de Jesús con el Padre a través de las palabras proféticas de Simeón, y la
fiesta recibe el nombre de "hypapante", que significa
"encuentro". Pero cuando esta fiesta se trajo a Roma, hacia el siglo
VII, más bien se puso el acento en la purificación de la Virgen después del
parto, en relación, como veremos luego, con el rito señalado en el libro del
Levítico.
El papa
Sergio I (687-701) instituye en esta fecha la procesión de candelas desde la
iglesia de San Adrián hasta Santa María la Mayor; las candelas se pusieron en
relación con la frase de Simeón «luz para alumbrar a las naciones», sin
embargo, la procesión era penitencial, y no se corresponde muy bien con el
sentido de ese texto, lo que hace pensar en la amalgama de alguna procesión o
celebración preexistente.
San
Beda, que fue contemporáneo, nos dice que esta celebración de las candelas
reemplazaba a las Lupercalias romanas (una fiesta pagana por la fecundidad);
sin embargo tal reemplazo se había producido ya dos siglos antes, a mediados
del IV, por obra del papa Gelasio, y ocurría el 14 de febrero, fiesta del
mártir san Valentín (que por ello queda asociado a las parejas de enamorados).
Quizás la noticia de Beda significa que el 2 de febrero sustituye al 14 como
procesión de candelas, y por tanto tiene su remoto origen en la fiesta pagana
de las Lupercalias, que no se celebraban ya.
Lo
cierto es que en Occidente el nombre de la fiesta fue doble: uno popular en
alusión a la procesión con velas, "Candelaria", y otro el nombre
litúrgico, "Purificación de la Virgen María"; a su vez
"Candelaria" -que en principio sólo indicaba que en esta celebración
tenían un papel destacado las velas- devino, con el tiempo, una advocación de
la Virgen: Nuestra Señora de las Candelas, o de la Candelaria.
Con
esto se perdió para la iglesia latina uno de los sentidos de la celebración, el
más cristológico, centrado en el Hijo, más que en la Madre. La reforma
litúrgica del Vaticano II quiso volver a centrar la fiesta en su aspecto
cristológico, y le puso el nombre de «Presentación del Señor», relacionándola,
a través de la explicación de la fiesta que hace el Martirologio, con la fiesta
de Hypapante de la liturgia griega, poniendo explícitamente por encima de todo
la proclamación de la profecía de Simeón, antes incluso que el
"cumplimiento total de la ley", que es otro de los aspectos de esta
fiesta.
Pero en
definitiva, ¿por qué se produjo tanto cambio y embrollo? Porque el texto mismo
de Lucas en el que se basa esta fiesta es complejo y tiene diversos matices y
direcciones de lectura; sea cual sea el acento que cada época y lugar desea
hacer, todos ellos están presentes en la celebración. Veámoslos en detalle:
Primero y
segundo aspectos: purificación después del parto
«Cuando
se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés,
llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la
Ley del Señor: 'Todo varón primogénito será consagrado al Señor' y para ofrecer
en sacrificio 'un par de tórtolas o dos pichones', conforme a lo que se dice en
la Ley del Señor.» (vv 22-24)
Este
pasaje hace relación a dos leyes distintas del Antiguo Testamento, pero ninguna
de ellas se corresponde con una celebración del templo que conozcamos por otros
testimonios. De allí que la referencia sea vacilante y confusa, incluso en la
transmisión posterior del texto. Efectivamente, vemos que dice "la
purificación de
ellos", que es la lectura más correcta, aunque no faltan
manuscritos (Siríaco) que dicen "el tiempo de la purificación de ella" (es
decir: la madre), o (Vetus Latina) "el tiempo de la purificación de él" (es
decir, del hijo). La vacilación en los manuscritos suele ser indicio de una
semejante vacilación en las tradiciones interpretativas, que no aciertan a dar
con el centro de significado de una narración. De hecho, Lucas alude a dos
ritos no relacionados entre sí: el del referido a la Madre ("un par de
tórtolas", etc) y el del referido al Hijo ("todo varón
primogénito", etc).
Purificación
de la Madre
Posiblemente
sea éste el aspecto más difícil de entender de la fiesta, pero eso se debe más
a una cuestión de mentalidad nuestra, que a lo que surge de la lectura del
texto de Lucas en sí mismo. Sabemos que la frase "ofrecer en sacrificio
'un par de tórtolas o dos pichones'" se refiere a la purificación de
María, porque reproduce literalmente una ley del libro del Levítico, capítulo
12, que habla de la purificación de la madre cuando ha dado a luz.
Cuando
vamos al texto de Lv 12, vemos que una de las tórtolas que se ofrecen es
"en expiación por el pecado" (v 6 y 8), para que la madre quede de
nuevo pura. Cuesta aplicar esta idea a la figura de la Virgen; de por sí el
parto no implica, de hecho, ningún pecado, pero además, ¿qué clase de pecado
podría expiar la Virgen? La confusión proviene de nuestra execrable
moralización de la noción religiosa de pureza (y por tanto de pecado), que la
hemos reducido a su relación con la ley, así sea la ley de Dios.
Para la
Biblia -como en general para la mentalidad religiosa natural- la
"pureza" o "impureza" es algo que se relaciona con la interacción
entre la esfera profana, en la que vive el hombre, y la esfera sagrada, en la
que vive Dios. Cuando un hombre viola la ley de Dios comete pecado, y por tanto
queda impuro, pero no tanto por la violación en sí, sino por haber abajado a
Dios hasta lo profano. Similarmente, cuando un hombre pone en contacto su mundo
profano con el sagrado, incluso para una obra buena, incluso involuntariamente,
también queda impuro: no puede volver a su ámbito cotidiano, profano, hasta que
no haya sido "purificado". El parto es uno de esos momentos en los
que la mujer quedó en contacto con lo más sagrado de Dios, porque tocó su acto
creador, en ella ha obrado la mano de Dios creando una nueva vida, entonces,
aunque el hecho no viola ninguna ley, incluso al contrario, y es festivo (¡cómo
no lo sería, si la fecundidad es, para Israel, la mayor bendición!), sin
embargo la mujer no puede volver sin más a la profanidad, debe
"purificarse", debe "expiar" esta especie de convivencia
con lo sagrado de Dios. Para el mundo bíblico, también la menstruación era un
acontecimiento que hacía "impura" a la mujer, no porque implicara
ninguna clase de violación de una ley moral, sino porque ponía su cuerpo en
contacto con el manantial de la vida, identificada -como es habitual- con la
sangre. También después de ello debía realizar un sacrificio de purificación
para poder volver a su vida corriente.
Nos
cuesta mucho a nosotros, con una mentalidad por un lado enteramente profana y
por el otro sumamente legalista, entender esta categoría de "pureza"
(y su correlato de "pecado") que va mucho más allá del cumplimiento o
incumplimiento de ninguna ley, y de cualquier transgresión de tipo moral. Lo
cierto es que la Virgen debe purificarse, como cualquier mujer que ha estado en
contacto con las manos creadoras de Dios, y hasta, si lo miramos desde ese
punto de vista, más todavía, porque no sólo la mano creadora de Dios ha obrado
en su vientre, sino que ha obrado llenándolo todo de Dios.
Presentación
del Hijo
La
segunda parte de este aspecto de la purificación proviene de las prescripciones
del Éxodo 13 (vv 2 y 12-15): se trata del "rescate del primogénito",
que afectaba a todos los primeros nacidos ("lo que abre el vientre"),
sea de hombres o de animales. Éxodo pone este antiquísimo rito religioso
(posiblemente preexistente a Israel) en relación con la matanza de los
primogénitos egipcios: Israel debía "comprarle" a Yaveh sus
primogénitos rescatándolos con una ofrenda, en recuerdo de que Dios perdonó la
vida de sus primogénitos, pero no los de Egipto. El libro de los Números
(18,15-16) prescribe la cantidad que debía ser pagada en rescate (redención)
por los primogénitos.
Sin
embargo Lucas, aunque menciona la presentación del primogénito, no menciona que
se pagara por Jesús ningún precio de rescate. posiblemente porque Lucas quiere
acentuar desde el principio que Jesús propiamente no debe ser rescatado, ya que
toda su vida no es sino la marcha hacia el Sacrificio de la Cruz.
Entonces,
aunque se hable del tema del cumplimiento de la Ley, y de que Jesús cumple, con
esta presentación en el templo, la Ley entera, no debería hacerse mucho énfasis
en ese tema, que no es el central, tal como lo señala la noticia del
Martirologio:
«...lo que podía aparecer como cumplimiento de la ley mosaica era realmente su encuentro con el pueblo creyente y gozoso...»
«...lo que podía aparecer como cumplimiento de la ley mosaica era realmente su encuentro con el pueblo creyente y gozoso...»
Podríamos
decir que el centro de todos estos versículos están más bien puestos en
Jerusalén, que es la gran protagonista: como "Madre de los pueblos"
recibe a quien habrá de abrir el templo a todos. Quizás poniendo el centro
allí, en la ida al templo más que en la purificación en sí, se entienda mejor
por qué este capítulo 2 de Lucas termina con la ida de Jesús al templo de
Jerusalén al finalizar la infancia, a hablar "de las cosas del
Padre".
Tercer
aspecto: Júbilo de Simeón
Relacionado
con este encuentro entre Jesús y la Ciudad Santa debemos ubicar el tercer
aspecto que emerge en esta fiesta, la figura de Simeón:
«Y he
aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y
piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.
Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de
haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y
cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley
prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
"Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;
porque han visto mis ojos tu salvación,
la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel."» (vv 25-32)
"Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;
porque han visto mis ojos tu salvación,
la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel."» (vv 25-32)
Lo que
era un cierre del Antiguo Testamento se convierte, por inspiración del Espíritu
Santo, como se encarga de resaltar (¡3 veces seguidas!), en manifestación de
Jesús a todos los pueblos. Tenemos que tener en cuenta que san Lucas no tiene
un relato de Epifanía a los gentiles como lo tiene Mateo con sus "magos de
Oriente" (los pastores de Lucas no son gentiles sino "pobres de
Dios", anawim), sin embargo, la tal epifanía no puede faltar, porque forma
parte del mensaje central del Evangelio, así que acentuará en el encuentro con
Simeón ese mismo aspecto que ya conocemos por Mateo: Jesús acaba con la
división de Israel y los gentiles, y se constituye en el lugar donde se
manifiesta el designio de Dios para todos los hombres, sin excepción.
El v 28
-que se suele traducir un poco neutramente como "tomó en brazos"-
tiene en griego un singular énfasis: se nos dice que Simeón "recibió en
sus brazos" (edéxato) a Jesús; el gesto es sacerdotal, no se trata de un
viejito que pasaba por allí, pidió tener al niño y se lo dieron, sino que es a
él a quien le es entregado como presentación a Dios. Toda la escena la dirige
el Espíritu, moviendo a los distintos actores para que obren en dirección al
designio de Dios de manifestar a su Hijo.
Se nos
dice, precisamente, que Simeón "esperaba la consolación de Israel",
es decir, el momento en que se cumplirían todas las promesas, con lo cual, para
el mensaje que nos quiere transmitir san Lucas, nada más lógico que acabara
aquí definitivamente el Antiguo Testamento, y Simeón pudiera "irse en paz".
Cuarto
aspecto: profecías vinculadas al Hijo
«Su
padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo
y dijo a María, su madre:
"Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel,
y para ser señal de contradicción
-¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!-
a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones."
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.» (vv 33-40)
"Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel,
y para ser señal de contradicción
-¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!-
a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones."
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.» (vv 33-40)
Se nos
cuenta una única profecía: Jesús, signo de contradicción. Sin embargo, la
mención de la profetisa Ana hace pensar en oráculos vinculados a la
manifestación del Hijo, que posiblemente deban resumirse en esa única profecía
que se nos comenta. La sección anterior podía dar la idea de que con la
manifestación del Hijo, y la finalización del tiempo de espera en Israel ya
está todo terminado, y el Hijo sólo debe implantar el Reino. La sección de
profecías nos viene a mostrar que esta manifestación del Hijo, aunque implica
el fin de toda la economía antigua, no hace sino poner la primera piedra, y
nada más que eso, a la verdadera construcción del Reino que, como es lógico, no
puede precindir de la cruz. Al igual que se aludía a ella, sin mencionarla,
omitiendo el rescate del primogénito, así también ahora, sin nombrar la cruz,
se alude a ella al profetizar sobre María que no han terminado con el parto sus
dolores por el Hijo, sino que esos dolores continuarán, con más profundidad si
cabe. Si Jerusalén es una de las protagonistas -como he mencionado- de toda
esta secuencia, la mención de la Madre y sus dolores para implantar el Reino
adquiere una resonancia todavía mayor, por la asociación simbólica entre la
Madre y la Ciudad Santa.
Podemos
entender por qué nos contaba Egeria que esta fiesta recibía tanta solemnidad y
júbilo como la mismísima Pascua: es que en ella no se celebra sólo ni
principalmente el recuerdo de alguna anécdota de la infancia de Jesús, sino un
auténtico anticipo de su muerte redentora: el momento en el cual ya no hay
vuelta atrás y la economía antigua, de la ley, la espera y la vacilación, ha
terminado, y se ha instaurado una nueva economía, la economía del Hijo que, aun
en medio de dolores y contradicciones, es el lugar cierto de la salvación.
Bibliografía: para
la primera parte, la de introducción a la historia de la fiesta, me ha sido muy
útil el artículo de Piero Bargellini en Santi
e Beati, también en Mercabá se reproduce una introducción
interesante, aunque con datos menos precisos. El «Itinerarium» de la monja
Egeria puede hallarse en la Biblioteca de ETF en
la excelente traducción de D. Manuel Domínguez Merino, que es de donde la he
citado.
La sección exegética puede ser profundizada con la lectura de la sección correspondiente en «El nacimiento del Mesías», de Raymond Brown (ed Cristiandad). Para la cuestión de la diferencia entre pureza moral y ritual -tema en el que es aconsejable ahondar, no sólo para entender este texto sino muchos bíblicos- puede leerse la sección correspondiente a los sacrificios expiatorios en «Instituciones religiosas de Israel», de John Castelot, en el tomo V del Comentario Bíblico san Jerónimo, también en ediciones Cristiandad (descargable desde la Biblioteca de ETF).
La sección exegética puede ser profundizada con la lectura de la sección correspondiente en «El nacimiento del Mesías», de Raymond Brown (ed Cristiandad). Para la cuestión de la diferencia entre pureza moral y ritual -tema en el que es aconsejable ahondar, no sólo para entender este texto sino muchos bíblicos- puede leerse la sección correspondiente a los sacrificios expiatorios en «Instituciones religiosas de Israel», de John Castelot, en el tomo V del Comentario Bíblico san Jerónimo, también en ediciones Cristiandad (descargable desde la Biblioteca de ETF).
Abel Della Costa
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santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta
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