jueves, 29 de marzo de 2018

EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DE LA NUEVA ALIANZA JUEVES SANTO - MISA CRISMAL (Mons. Oscar Romero)

EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DE LA NUEVA ALIANZA

JUEVES SANTO - MISA CRISMAL


12 de Abril de 1979

Isaías 61, 1-3a.6a.8b-9
Apocalipsis 1, 5-8
Lucas 4, 16-21

 
Queridos hermanos sacerdotes, queridos hermanos:
 

INTRODUCCIÓN

La Misa Crismal es un homenaje al Espíritu Santo en la Semana Santa. El Espíritu Santo es el alma de la Nueva Alianza ya que desde la Cuaresma hemos tratado de seguir el pensamiento de la Revelación Divina en esta perspectiva: de un Dios incansable en el amor, renovando alianzas con los hombres. Llegamos al Jueves Santo en que la promesa que venía anunciándose en esas alianzas antiguas, se está ya celebrando. En esta misa, que es la única que se celebra en todas las catedrales y que se llama la Misa Crismal, queremos rendir un homenaje al espíritu de Dios, al Espíritu Santo que es el que realiza la Alianza Nueva prometida por Dios.
El "crisma", es signo de la unción del Espíritu Santo. Es el signo del Santo Crisma que dentro de unos momentos vamos a consagrar, la liturgia quiere representar ante el pueblo y ante los sacerdotes, la presencia del Espíritu Santo que unge al mediador de la Nueva Alianza, Jesucristo Dios y Hombre verdadero: profeta, sacerdote y rey de la humanidad. Y que nos unge a todos nosotros que crecemos en Él, y Él nos hace partícipes de esa unción divina. Sin el Espíritu Santo no se comprende todo lo divino y eficaz de la redención cristiana.
Es el Espíritu Santo, en esta mañana, el centro de nuestra adoración de nuestra gratitud; y reconocemos en Él, la fuerza que impulsa a Cristo al supremo sacrificio por nosotros y que nos une a nosotros en Cristo Redentor.
 

EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DE LA NUEVA ALIANZA

En esta mañana, la liturgia quiere destacar sobre todo, tres obras maestras de la "unción" del Espíritu Santo:
1º. Cristo.
2º. El pueblo Sacerdotal. Pueblo de fieles bautizados y entresacados del pueblo. Unos ministros de Dios para ese pueblo: los presbíteros.
3º. Los Sacramentos. Por los cuales el Espíritu Santo realiza continuamente la alianza por la cual Él nos da su vida, nos santifica, nos perdona y nosotros nos consagramos, somos su pueblo, alimentamos nuestra entrega al Señor.
 

1. CRISTO

En primer lugar, la obra maestra del Espíritu Santo que estamos celebrando esta mañana, es la unción de Cristo.
"El Espíritu del Señor sobre mí''. Leemos en la primera lectura que hemos escuchado hoy: "El espíritu sobre mí". Y comentando esa profecía de Isaías, el Mesías dice: "Hoy se cumple esta escritura". El Espíritu de Dios sobre mí, yo soy la obra maravillosa del Espíritu Santo.
Una unción substancial. El ser humano asumido por la segunda persona de la Santísima Trinidad. Obra del Espíritu Santo: la unción de Cristo es una unción substancial, una unción que no le viene de afuera, sino que de su misma originalidad, de su mismo principio, es ya obra maravillosa del Espíritu Santo.
Cuando el ángel le anuncia a María que ella va a ser Virgen y Madre del Dios que se hace hombre y la Virgen pregunta: "¿Cómo puede ser esto?". -El ángel le explica que será obra del Espíritu Santo. Gracias al Espíritu Santo aquella humanidad: cuerpo y alma, formada en las entrañas virginales de María, que debía de nacer como todos los niños que nacen: hombre, naturaleza y persona humana, es también divina. El Espíritu Santo asume esa criatura nueva de las entrañas de María y en sus mismas entrañas injerta, diríamos, la segunda persona de la Santísima Trinidad, por lo cual María va a dar a luz, no un simple niño, sino un Niño-Dios. Y María se llamará por eso, Madre de Dios.
Valor Divino de las acciones de Cristo. También, cuando Cristo comenta la profecía de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí... Hoy se cumple esta escritura", nos quiere decir: Yo que aparezco en medio de los hombres como un hombre cualquiera, llevo la unción del Espíritu, llevo la persona de Dios que le da valor divino a todos mis actos humanos. Y si al quedar clavado en una cruz, mis brazos humanos van a ser capaces de salvar al mundo de todos sus pecados, no es porque sea la sangre de un hijo de María, es porque siendo hijo de María estoy ungido como verdadero Hijo de Dios y tiene valor divino todo lo que yo sufra.
El Espíritu es la fuerza que lo resucita. Verdaderamente el Cristo, el Mesías, es obra del Espíritu de Dios. Y por eso, cuando llegó la hora de su glorificación, el Espíritu Santo lo impulsa a la gran obediencia de su pasión. Llevado por el Espíritu, abraza la cruz; impulsado por el Espíritu muere por la redención de los hombres; pero también en la fuerza del Espíritu, resucita. Dios lo resucita por el espíritu de vida por el cual está ungido y la muerte no lo puede vencer.
El Espíritu hace de Cristo la fuente de todos los bienes mesiánicos. Si Cristo ahora pasa a su cielo derramando sobre la humanidad el perdón, la santificación, el consuelo, la verdad que guía a su Iglesia, todo eso' lo debemos a que este Hijo de la Virgen fue ungido por el Espíritu Santo y ahora está sentado a la derecha del Padre; para expresar, que esa humanidad, nacida de las entrañas de una mujer, ha sido glorificada hasta la categoría de Dios, como dice la epístola de San Pablo: "Dios le ha dado un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos".
Y así tenemos, queridos hermanos, al mediador de la Nueva Alianza, al artífice de la relación reanudada entre el cielo y la tierra, al consumidor de la redención humana, al sacerdote que penetró los cielos y continuamente, eternamente está santificando este mundo con su ministerio de eternidad sacerdotal.
Ojalá pudiéramos hoy abrir los ojos de nuestra fe y mirar que el protagonista de la Semana Santa, el Cristo que marcha con su cruz a cuestas y muere en el Calvario y lo vamos a sepultar, no para dejarlo definitivamente en el sepulcro, sino para resucitar y triunfar, es la obra maravillosa del Espíritu Santo.
 

2. El PUEBLO SACERDOTAL

Una segunda obra del Espíritu Santo es que toda esa dignidad divina de Cristo, esa unción por la cual el hijo de María es el Hijo de Dios, esa obra que sólo la podía realizar la omnipotencia del Espíritu de Dios, todo eso divino, santo redentor que Cristo tiene; todo eso sacerdotal por lo cual Cristo ofrece su sacrificio por el perdón de los pecados del mundo, todo eso se nos hace a nosotros también, una participación.
"...Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre..." Por eso, en la lectura de hay, en el Apocalipsis hemos leído lo que San Juan escribe: "Nos ha hecho sacerdotes y reino para Dios". Eso podemos decir nosotros en este Jueves Santo y a eso venimos en la liturgia crismal del Jueves Santo por la mañana: a sentirnos sacerdotes, pueblo sacerdotal que por el bautismo nos conformamos con ese Cristo divinamente redentor.
El Concilio Vaticano II capta y, diríamos, como que retrata de cuerpo entero esta escena bellísima de la Catedral llena de fieles y presidida por sus presbíteros, para decirnos así: "El Nuevo Pacto, la Nueva Alianza que llamamos también el Nuevo Testamento, lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se unificara no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo pueblo de Dios. Pues quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible: "no de la carne sino del agua y del Espíritu Santo, pasan: a constituir un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición".
¡Cuánto elogio para ustedes, queridos hermanos, para nosotros hijos de la carne, a quienes nuestros padres cristianos nos llevaron a las aguas bautismales para incorporarnos en esta estirpe regia, en este pueblo sacerdotal! Es una mañana como para irle a dar un beso a la pila bautismal de nuestra parroquia, como para irle a dar un abrazo de gratitud a la madre querida que nos llevó con nuestro padrino o nuestra madrina al bautismo para hacernos cristianos. Es una mañana para decirle al Señor: gracias por haberme hecho participante aunque pobre, aunque para los ojos del mundo no signifique nada; sin embargo, esa participación de dignidad sacerdotal eterna, me hace grande, me hace divino y me capacita para ser un pueblo que te sepa dar el verdadero culto.
- Dos participaciones: -el sacerdocio común del bautismo; -el sacerdocio ministerial o jerárquico. Pero aquí encontrarnos el misterio de esa diferencia que separa y al mismo tiempo une, estas dos categorías que estamos viendo en la Catedral. Aquí, rodeando el altar, los presbíteros; y ustedes el pueblo sacerdotal. Continúa diciéndonos el Concilio: "El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo".
Ustedes pueblo sacerdotal y nosotros, entresacados del pueblo para servir sacerdotalmente a ustedes, que recibimos la imposición de manos y el carácter sacerdotal para representar a Cristo y guiar al pueblo, hay una diferencia esencial. Pero no una diferencia que nos distinga y aparte, sino para complementarnos mutuamente.
- El sacerdocio ministerial. Carta de Juan Pablo II a todos los sacerdotes de la Iglesia. Yo quiero aquí, subrayar un gesto precioso del Papa Juan Pablo II: fechada el Domingo de Ramos, para que llegue a todos los sacerdotes el Jueves Santo, ha escrito una carta que se titula: "Carta del Sumo Pontífice a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo". En nuestra tipografía, gracias a Dios, pudimos multiplicarla y hacerla llegar este día no solo al presbiterio de la Arquidiócesis, sino a las otras cuatro Diócesis de El Salvador, donde está llegando este día.
El Papa dice, a propósito del pensamiento del Concilio: no nos fijemos tanto en lo teórico de esta distinción esencial: entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial o jerárquico, más bien, diremos su aspecto existencial, amoroso, de servicio, de entrega. Subraya el Santo Padre que esa diferencia nos hace ver, ante todo, la riqueza del eterno sacerdocio de Cristo; que así como el sol se multiplica en mil criaturas, su sacerdocio también puede tomar configuraciones tan diversas: en el padre de familia, en el profesional, en el mundo del laicado y en el campo estrictamente del presbiterio: sacerdotes jerárquicos o ministeriales.
- La diferencia entre los dos sacerdocios... para servicio. El Papa analiza esas dos palabras: "jerárquico", "ministerial", para decir: allí esta esa diferencia. Más que todo una diferencia que, además de darnos a conocer una riqueza del sacerdocio de Cristo, nos llena de amor, de un agradecimiento, para darle a nuestro presbiterado el sentido de un servicio; porque si el Señor nos ha querido destacar del pueblo y darnos su autorización para actuar en su nombre en medio del pueblo, es para servir, para santificar, para enseñar, para guiar a ese pueblo a su verdadera meta. Y cuando hablamos de un sacerdocio jerárquico, no quiere decir una potestad superior, eso mismo le da su característica de servicio, porque es presidir, gobernar; pero gobernar en el sentido de servicio, de conducir, de servir a ese pueblo señalándole el verdadero camino.
- El carisma pastoral... diligencia en la iglesia. El Papa, entonces nos recuerda en esta carta preciosa: que hay un sentido, un carisma -lo llama él-, un carisma pastoral por el cual nosotros, presbíteros, por nuestra vocación especial y por nuestra unción especial el día de la ordenación sacerdotal, nos configuramos con el Buen Pastor que da la vida por las ovejas y que nos obliga a una diligencia, a un celo por el reino de Dios mucho más fino y generoso que el de ustedes, los seglares. Nosotros les decimos a ustedes su responsabilidad del sacerdocio común del bautismo pero, nosotros, con nuestro presbiterado, llevamos una responsabilidad más delicada que, justo por ustedes, se nos hace llevadera cuando se compenetra el sentido de ese sacerdocio común que ayuda, que colabora con ese sacerdocio ministerial.
- El compromiso del celibato... fidelidad de la palabra. Allí saca también, el Santo Padre, nuestro compromiso del celibato. Y antes de discutir -dice el Papa- las razones en pro y en contra de sacerdotes célibes o casados, más bien diremos que el celibato es un carisma que el hombre que lo aceptó, antes comprobó si lo tenía; y que la Iglesia, poniéndolo como condición de su sacerdocio, lo aceptó libremente. Se trata de una palabra de honor dada a Jesucristo, y más que aspectos canónicos o conveniencias de otro tipo, hay que mirar eso -dice el Papa-: "La palabra empeñada al amor de Jesucristo a su Iglesia". Y cuando hay amor, no se buscan razones; cuando hay amor, hay entrega y la misma entrega, la misma alegría de servir y de seguir a Cristo, hace que ese carisma que lleva consigo la carga pesada de no tener un hogar, de no tener una familia a la cual dar el apellido, sin embargo participa de la gran paternidad de Dios; y da al mundo el testimonio de una madurez, de una libertad que el hombre ha sabido optar y sabe dar honor a la palabra dada; y, ésa es expresión de su dignidad personal.
- El pueblo necesita sacerdotes... Finalmente, el Papa dice: a los sacerdotes que han puesto su mano en el arado y que no vuelven su vista atrás, sino que generosamente siguen el surco trabajando con el Señor; pero también a aquellos que miran hacia atrás y, como arrepentidos de la generosidad dada al Señor, sienten la crisis, la duda de su vocación y de su identidad, el Papa nos invita, a unos y a otros, a esta perspectiva que a mí me ha conmovido hondamente. "Pensad en los lugares en donde esperan con ansia al sacerdote y donde, desde hace años, sintiendo su ausencia, no cesan de desear su presencia. Y sucede alguna vez -me imagino yo que el Papa que en sus correrías pastorales por Polonia, se encontraba con escenas como esta que nos describe ahora- que se reúne el pueblo "...en un Santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola aún conservada y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarística; y he aquí que en el momento que corresponde a la transubstanciación desciende de en medio de ellos un profundo silencio, alguna vez interrumpido por un sollozo... ¡Con tanto ardor desean escuchar las palabras, que solo los labios de un sacerdote puede pronunciar tan eficazmente!" Solo el sacerdote puede decir: esto es mi cuerpo, y dar al cuerpo el alimento, al pueblo de Dios. Y cuando no hay sacerdote, que preciosa escena: el pueblo puede recitar todas las plegarias de la misa, pero al llegar el momento de consagrar, guardan silencio, nadie puede decir nada, falta un sacerdote.
¡Tan vivamente desean la comunión eucarística, de la que únicamente en virtud del ministerio sacerdotal pueden participar!, como esperan también ansiosamente oír las palabras divinas del perdón -Sólo el sacerdote puede decir-: Yo te absuelvo de tus pecados. Tan profundamente sienten la ausencia de un sacerdote en medio de ellos. Estos lugares no faltan en el mundo. "En consecuencia si alguno entre vosotros -dice el Papa a nosotros los presbíteros- duda del sentido de su sacerdocio, si piensa que ello es 'socialmente' infructuoso o inútil, ¡medite en esto!".
Les digo que para mí esta carta, sobre todo en este pensamiento, me hace sentir el deseo de seguirle sirviendo al Señor. Y yo suplico al pueblo santo de Dios, sobre todo, pensando en escenas como esta, ¡cuántos pueblos y cantones tienen que guardar ese silencio ante la palabra que no se puede decir, porque sólo el presbítero la puede pronunciar! Hay que meditar en esto para que les dé perseverancia, santidad, fervor a todos nuestros queridos hermanos sacerdotes y suscite en los hogares vocaciones que vengan a llenar los puestos vacíos.
 

3. LOS SACRAMENTOS

- Signo de las ánforas de los Santos Oleos. Finalmente hermanos, este homenaje al Espíritu Santo, lo vamos a representar en las ánforas que ya van a llegar al altar. Los tres óleos o aceites: el crisma, el óleo de enfermos, el óleo de los catecúmenos, son como la fuente de la vida sacramental, como aquel río que el profeta vio salir del Santuario. Aquí, en la Catedral, dentro de la unidad de la liturgia y de toda la Diócesis, se consagran; y de aquí van a ser llevados por los sacerdotes, como ríos de gracia y de santidad, para administrar con ellos los siete Sacramentos que dan la vida sacerdotal al pueblo de Dios.
- "El carácter sagrado y estructurado del pueblo sacerdotal se actualiza por los Sacramentos". Y es el Espíritu Santo el que los vivifica: El bautismo, regeneración como hijos de Dios; la Confirmación: fuerza especial del Espíritu de Dios; la Eucaristía: unión de nuestra vida con el sacrificio de Cristo; la Penitencia: que nos reconcilia con Dios y con la Iglesia; la Unción de los enfermos que asocia la debilidad y el sufrimiento del hombre con la Pasión redentora de Cristo y hace del enfermo un miembro doliente, redentor del Cristo crucificado; el Orden Sacerdotal: que capacita a un hijo del pueblo de Dios, para apacentar en nombre de Cristo a la Iglesia del Señor; y al Matrimonio: signo y participación del amor fecundo que une a Cristo con su Iglesia y que se refleja en el hogar cristiano.
¡Qué bella realidad la del Espíritu Santo animando de vida esos siete ríos de la ciudad de Dios: los siete sacramentos! A eso hemos venido esta mañana a la Catedral: a sentirnos, junto con nuestros presbíteros, el pueblo de Dios que se santifica para Dios. Aprovechemos, queridos hermanos, esta bella liturgia crismal del Jueves Santo que tenemos el privilegio de celebrar nosotros en la Catedral y que no se celebra en ningún otro templo de la diócesis, para expresar, así, la unidad de nuestra fe, de nuestra vida cristiana. Y ya que esto es el alma de la Alianza Nueva, el Espíritu de Dios, reiteremos nuestro respeto, nuestra obediencia al Espíritu Santo que aletea en el corazón de cada cristiano, invitándolo a ser un miembro vivo y digno de ese pueblo sacerdotal, en el cual, Dios, tiene sus ilusiones.
 

PENSAMIENTO FINAL

Vivamos un cristianismo que verdaderamente haga honor a esa dignidad que Cristo nos ha conferido junto con su amor. Al entregarse a la muerte en la cruz, nos da su dignidad sacerdotal repartida en el sacerdocio común de los fieles; y para nosotros presbíteros, privilegiados del Señor para servirles mejor a ustedes, a quienes nos convoca la Iglesia Madre en esta mañana, para reiterar en torno del Obispo, necesitado más que nadie de la ayuda de los presbíteros y del pueblo sacerdotal, reiterar, entre todos, este compromiso bellísimo del sacerdocio de Cristo, que se ha hecho nuestro sacerdocio.

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