viernes, 22 de mayo de 2015

Espiritualidad de la Liberación (Capítulo tercero, primera parte) (Pedro CASALDÁLIGA y José María VIGIL)

Capítulo tercero:
En el Espíritu de Jesucristo Liberador

LA VUELTA AL JESÚS HISTÓRICO

La cuestión del Jesús histórico
La espiritualidad de la liberación, como la misma teología de la liberación, se caracteriza por estar profundamente centrada en el Jesús histórico. Nuestra espiritualidad no es sólo cristocéntrica; tiene en su centro al Cristo-Jesús histórico.
El tema del Jesús histórico como contrapuesto al Cristo de la fe adquirió carta de ciudadanía en la teología moderna a finales del siglo XVIII, en el contexto de la teología liberal protestante, preocupada por la búsqueda de los datos biográficos del «Jesús verdadero», como reacción a la tradición dogmática de la Iglesia y en respuesta a la crítica promovida por el racionalismo de la Ilustración.
Pero el problema se remonta al mismo Nuevo Testamento, en la tensión entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. Esta tensión ha reaparecido periódicamente a lo largo de la historia de las Iglesias cristianas107, sobre todo en los momentos de crisis graves y de renovación del cristianismo108. En los últimos siglos afectó a la teología europea de un modo muy particular. Ya en nuestro tiempo son muchas las teologías y las espiritualidades que han propiciado una historificación de Cristo109. Sin embargo, son quizá la teología y la espiritualidad de la liberación las que más en serio y a fondo han asumido esta historificación.
Se puede considerar que ello se debe a dos causas fundamentales. La primera, al hecho de que en América Latina se ha descubierto un paralelismo muy fuerte entre la situación histórica que vive el Continente y la que vivió Jesús de Nazaret en su momento110. La segunda al hecho de la «circularidad» existente entre el «lugar social» y la imagen de Jesús más fácilmente111
En la espiritualidad y en la teología latinoamericanas, «Jesús histórico» no hace ya referencia directa a aquella problemática de la recuperación de la biografía de Jesús. No se trata de un problema
107 P.R. HILGERT, Jesus histórico: ponto de partida da cristologia latinoamericana, Vozes, Petrópolis 1987, 62. Aquí se puede ver la evolución del tema en los tiempos modernos. Para un replanteamento del tema cfr J. P. MEIER, The historical Jesus: rethinking some concepts, en «Theological Studies» 51(1990)3-24; condensado en «Selecciones de Teología» 123(1992)222-232.
108 J. SOBRINO, Jesús en América Latina, Sal Terrae, Santander 1982, 119.
109 En este esfuerzo de recuperación de la verdadera humanidad de Jesús hay que destacar los trabajos de K. RAHNER, Problemas actuales de cristología, en Escritos de Teología, I Taurus, Madrid 1963, pp. 169-222; Para la teología de la Encarnación, en Escritos de Teología, Taurus, Madrid 1964, pp. 139-157.
110 L. BOFF, La fe en la periferia del mundo, Sal Terrae, Santander 1981, pág. 32; J. SOBRINO,Ibídem, pág. 121-122; ID. Cristología desde América Latina, CRT, México 21977, pág. 9.
111 «Una determinada ubicación (social y/o eclesial) lleva más obviamente a dar importancia y comprender al Jesús histórico, y el Jesús histórico remite a una determinada ubicación»: SOBRINO, Jesús…, 102. «La fidelidad a la situación latinoamericana -y en general a la situación del tercer mundo- y a sus exigencias remiten más obviamente al Jesús histórico; y la captación del Jesús histórico ha llevado más obviamente a profundizar en el conocimiento de la situación latinoamericana y sus exigencias. Es éste en realidad un único movimiento con dos momentos distintos y complementarios que lleva a la historización (según el Jesús histórico) y a la latinoamericanización de la fe en Cristo». Cfr Ibídem 122.
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marginal o circunstancial. Es algo más profundo. Es un desafío que interpela la veracidad de la fe y su capacidad de conservar la totalidad del misterio escondido y revelado en Jesucristo. Entre nosotros, el «Jesús histórico»:
-evoca la recuperación de la densidad teológica de la historia de Jesús de Nazaret para nuestro ser cristiano, dentro de la historia concreta del Continente latinoamericano112.
-traduce la profunda ligación que existe entre la fe de la Iglesia en Jesucristo y el compromiso que por ella le sobreviene para con la historia sufrida del pueblo latinoamericano113.
-responde a una cuestión central y centrante de todas las demás: mantener la dialéctica entre el modo como Jesús vivió su obediencia al Padre y lo que esto tiene de interpelación para el modo como los cristianos vivimos aquí y ahora nuestra fidelidad a Jesús. Si él fue la presencialización de Dios y de su Reino, no hay otra manera de vivir la vida de hijos de Dios sino la que él vivió114.

Contra qué se reacciona
Como se ve, este concreto cristocentrismo específicamente «centrado en el Jesús histórico» es un rasgo característico y muy marcado de nuestra espiritualidad. Y no es un rasgo ingenuo, improvisado o sin consecuencias. No se trata simplemente de una «vuelta a Jesús», sino de un auténtico «rescate de Jesús». Se parte de la sospecha115 de que «en nombre de Cristo ha sido posible ignorar o incluso contradecir valores fundamentales de la predicación y actuación de Jesús de Nazaret».
Se sospecha que «no ha sido infrecuente reducir a Cristo a una sublime abstracción», «abstracción que posibilita ignorar o negar la misma verdad de Cristo», como se manifiesta en los espiritualismos y pentecostalismos «que invocan al Espíritu de Cristo pero no se verifican en el Espíritu concreto de Jesús».
Se tiene también la sospecha de que muchos discursos sobre Jesús como Reconciliación universal «pretenden excluir a Jesús de la conflictividad de la historia y encontrar en el cristianismo un apoyo para cualquier ideología de la paz y del orden y para la condena de cualquier tipo de conflicto y de subversión».
Surge también una sospecha frente a la frecuente tendencia a la inmoderada absolutización de Cristo, que en la conciencia espontánea de los cristianos es aceptada ingenuamente. En efecto, si de Cristo se hace, bajo todo punto de vista, un absoluto, entonces queda justificada teóricamente cualquier «reducción personalista de la fe cristiana», que encuentra en el contacto con el «Tú» de Cristo la última y correcta correlación del «yo» del cristiano. La total absolutización de Cristo introyecta en la conciencia del cristiano una concepción ahistórica, pues si el cristiano posee ya lo absoluto es bien comprensible que su interés por lo históricamente no absoluto se relativice».
Desde otras latitudes geográficas ha expresado estas mismas sospechas, con palabras vigorosas, Albert Nolan, cuando ha dicho:
«A lo largo de los siglos, muchos millones de personas han venerado el nombre de Jesús; pero muy pocas le han comprendido, y menor aún ha sido el número de las que han intentado poner en práctica lo que él quiso que se hiciera. Sus palabras han sido tergiversadas hasta el punto de significar todo, algo o nada. Se ha hecho uso y abuso de su nombre para justificar crímenes, para asustar a los niños y para inspirar heroicas locuras a hombres y mujeres. A Jesús se le ha honrado y se le ha dado culto más frecuentemente por lo que no significaba que por lo que realmente significaba. La suprema ironía consiste en que algunas de las cosas a las que más enérgicamente se opuso en su tiempo han sido las más predicadas y difundidas a lo largo y ancho del mundo… ¡en su nombre!»116
112 Sobre la significación decisiva de la conducta de Jesús para nuestra existencia cristiana, cfr. K. RAHNER, Bemerkungen zur Bedeutung der Geschichte Jesu für die Katholische Dogmatik, (Homenaje a H. Schlier, publicado por G. Bornkamm y K. Rahner), Friburgo-Basilea-Viena 1970, pp. 273-283. También HILGERT, l.c., 62.
113 HILGERT, l.c., 206.
114 HILGERT, l.c., 206.
115 Sobre estas «sospechas», cfr SOBRINO, Cristología desde…, pág. xi-xiii.
116 A. NOLAN, ¿Quién es este hombre?, Sal Terrae, Santander 1981, pág,. 13. «En nombre de Cristo ha sido posible ignorar o incluso contradecir valores fundamentales de la predicación y actuación de Jesús»: SOBRINO, Cristología desde…, pág. xi.
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El problema no es para nosotros la desmitologización de la figura de Jesús, sino su desmanipulación117. El problema no es pues teórico o académico. Decididamente, hay que rescatar a Jesús, «y no se encuentra para ello una forma mejor, más eficaz y más evidente, que volver a Jesús»118. Por eso, para nosotros, «volver a Jesús», reivindicar insistentemente al «Jesús histórico» no es un ejercicio intelectual, ni una manía arqueologista o catacumbista, sino pasión de fidelidad, celo por la recuperación del auténtico rostro de Jesús, la auténtica y normativa revelación de Dios, el genuino carácter cristiano de Dios y de la Iglesia…

¿Qué es pues en concreto apelar al «Jesús histórico»?
La espiritualidad latinoamericana «entiende por Jesús histórico la totalidad de la historia de Jesús».
Y «lo más histórico de Jesús es su práctica, es decir, su actividad para operar activamente sobre su realidad circundante y transformarla en una dirección determinada, en la dirección del Reino de Dios. Es la práctica que en su día desencadenó historia y que ha llegado hasta nosotros como historia desencadenada. Histórico es aquí aquello que desencadena historia». «Lo histórico de Jesús no es, por lo tanto, en primer lugar, lo que es simplemente datable en el espacio y en el tiempo, ni tampoco lo doctrinal… Lo histórico del Jesús histórico es para nosotros, en primer lugar, una invitación (y una exigencia) a proseguir su práctica, a su seguimiento para una misión». «Lo que hay que asegurar cuando se habla del Jesús histórico es, antes que nada, el proseguimiento de su práctica»119.
Volver al Jesús histórico para nosotros no significa querer saber más sobre él, sino conocerlo mejor. Conocer a Cristo -y no meramente saber sobre él- es algo que no conseguimos in-telectualmente, sino prácticamente. En la medida en que comprendemos vitalmente su práctica y, asimilándola y haciéndola nuestra, llegamos a sintonizar más plenamente con su Causa y su persona, en simultaneidad complementaria.
Creemos que la práctica de Jesús es lo que permite acceder a la totalidad de Jesús, lo que permite esclarecer y comprender mejor y jerarquizar los otros elementos de su totalidad: los hechos aislados de su vida, su doctrina, sus actitudes internas, su destino y lo más íntimo suyo, que llamamos su persona120. El mejor lugar para conocer realmente a Jesús es precisamente la prosecución de su práctica, su seguimiento.
Seguir al Jesús histórico es a la vez el mejor modo de aceptar al Cristo de la fe. «En el mero hecho de reproducir con ultimidad la práctica de Jesús y su propia historicidad, por ser de Jesús, se está aceptando una normatividad última en Jesús, y por ello se le está declarando como algo realmente último; se le está declarando ya, implícita pero eficazmente, como el Cristo, aunque después se deba explicitar esa confesión»121
La apelación al Jesús histórico significa que no queremos caer en el engaño idealista de creer en un Cristo sin Jesús, un Cristo sin carne. El Jesús histórico es la carne histórica de Dios. Para evitar toda forma de gnosticismo, antiguo o moderno, el criterio consistirá siempre en volverse a la carne histórica de Cristo. El Jesús histórico es el criterio normativo de la revelación.
El Cristo de la Fe, el Cristo resucitado es el mismo Jesús histórico de Nazaret, totalmente transfigurado y elevado a la derecha de Dios122. Nuestra espiritualidad insiste siempre en esa identidad
117 «La desmitologización de Cristo es importante; pero en América Latina más urgente es su desmanipulación y el rescatar a Cristo de la connivencia con los ídolos. Desmitologizar a Cristo en América Latina no significa primariamente dar razón de su verdad histórica ante la crítica racional, aunque esto se deba hacer también, sino evitar que por su abstracción histórica la realidad pueda ser abandonada a su miseria. Lo que se pretende en América Latina al volver a Jesús es que no se pueda presentar a Cristo en connivencia con los ídolos. Gráficamente podría decirse que lo que está en crisis no es puramente ‘el nombre’ de Cristo, que hubiera perdido significado, sino lo que realmente ocurre ‘en nombre de Cristo’. Si una cultura posterior a la Ilustración ocasiona la duda sobre Cristo, en la realidad latinoamericana se produce la indignación de lo que ocurre en el nombre de Cristo». SOBRINO, Jesús…, 100-102.
118 Ibídem.
119 SOBRINO, Jesús…, 112-113.
120 Ibídem, 115.
121 Ibídem, 116.
122 L. BOFF, Jesucristo el liberador, Sal Terrae, Santander 1980, 90.
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entre el Cristo resucitado y el Jesús histórico123. En este punto se sitúa en la misma línea de Juan en el Nuevo Testamento: el Mesías venido en la carne es el criterio para verificar toda inspiración (Jn 4, 1-3).
Esa vuelta al Jesús histórico -al rostro histórico de Jesucristo- nos ha hecho descubrir los rostros de Cristo según Puebla (30ss) y ese rostro colectivo del Siervo Sufriente en América Latina, según la teología y la espiritualidad de la liberación, y conforme a la más ubicada lectura bíblica del Siervo de Yavé.
123 La teología de la liberación insistirá, por ejemplo, en que «el resucitado es el crucificado», y no un resucitado en sí mismo, que podría ser un resucitado cualquiera. Cfr SOBRINO, El resucitado es el crucificado, en Jesús…, 235-250.
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EL DIOS CRISTIANO

La espiritualidad latinoamericana se caracteriza por un planteamiento peculiar del tema de Dios124. Si en Europa y en Norteamérica este tema ha sido enfocado en los últimos decenios a partir del diálogo con el ateísmo humanista, entre nosotros, en un «continente cristiano» de grandes mayorías «oprimidas y creyentes», el mismo tema lo sentimos desafiante y urgente a partir de nuestra lucha contra la idolatría antihumana. Para nosotros, el problema referente a Dios no es tanto el ateísmo cuanto la idolatría125.
La cuestión que más profundamente se nos plantea no es tanto si somos creyentes o ateos, sino de qué Dios somos creyentes y de qué Dios somos ateos. Nuestro problema no es si existe o no existe Dios, sino cuál es el Dios verdadero. Discernir entre el Dios verdadero y la multitud de ídolos
Este planteamiento nos viene de la realidad de nuestro continente, un continente mayoritariamente cristiano, donde todo parece hacerse en nombre de Dios, y donde hasta la miseria y la explotación están recubiertas de una legitimación religiosa. Ya en los orígenes de la fe cristiana en nuestro continente, hace quinientos años, se hicieron en nombre del Dios cristiano muchas cosas que contradicen su voluntad más evidente. La cruz legitimó a la espada. En nombre de Jesús se marcó a fuego el bautismo de los esclavos negros deportados de África. En nombre de Dios se exigió la obediencia a los monarcas del imperio extranjero, incluso en el momento posterior de la independencia nacional. En la pasada década hemos vivido tiempos de guerra en los que la cruz era enarbolada en ambos bandos. Y aún hoy día, cristianas son las mayorías oprimidas de América Latina, y cristianos se dicen también sus opresores. El nombre de Jesús es pronunciado entre opresores y oprimidos con sentidos enteramente contradictorios. Se nos hace evidente que los ídolos del poder y del dinero están activos y se cobran muchas víctimas, pero disfrazados bajo apariencias cristianas.
En este contexto de lucha de los dioses es donde el Espíritu nos ha otorgado un instintivo sentido espiritual de reivindicación del auténtico Dios cristiano, una búsqueda apasionada del «Dios de Jesús», un deseo constante de discernimiento de la calidad cristiana de nuestro Dios, y un esfuerzo por desenmascarar a los ídolos. Nos declaramos ateos frente a los ídolos, aunque tengan nombre cristiano. Nos unimos al ateísmo de todos los que niegan a los ídolos.
En este discernimiento del Dios verdadero frente a los ídolos, nuestra espiritualidad se deja guiar por el mismo criterio que nos orienta en todos los demás campos: Jesús de Nazaret. Buscamos el Dios «cristiano», es decir, el Dios de Cristo, el que mostró Jesús. Se trata, también aquí, de una vuelta al Jesús histórico. Al redescubrir a Jesús la Iglesia latinoamericana se da cuenta de que entran en crisis no pocos aspectos de su imagen de Dios, que no respondían, en efecto, al Dios de Jesús. Esa crisis es radical, porque afecta a la raíz más fundamental, y es purificadora, sobre todo si se logra superar la resistencia a la conversión al Dios de Jesús.
No es que los humanos tengamos una idea de lo que es Dios ya antes de conocer a Jesús, y que después, por la fe, descubramos que ese Dios que ya creemos conocer (inspirados quizá por Aristóteles, por tradiciones religiosas culturales, o por nuestro simple sentido común) está presente en Jesús. Así ha funcionado muchas veces nuestra afirmación de la divinidad de Jesús: al afirmar que Jesús es Dios no modificábamos nuestra idea previa de Dios, sino que corregíamos la comprensión que hacíamos de Jesús en función de nuestra idea previa de Dios. No nos dejábamos pues evangelizar por Jesús, sino que encorsetábamos la evangelización de Jesús en nuestros esquemas mentales previos, ajenos a Jesús. Así, muchos cristianos, que se dicen tales, adoran a otros dioses, a otros ídolos, confundiéndolos con el Dios cristiano.
124 R. MUÑOZ, Dios de los cristianos, Paulinas, Santiago de Chile 1988. VARIOS, La lucha de los dioses, DEI-CAV, San José de Costa Rica 1980. V. ARAYA, El Dios de los pobres, DEI, San José 21983. Documento Kairós Centroamericano, nºs 55-60. Documento Kairós Internacional, Camino de Damasco, capítulo 2º y 3º.
125 R. MUÑOZ, l.c., 25ss. El DKI hace muy sugerentes reflexiones sobre la idolatría (nºs 49-61). J. L. SEGUNDO, Nuestra idea de Dios, Buenos Aires 1970. G. GUTIERREZ, El Dios de la vida, Lima 1981. J. SOBRINO, Reflexiones sobre el significado del ateísmo y la idolatría, RTL (1986)45-81.
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Pero no debe ser así. El Dios cristiano no tiene que ver con cualquier idea que nosotros ten-gamos de Dios previamente a conocer a Jesús. «A Dios nadie lo ha visto. Es Jesús quien nos lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18). Para conocer al Dios verdaderamente «cristiano» hay que renunciar a nuestras ideas previas sobre Dios, y aprender qué, quién y cómo sea Dios, a partir de Jesús.
«El Nuevo Testamento no nos dice tanto que Jesús es Dios cuanto que Dios es Jesús». Entiéndase. Eso significa que todo lo que nosotros podemos saber de Dios lo tenemos que aprender en Jesús. Que no podemos manipular la revelación que Dios nos hace en Jesús corrigiéndola -consciente o inconscientemente- a partir de lo que ya pensábamos o creíamos saber previamente acerca de Dios, sino que, al contrario, debemos corregir nuestra idea de Dios en función de lo que Jesús nos manifiesta sobre Dios.
Creer en Jesús es creer en su Dios Padre, en el Dios bíblico.
La pregunta por el Dios cristiano es la pregunta más radical que se puede hacer la propia Iglesia. Se trata de saber si el Dios que adoramos es realmente el de Jesús o un ídolo enmascarado. Y esta pregunta abarca también el análisis de la función que la fe cristiana cumple en la sociedad y en la historia. Porque, pudiendo parecer un Dios cristiano en el ámbito reducido de la referencia bíblica y del mundo personal, puede sin embargo estar ejerciendo funciones sociales (de legitimación de prácticas y estructuras) enteramente contrarias al plan de Dios, al Reino predicado por Jesús. La pregunta, pues, va más allá de las buenas intenciones del individuo, de la comunidad o de la Iglesia como institución126.
Y ¿cómo es este Dios que se nos ha revelado en Jesús? ¿Cómo es el Dios cristiano en quien creemos? La espiritualidad de la liberación da cuenta clara y testimonio apasionado de su Dios en todos y cada uno de sus capítulos. En este momento sólo queremos reunir sintéticamente unas cuantas pinceladas mayores.
Creemos en el Dios de Jesús, el que él nos revela concretamente en su carne, en sus obras y también en su palabra, en su historia viva.
Creemos en el Dios del Reino, el Dios de Jesús, que nos ha revelado su proyecto sobre la historia y nos encomienda la tarea de acogerlo y construirlo: ¡el Reino!
Creemos en el Dios encarnado, universal pero concreto, en kénosis, que tomó carne, cultura, sexo, dialecto, regionalismo…
Creemos en el Dios de la Historia, que se manifiesta en la historia, se hace historia y la acompaña y nos la entrega como responsabilidad a los humanos.
Creemos en el Dios de la Vida, que engendra la vida y se gloría en la vida127, que quiere que todos los hombres se salven, que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10).
Creemos en el Dios de los pobres, universal pero parcial.
Creemos en el Dios liberador, que se manifiesta con poder liberando al pueblo, levantando del polvo a los humildes y destronando a los poderosos.
Creemos en el Dios de todos los nombres, que actúa y está presente en todos los pueblos y religiones, que escucha a todos cuantos lo invocan sinceramente aun bajo cualquier otro nombre, que no exige a nadie que deje la propia cultura para sentirse él reconocido.
Creemos en el Dios Padre y Madre, que creó al hombre y a la mujer a su imagen, iguales en dignidad, complementarios en su realización.
Creemos en el Dios Trinidad, comunión original, comunidad finalizante.
Creemos en el Dios en lucha con los ídolos, que se debate con los principados y potestades de este siglo, contra los dioses de la muerte.
126 «No hay que dar por supuesto que nuestro Dios es el Dios de la Vida que se manifiesta en Jesús. Es posible decir misa cada día, estar delante del Santísimo Sacramento en adoración perpetua o desempeñarse como párroco, provincial u obispo y sin embargo manejar la imagen de un Dios que no es el Padre de Jesús. Puede ser muy bien el Dios de una institución, de una cultura o la proyección de deseos infantiles. Tenemos que discernir constantemente para que nuestro Dios no sea el Dios de realidades humanas sacralizadas», Pedro TRIGO, Vida consagrada al Dios de la Vida, «Enfoque» (La Paz, Confer Boliviana), enero 1992, pág. 25.
127 «Gloria Dei homo vivens», san Ireneo. J. SOBRINO, La aparición del Dios de la vida en Jesús de Nazaret, en Jesús en América Latina, Sal Terrae, Santander 1982, 157-206.
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El Dios que predicaron los misioneros era un Dios que bendecía a los poderosos, a los conquistadores, a los colonizadores. Exigía resignación ante la opresión y condenaba la rebeldía y la insubordinación. Todo lo que este Dios nos ofrecía era una liberación interior y extra-mundana. Era un Dios que moraba en el cielo y en el templo, no en el mundo.
El Jesús que se nos predicó apenas era humano. Parecía flotar sobre la historia, sobre los problemas y conflictos humanos. Se le representaba como un rey o emperador grande y poderoso que gobernaba sobre nosotros, incluso durante su vida terrena, desde las alturas de su trono majestuoso. Así, se concebía su acercamiento a los pobres como una condescendencia. Condescendió en hacer de los pobres el objeto de su misericordia y compasión, pero sin participar en su opresión y en sus luchas. Su muerte no tuvo nada que ver con conflictos históricos; fue un sacrificio humano para aplacar a un Dios airado. Lo que se nos predicó fue un Dios totalmente extra-mundano que no tenía incidencia en esta vida. Estas fueron las imágenes de Dios y de Jesús que heredamos de os conquistadores y de los misioneros que los acompañaron…
…Comenzamos a leer la Biblia con ojos nuevos. Ya no dependimos de la interpretación de nuestros opresores. Y descubrimos que Jesús fue uno de nosotros. Nació en pobreza. No se encarnó como rey o noble sino como uno de los pobres y oprimidos. Tomó partido en favor de los pobres, apoyó su causa y los bendijo (Lc 6, 20). «¡Ay de ustedes los ricos!» (Lc 6, 24). Incluso describió su misión como la liberación de los oprimidos (Lc 4, 18). Esto era exactamente lo contrario de lo que se nos había enseñado.
En el corazón del mensaje de Jesús estaba la venida del Reino de Dios. Descubrimos que Jesús había prometido el Reino de Dios a los pobres: «el Reino de Dios es de ustedes» (Lc 6, 20), y que la buena noticia sobre la venida del Reino de Dios era buena noticia para los pobres (Lc 4, 18)…
Jesús fue y es la verdadera imagen de Dios. Los cristianos pobres y oprimidos de hoy, juntamente con los que han optado por los pobres, pueden ahora ver el rostro de Dios en el Jesús pobre, perseguido y oprimido como ellos. Dios no es un opresor todopoderoso. El Dios que vemos en el rostro de Jesús es el Dios que escucha el clamor de los pobres y que los guía a través del mar y del desierto hasta la tierra prometida (Ex 3, 7-10). El verdadero Dios es el Dios de los pobres, que se encoleriza ante la injusticia en el mundo, defiende a los pobres (Ps 103, 6), derriba de sus tronos a los poderosos y enaltece a los humildes (Lc 1, 52). Es el Dios que juzgará a todos los seres humanos de acuerdo a lo que hayan hecho o dejad de hacer por los hambrientos, por los sedientos, por los desnudos, por los enfermos y por los encarcelados (Mt 25, 31-46).
Agradecemos a Dios por la gracia que nos ha permitido redescubrir a Dios en Jesucristo «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Lc 10, 21). Es el Espíritu de Dios quien nos ha capacitado para ver lo que los letrados y sabios no han sabido ver. Ya no creemos en el Dios de los poderosos y no queremos ningún otro dios fuera del Dios que vivía en Jesús. «Yo soy Yavé tu Dios, el que te sacó de Egipto, país de la esclavitud. No tengas otros dioses fuera de mí» (Ex 20, 2-3).
«Documento Kairós Internacional, Camino de Damasco», nºs 30ss.

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