Santa Juliana, virgen y mártir
fecha: 16 de febrero
†: s. inc. - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: s. inc. - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
la Campania, santa Juliana, virgen y mártir.
patronazgo: protectora en el
parto y en las enfermedades infecciosas.

El
Martirologio Romano conmemora en el día de hoy, en Cumas de Campania, la
translación de Santa Juliana, virgen y mártir, «quien -según la narración
tradicional- fue primeramente azotada por su padre, de nombre Africano, en
Nicomedia, durante el reinado del emperador Maximiano, y después sometida a
diversos suplicios por el prefecto Evilasio, a quien había rechazado como
esposo. Más tarde fue encerrada en una prisión, donde se batió cuerpo a cuerpo
con el demonio. Finalmente, tras de haber superado la tortura del fuego y del
agua hirviente, fue decapitada por la espada».
La
vida de Santa Juliana fue muy popular en la Edad Media, pues Juan de Vorágine
le consagró una larga sección en su «Leyenda Dorada», pero las bases históricas
son muy discutibles. Sin embargo, los mejores manuscritos del Hieronymianum
dicen que se veneraba a la santa en las cercanías de Cumas y de Nápoles. San
Gregorio el Grande escribió a Fortunato para pedirle «sanctuaria» (reliquias)
de la santa para la consagración de un oratorio que una noble dama había
erigido en sus posesiones, en honor de Santa Juliana y San Severino. Parece que
los martirologios trataron de hacer concordar las fechas citadas en las
diferentes fuentes, mediante la hipótesis de una translación de las reliquias
de Santa Juliana, de Nicomedia a Puozzuoli o Cumas. Uno de los hechos más
característicos de las «Actas», es la discusión que tuvo la santa con el
demonio, el cual, transformado en ángel de luz, trataba de persuadirla para que
accediese a los deseos de su padre y de su pretendiente. Por ello, el arte
medieval representaba comúnmente a Santa Juliana con una cadena o una cuerda
disponiéndose a atar a un demonio alado.
Ver
Acta Sanctorum, febrero, vol. II, y Biblioteca Hagiográfica Latina, nn.
4522-4524. Cf. Delehaye, Les origines du culte des martyrs (1933), pp. 301-302;
Detzel, Christliche Ikonographi, vol. II, p. 456.
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Santos Elías, Jeremías, Isaías y nueve
compañeros, mártires
fecha: 16 de febrero
fecha en el calendario anterior: 1 de junio
†: 309 - país: Israel
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 1 de junio
†: 309 - país: Israel
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
Cesarea de Palestina, santos mártires Elías, Jeremías, Isaías, Samuel y Daniel,
cristianos egipcios, que, por haber servido a los confesores condenados a las
minas, fueron apresados por el prefecto Firmiliano, en tiempo de Galerio
Maximiano, y, después de duros tormentos, perecieron decapitados. Tras ellos
fueron martirizados Pánfilo, presbítero, Valente, diácono de Jerusalén, y
Pablo, oriundo de la ciudad de lamnia, que habían permanecido dos años en la
cárcel, así como Porfirio, siervo de Pánfilo, además de Seleuco, capadocio que
ostentaba un grado en la milicia, y Teódulo, anciano servidor del prefecto
Firmiliano. Finalmente, el capadocio Julián, llegado como peregrino en aquel
momento, fue denunciado como cristiano por haber besado los cuerpos de los mártires,
y por orden del prefecto lo quemaron a fuego lento.
refieren a este santo: Santos Ares,
Promo y Elías
En
la sección de la «Historia Eclesiástica» dedicada a los confesores de
Palestina, Eusebio de Cesarea describe a su maestro Pánfilo como al «más
ilustre mártir de su época, por sus vastos conocimientos filosóficos y por
todas las virtudes que le adornaban». Esta vez no se trata de un mero
panegírico convencional, porque hay un inconfundible tono de sinceridad en las
palabras que utiliza el historiador cuando habla de «su señor Pánfilo», puesto
que siempre hace esta aclaración: «no sería conveniente que yo mencionara el
nombre de ese santo y bendito hombre, sin darle el título de 'mi señor'». Con
agradecida veneración, se auto-impuso lo que él llama «un nombre triplemente
amado para mí», y firmaba Eusebius Pamphili (Eusebio [discípulo] de Pánfilo) al
escribir la biografía de su héroe, en tres volúmenes que conoció san Jerónimo,
pero que ya no existen.

Pánfilo,
vástago de una familia rica y honorable, nació en Berytus (Beirut), en Fenicia.
Tras distinguirse en todas las ramas de la enseñanza secular que se impartía en
su ciudad natal, tan renombrada como centro del saber, se fue a Alejandría para
estudiar en la famosa escuela catequética, donde estuvo bajo la influencia de
Pierio, el discípulo de Orígenes. El resto de su vida lo pasó en Cesarea, que
por entonces era la capital de Palestina. Allí fue ordenado sacerdote. También
allí formó una magnífica biblioteca que se conservó hasta el siglo VII, cuando
fue destruida por los árabes. Pánfilo fue el más notable estudioso de la Biblia
en su época y el fundador de una escuela de literatura sagrada. Después de
salvar infinitas dificultades, de revisar y corregir miles de manuscritos, hizo
una traducción de las Sagradas Escrituras más correcta que cualquiera de las
que circulaban hasta entonces. Toda la versión fue transcrita por su mano y
distribuida por medio de copias que hizo sacar a los alumnos más dignos de confianza
de su escuela. La mayoría de las veces, entregó su trabajo gratuitamente puesto
que, a más de ser un hombre muy generoso, estaba ansioso por alentar los
estudios sagrados.
Como
trabajador infatigable, llevó una existencia muy austera y fue notable por su
humildad. A sus criados y empleados los trataba como hermanos; entre sus
parientes, amigos y particularmente, entre los pobres, distribuyó las riquezas
heredadas de su padre. Una vida tan ejemplar tuvo su merecida culminación en el
martirio. En el año 308, Urbano, el gobernador de Palestina, lo mandó
aprehender, lo sometió a crueles torturas y lo encerró en prisión, por negarse
a sacrificar ante los dioses. Durante su cautiverio, colaboró con Eusebio, que
tal vez fuera su compañero de prisión, para escribir una «Apología de
Orígenes», cuyas obras había copiado y admiraba grandemente.
Dos
años después de haber sido detenido, Pánfilo fue llevado ante el gobernador
Firmiliano, sucesor de Urbano, para un examen de su causa y un nuevo juicio. En
esa ocasión le acompañaban Pablo de Jamnia, hombre de gran fervor, y Valente,
un anciano diácono de Jerusalén que tenía en su crédito haberse aprendido toda
la Biblia de memoria. Encontrando a los tres acusados enteramente firmes en su
fe, Firmiliano dictó contra ellos la sentencia de muerte. Tan pronto como se
dio a conocer el veredicto, Porfirio, un estudiante joven e inteligente a quien
Pánfilo amaba como a un hijo, abordó resueltamente al juez para pedirle permiso
de recoger y sepultar los restos de su maestro. Firmiliano inquirió si también
él era cristiano y, al recibir una respuesta afirmativa, mandó que se le diera
tormento. A pesar de que sus carnes fueron desgarradas hasta mostrar los huesos
y las entrañas, Porfirio no lanzó ni un lamento. Para matarlo, lo quemaron a
fuego lento, mientras él invocaba el nombre de Jesús.
Al
mismo tiempo, un capadocio llamado Seleuco, que proclamó en voz alta el triunfo
de Porfirio y alabó su constancia, fue condenado a morir decapitado con todos
los demás. El tirano estaba enfurecido, que ni siquiera la servidumbre de su
casa escapó a su cólera; por un simple informe de que el anciano Teódulo, su
criado favorito, era cristiano, puesto que había besado el cadáver de uno de
los mártires, Firmiliano lo mandó crucificar inmediatamente. El mismo día, en
la tarde, por una ofensa similar, un catecúmeno llamado Juliano fue quemado a
fuego lento. Los otros confesores, Pánfilo, Pablo, Valente y Seleuco murieron
decapitados. Sus cadáveres, arrojados por los verdugos en las afueras de la ciudad,
fueron respetados por las aves de rapiña y las fieras salvajes, de manera que
los cristianos pudieron recogerlos intactos y darles sepultura.
Corría
el año 309, y mientras estos martirios ocurrían, cinco egipcios fueron a
visitar a los confesores de la fe, condenados a trabajos forzados en las minas
de Cilicia. A su regreso les detuvieron los guardias a las puertas de Cesarea.
Los cinco confesaron al punto que eran cristianos y declararon el motivo de su
viaje. Al día siguiente, comparecieron ante el gobernador Firmiliano. El juez,
según su costumbre, ordenó que los cinco egipcios fuesen torturados en el
potro, antes de ser juzgados. Después de que habían sufrido ya muchos
suplicios, el gobernador preguntó al que hacía cabeza, su nombre y su nacionalidad.
El mártir respondió que su nombre de bautismo era Elías, y que sus compañeros
se llamaban Jeremías, Isaías, Samuel y Daniel. Como Firmiliano le preguntase
nuevamente por su nacionalidad, Elías contestó que eran ciudadanos de
Jerusalén, refiriéndose a la Jerusalén celestial, verdadera patria de todos los
cristianos. El gobernador ordenó a los verdugos que torturasen a Elías, quien
fue azotado con las manos atadas a la espalda y los pies brutalmente aplastados
en yugos de madera. Después el gobernador mandó que los cinco fuesen
decapitados. La orden se ejecutó inmediatamente.
La
historia de todos estos santos es de gran interés para todos los especialistas
en hagiografía cristiana, por venir narrada de primera mano, por un testigo de
la calidad de Eusebio, padre de la historia eclesiástica.
La
principal fuente es el De Martyribus Palaestinae, de Eusebio, editado como
apéndice al Libro VIII de la Historia Eclesiástica. Lamentablemente, tratándose
de un apéndice no todas las ediciones lo incluyen, y así, por ejemplo, no está
en la edición castellana de BAC, pero sí puede leerse en la edición inglesa en línea.
El texto griego con anotaciones se editó en Analecta Bolandiana, vol. XVI
(1897) pp, 113-139; también cf. vol. XXV (1906), pp. 449-502. Véase también a
Violet, en Texte und Untersuehungen, vol. XIV, parte 4 (1895); Harnack y Preuschen, Altchrist.
Literaturgerschichte, vol. I, pp. 543-550 y vol. II, pp. 103-105. Se
conmemora a San Pánfilo tanto en el primitivo Breviario Sirio como en el
Hieronymianum, pp. 100-101 del comentario de Delehaye. Como los dos años de
prisión mencionados por Eusebio no habrían terminado en 309, algunas
autoridades sitúan el martirio al año siguiente; pero Harnack sostiene la fecha
en 309.
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso
o última modificación relevante: ant 2012
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=594
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