San Aureliano de Arlés | |
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San Aureliano de Arlés, obispo
En Lyon, en la Galia, sepultura de san Aureliano, obispo de Arlés, el cual, nombrado vicario en la Galia por el papa Vigilio, fundó en su ciudad dos monasterios, uno masculino y otro femenino, a los que dio una Regla propia.
San Aureliano llegó a ocupar el obispado de Arles en el 546 y, por entonces, recibió el palio que le envió el papa Vigilio, así como un nombramiento de vicario pontificio en las Galias. Aureliano fundó un monasterio para monjes, al que enriqueció con muchas reliquias y para el cual estableció una regla; asimismo estableció en Arles un convento para mujeres. Cuando el papa Vigilio se hallaba de visita en Constantinopla, el obispo de Arles le escribió una carta para pedirle que, en bien de la doctrina, explicase la condenación que había formulado y que se conoce con el nombre de los «Tres Capítulos» (ver un resumen del tema en san Dacio). El emperador Justiniano había hecho presiones sobre el Papa a fin de que proclamase esa condenación, pero en el Occidente se la miraba con cierta desconfiaza y se decía que afectaba la validez del Concilio de Calcedonia. La respuesta del Papa llegó en otra carta, donde afirmaba amablemente que no había motivos para preocuparse, pero sin dar explicaciones más que en términos muy vagos. San Aureliano murió en Lyon, donde se descubrió su tumba en el año 1308.
Hay una nota sobre san Aureliano en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV. Una carta del santo, dirigida al rey Teodeberto, se editó con comentarios críticos en MGH., Epistolae, vol. III, p. 124. Sobre la controversia de los "Tres Capítulos", ver a Hefele-Leclercq, vol. ni, pp. 1-67. Sobre el lugar del santo en la lista de obispo de Arles, consúltese a Duchesne en Fastes Episcopaux, vol. i, pp. 258-259.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Ticón de Amato | |
San Ticón de Amato, obispo
En Amato (Limassol), en la isla de Chipre, san Ticón, obispo, en tiempo del emperador Teodosio el Joven.
Todo lo que se puede afirmar con certeza sobre san Ticón, es que, en épocas muy antiguas, ocupó la sede episcopal de Amato, el sitio donde ahora se encuentra la ciudad de Limassol, en Chipre, y que durante varios siglos gozó de gran veneración por parte de los habitantes de la isla, quienes le llaman «el Milagroso» y le consideran el patrón de los viñadores. Los dos puntos de su vida que subrayan sus biógrafos, son estos: era hijo de un panadero y, cuando niño, acostumbraba a distribuir entre los pobres el pan que su padre le mandaba a vender; al enterarse el panadero, se indignó; pero al abrir la puerta de la bodega donde guardaba su harina, la encontró, por un milagro, llena a reventar, de manera que sus pérdidas quedaban ampliamente recompensadas. El segundo punto se relaciona con la época en que Ticón era obispo; por entonces poseía una pequeña viña, pero no tenía cepas qué plantar en ella. Cierto día tomó la rama de la vid que otro viñador había arrojado por considerar que estaba muerta y la plantó en sus tierras, mientras elevaba una plegaria para solicitar de Dios cuatro mercedes: que la savia volviese a circular por la rama seca, que la cepa produjese abundante fruto, que las uvas fuesen dulces y que maduraran pronto. Desde entonces, en la viña del obispo Ticón los racimos maduraban mucho tiempo antes que en cualquiera de los otros viñedos de la comarca, y esa fue la razón por la que se celebra la fiesta de San Ticón y se procede a la bendición de los viñedos, el 16 de junio, pero sólo en la región de Limassol, porque en otras comarcas de Chipre no se celebra la vendimia sino varias semanas después.
A pesar de que no se puede dar ningún crédito a su legendaria historia, y no obstante los esfuerzos que han hecho recientemente algunos escritores alemanes, sobre todo H. Usner, para identificarlo con el dios pagano Príapo, se puede aceptar como cierto que san Ticón fue un personaje real y un prelado de la Iglesia cristiana. Basándose en la tradición de que las uvas de Limassol maduraron antes de tiempo gracias a san Ticón, desde tiempos remotos y como parte de las ceremonias que se realizan el 16 de junio, se exprime el jugo de un racimo dentro de un cáliz. Hasta el fin del siglo VI, la tumba de san Ticón era un sitio muy visitado por los peregrinos y, durante el siglo IX, san José el Himnógrafo, compuso un oficio en su honor.
Hay una biografía en griego sobre san Ticón, impresa y editada por H. Usener, en Der Heilige Tychon (1907). Esta biografía fue escrita por san Juan el Limosnero y, desde el punto de vista literario, es un elegante ejemplo de la composición greco-bizantina, pero en el campo de los hechos históricos, es muy poco lo que dice.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Santa Lutgarda de Alemania | |
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Santa Lutgarda, virgen
En el monasterio de monjas cistercienses de Aywiéres, en Brabante, santa Lutgarda, virgen, insigne por su devoción al Sagrado Corazón del Señor.
Entre las místicas más notables de los siglos doce y trece, no hay otra figura más amable y simpática que la de santa Lutgarda. Fue hija de un ciudadano de Tongres, en Holanda, donde nació en 1182. A los doce años de edad fue encomendada a las monjas benedictinas del convento de Santa Catalina, cerca de Saint-Trond, no por piedad, sino porque el dinero que se conservaba para su dote matrimonial había sido perdido en un mal negocio de su padre y, sin él, era muy dudoso de que pudiese hallar un marido conveniente. Lutgarda era una muchacha bonita que gustaba de las ropas elegantes y de las diversiones inocentes, sin ninguna vocación religiosa aparente, y en el convento vivía como una especie de pensionista, libre para entrar y salir cuando quisiera y para recibir las visitas de sus amigos y amigas. Sin embargo, cierto día en que charlaba con una de sus amistades, tuvo una visión de Nuestro Señor Jesucristo que le mostraba sus heridas y le pedía que lo amase sólo a Él. Lutgarda lo aceptó al instante como su Prometido celestial y, desde aquel momento, renunció a todas las preocupaciones de este mundo. Algunas de las monjas que observaron su cambio repentino y súbito fervor, vaticinaron que aquello no duraría; pero estaban equivocadas. Su devoción aumentaba por momentos y llegó a sentir tan vivamente la presencia del Señor que, al rezar, lo veía con sus ojos corporales, hablaba con Él en una forma casi familiar y, si acaso la llamaban sus hermanas para cumplir con algunas de las obligaciones monjiles, decía sencillamente: «Aguárdame aquí, mi Señor; volveré tan pronto como termine esta tarea».
Con frecuencia se le aparecía Nuestro Señor y una vez tuvo una visión de santa Catalina, la patrona de su convento; en otra ocasión vio a san Juan el Evangelista con el aspecto de un águila. A menudo, durante sus éxtasis, se alzaba un palmo del suelo o bien irradiaba de su cabeza una extraña luz. Tuvo la gracia de que se le permitiera compartir, místicamente, el sufrimiento de nuestro Salvador, cuando meditaba sobre su Pasión; en esas ocasiones, aparecían sobre su frente y en sus cabellos minúsculas gotas de sangre. Su amor comprendía a todos los que Cristo había venido a redimir, y sentía como propios los dolores y penurias de cualquiera de los seres humanos. Y en verdad, eran tan ardientes y tan apasionadas sus intercesiones por otros, que le pedía a Dios quitarle la vida antes que rehusar su misericordia al alma por la que suplicaba.
Hacía doce años que Lutgarda vivía en el convento de Santa Catalina, cuando se sintió inspirada a abrazar la regla más estricta de los cistercienses. Hubiese querido entrar a un convento donde se hablara el alemán, pero por consejo de su confesor y de su amiga, la beata Cristina, que también se hallaba en el convento de Santa Catalina, decidió ingresar a la casa del Císter en Aywiéres. Ahí no se hablaba más que el francés, una lengua que Lutgarda nunca dominó, pero gracias a su ignorancia del idioma, pudo rehusar diversos altos cargos que le ofrecieron en Aywiéres y en otras partes. En todo momento, su humildad fue extraordinaria; continuamente se quejaba de su impotencia para responder como era debido a las gracias que el cielo le concedía. Cierta vez, fueron tan vehementes las plegarias en las que ofrecía su vida a Dios que, por el impulso de su pasión, se reventó una de sus venas y tuvo una fuerte hemorragia. En aquel momento, le fue revelado que, en el cielo, su efusión de sangre se aceptaba como un martirio.
Dios le concedió poderes para curar enfermedades, para profetizar y para conocer, en su fuero interno, el significado de las Sagradas Escrituras. A pesar de su desconocimiento del francés, sabía impartir consuelos espirituales, y la beata María de Oignies aseguraba que nada había tan eficaz para lograr la conversión de los pecadores y la liberación de las almas del purgatorio, como las oraciones de santa Lutgarda. Once años antes de morir, perdió la vista y recibió esa desgracia con evidente regocijo, como una gracia de Dios para desprenderla más del mundo visible. Poco después de haber quedado ciega, emprendió el último de sus prolongados ayunos. En el curso de aquella penitencia, se le apareció Nuestro Señor para anunciarle su próxima muerte y las tres cosas que debía hacer para prepararse a recibirla. Ante todo, tenía que dar gracias a Dios, sin cesar, por los bienes que había recibido; con igual insistencia, tendría que orar por la conversión de los pecadores: y para todo, debería confiar únicamente en Dios, en espera del momento en que habría de poseerlo para siempre. Tal como lo había predicho, santa Lutgarda murió en la noche del sábado posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad, precisamente cuando comenzaba el oficio nocturno para el domingo. Era el 16 de junio de 1246. Tomás de Gantimpré, quien murió en 1270, escribió la biografía de santa Lutgarda. El texto de este contemporáneo, tomado de una colección de tres o cuatro de sus manuscritos, se encuentra impreso en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV. Es un registro muy valioso, a pesar de que la credulidad del autor, puesta de manifiesto en éste y en otros de sus escritos, resta confianza a la certeza de sus informaciones sobre los incidentes sobrenaturales. Casi enteramente faltan otras fuentes de información, aunque parece haber una traducción de algunos trozos de su biografía, en las trovas y poemas nativos de la baja Alemania, que posiblemente datan del mismo siglo trece, que se atribuyen a Willem von Affligem, abad de Saint-Trond.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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