SERMÓN XLV(382)
Beatus es, Simon Bar Iona, quia caro et sanguis etc.
han hecho ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo» (Mateo 16, 17).
San Pedro tiene cuatro nombres: se llama «Pedro» (Mateo 16, 16 a 18) y se llama
«Bar Jonás» y se llama «Simón» y se llama «Cefas» (Juan 1, 42).
Nuestro Señor dice, pues: «¡Tú eres bienaventurado!» Todo el mundo anhela [la]
bienaventuranza. Resulta que dice un maestro(383): Todo el mundo anhela ser elogiado.
Ahora bien, San Agustín dice(384): Un hombre bueno no anhela ser elogiado, mas sí desea
ser digno de elogio. Nuestros maestros afirman(385), pues, que la virtud, en su fondo y peculiaridad,
es tan acendrada y se halla tan sustraída y separada de todas las cosas corpóreas
que nada puede caer en ella sin manchar la virtud, y [así] ella se convierte en defecto.
Un solo pensamiento o la búsqueda de su propio provecho: [ya] no es una virtud genuina,
más aún: se convierte en defecto. Así es la virtud por naturaleza.
Ahora bien, un maestro pagano dice(386): Cuando alguien ejerce la virtud por amor de
algo que no sea la virtud, [su actitud] nunca llega a ser virtud. Si busca elogios o alguna
otra cosa, vende la virtud. Una virtud por naturaleza no se debe abandonar por nada en
este mundo. Por eso, un hombre bueno no anhela ser elogiado, pero sí anhela ser digno
de elogio. El hombre no debe sentir pena porque estén enojados con él; se debe apenar
porque merezca el enojo.
Pues bien, Nuestro Señor dice: «¡Tú eres bienaventurado!» La bienaventuranza depende
de cuatro cosas, [a saber]: que se posea todo cuanto tiene ser y es placentero para
desearlo y trae gozo, y que uno lo tenga enteramente indiviso, con toda el alma, habiéndolo
recogido en Dios, en lo más acendrado y elevado, puro [y] no encubierto en el pri-
382 Atribución: «S<er>mo m<a>g<ist>ri Eghardi». En un encabezamiento se dice: «De los cuatro
nombres de San Pedro». Quint señala (t. II p. 360 n. 1) que el texto de la Escritura fue tomado del Evangelio
para la Fiesta de la Cátedra de San Pedro (22 de febrero) o la Fiesta de las Cadenas de San Pedro (1º
de agosto) o la Fiesta de San Pedro y San Pablo (29 de junio).
383 Eckhart explica en uno de sus sermones latinos (Sermo XXXVIII n. 379) que se trata de Ennius, según
una cita en Augustinus, De trin. XIII c. 3. n. 6.
384 Cfr. Augustinus, Confess. 1. X c. 37 n. 61.
385 Cfr. Thomas, S. theol. II II q. 153 a. 2 ad. 1.
386 Se trataría de Seneca, De clementia 1 c. 1 n. 1.
mer efluvio violento y en el fondo del ser, y todo eso tomado allí donde [lo] toma Dios
mismo: esto es [la] bienaventuranza.
Ahora dice [Mateo]: «Pedro», esto significa lo mismo que «el que ve a Dios»(387).
Pues bien, los maestros preguntan si el núcleo de la vida eterna reside más en el entendimiento
o en la voluntad. [La] voluntad tiene dos clases de obras: [el] anhelo y [el] amor.
La obra del entendimiento [empero], es simple; por eso es mejor; su obra es conocer, y
nunca descansa hasta que toque desnudo a aquello que conoce. Y de esta manera precede
a la voluntad dándole a conocer aquello que ama. Mientras uno apetece las cosas, no
las tiene. Cuando las tiene, las ama; así el deseo deja de existir.
¿Cómo ha de ser el hombre destinado a ver a Dios? Ha de estar muerto. Nuestro Señor
dice: «Nadie me puede ver y vivir» (Exodo 33, 20). Resulta que San Gregorio
dice(388): Está muerto quien ha muerto para el mundo. Ahora fijaos vosotros mismos en
cómo es un muerto y en lo poco que le atañe todo cuanto hay en el mundo. Si se muere
para este mundo, no se muere para Dios. San Agustín rezó muchas clases de oraciones.
Dijo(389): Señor, dame que te conozca a ti y a mí. «Señor, apiádate de mí y muéstrame tu
rostro y dame que muera, y dame que no muera para verte por toda la eternidad». Esta
es la primera [condición]: si uno quiere ver a Dios, debe estar muerto. Esto significa el
primer nombre: «Pedro».
Dice un maestro: Si no hubiera ningún medio [= cosa intermediaria], se vería una
hormiga en el firmamento. Mas, otro maestro dice(390): Si no hubiera medio, no se vería
nada. Ambos tienen razón. El color que hay en la pared, si ha de ser traído a mi ojo,
debe ser cribado y refinado al aire y a la luz, y así espiritualizado se lo tiene que presentar
a mi ojo. Del mismo modo, el alma que ha de ver a Dios, debe ser cribada en la luz y
en la gracia. Por eso tiene razón aquel maestro que dijo: Si no hubiera medio, no veríamos.
También tiene razón el otro maestro que dijo: Si no hubiera medio, veríamos la
hormiga en el firmamento. Si no hubiera ningún medio en el alma, ella vería a Dios desnudo.
El segundo nombre: «Bar Jonás» significa lo mismo que «un hijo de la gracia»(391), en
la cual el alma es purificada y llevada hacia arriba y preparada para la contemplación de
Dios.
387 Cfr. Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom. 65, 18; 70, 16.
388 Glossa ordinaria, Exod. 33, 20; y Gregorius Magnus, Moralia in Iob 18 c. 54 n. 89.
389 Augustinus, Soliloq. II c. 1 n. 1; y luego Confess. 1. X c. 4 n. 5; y 1. IV c. 10 n. 15.
390 Aristóteles (De an. II t. 74, B c. 7 419 a 15 ss.) es el «otro maestro»; el maestro mencionado en primer
término es Demócrito.
391 Véase Hieronymus, In Matth. III c. 16.
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El tercer nombre es: «Simón», esto quiere decir tanto como «algo que es obediente»
y «algo que es sumiso»(392). Quien ha de escuchar a Dios, tiene que estar separado [y] a
gran distancia de la gente. Por ello dice David: «Me quiero callar y escuchar lo que dice
Dios dentro de mí. Dice paz para su pueblo y sobre sus santos y a todos aquellos que
han regresado a su corazón» (Salmo 84, 9). Bienaventurado es el hombre que escucha
afanosamente a cuanto Dios dijere en su interior, y él se ha de doblegar directamente
bajo el rayo de la luz divina. El alma que se ha ubicado con toda su fuerza por debajo de
la luz divina, se torna enardecida e inflamada en el amor divino. [La] luz divina entra
con su irradiación directamente desde arriba. Si el sol diera verticalmente sobre nuestra
cabeza, casi nadie sobreviviría. De esta manera, la potencia suprema del alma, que es la
cabeza, debería erguirse equilibradamente bajo el rayo de la luz divina para que pudiera
brillar dentro de ella esa luz divina, de la cual he hablado a menudo: ésta es tan pura y
flota tan por encima y es tan elevada que en comparación con esta luz todas las luces
son tinieblas y nonadas. Todas las criaturas, tal como son, son como nada; cuando se
proyecta sobre ellas la luz, dentro de la cual reciben su ser, entonces son algo. Por eso,
el conocimiento natural nunca puede ser tan noble que toque o aprehenda inmediatamente
a Dios, a no ser que el alma posea las seis cualidades a las que me he referido antes.
La primera: que uno haya muerto para toda desigualdad. La segunda: que uno se halle
bien purificado en la luz [divina] y en la gracia. La tercera: que se carezca de medios.
La cuarta: que uno, en su fondo más íntimo, escuche la palabra de Dios. La quinta: que
uno se someta a la luz divina. La sexta es la que menciona un maestro pagano(393): Esta es
la bienaventuranza de que uno viva de acuerdo con la suprema potencia del alma; ella
debe tender continuamente hacia arriba y recibir su bienaventuranza en Dios. Allí, en el
primer efluvio violento, donde recibe el Hijo mismo, allí en lo más excelso de Dios, hemos
de recibir también nosotros; [mas] entonces, nosotros también debemos presentar
parejamente lo más elevado que poseemos.
«Cefas» significa lo mismo que «una cabeza»(394). La cabeza del alma es [el] entendimiento.
Quienes se expresan del modo más burdo, dicen que lo que precede es el amor;
pero aquellos que hacen la afirmación más acertada dicen expresamente —y también es
verdad— que el núcleo de la vida eterna reside en el conocimiento antes que en el amor.
¡Y sabed el porqué! Dicen nuestros más insignes maestros —de los cuales no hay muchos—
que el conocimiento y el entendimiento suben directamente hacia Dios. Mas, el
amor se dirige hacia lo que ama; de ello infiere qué es lo que es bueno. Pero el conocimiento
percibe aquello por lo cual es bueno. [La] miel es, en sí misma, más dulce que
392 Véase Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom.
393 Cfr. Aristóteles, Eth. Nicom. X c. 7.
394 Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae VII c. 9 n. 3; y Albertus Magnus, In Ioh. c. 1, 43.
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ninguna cosa que se pueda hacer con ella. El amor toma a Dios porque es bueno; pero
[el] conocimiento se eleva y toma a Dios porque es ser. Por eso dice Dios: «¡Simón Pedro,
tú eres bienaventurado!» Dios le da al hombre justo un ser divino y lo llama con el
mismo nombre que pertenece a su [propio] ser. Por eso dice luego: «Mi Padre que está
en el cielo».
Por entre todos los nombres, ninguno es más acertado que «El que es». Pues, si alguien
quiere señalar una cosa [y] dice «es», parecería una necedad; si dijera «es un leño
o una piedra», se sabría qué es lo que quiere decir. Por eso decimos: [Hallarse] completamente
separado y reducido y pelado para que no quede nada fuera del único «es»: en
esto reside la peculiaridad de su nombre. Por eso, Dios le dijo a Moisés: «Di: El que es
me ha enviado» (Exodo 3, 14). A causa de ello, Nuestro Señor llama a los suyos con su
propio nombre. Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «Quienes son mis seguidores, se
sentarán a mi mesa en el reino de mi Padre y comerán mi comida y tomarán mi bebida
que mi Padre me ha preparado; así os la he preparado yo también» (Cfr. Mateo 19, 28 y
Lucas 22, 29 ss.). Bienaventurado es el hombre que ha llegado a recibir junto con el
Hijo de lo mismo de lo cual recibe el Hijo. Justamente ahí recibiremos nosotros también
nuestra bienaventuranza, y allí donde reside su bienaventuranza, en el interior donde Él
tiene su ser, en ese mismo fondo todos sus amigos recibirán y sacarán su bienaventuranza.
Esta es la «mesa en el reino de Dios».
Que Dios nos ayude a llegar a esa mesa. Amén.
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