Para una nueva primavera
El ministerio sagrado no deben quedarse
en el aire, sino bajar muy a lo concreto en la vida de cada sacerdote y de todo
el pueblo de Dios.
Por: Jesús David Muñoz, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores


El Card. Antonio Cañizárez decía en un convenio celebrado en Roma sobre el
sacerdocio: “Si de este año sacerdotal los sacerdotes sacáramos el propósito
del rezo completo del breviario, mínimo media hora de oración personal, el
rosario y la celebración eucarística diaria, en pocos años presenciaremos una
nueva primavera en la Iglesia”.
Después de la conclusión del año sacerdotal muchas pueden ser las opiniones sobre sus frutos. Pero es claro para todos que las reflexiones e ideas sobre el ministerio sagrado no deben quedarse en el aire, sino bajar muy a lo concreto en la vida de cada sacerdote y de todo el pueblo de Dios.
Por esto mismo es interesante la invitación del cardenal. Decía el cura de Ars que el infierno está lleno de buenas intenciones. Los frutos del año sacerdotal no puede quedarse en “buenas intenciones” sino que deben culminar en acciones efectivas y realizaciones concretas, sin lo cual será infecundo.
La oración y la celebración del misterio eucarístico son en el sacerdote condición sine qua non su ministerio no será fructífero. Sin ella el presbítero caerá en el error de creerse protagonista en la obra de la redención, comenzará a interpretar la Palabra de Dios según su modo de pensar y no según el de Cristo, y no será ya sacerdos in aeternum, sino que se convertirá en funcionario a tiempo limitado según los horarios de atención.
La gente escuchará y abrirá su corazón al ministro que ora, porque se dan cuenta que no les está hablando de sí mismo sino que las palabras que dice son las que escuchó al Maestro en la oración. San Agustín recordaba que lo más importante no es tanto hablar a los hombres de Dios sino primero hablar a Dios de los hombres.
Podría bastar una vida más profunda para que la Iglesia en unos años asistiera al espectáculo maravilloso de un sacerdocio espejo de Cristo y encarnación de las bienaventuranzas. De esta manera el sacerdote será creíble, fiable; será pastor al estilo de Cristo Buen Pastor.
Después de la conclusión del año sacerdotal muchas pueden ser las opiniones sobre sus frutos. Pero es claro para todos que las reflexiones e ideas sobre el ministerio sagrado no deben quedarse en el aire, sino bajar muy a lo concreto en la vida de cada sacerdote y de todo el pueblo de Dios.
Por esto mismo es interesante la invitación del cardenal. Decía el cura de Ars que el infierno está lleno de buenas intenciones. Los frutos del año sacerdotal no puede quedarse en “buenas intenciones” sino que deben culminar en acciones efectivas y realizaciones concretas, sin lo cual será infecundo.
La oración y la celebración del misterio eucarístico son en el sacerdote condición sine qua non su ministerio no será fructífero. Sin ella el presbítero caerá en el error de creerse protagonista en la obra de la redención, comenzará a interpretar la Palabra de Dios según su modo de pensar y no según el de Cristo, y no será ya sacerdos in aeternum, sino que se convertirá en funcionario a tiempo limitado según los horarios de atención.
La gente escuchará y abrirá su corazón al ministro que ora, porque se dan cuenta que no les está hablando de sí mismo sino que las palabras que dice son las que escuchó al Maestro en la oración. San Agustín recordaba que lo más importante no es tanto hablar a los hombres de Dios sino primero hablar a Dios de los hombres.
Podría bastar una vida más profunda para que la Iglesia en unos años asistiera al espectáculo maravilloso de un sacerdocio espejo de Cristo y encarnación de las bienaventuranzas. De esta manera el sacerdote será creíble, fiable; será pastor al estilo de Cristo Buen Pastor.
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