Beato Gerlando, religioso
fecha: 19 de junio
†: c. 1271 - país: Italia
otras formas del nombre: Gerlando de Alemania
canonización: culto local
hagiografía: Santi e Beati
†: c. 1271 - país: Italia
otras formas del nombre: Gerlando de Alemania
canonización: culto local
hagiografía: Santi e Beati
En Caltagirone, de Sicilia, beato
Gerlando, que, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, se entregó
generosamente al cuidado de las viudas y de los niños huérfanos.

Las fuentes más antiguas
afirman que el beato Gerlando, llamado normalmente Gerlando de Alemania
-presumiblemente de origen polaco-, fue un caballero de la Orden de los
Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, llamados más tarde Caballeros de Malta.
Estaba en Sicilia en tiempos del emperador Federico II Barbaroja, donde se
asentó junto a la pequeña iglesia de la Virgen del Templo, a pocos kilómetros
de Caltagirone, y de esta iglesia llegó a ser custodio, actividad normal en la
orden a la que pertenecía. Con amor se hizo protector de las viudas y niños
huérfanos, al mismo tiempo que practicaba ásperas penitencias.
Murió hacia el 1279 y
recibió sepultura en la iglesita. Inmediatamente nació el culto popular hacia
el santo caballero, por lo cual unos cincuenta años más tarde, el 19 de junio
de 1327, sus restos fueron trasladados a la basílica de Santiago el Mayor, en
Caltagirone. Aquí se conserva aun hoy la reliquia de su craneo en una teca de
plata, que se expone a la pública veneración en distintas ocasiones, mientras
que el resto del cuerpo se guarda en el relicario de la basílica. Como se
desconoce la fecha de su muerte, se ha fijado su inscripción en el aniversario
del traslado de reliquias.
Traducido con escasos
cambios de un artículo de Fabio Arduino.
fuente: Santi e Beati
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando
figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio
no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por
favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo
Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2072
Santa Juliana Falconeri, virgen y fundadora
fecha: 19 de junio
n.: c. 1270 - †: 1341 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: Inocencio XI 26 jul 1678 - C: Clemente XII 16 jun 1737
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 1270 - †: 1341 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: Inocencio XI 26 jul 1678 - C: Clemente XII 16 jun 1737
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Florencia, en la Toscana, santa
Juliana Falconeri, virgen, que fundó las Hermanas de la Orden de los Siervos de
María, llamadas por su hábito religioso «Mantelatas».
refieren a este santo: Beata Juana
Soderini

Santa Juliana fue una de las dos glorias
de la noble familia de los Falconieri, junto con su tío, san Alejo, uno de los Siete Santos
Fundadores de la Orden Servita. Su padre, Chiarissimo, y su
madre, Riguardata, formaban una pareja muy devota y de gran riqueza, que costeó
la construcción total de la magnífica iglesia de la Annunziata, en Florencia.
Tanto él como ella habían pasado de la edad madura después de largos años de
matrimonio sin haber tenido hijos, cuando nació Juliana, en 1270, como
respuesta a la oración constante de la pareja. Después de la muerte de
Chiarissimo, ocurrida cuando Juliana era muy pequeña, su tío Alejo compartió
con Riguardata la tarea de educarla. Juliana nunca se preocupó por las
diversiones y ocupaciones que interesaban a las niñas de su edad y prefería
pasar el tiempo en la iglesia o en ejercicios de devoción. Su madre solía
decirle que, si descuidaba la aguja y la rueca, le sería difícil encontrar
marido. Pero aquella amenaza no provocaba ningún temor en Juliana y, al
descubrir que su familia estaba en tratos con otras para arreglarle un
matrimonio de conveniencia, llamó a solas a su tío y a su madre y les anunció
su decisión inflexible de consagrarse a Dios y renunciar el mundo. Por
entonces, sólo tenía quince años. Luego de recibir minuciosas y profundas
instrucciones por parte de san Alejo, recibió el hábito de las servitas de
manos de san Felipe Benizi, en la iglesia de la Annunziata y, un año después,
hizo su profesión como terciaria de la orden.
Al parecer, el ritual empleado en aquella
ocasión fue idéntico al que se utilizaba para recibir la profesión de un monje
servita. Juliana continuó en su casa, y Riguardata, que en un principio se
había opuesto a la profesión de su hija, acabó por ponerse bajo su dirección.
Juliana tenía treinta y cuatro años cuando perdió a su madre, en 1304, y
entonces abandonó su casa para trasladarse a otra, donde llevó una vida
comunitaria con otras varias mujeres que se dedicaban a la plegaria y las obras
de misericordia. Su hábito se asemejaba al de los monjes de la Orden Servita,
sólo que, para facilitar sus trabajos manuales, llevaban mangas un poco más
cortas por lo que se les puso el sobrenombre de «Mantellate», un término que,
posteriormente, se aplicó a las terciarias en general. Luego de reiteradas
negativas y a causa de los ruegos de sus compañeras, Juliana aceptó desempeñar
el puesto de superiora y redactó un código de reglamentos que fue confirmado
oficialmente por el Papa Martín V, ciento veinte años más tarde. De la misma
manera como la Orden de las Siervas de María se adjudica a san Felipe Benizi,
porque fue él quien redactó su constitución, también se venera a santa Juliana
como fundadora de todos los sectores para religiosas de la Orden Servita, a
pesar de que no fue ella la primera en figurar en sus filas.
Sus contemporáneos y las monjas que
tuvieron el privilegio de ser conducidas por ella, dan testimonio de que su
celo, su caridad y sus austeridades eran extraordinarios. Todos los que
tuvieron alguna relación con ella, gozaron de su afectuosa bondad; nunca dejó
escapar una oportunidad de ayudar a otros, sobre todo cuando se trataba de
reconciliar a los enemigos, rescatar a los pecadores y aliviar a los enfermos.
Sus mortificaciones llegaron a afectar gravemente su salud y, hacia el fin de
su existencia, sufrió mucho a causa de los trastornos gástricos. Había
adquirido la costumbre de comulgar tres veces a la semana y le causó una pena
muy honda dejar de hacerlo durante su última enfermedad, porque sus frecuentes
vómitos le impedían recibir el sacramento. Juliana murió en 1341, a los setenta
y un años de edad y fue canonizada en 1737. En la colección de datos para la
canonización, se hace referencia al hecho milagroso con que la Sagrada
Eucaristía la consoló en sus últimos momentos. Asimismo, en memoria de aquel
acontecimiento, las monjas de la orden llevan, en la parte superior izquierda
de su hábito, sobre el pecho, la figura de una hostia circundada por rayos. Se
declaró que todavía existe un documento que fue redactado a los dieciocho días
de la muerte de santa Juliana, en presencia de numerosos testigos que rodeaban
su lecho. El original está en latín y su traducción es ésta:
«El dejó memoria de sus maravillosas palabras» (Sal. 111,4). Pongamos nosotros en un registro cómo, hace dieciocho días, murió nuestra hermana Juliana y voló al cielo para reunirse con su esposo Jesús. Sucedió de esta manera:
Tenía más de setenta años de edad y su estómago se había debilitado a tal extremo, a causa de las penitencias que se imponía voluntariamente, a causa de los ayunos, las cadenas, los cinchos de acero, a causa de las disciplinas, las vigilias, las mortificaciones y abstinencias, que no podía ingerir ni retener ningún alimento. Al saber que, por aquella razón, estaría privada del viático del Sacratísimo Cuerpo de Cristo, nadie puede imaginar lo mucho que se lamentó y lloró, hasta el grado de que todos cuantos la observaban temieron que fuera a morir por la vehemencia de su dolor. Con toda su humildad, suplicó al padre Giacomo de Campo Reggio que, por lo menos le trajese al Santísimo Sacramento en una píxide y lo colocase frente a ella. Así se hizo; pero en cuanto apareció el sacerdote que portaba el Cuerpo de Nuestro Señor, ella se arrojó de bruces al suelo, extendió los brazos en cruz y adoró a su Maestro.
Todos vieron entonces que se le iluminó la cara, como la de un ángel. Suplicó entre sollozos que si no se le permitía unirse a Jesús, se la autorizara al menos a besarlo; pero el sacerdote se rehusó. Sin que cesaran sus gemidos, pidió que sobre la hoguera de su pecho extendiesen un velo y dejasen encima la hostia consagrada. Esta gracia le fue otorgada; pero entonces, ¡oh prodigio maravilloso!, la hostia que acababa de tocar el sitio bajo el cual latía su amante corazón, se perdió de vista y nunca más pudo ser hallada. Y en el preciso momento en que la hostia desapareció, Juliana, con una expresión de indescriptible júbilo en el rostro, como si estuviera arrobada en éxtasis, murió en el beso a Su Señor para asombro y admiración de todos los que estaban presentes: testigos: hermana Juana, hermana María, hermana Isabel, el padre Giacomo y otros de la casa.
«El dejó memoria de sus maravillosas palabras» (Sal. 111,4). Pongamos nosotros en un registro cómo, hace dieciocho días, murió nuestra hermana Juliana y voló al cielo para reunirse con su esposo Jesús. Sucedió de esta manera:
Tenía más de setenta años de edad y su estómago se había debilitado a tal extremo, a causa de las penitencias que se imponía voluntariamente, a causa de los ayunos, las cadenas, los cinchos de acero, a causa de las disciplinas, las vigilias, las mortificaciones y abstinencias, que no podía ingerir ni retener ningún alimento. Al saber que, por aquella razón, estaría privada del viático del Sacratísimo Cuerpo de Cristo, nadie puede imaginar lo mucho que se lamentó y lloró, hasta el grado de que todos cuantos la observaban temieron que fuera a morir por la vehemencia de su dolor. Con toda su humildad, suplicó al padre Giacomo de Campo Reggio que, por lo menos le trajese al Santísimo Sacramento en una píxide y lo colocase frente a ella. Así se hizo; pero en cuanto apareció el sacerdote que portaba el Cuerpo de Nuestro Señor, ella se arrojó de bruces al suelo, extendió los brazos en cruz y adoró a su Maestro.
Todos vieron entonces que se le iluminó la cara, como la de un ángel. Suplicó entre sollozos que si no se le permitía unirse a Jesús, se la autorizara al menos a besarlo; pero el sacerdote se rehusó. Sin que cesaran sus gemidos, pidió que sobre la hoguera de su pecho extendiesen un velo y dejasen encima la hostia consagrada. Esta gracia le fue otorgada; pero entonces, ¡oh prodigio maravilloso!, la hostia que acababa de tocar el sitio bajo el cual latía su amante corazón, se perdió de vista y nunca más pudo ser hallada. Y en el preciso momento en que la hostia desapareció, Juliana, con una expresión de indescriptible júbilo en el rostro, como si estuviera arrobada en éxtasis, murió en el beso a Su Señor para asombro y admiración de todos los que estaban presentes: testigos: hermana Juana, hermana María, hermana Isabel, el padre Giacomo y otros de la casa.
La mencionada hermana Juana llegó a ser la beata Juana
Soderini (l de septiembre), quien sucedió a la fundadora en
el cargo de superiora general. Lo más curioso del caso es que no se mencione en
el escrito el dato de haberse encontrado sobre la carne, en la parte izquierda
del pecho de la santa, una marca redonda, con la forma de la hostia, como se
comprobó después. Ninguna de las autoridades en la materia hizo mención de este
prodigio antes de 1384, fecha en que apareció un manuscrito titulado
"Giornale o Ricordi", escrito por el monje servita Nicola Mati, que
trae una frase al respecto. El monje dice textualmente, al referirse a la beata
Juana Soderini: «Ella fue la dichosa discípula que descubrió, antes que la hermana
Isabel o cualquier otra, sobre el pecho de santa Juliana, la increíble
maravilla de la figura de Cristo en la cruz, grabada sobre su carne, dentro de
un círculo como una hostia». Debe admitirse, sin embargo, que el padre Mati
habla del prodigio como de algo que, en su tiempo, era bien sabido por todos.
A pesar de lo que pueda suponerse, las
informaciones que pueden obtenerse sobre la vida de Santa Juliana, son muy
escasas. Los promotores de la causa de su beatificación parecen haberse
conformado con obtener pruebas sobre un culto antiquísimo y sobre los milagros
obrados por sus reliquias. Los bolandistas tuvieron que darse por satisfechos
con reproducir en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV, una breve biografía
traducida del italiano por el Padre Archangelo Giani. Hay otra breve biografía
escrita en francés por Fr. Soulier y otra más, en el mismo idioma, por el
cardenal Lépicier; en italiano existen las de Poletti (1903), Barbagallo (1912)
y Panichelli (1928).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2073
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