Beato Guido de Cortona | |
Beato Guido de Cortona, religioso presbítero
En Cortona, en la Toscana, beato Guido, presbítero, que fue discípulo de san Francisco y llevó una vida de ayunos, pobreza y humildad.
Guido, compañero de San Francisco, nació en Cortona hacia el 1190, de la familia Vignotelli. Pasó su juventud adquiriendo una buena cultura que le permitió llegar a ser sacerdote, y dado a la oración, la mortificación y el trabajo en ayuda de los pobres.
En 1211 el Poverello de Asís fue huésped suyo. Comieron juntos y cuando tomaban el postre, Guido le confió al santo con gran sencillez su deseo de hacerse discípulo suyo. Preguntó qué debía hacer y la respuesta fue breve. Dar todo a los pobres, renunciando a todos los bienes terrenos. Guido no perdió tiempo. Siguió con tanta rapidez el consejo del Pobrecillo, que al otro día, arreglados todos sus asuntos, pudo recibir el hábito y ceñir la cuerda de la penitencia franciscana. Cortona tuvo así en las afueras de los muros su conventillo de Hermanos Menores, del cual Guido fue el alma y guía. Fue sacerdote y hermano, sin faltar en nada a la humildad franciscana y a la perfecta modestia. El Santo de Asís lo amó sinceramente y lo estimó como a pocos otros discípulos. Pero lo quiso particularmente el pueblo de Cortona, del cual el beato fue un gran bienhechor. La devoción popular le atribuye clamorosos milagros, como el del agua convertida en vino, de la harina prodigiosamente multiplicada, de la curación de un paralítico y sobre todo el de volver a la vida a una muchacha caída en un pozo. Entre los milagros y las muchas buenas obras, la oración y la penitencia, las prácticas religiosas y el cuidado del convento transcurrió serena y luminosa la vida de Guido.
Con el Seráfico Padre se retiró por algún tiempo a un lugar solitario a un kilómetro de Cortona, llamado el conventico de Las Celdas, que se considera uno de los primeros construidos en la Orden, y cultivó más intensamente la vida de piedad y de mortificación. Más tarde visitó a san Francisco de Asís y obtuvo el permiso de la predicación, con la cual, como con sus milagros, recogió abundantes frutos de bien. Al volver Francisco a Cortona, fue nuevamente a donde él, y recibió del mismo un gran elogio delante de los cortoneses, que obtuvieron la seguridad de la poderosa intercesión que él siempre había ejercitado en su favor, predicción que no quedó sin cumplirse.
Un día el Patriarca de Asís, muerto hacía cerca de veinte años, se apareció al fraile cortonés anunciándole la hora de la recompensa. Cuando ésta llegó, pareció que Guido partiera para un viaje largamente ansiado, en compañía de la persona más amada: «He aquí a mi querido san Francisco, exclamó agonizando. Todos de pie! Vamos tras él». A los 60 años de edad, voló su alma de la tierra al cielo en junio de 1250. Su cuerpo permaneció donde vivió y murió, en Cortona, que así vino a ser la ciudad del beato Guido, antes de ser, unos decenios después, la ciudad de santa Margarita, la mujer apasionada, después del hombre generoso y bienhechor. Su culto y misa fueron concedidos por Gregorio XIII en 1583.
fuente: «Franciscanos para cada día» Fr. G. Ferrini O.F.M.
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Beato Plácido de Ocra | |
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Beato Plácido, abad
Cerca de Ocra, en los Abruzos, beato Plácido, abad, que primero eremita en una cueva, reunió después a numerosos discípulos suyos en el monasterio del Espíritu Santo.
Placido nació en Rodio, cerca de Amiterne, en los Abruzos. Sus padres eran agricultores y él les ayudó desde que fue capaz de trabajar. Muy piadoso, quería conocer los Salmos e instruirse en la religión, pero jamás supo leer. Así, cuando se encontraba con algunos estudiantes, los detenía y les preguntaba sobre lo que habían aprendido; después, durante sus labores, recordaba lo que le habían dicho y llegaba, por este método, a grabarlo en su memoria.
Sentía que su vocación no era la de cultivar la tierra, por lo que se escapó para emprender una peregrinación a Santiago de Compostela, en donde permaneció un año. A su regreso, cayó enfermo de tanta gravedad, que estuvo en cama largo tiempo sin poderse levantar, ni aun siquiera mover la cabeza sin ayuda. Como desconfiaba de las medicinas, no aceptó ninguna y no quiso tomar los baños, que en esa época eran siempre parte del tratamiento de todas las enfermedades. Sin embargo, sanó al cabo de cinco años y reinició sus peregrinajes. Fue a Roma para visitar las tumbas de los santos apóstoles; al monte Gargano, para orar a san Miguel y a los santuarios de numerosos mártires.
Bien pronto pensó que era mejor dejar el mundo y establecerse en algún sitio retirado. Sobre el monte Corno vivía un ermitaño al que se unió para imitarlo; le pidió un hábito monástico y se instaló en una celda, cerca de la cumbre. Este ensayo no tuvo éxito, y Plácido descendió al monasterio de San Nicolás, situado al pie del mismo monte. Allí pasó un año. Entró después al servicio de la iglesia del Santo Salvador. Una mujer se fijó en él y comenzó a importunarle a tal grado, que Plácido creyó no poder escapar al pecado sino por medio de la huida y se escondió en una caverna vecina. Al cabo de cinco meses, tuvo que huir de nuevo, hasta que encontró un escondite sobre una roca muy escarpada, cerca de la ciudad de Ocre. Allí permaneció doce años, pero no consiguió pasar completamente inadvertido. Las gentes de los alrededores que conocían su santidad y le atribuían milagros, querían verlo y trataban de llegar hasta su refugio, pero pocos podían lograrlo porque estaba en un lugar de difícil acceso. Un día, un sacerdote llamado Simeón se cayó a un precipicio y se mató. A fin de que no se repitieran tan infortunados accidentes entre las gentes que iban a visitarle, Plácido dejó su amada soledad y se instaló en una montaña arbolada.
Sus austeridades severísimas, ayunos frecuentes, abstinencia perpetua y maceraciones de todas clases, no impidieron que sus discípulos tratasen de imitarlo. Plácido los aceptaba y, con miras a darles un conveniente acomodo, recurrió al conde Bérard para que le permitiese ocupar una colina pedregosa y desierta que dominaba la ciudad de Ocre. La toma de posesión tuvo lugar en noviembre de 1222. Muy pronto, los monjes acondicionaron el terreno para establecer sus dominios, plantaron árboles y construyeron un monasterio al que pusieron bajo la invocación del Espíritu Santo.
A petición general, Plácido quedó a la cabeza de la comunidad, cargo que desempeñó muy bien. Cuando se sintió morir, quiso asegurar la continuidad de su fundación. Razonablemente, consideró que un monasterio aislado no podría sostenerse y sometió la abadía del Espíritu Santo del Valle de Ocre al monasterio cisterciense de Casa-Nova, en la diócesis de Penne que, debido a san Vicente y san Anastasio, estaba afiliado a los de Claraval. Murió en el curso de ese mismo año, el 12 de junio de 1248, asistido por el abad de Casa-Nova, a quien Plácido le había predicho la prosperidad de ambas casas. Los milagros que se realizaron después de su muerte, popularizaron su culto.
Su vida fue escrita por un monje de Casa-Nova, Pablo de Celano, Acta Sanctorum, junio, vol. II, p. 608-616.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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