San Cornelio, papa mártir
fecha: 14 de septiembre
†: 252 - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 252 - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Roma, en la vía Apia, en la cripta de Lucina del cementerio de
Calixto, sepultura de san Cornelio, papa y mártir, que se opuso firmemente a la
escisión de Novaciano, y con gran espíritu de caridad recuperó a la plena
comunión con la Iglesia a muchos cristianos caídos en la herejía. Padeció al
final el destierro en Civitavecchia, lugar de Toscana, por parte del emperador
Galo, y sufrió lo indecible en palabras de san Cipriano. Su memoria se celebra
pasado mañana.
Patronazgos: patrono de los agricultores, protector del ganado, y contra la
epilepsia (llamada en algunos sitios «enfermedad de Cornelio»), convulsiones,
enfermedades nerviosas y enfermedades del oído; protector de los enamorados.
refieren a este santo: Santos Cornelio,
papa, y Cipriano, obispo, San Dionisio de
Alejandría, San Moisés

Debido a la violencia de la persecución de
Decio, la sede pontifical de Roma estuvo vacante por más de doce meses después
del martirio del papa San Fabián,
hasta que el sacerdote Cornelio fue elegido Papa, «por el juicio de Dios y de
Jesucristo, por el testimonio de la mayoría del clero, por el voto del pueblo y
con el consentimiento de los sacerdotes ancianos y los hombres de buena
voluntad», según nos dice san Cipriano.
«Aceptó con valor el episcopado, ocupó con entereza la silla sacerdotal, fuerte
de espíritu, firme en su fe, en momentos en que el tirano (Decio), movido por
su odio a los obispos, profería terribles amenazas contra ellos y le preocupaba
más exterminar al nuevo obispo de Dios en Roma que aniquilar al príncipe rival
en el imperio». Sin embargo, los primeros problemas del nuevo Papa surgieron no
tanto del poder secular como de las disensiones internas, a pesar de que éstas
se derivaban de la misma persecución o, mejor dicho, del cese temporal de
aquella persecución. Mientras estuvo vacante la sede de San Pedro, se produjo
en Africa una disputa en relación con la forma en que debían ser tratados los
apóstatas, y se había constituido un partido que estaba en favor de la
indulgencia y que amenazaba a la disciplina canónica y la autoridad episcopal.
El obispo de Cartago, san Cipriano, había escrito a Roma para pedir apoyo a su
punto de vista de que los apóstatas arrepentidos sólo podían ser readmitidos en
la comunión por una libre decisión del obispo. Un sacerdote llamado Novaciano,
dirigente entre el clero romano, había respondido para aprobar la opinión de
san Cipriano, pero no sin insinuar que adoptara una actitud más severa. Pocas
semanas después de la elección de Cornelio, el sacerdote Novaciano se
autonombró obispo de Roma en oposición al Papa. Uno de sus primeros actos fue
el de negar que la Iglesia tuviera algún poder para perdonar a los apóstatas
por muy arrepentidos que estuviesen y por muchas penitencias que hubieran
practicado. Aquel advenedizo agregó a la apostasía como «pecados
imperdonables», el asesinato, el adulterio y la fornicación. Novaciano, lo
mismo que su antecesor Hipólito,
opuso al Papa legítimo su habilidad e inteligencia superiores; a la larga fue
vencido por el orgullo y la ambición, pero no sin haber llegado a ser el primer
antipapa propiamente dicho y el jefe de una secta hereje que, por lo menos en
África, subsistió durante varios siglos. El papa Cornelio, por su parte,
contaba con el apoyo de san Cipriano y los otros obispos africanos, en su
posición de que la Iglesia tenía el poder de perdonar a los apóstatas
arrepentidos y de admitirlos de nuevo en su comunión, después de la debida
penitencia; contaba además con la simpatía de los obispos del Oriente, y así
fue como, durante un sínodo de obispos occidentales en Roma, fueron condenadas
las doctrinas de Novaciano y excomulgados sus seguidores.
La persecución contra los cristianos se
intensificó de nuevo a principios del año 253, y el Papa fue desterrado a
Centumcellae (Civita Vecchia). Cipriano, que tenía una gran admiración por san
Cornelio, le escribió una carta congratulatoria por haber podido gozar de la
felicidad de sufrir por Cristo y, más todavía, por la gloria de su Iglesia, ya
que ni uno solo de los cristianos romanos había renegado de la fe. «Con un solo
corazón y a una voz, toda la Iglesia romana ha confesado. Así se ha
manifestado, mi muy amado hermano, la fe que alababa el bendito Apóstol (Cf.
San Pablo a los Romanos 1,8) y se ha manifestado en ti, porque, desde entonces,
él preveía en espíritu tu gloriosa fortaleza y la seguridad de tu fe». San
Cipriano vaticina claramente a san Cornelio el conflicto en que iban a verse
envueltos los dos y agrega en su carta: «Cualquiera de nosotros que sea el
primero en emprender el viaje, que nuestra caridad persevere y nunca cesen las
plegarias al Padre por nuestros hermanos y nuestras hermanas». San Cornelio fue
el primero en ser llamado en junio del mismo año de 253. Con frecuencia, san
Cipriano se refiere a él como mártir, pero, no obstante que los relatos
posteriores afirman que fue decapitado, lo más probable es que no haya sido
ejecutado directamente, sino que muriera a consecuencia de las penurias,
fatigas y sufrimientos de su destierro en Centumcellae. Su cadáver fue llevado
a Roma y enterrado allí, no en el cementerio de los papas propiamente dicho,
sino en una cripta cercana a Lucina que tal vez era el lugar de sepultura de la
gens Cornelia, casa ésta a la que se dice que pertenecía el Papa. La amistad de
san Cipriano de Cartago fue el gran apoyo del papa san Cornelio como Sumo
Pontífice y como defensor de la Iglesia contra el rigorismo de Novaciano, y la
estrecha asociación entre ambos se ha reconocido, desde entonces, como muy
valiosa. En la tumba de Cornelio se conservó la memoria de san Cipriano en el
siglo cuarto, por medio de una inscripción y, cuatro siglos después, se pintó
la imagen del obispo de Cartago en los muros de la cripta; a los dos se les
nombra juntos en el canon de la misa el 14 de septiembre, fecha del martirio de
san Cipriano y, dos días después, se celebra su fiesta en toda la Iglesia de
Occidente.
Una mención aparte merece la curiosidad de
que este papa fuera elegido como patrono de las enfermedades nerviosas: «en
Bretaña -señala Jean Mathieu-Rosay-, los ganaderos paganos adoraban a un tal
Corneno, un horrible ídolo con cuernos. Los misioneros de la región de Carnac
no lograban alejarlos de esa superchería y que se convirtieran al catolicismo.
Basándose en el sabio principio de que nunca se termina de suprimir lo que no
se reemplaza, eligieron de entre la relación de santos cristianos el nombre que
tenía más posibilidades de sustituir a Corneno. Y el escogido fue Comelio: no
eran tiempos para que los bravos bretones se fijaran en cuestiones de
ortografía... aunque quedaba el problema de los cuernos, que, como es natural,
no cabían en la figura de un papa. La solución consistió en que, en lugar de
ponerlos en su cabeza, se los pusieron en las manos. De ese modo aceptaron los
bretones a san Cornelio y le confiaron sus ganados. En cuanto al segundo
patronazgo de las enfermedades nerviosas, surgiría en la Edad Media. En aquella
época se intentaba calmar a los epilépticos haciéndoles oler aromas imposibles,
como por ejemplo la de cuerno quemado. Siendo así que a san Cornelio se le
representaba con un cuerno en la mano, se hizo de él una especie de caja mágica
para sanar toda clase de enfermedades nerviosas. Sin investigar con mayor
detenimiento la relación entre ambas cosas se le «confió» la mencionada
especialización suplementaria. Y todavía hoy, en el día de la fiesta, el 16 de
septiembre, los cristianos de la región llevan a sus familiares afectados de
convulsiones para que sean bendecidos por los sacerdotes de la parroquia. (El
bueno de Cornelio, sin duda rendido ante la fe de los que invocan su favor ante
Dios, les corresponde con su intercesión).»
La historia de San Cornelio comprende un
episodio muy importante en la historia eclesiástica, el de los relapsi o
apóstatas que piden volver a la fe, y, de Eusebio en adelante, ha llamado la
atención de todos los escritores que se ocuparon de la Iglesia cristiana en sus
primeros tiempos. Además del Acta Sanctorum, sept. vol. IV y los trabajos de
Grisar, Duchesne, J. P. Kirsch, etc., consúltese a A. d'Ales, en Novatien
(1925) y a J. Chapman, en Studies on the Early Papacy (1928), pp. 28 y ss. En
cuanto al martirio, al lugar de su sepultura, la inscripción y el fresco de san
Cipriano en la catacumba, ver a Wilipert en La cripta dei Papi e la capella di
santa Cecilia (1910) ; Franchi de Cavalieri, en Note Agiografiche, vol. vi ,
pp. 181-210; y a Delehaye en Analecta Bollandiana, vol. XXIX (1910), pp.
185-186. La llamada «Pasión de San Cornelio» es un documento que no tiene valor
histórico. El fragmento referido al patronazgo fue tomado de «Los Papas, de San
Pedro a Juan Pablo II», de Jean Mathieu-Rosay, Rialp, Madrid, 1990, y añadido
al artículo original del Butler-Guinea.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3314
San Cipriano de Cartago, obispo y mártir
fecha: 14 de septiembre
n.: c. 200 - †: 258 - país: África Septentrional
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 200 - †: 258 - país: África Septentrional
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Cartago, de la África romana, pasión de san Cipriano, obispo muy
esclarecido en santidad y doctrina, que gobernó sabiamente la Iglesia en
tiempos difíciles, consolidó la fe de los cristianos en medio de tribulaciones,
y, en tiempo del emperador Galieno, después de sufrir un penoso exilio, consumó
su fe en el martirio, decapitado por orden del procónsul ante gran concurrencia
de pueblo. Su memoria se celebra también pasado mañana.
Patronazgos: protector contra la peste.
refieren a este santo: San Cornelio, Santos Cornelio,
papa, y Cipriano, obispo, San Esteban I, Santos Lucio,
Montano, Juliano, Victorico, Víctor y Donaciano, Santos Mapálico
y compañeros, San Moisés, Santos
Nemesiano, Félix, Lucio, otro Félix, Liteo, Poliano, Víctor, Jaderes y Dativo, Santos Sixto II,
papa, y compañeros

San Cipriano desempeñó un papel
importantísimo en la historia de la Iglesia de Occidente y en el desarrollo y
progreso del pensamiento cristiano durante el siglo tercero, particularmente en
África, donde su influencia fue preponderante. Por su prestigio personal más
que por el de su sede, llegó a ser reconocido, de hecho, como el primado de la
iglesia africana, y se le menciona en el canon de la misa romana. Su nombre
completo era el de Cecilio Cipriano, sus íntimos le llamaban Tascio y vino al
mundo alrededor del año 200, posiblemente en Cartago. Seguramente que era
nativo del África proconsular, puesto que así lo afirma san Jerónimo. Es muy
poco lo que se sabe de su vida antes de su conversión aI cristianismo: era un
orador público, profesor de retórica, defensor de oficio en los tribunales y
participaba de lleno en la vida pública y social de Cartago. El instrumento de
Dios en su conversión, cuando ya había pasado de la juventud, fue un anciano
sacerdote llamado Cecilio, a quien el santo respetó y veneró siempre como a su
padre y a su ángel guardián. Cecilio, a su vez, confiaba enteramente en la
virtud de su discípulo y, cuando el anciano sacerdote se hallaba en su lecho de
muerte, encomendó al cuidado y la protección de Cipriano a su mujer y a sus
hijos. Al abrazar el cristianismo, la vida de Cipriano cambió radicalmente.
Antes de recibir el bautismo, hizo el voto de mantener perfecta castidad, lo
cual dejó asombrados a los cartagineses y aun sorprendió a su biógrafo, san
Poncio, que exclama: «¡Quién vio jamás un milagro semejante!» Al estudio
detenido de las Sagradas Escrituras, agregó Cipriano el de sus mejores
expositores y comentaristas de manera que, en un tiempo relativamente corto, se
familiarizó con los trabajos de los mejores escritores religiosos de su época.
Le deleitaban particularmente los escritos de su compatriota Tertuliano; casi a
diario leía alguno de sus pasajes y, cuando sentía el deseo de consultarlo,
solía decir: «Veamos lo que dice mi maestro». No fue el menor de sus
sacrificios renunciar a toda literatura profana, y en ninguno de sus numerosos
escritos hay una sola cita de cualquier autor pagano. Poco después de haberse
convertido, recibió Cipriano las órdenes sacerdotales y, en 248, fue designado
para ocupar la sede episcopal de Cartago. Al principio, se negó a aceptar el
cargo con tanta vehemencia, que incluso intentó huir, pero al fin y al cabo
comprendió que sería inútil toda resistencia y consintió en que le consagraran
obispo. Algunos de los sacerdotes y buena parte del pueblo se opusieron a su
elección que, sin embargo, se llevó a cabo con toda validez, «de acuerdo con el
juicio divino, la voz del pueblo y el consentimiento del episcopado». Cipriano
administró su puesto con caridad, bondad y valor, virtudes éstas que mezcló
hábilmente con la energía y una prudente serenidad. Sobre su aspecto físico nos
dice Poncio que era majestuoso y atractivo hasta el punto de inspirar confianza
a primera vista y que nadie podía mirarle a la cara sin sentir admiración por
él; en su porte se advertía un extraño equilibrio entre la alegría y la
gravedad, de suerte que todo aquél que le trataba, no sabía si debía quererlo o
respetarlo más; pero lo cierto es que merecía el máximo respeto y el más grande
amor.
Desde la elevación de Cipriano a la sede
de Cartago hasta que hubo transcurrido poco más de un año, la Iglesia gozó de
una paz perfecta, pero el emperador Decio, al tomar el poder, inició su reinado
con una persecución. La época de quietud y de prosperidad había causado un
efecto de debilitamiento entre los cristianos, de manera que, al anunciarse en
Cartago el edicto persecutorio, éstos se apresuraron a presentarse en el
capitolio para dejar registro de su apostasía ante los magistrados y sumarse a
los grupos de paganos que recorrían las calles al grito de: «¡Cipriano a los
leones!» El obispo fue proscrito, y se ordenó la confiscación de sus bienes,
pero ya para entonces él se había retirado a un escondite y se hallaba a buen
recaudo, mientras su proceder suscitaba críticas adversas tanto en Roma como en
África. Cipriano creyó prudente defenderse y expuso las razones que le
justificaban en una serie de cartas dirigidas al clero. Y no hay duda de que al
esconderse, en medio de las circunstancias adversas, obró cuerdamente. Desde su
refugio, reemplazó su presencia personal ante los fieles con sus frecuentes
epístolas para exhortarles a la continua plegaria. «Pedid y recibiréis», les
decía. «Que cada uno de nosotros ruegue a Dios no sólo por sí mismo y para sus
propias necesidades, sino por todos los hermanos, según el modelo que nos dejó
el Señor, por el cual se nos enseña a orar en común, como una hermandad, por
todos en conjunto y no como individuos, ni tan sólo por nosotros. Cuando el
Señor nos vea humildes, pacíficos, unidos entre nosotros, con el propósito de
mejorar por nuestros actuales sufrimientos, nos salvará de manos de nuestros
perseguidores». Les aseguraba que aquella tormenta había sido revelada por
Dios, antes de que se produjera, a una devota persona de Cartago por medio de
una visión del enemigo bajo la figura de un retiarius que se disponía a matar a
los fieles, ya que éstos no estaban en guardia (un retiarius era un gladiador
armado con una espada y una red -rete- con la que trataba de arrapar al
oponente para matarlo). En la misma carta mencionaba otra revelación de Dios
que él mismo había tenido, sobre el fin de la persecución y el restablecimiento
de la paz para la Iglesia. Con aquellas cartas desde su escondite, el obispo
advertía y alentaba a su grey, fortalecía a los confesores prisioneros y
recomendaba a los sacerdotes que los visitaran por turnos y se las arreglaran
para darles la comunión en sus calabozos.
Durante la ausencia de san Cipriano, uno
de los sacerdotes que se habían opuesto a su elección episcopal, llamado
Novato, se declaró abiertamente en cisma. Algunos de los apóstatas y también de
los confesores que se hallaban en contra de la disciplina adoptada por san
Cipriano contra los renegados, se adhirieron al cismático, puesto que Novato
recibía, sin ningún requisito ni previa penitencia canónica, a todos los
apóstatas que quisieran reintegrarse a la comunión de la Iglesia. San Cipriano
denunció a Novato y, durante un consejo convocado en Cartago cuando se alivió
un poco el rigor de la persecución, leyó el tratado que había escrito sobre la
unidad de la Iglesia. «Hay -decía en él- un solo Dios, un solo Cristo y
solamente una silla episcopal, originalmente fundada sobre Pedro por la
autoridad del Señor. Por consiguiente, no podrá establecerse otro altar ni otro
sacerdocio. Y si un hombre cualquiera, impulsado por su cólera o su temeridad,
establece otra en abierto desafío a la institución divina, su ordenanza será
espuria, profana y sacrílega». Vale decir que así como Pedro es el fundamento
terrenal de la Iglesia entera, lo es también el obispo legítimo de cada
diócesis. En aquel consejo se excomulgó a todos los jefes cismáticos, y Novato
partió hacia Roma, donde Novaciano se había constituido como antipapa, con el
objeto de crear disturbios en la capital del imperio. Cipriano reconoció a
Cornelio, el que ocupaba por entonces la sede de san Pedro, como el único Papa,
y desplegó una gran actividad para apoyarlo durante todo el cisma, lo mismo en
Italia que en África. Con la ayuda de san Dionisio,
obispo de Alejandría, conquistó la adhesión de los obispos de Oriente para
Cornelio y les advirtió que su unión con cualquier falso obispo de Roma era lo
mismo que apartarse de la comunión de la Iglesia. En relación con aquellas
perturbaciones, Cipriano agregó a su tratado sobre la unidad, un capítulo sobre
la cuestión de los apóstatas.
En varios pasajes de sus escritos san
Cipriano se queja de que la paz de que gozó la Iglesia debilitó la vigilancia y
el espíritu de algunos cristianos y abrió las puertas de la Iglesia a muchos
convertidos que carecían de la verdadera fe, de suerte que sobrevino un gran
relajamiento y, al ponerse a prueba la virtud de los cristianos en la
persecución desatada por Decio, a muchos les faltó el valor para hacerle
frente. Aquéllos fueron los renegados que ofrecieron sacrificios a los ídolos o
bien los libellatici, es decir los que, sin haber sacrificado, adquirieron
mediante grandes sumas de dinero, certificados donde se hacía constar que ya
habían ofrecido sacrificios; a ésos se les llamó relapsos (lapsi) y, a causa de
ellos y del tratamiento que debía dárseles, surgió una amarga y extensa
controversia durante la persecución de Decio y varios años después: por una
parte, el cismático Novato predicaba una excesiva indulgencia hacia los
relapsos y, por la otra, la severidad de Novaciano se tradujo en la herejía de
privar a la Iglesia del poder de absolver y perdonar a un apóstata. Fue por
entonces cuando los culpables de algún pecado abominable, aparte del de
apostasía, estaban en la imposibilidad de asistir a los sagrados misterios, sin
haber pasado antes por una severa prueba de penitencia pública que comprendía
cuatro grados y continuaba durante varios años. Sólo en ocasiones
extraordinarias se concedía una disminución de aquellas penitencias y también
se acostumbraba conceder «indulgencias» a los penitentes que recibían una
bendición o una recomendación de alguno de los mártires en marcha al sitio de
su ejecución o de algún confesor de la fe que estuviese en prisión y aun en esos
casos, se requería una solicitud del mártir o del confesor en favor del
penitente, solicitud ésta que el obispo y su clero examinaban antes de dar su
ratificación. En los tiempos de San Cipriano, esta costumbre, adoptada en
África, degeneró en un abuso por el gran número de los libelli martyrum, porque
a menudo se otorgaba la solicitud de conmutación en términos muy vagos o bien
perentorios y porque se otorgaban sin discernimiento y sin examen previo. Los
períodos de tiempo (300 días, 7 años, plenaria, etc.) en que hoy se conceden
las indulgencias, es una práctica que sobrevive desde los tiempos en que la
disciplina de las penitencias públicas estaba en vigor en la Iglesia.
Cipriano condenó esos abusos con toda
severidad y, no obstante que en apariencia podría pensarse que él se inclinaba
por el rigorismo, en realidad seguía el término medio y, en la práctica, era
considerado e indulgente. Para hacer frente a la situación que se le planteaba,
recurrió a la prudencia y, luego de consultar con el clero romano, insistió
para que se obedecieran sin discusión las medidas y ordenanzas que había
tomado, hasta que se presentara la oportunidad de estudiar la cuestión en
conjunto, entre todos los obispos y sacerdotes del África. La ocasión se
presentó en el año de 251, durante el concilio de Cartago, donde se decidió que
los libellaticii podían ser readmitidos tras un período de penitencia más o
menos largo, según el caso, mientras que los sacrificati sólo podrían recibir
la comunión en caso de muerte. Pero al año siguiente, se desató la persecución
de Gallo y Volusiano, y un nuevo concilio de los obispos africanos decretó que
«todos los penitentes que manifestasen nuevamente su disposición de entrar a la
Iglesia y sumarse a las listas para ir a la lucha, combatir valerosamente por
el nombre del Señor y por su propia salvación, recibiesen la paz de la
Iglesia». El obispo dijo que tal medida era necesaria y recomendable, «a fin de
citar en forma general y colectiva a los soldados de Cristo en el campo de
Cristo y, así, los que verdaderamente están ansiosos de tomar las armas en sus
manos y de lanzarse a la lucha, que lo hagan en buena hora. Mientras gozábamos
de tiempos pacíficos, había razones de peso para mantener durante más tiempo a
los penitentes en un estado de mortificación que sólo se modificaría en caso de
enfermedad o de peligro. Pero ahora, los vivos tienen tanta necesidad de
comunión, como los moribundos la tenían entonces, de lo contrario, sería como
dejar sin armadura y sin defensa precisamente a aquéllos a quienes exhortamos y
alentamos para que luchen en la batalla del Señor: a ésos son a los que debemos
apoyar y fortalecer con la Sangre y el Cuerpo de Cristo. Si el objeto de la
Eucaristía es dar una defensa y una seguridad a los que participan de ella, debemos
fortificar a aquéllos por cuya seguridad nos preocupamos, con la armadura del
banquete del Señor. ¿Cómo podrán tener la capacidad de morir por Cristo, si les
negamos la Sangre de Cristo? ¿Cómo les prepararemos para que apuren la copa del
martirio, si no les damos a beber antes el cáliz del Señor?»
Entre los años de 252 y 254, Cartago
estuvo flagelado por una terrible epidemia de cuyas devastaciones san Poncio
nos ha dejado una vivaz descripción. En aquellos tiempos de horror y
desolación, san Cipriano reunió y organizó a los cristianos de la ciudad, les
habló severamente sobre sus deberes de misericordia y caridad y los instruyó
para que prodigaran sus cuidados no sólo a sus propias gentes, sino también a
sus perseguidores y a sus enemigos. Los fieles le ofrecieron seguir fielmente
sus directivas y cumplieron con su palabra. Los servicios de los cristianos
fueron muy diversos: los ricos contribuyeron con muy cuantiosas sumas de
dinero, los pobres dieron su trabajo y su atención personal. Los pobres y los necesitados,
no solamente durante la peste, sino en todo tiempo, fueron el principal objeto
de la preocupación de san Cipriano, como lo prueban sus continuas
recomendaciones para que no se les desamparara y las ordenanzas que daba con
frecuencia para suministrarles ayuda. Uno de sus dichos preferidos era éste:
«No dejéis que duerma en vuestros cofres lo que puede ser de provecho para los
pobres. Todo aquello de lo que el hombre tenga que desprenderse necesariamente
tarde o temprano, es bueno que lo distribuya voluntariamente antes de su
muerte, para que Dios pueda recompensarlo en la eternidad». Para consuelo y
fortalecimiento de su grey durante la epidemia de peste, el santo obispo
escribió su tratado De Mortalitate.
Si bien san Cipriano respaldó siempre al papa
san Cornelio, en los últimos años de su vida se opuso con igual energía al papa san Esteban I en
el asunto del bautismo conferido por herejes o cismáticos. Él y otros obispos
africanos se negaron a reconocer la validez de esos bautismos. A pesar de que
en el curso de la disputa san Cipriano publicó un tratado sobre la virtud de la
paciencia, durante las discusiones, hizo un despliegue de apasionamiento y de
vehemencia, un exceso que, según dice san Agustín, compensó con creces por su
glorioso martirio.
En el mes de agosto del 257, se promulgó
el primer edicto de la persecución de Valeriano para prohibir toda asamblea de
cristianos y para exigir a los obispos, sacerdotes y diáconos, que tomasen
parte en el culto oficial, bajo pena de exilio. El día 30 del mismo mes, el
obispo de Cartago fue llevado ante el procónsul. El relato de su proceso y sus
interrogatorios ha sido tomado de tres documentos distintos: un informe de
fuentes oficiales sobre su juicio en el año de 257, que culminó con una condena
al destierro; otro informe oficial sobre el segundo proceso, en el año 258, del
que salió condenado a muerte; un breve relato sobre su pasión. El compilador de
estos documentos agrega algunas palabras para vincular las tres narraciones.
Dice como sigue:

Cuando el emperador Valeriano fue cónsul
por cuarta vez y Galieno por tercera, el 30 de agosto (del 257), el procónsul
Paterno dijo a Cipriano, el obispo, en la cámara de las audiencias: Los muy
sagrados emperadores Valeriano y Galieno se han dignado darme cartas en las que
me mandan vigilar que, de ahora en adelante, observen estrictamente el
ceremonial de nuestra religión los que no profesan el culto de los romanos. Por
esa razón, te hice comparecer ante mí. ¿Qué me respondes?
Cipriano: Soy cristiano y soy obispo. No conozco a otros dioses más que al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. A ese Dios servimos nosotros los cristianos; a él elevamos nuestras oraciones de día y de noche, por nosotros mismos, por todos los hombres y por la salvación de los mismos emperadores.
Paterno: ¿Persistes en mantener esas intenciones?
Cipriano: Una buena intención que reconoce a Dios no puede cambiar.
Paterno: En ese caso y de acuerdo con el edicto de Valeriano y Galieno, irás al exilio en Curubis. [Curubis era una pequeña ciudad a unos ciento ochenta kilómetros de Cartago, en una península de la costa del mar de Libia]
Cipriano: Iré.
Paterno: Los emperadores se han dignado escribirme no sólo respecto a los obispos, sino también a los sacerdotes. Por lo tanto, deseo saber por ti quiénes son los sacerdotes que viven en esta ciudad.
Cipriano: Por vuestras leyes y con sabiduría, habéis prohibido que un hombre se vuelva informador, de manera que yo no puedo revelar esos nombres. Pero se les puede encontrar en sus ciudades respectivas.
Paterno: Desde hoy los buscaré en ésta.
Cipriano: Nuestra disciplina prohibe que alguien se entregue voluntariamente y semejante actitud es contraria a nuestros principios; pero sí los buscas, los encontrarás.
Paterno: Los encontraré. Los emperadores han prohibido también que se realicen asambleas en cualquier lugar, así como el acceso a los cementerios. Si alguno de ellos no ha obedecido este saludable decreto, ha incurrido en la pena de muerte.
Cipriano: Cumple con lo que se te ha ordenado.
Cipriano: Soy cristiano y soy obispo. No conozco a otros dioses más que al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. A ese Dios servimos nosotros los cristianos; a él elevamos nuestras oraciones de día y de noche, por nosotros mismos, por todos los hombres y por la salvación de los mismos emperadores.
Paterno: ¿Persistes en mantener esas intenciones?
Cipriano: Una buena intención que reconoce a Dios no puede cambiar.
Paterno: En ese caso y de acuerdo con el edicto de Valeriano y Galieno, irás al exilio en Curubis. [Curubis era una pequeña ciudad a unos ciento ochenta kilómetros de Cartago, en una península de la costa del mar de Libia]
Cipriano: Iré.
Paterno: Los emperadores se han dignado escribirme no sólo respecto a los obispos, sino también a los sacerdotes. Por lo tanto, deseo saber por ti quiénes son los sacerdotes que viven en esta ciudad.
Cipriano: Por vuestras leyes y con sabiduría, habéis prohibido que un hombre se vuelva informador, de manera que yo no puedo revelar esos nombres. Pero se les puede encontrar en sus ciudades respectivas.
Paterno: Desde hoy los buscaré en ésta.
Cipriano: Nuestra disciplina prohibe que alguien se entregue voluntariamente y semejante actitud es contraria a nuestros principios; pero sí los buscas, los encontrarás.
Paterno: Los encontraré. Los emperadores han prohibido también que se realicen asambleas en cualquier lugar, así como el acceso a los cementerios. Si alguno de ellos no ha obedecido este saludable decreto, ha incurrido en la pena de muerte.
Cipriano: Cumple con lo que se te ha ordenado.
Entonces Paterno, el procónsul, ordenó que
el bendito Cipriano fuese exilado y cuando ya había pasado algún tiempo en el
destierro, el procónsul Galerio Máximo sucedió a Aspasio Paterno. El nombrado
en primer lugar mandó que el santo obispo Cipriano fuese llamado del exilio
para que compareciese ante él (agosto de 258) [A Cipriano se le hizo regresar
del destierro en obediencia a otro edicto donde se ordenaba la sentencia de
muerte para los obispos, sacerdotes y diáconos]. Cuando Cipriano, el venerable
mártir elegido de Dios, hubo regresado de la ciudad de Curubis -a donde había
sido exilado de acuerdo con el decreto del entonces procónsul Aspasio Paterno-,
permaneció vigilado en sus propios jardines, según el mandato de los
emperadores. Ahí esperaba todos los días que fueran a buscarle como le había
sido revelado en un sueño. Y de pronto, mientras estaba ahí, durante el
consulado de Tusco y Basso, el día 13 de septiembre, llegaron dos oficiales a
buscarle: uno era el jefe de carceleros del procónsul Galerio Máximo y el otro
era mariscal de la guardia del mismo procónsul. Lo colocaron entre ellos en un
carro y se lo llevaron a Villa Sexti, adonde se había retirado el procónsul
para recuperar su salud. El mismo ordenó que el juicio fuese diferido para el
día siguiente y, mientras tanto, se llevaron al bendito Cipriano a la casa del
jefe de carceleros como huésped suyo, en el barrio llamado de Saturno, entre el
templo de Venus y el templo de Bienestar público. Y hasta ahí llegaron a
reunirse todos los hermanos. Cuando el santo Cipriano se enteró de esto, mandó
que todas las mujeres jóvenes fueran protegidas, ya que todos los que habían
venido permanecían allí, en el barrio, frente a las puertas de la casa del
oficial. Al día siguiente, 14 de septiembre, por la mañana, una gran
muchedumbre se congregó en Villa Sexti, en espera de que se cumpliera lo que
había ordenado Galerio Máximo. El mismo día, éste mandó que Cipriano
compareciese ante él, en la corte llamada de Sauciolum. Cuando hubo llegado,
Galerio Máximo, el procónsul, dijo a Cipriano, el obispo: ¿Eres tú Tascio
Cipriano?
Cipriano: Yo soy.
Máximo: ¿Eres el padre (Papa) de esos hombres sacrílegos?
Cipriano: Sí.
Máximo: Los más santos emperadores te ordenan que sacrifiques.
Cipriano: No sacrificaré.
Máximo: Piénsalo bien.
Cipriano: Haz lo que tengas que hacer. No hay lugar para reflexión en un asunto tan claro.
Cipriano: Yo soy.
Máximo: ¿Eres el padre (Papa) de esos hombres sacrílegos?
Cipriano: Sí.
Máximo: Los más santos emperadores te ordenan que sacrifiques.
Cipriano: No sacrificaré.
Máximo: Piénsalo bien.
Cipriano: Haz lo que tengas que hacer. No hay lugar para reflexión en un asunto tan claro.
Galerio Máximo consultó a sus asesores y
luego, de mala gana, dictó la sentencia como sigue: «Has vivido largo tiempo en
el sacrilegio; has reunido en torno tuyo a muchos cómplices en asociación
ilegal; te has convertido en un enemigo de los dioses romanos y de su religión.
Nuestros muy piadosos y sagrados príncipes, Valeriano y Galieno, Valeriano el
Augusto y Galieno el nobilísimo César, no han podido devolverte a la práctica
de nuestros ritos. Por lo tanto y en vista de que sabemos que eres el autor y el
principal organizador de repugnantes crímenes, en ti haremos un ejemplo para
todos aquéllos que se han unido a ti en tus perversidades: tu sangre será la
confirmación de las leyes». Una vez dichas estas palabras, leyó el decreto en
una tablilla: «A Tascio Cipriano se le dará muerte por la espada». Cipriano
respondió: «¡ Gracias sean dadas a Dios!» Cuando fue dictada la sentencia, los
hermanos ahí reunidos dijeron: «¡Que seamos decapitados con él!» La multitud
siguió al condenado tumultuosamente hasta el lugar de la ejecución, un sitio
rodeado por árboles a los que algunos se treparon para ver mejor. Así fue
conducido Cipriano hasta la llanura de Sextus. Allí se le despojó de su manto y
él se arrodilló para orar a Dios. Cuando se hubo quitado la dalmática (especie
de túnica que originalmente se usó en Dalmacia. Por entonces no era todavía la
vestidura eclesiástica de los diáconos) y la había entregado a sus diáconos,
quedó de pie, cubierto con sus blancas ropas interiores, en espera del verdugo.
Al llegar éste, Cipriano pidió a sus amigos que le diesen veinticinco piezas de
oro. Los fieles tendieron frente a Cipriano paños y lienzos. El mismo se vendó
los ojos con sus manos y, como no pudiese atar los extremos del pañuelo, Julián
el sacerdote y Julián el subdiácono lo hicieron en su lugar. Así sufrió el
bendito Cipriano; su cuerpo fue tendido en un lugar cercano para satisfacer la
curiosidad de los paganos. Después, en horas de la noche, los cristianos le
trasportaron, con velas y antorchas, entre plegarias y en procesión triunfal,
hasta el cementerio de Macrobius Candidianus, el procurador, que se encuentra
en el camino a Mappalia, cerca de los estanques. Pocos días más tarde, murió
Galerio Máximo, el procónsul.
Las cartas de San Cipriano, una breve nota
del De Viris Illustribus de San Jerónimo, la pasión del santo y el esbozo
biográfico atribuído a su diácono san Poncio, son nuestras principales fuentes
de información. La pasión y la biografía han sido muy discutidas. En el vol.
XXXIX del Texte und Untersuchungen, Harnack dedica unas páginas a Das beben
Cyprianis von Pontius y la describe como la primera biografía cristiana de
cuantas existen. Reizenstein, en la Sitzungsberichte Fil. e Hist. de Heidelberg
(1913), da un punto de vista menos favorable y dice que no tiene importancia
como fuente histórica. Delehaye discute el asunto en Les Passions des Martyr et
les genres littéraires (1921). Si Delehaye tiene razón, no se puede decir que
las Actas Proconsulares de san Cipriano sean «un registro único sobre el proceso
y muerte de un mártir con toda su autenticidad y pureza». Por muy dignos de
confianza que sean los documentos, no son copia fiel de las actas oficiales. El
mismo escritor en Analecta Bollandiana, vol. XXXIX (1921), pp. 314-332, observa
la singular confusión que se ha hecho entre la historia de san Cipriano de
Cartago y la leyenda ficticia de san Cipriano de Antioquía. Ver también el Acta
Sanctorum, sept. vol. IV. En el volumen I de la Patrología de
Quasten se encontrará una amplia introducción a los
escritos del santo.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3315
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