“No volver a este siglo”
(mi reflexión sobre los que pasan a través de todos los espejos)
Hace tiempo que ya no somos los hijos de Adán, sino los hijos de Ahasverus y nosotros viajamos atravesando a los espejos del “mundus” detrás de lo que nosotros rechazamos, pero ganamos en este rechazo a la salvación de la muerte y recibimos la inmortalidad de un viajero y peregrino: “¿No veía nadie por aquí a un Dios con la cruz?”. Las tumbas de los santos guardan el silencio, en el altar está un crucifijo dorado con la figura de marfil, desde el icono mira el rostro tranquilo y sereno, reluciente por sus pinturas claras y liquidas. “Aquí está el Crucificado”, - dice el monje guardián, - “Es su imagen más santo y más valioso en todo el reino. Dentro de este crucifico de oro están puestos los trozos de la cruz verdadera, encontrada por los emperadores Constantino y Helena”.
Pero el viajero mira por alrededor con los ojos de alguien que sigue buscando. Él busca a este hombre real, cansado y sangrado, no parecido para nada a las figuras de marfil o de boj, busca a aquel prisionero que tenía sed y caía de cansancio y cuya cruz no era de oro, sino de la madera dura y pesada. El viajero sabe que los emperadores no podrían encontrar nada, porque el Hijo de Hombre aún está siguiendo su camino, llevando a la cuestas el instrumento de su muerte y martirio. El viajero sale de la iglesia, de sus olas de láudano y del canto gregoriano, y en su alma suena: “Tengo sed, dame un trago del agua…”. Aún no es tarde de encontrar a este esclavo, aún hay tiempo hasta su llegada en las nubes, él anda por esta tierra, por estos bosques y llanuras, por las ciudades, burlado por el pueblo, pero ahora Ahasverus conoce a su rostro y ya no le rechazará y no se apartará de él nunca.
Todos nosotros nos apartamos de él, encerrándose en nuestro mundo, cómodo y arreglado, pero siempre suena dentro de cada alma que habrá que salir en su búsqueda, porque todos nuestros penates son solo unos muertos. Y quien lo ve, deja a sus armas y regala a su ropa a un mendigo, haciendo el vestido de un talego para ir en Jerusalén. Todo va a ser sagrado y significativo en su camino, porque él sigue en pos del esclavo con la cruz. Un caballero va detrás de su rey verdadero, “avergonzado y confundido en haberle mucho ofendido, de quien primero recibió muchos dones y muchas mercedes” (Ignacio de Loyola, “Ejercicios Espirituales”, 74:2).
Un “mundus” romano siempre era un espacio seguro y estructurado, en este sentido el parecía a “cosmos” o a “oikumena” griega. Todo estaba en su lugar: templos, pórticos, columnas triunfales y acueductos. Más allá de las fronteras de este mundo solo había un espacio inmenso y peligroso, sin orden ni ley, lleno de las tribus salvajes y de las hordas barbáricas. Y aunque opinaba Seneca que de la Hispania hay camino hasta las Indias desconocidas, nadie iría por este camino, abandonando a su villa paterna, donde vivieron todas las generaciones. Nuestro espacio es nuestra memoria y nuestro tiempo, así se mueve el mundo, repitiendo y recordando a su sentido.
Pero “mundus” solo parecía eterno, en un momento dado las hordas de los hunos, godos y alanos rompieron a las fronteras como si ellas no existieron y el viejo tiempo se acabó, apagado por el ángel del Apocalipsis. Pero en las ruinas de la ciudad quemada otra vez sonó la verdad que la única ciudad eterna es la otra, donde gobierna un rey eterno, a quien Lucano llamó un “sofista crucificado”. Este crucificado nació en el fin del mundo, nunca tenía casa, no era profeta en su tierra y negó a su propia familia: “Él que sigue a mi es mi madre y mi hermano”. Y toda suya vida era el camino al calvario. San Agustín escribió unas palabras inmortales que leyeron los romanos que se quedaron vivos por un milagro y los otros ciudadanos del imperio, cuyo mundo se derrumbó y ellos ya no sabían que esperar: “No fundes tu consuelo en las cosas pasajeras y lábiles”; “Usa a la vida terrenal como peregrina, porque ella es solo una prueba y enmienda” (“Ciudad de Dios”). Y él tenía toda la razón, ya estando a punto de morir, él podría ver a los vándalos bajo las murallas de Hipona.
Severino y su hijo Leandro, el futuro bautizador de los visigodos, vieron a su villa quemada y a las tropas de Justiniano entrando en Cartago Nova. Los tres hijos menores eran demasiado pequeños para recordar a esta tragedia: Isidoro y Fulgencio aún eran niños, solo su hermana Florentina guardaba algunos recuerdos sobre la ciudad natal y sobre la casa paterna. Entre los años 552 y 625 toda la franja costera había sido conquistada por los bizantinos y la familia de Severino se desplazó en una
ciudad Híspalis, más parecido al pequeño pueblo, en futura Sevilla. Los padres y los hijos tomaron un hábito. Ya siendo el obispo Leandro escribía a su hermana Florentina, monja y futura abadesa, “Las reglas para las vírgenes consagradas”. Este seco documento a veces parece a una carta intima que refleja al alma del autor de tal modo que es difícil encontrar una parecida sinceridad en toda la literatura de este tiempo.
Él pide a su hermana no volver al pasado, “no volver a este siglo”, olvidar para siempre aquel “mundus” que ya no existe. “No para ti, querida, los cortejos nupciales ni los adornos ostentosos”; “Como Abraham salimos de nuestra tierra y en la estatua de sal se convertirá él que mirará atrás”. Solo las estatuas de sal no se cambian, pero las personas saben aceptar a la vida distinta. Según Leandro ella tenía suerte: “De allí fuiste sacada en una edad en que ni te puedes acordar aunque naciste allí”. Él reconoce que muchas veces recordaba a su madre la patria y hasta pedía volverse, pero ella le contestaba que esta tierra ya no existe, no hay adonde volver, quemados están manuscritos y en la villa viven otros: “Mi destierro me hizo conocer a Dios; desterrada moriré, y he de ser sepultada donde recibí el conocimiento de Dios”. A ellos expulsaron para ir en pos del hombre con la cruz.
Leandro lo aceptó, llegó a ser obispo, educó a sus hermanos y bautizó a este pueblo godo, por la culpa de cuyas guerras interiores él perdió a su patria. Este había sido su modo de volver a la patria. Solo en el contexto de su vida se entienden sus palabras del Concilio Toledano III, donde el rey Recaredo rechazó el arrianismo: “nos devolvieron lo robado”, “era carga para nosotros esta infidelidad”, “reconquistamos a los pueblos”, “pescamos a ellos con el anzuelo del Cristo”. Si, esta era su reconquista, le devolvieron a su casa y la provincia romana cristiana surgió otra vez en sus ritos, en su liturgia y los quemados manuscritos resucitaron en las “Etimologías” de su hermano San Isidoro de Sevilla. Leandro volvió a su patria verdadera que incluye a todo y donde se recupera todo lo perdido:
En la distancia y en el espacio
en cada momento de mis años
conquistará mi mente y tiempo MI PAÍS aunque... me aleje por siempre.
(“Inmigrante” Nayua Salmen).
Tragedia no es un final, sino el comienzo de una catarsis. Toda la obra épica tiene sus derrotas y sus victorias, pero nadie sabe que derrota se convertirá en la victoria futura, quizá por eso en la historia actúa la providencia divina. En el año 1331 casi toda la aristocracia de la ciudad de Rostov en Rusia había sido expropiada de sus bienes y exilada. El destino de Cirilo y María con sus tres hijos era una cueva en la tierra y la lucha constante por la sobrevivencia. Los padres tomaron el hábito, como lo hicieron los padres de Leandro e Isidoro. El hijo mediano también se consagró con el nombre de Sergio y salió a vivir en un bosque salvaje, donde construyó una pequeña iglesia de la Trinidad. Esto será más grande y más famoso monasterio de Rusia que dará el origen a los 35 monasterios, el hijo de los desterrados se convertirá en el más influyente jerarca ruso. Su ayuda van a pedir los príncipes moscovitas en sus guerras. Su bendición recibirá el bisnieto de su represor antes de la batalla con los mongoles y por primera vez en la historia obtendrá la victoria sobre ellos. Santo Sergio de Radonej nunca volvió a su patria, sino como San Leandro conquistó a toda la Moscovia.
Los peregrinos de toda Rusia iban a la Laura de la Trinidad, “para ver a Santo Sergio”, a su apóstol y bautizador. “Me gustaría dejar todo e ir en los zapatos rotos y ropa sencilla detrás de vosotros”, - decía a los peregrinos la princesa María en la “Guerra y Paz” de Tolstoi. Dejar todo e ir en pos, romper a las fronteras del mundo ordenado y arreglado y salir en su destierro en la búsqueda de la Tierra Prometida, de la otra patria, del otro conocimiento. Van los peregrinos en pos del hombre con la cruz por toda la tierra. Así huían en los desiertos del Egipto, así salió en su viaje en el año 565 un monje Columbano, poniendo asimismo el comienzo de la tradición del monacato irlandés que tenía el nombre de “peregrinatio”. Ellos estaban convencidos que toda la persona cristiana debería cambiar su lugar de vida y viajar constantemente, para no apegarse a los lugares de este mundo, para no entrar en las relaciones estables con sociedad. Y los que no estaban interesados en ninguna vida social evangelizaron durante sus viajes a los pueblos germánicos, a los francos, a los lombardos, llegaron hasta las tierras galaicas. “Él que querrá tener, perderá y él que dará a su vida, ganará el mundo”. Así Cristo rompió a las fronteras de la sociedad farisaica con sus costumbres ya muertas:
Desprenderse de virtudes vicios afectos comodidades del momento
desvincular de ese algo permanente
nulo sin validez actuar libremente
soltar elevar y volar sin vuelta atrás
cabalgar sin desbocarse a lo invisible que se ve
(“Inmigrante” Nayua Salmen).
Y como resumen de todo esto aparecen los textos de Cervantes: “Los trabajos de Persiles y Sigismunda” y “El Quijote”. Persiles busca a sí mismo pasando por la muerte y la redención, él va en Roma, como en la ciudad celestial, deseando llegar hacia el cielo. Él quiere romper las cadenas que le atan a este mundo: “En esta vida los deseos son infinitos, y unos se encadenan de otros, y se eslabonan, y van formando una cadena que tal vez llega al cielo, y tal se hunde en el infierno”. Solo a una persona superficial la figura del Quijote puede parecerle cómica. Su viaje era una conquista, una prueba y el examen del mundo, con la capacidad de su superación. ¿Y que era la “vuelta a la patria de la razón perdida”? (inexacta cita de Lope de Vega “Cuando me paro a contemplar mi estado”). “Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de ignorancia…”. Es la muerte. Iván Turgenev en su artículo “Hamlet y Don Quijote” dijo que la llegada de “libre y claro juicio” era la pérdida del Imperio que se despertó de su sueño. Pero los Imperios desaparecidos suelen reinar en las almas.
Hay otras curiosas opiniones que nos permiten ver a la espiritualidad de España desde la perspectiva de la cultura rusa. Yo me refiero al ensayo del historiador Petr Bizilli “Ignacio de Loyola y Don Quijote”: “Es el mismo paso rápido de las lecturas hacia las acciones, la misma energía que va encima de todo el mundo, la misma fuerza de la voluntad que no quiere saber nada sobre ningunos obstáculos, la misma tensión en el alma que de Alonso de Quijano”. Bizilli ironiza, pero tiene razón, porque el Imperio perdido por la España será conquistado en todo el mundo con esta “voluntad que no sabe obstáculos” y con esta “tensión del alma”. Lo que perdió un caballero herido, conquistó el otro, saliendo en el peregrinaje en el pos del hombre con la cruz.
Hispania visigoda cristiana, la Laura de la Santa Trinidad, el monasterio de Bobbio, la Compañía de Jesús son las grandes obras de los que salieron y “no volvieron a este siglo”. Sus siglos definían ellos. Iglesia necesita a estos desterrados. Sobre esto escribía Juan Pablo II en la “Vita Consecrata”: “Jesús mismo, llamando a algunas personas a dejarlo todo para seguirle, inauguró este género de la vida”. Seguirlo es ir a los bosques salvajes, a las tierras desconocidas, a las orillas asiáticas. Ir para romper a las fronteras y extender a la Patria verdadera. Quizá se puede decir sobre un evangelizador:
Supo bien aquel arte que ninguno
supo del todo, ni Simbad ni Ulises,
que es pasar de un país a otros países
y estar íntegramente en cada uno.
(J. L. Borges “In Memoriam A. R.”)
“Volviendo al pasado convertirás en una estatua de sal como la desgraciada mujer de Lot”. Mejor seguir el camino, dejando sus armas en la iglesia a la Virgen, sin pensar con quien te van a comparar, porque tu destino no es de este siglo y por eso en ello se encuentra el sentido de este tiempo.
Fotos: Alonso Delano, un cadre de la película “San Ignacio de Loyola”, teatro romano en Cartagena, la mapa del mundo de las “Etimologías” de San Isidoro de Sevilla, las cúpulas de la Laura de la Santa Trinidad, los zapatos de San Ignacio, foto de Lindbergh







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