jueves, 17 de noviembre de 2016

Santa Gertrudis la Magna, virgen - San Juan del Castillo, presbítero y mártir (17 de noviembre)

Santa Gertrudis la Magna, virgen

fecha: 17 de noviembre
n.: 1256 - †: 1302 - país: Alemania
otras formas del nombre: Gertrude de Helfta
canonización: 
C: Clemente XII 1677 (canonización no formal)
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: En Helfta, en las cercanías de Eisleben, en Sajonia, aniversario de la muerte de santa Gertrudis, virgen, cuya memoria se celebra el día de ayer.
Patronazgos: patrona de Perú, de las Antillas, y de las monjas.
refieren a este santo: Santa Matilde
Oración: Oh Dios, que hiciste del corazón de tu virgen santa Gertrudis una gozosa morada para ti, por su oración y sus méritos, ilumina las tinieblas de nuestro corazón y concédenos experimentar con alegría tu presencia y acción entre nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

En 1258, las religiosas de Rossdorf, entre las que se encontraba santa Matilde, se trasladaron a un monasterio de Helfta, en Sajonia, de donde era originaria la noble familia de los Hackeborn; allí fue abadesa Gertrudis von Hackeborn, hermana de santa Matilde, y que no debe ser confundida con nuestra santa de hoy, que no fue abadesa. Tres años más tarde de la fundación, santa Gertrudis, que entonces tenía cinco, fue enviada a educarse con las religiosas. Nada sabemos acerca de sus padres ni del sitio en que nació. La superiora la confió al cuidado de santa Matilde y, pronto, las dos santas empezaron a unirse con los lazos del afecto. Gertrudis, que era muy atractiva e inteligente, llegó a ser una buena latinista. Con el tiempo, tomó el hábito en ese convento, del que probablemente no había salido desde la niñez.
A eso de los veintiséis años, santa Gertrudís tuvo la primera de las revelaciones que la hicieron famosa: cuando iba a acostarse, le pareció ver al Señor en forma de joven. «Aunque sabía yo que me hallaba en el dormitorio, me parecía que me encontraba en el rincón del coro donde solía hacer mis tibias oraciones y oí estas palabras: 'Yo te salvaré y te libraré. No Temas'. Cuando el Señor dijo esto, extendió su mano fina y delicada hasta tocar la mía, como para confirmar su promesa y prosiguió: 'Has mordido el polvo con mis enemigos y has tratado de extraer miel de las espinas. Vuélvete ahora a Mí, y mis delicias divinas serán para ti como vino'.» Entonces se interpuso un seto de espinos entre los dos. Pero Gertrudis se sintió como arrebatada por los aires y se encontró al lado del Señor: «Entonces vi en la mano que poco antes se me había dado como prenda, las joyas radiantes que anularon la pena de muerte que se cernía sobre nosotros.» Tal fue la experiencia de Gertrudis; tal fue lo que podría llamarse su «conversión», a pesar de que se trataba del alma más pura e inocente. A partir de entonces, se entregó con plena conciencia y toda deliberación a la conquista de la perfección y de la unión con Dios.
Hasta entonces, los estudios profanos habían sido sus delicias; en adelante, se dedicó a estudiar la Biblia y los escritos de los Padres, sobre todo de san Agustín y de san Bernardo, quien había muerto no hacía mucho tiempo. En otras palabras, «del estudio de la gramática pasó al de la teología»; y sus escritos muestran claramente la influencia de la liturgia y de sus lecturas privadas. Exteriormente, la vida de santa Gertrudis fue como la de tantas otras contemplativas, es decir, poco pintoresca. Sabemos que solía copiar pasajes de la Sagrada Escritura y componer pequeños comentarios para sus hermanas en religión, y que se distinguía por su caridad para con los difuntos y por su libertad de espíritu. El mejor ejemplo de esto último es su reacción ante las muertes súbitas e inesperadas. «Deseo con toda el alma tener el consuelo de recibir los últimos sacramentos, que dan la salud; sin embargo, la mejor preparación para la muerte es tener presente que Dios escoge la hora. Estoy absolutamente cierta de que, ya sea que tenga una muerte súbita o prevista, no me faltará la misericordia del Señor, sin la cual no podría salvarme en ninguno de los dos casos».
Después de la primera revelación, Gertrudis siguió viendo al Señor «veladamente», a la hora de la comunión, hasta la víspera de la Anunciación. Ese día, el Señor la visitó en la capilla durante los oficios de la mañana y, «desde entonces, me concedió un conocimiento más claro de Él, de suerte que empecé a corregirme de mis faltas mucho más por la dulzura de Su amor que por temor de su justa cólera». Los cinco libros del «Heraldo de la amorosa bondad de Dios» (comúnmente llamados «Revelaciones de Santa Gertrudis»), de los que la santa sólo escribió el segundo, contienen una serie de visiones, comunicaciones y experiencias místicas, que han sido ratificadas por muchos místicos y teólogos distinguidos. La santa habla de un rayo de luz, como una flecha, que procedía de la herida del costado de un crucifijo. Cuenta también que su alma, derretida como la cera, se aplicó al pecho del Señor como para recibir la impresión de un sello y alude a un matrimonio espiritual en el que su alma fue como absorbida por el corazón de Jesús. Pero «la adversidad es el anillo espiritual que sella los esponsales con Dios». Santa Gertrudis se adelantó a su tiempo en ciertos puntos, como la comunión frecuente, la devoción a san José y la devoción al Sagrado Corazón. Con frecuencia hablaba del Sagrado Corazón con santa Matilde y se cuenta que en dos visiones diferentes reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor y oyó los latidos de su corazón.
En la actualidad, el pueblo cristiano conoce sobre todo a estas santa Matilde y a santa Gertrudis por una serie de oraciones que se les atribuyen. Fueron publicadas por primera vez en Colonia, a fines del siglo XVII. Sin meternos a juzgar el mérito de esas oraciones, lo cierto es que no fueron compuestas por Gertrudis y Matilde. Dom Castel fue el primero que publicó en francés una serie de plegarias entresacadas de las obras genuinas de ambas santas; el canónigo Juan Gray las tradujo al inglés en 1927. Alban Butler, refiriéndose al libro de santa Gertrudis, dice que es «probablemente, después de las obras de santa Teresa, el escrito más útil que una mujer ha dado a la Iglesia para alimentar la piedad en el estado contemplativo». Santa Gertrudis murió el 17 de noviembre de 1301 o 1302, alrededor de los cuarenta y cinco años, al cabo de diez años de penosas enfermedades. Aunque no fue canonizada formalmente, Inocencio XI introdujo su nombre en el Martirologio Romano en 1677. Clemente XII ordenó que se celebrase su fiesta en toda la Iglesia de Occidente, lo que equivale en los hechos a una canonización. Tanto los benedictinos como los cistercienses aseguran que el monasterio de Helfta pertenecía a sus respectivas órdenes y veneran especialmente a santa Gertrudis.
Las únicas fuentes sobre la vida de santa Gertrudis son sus propios escritos. La primera edición completa y aceptable fue hecha por los benedictinos de Solesmes, con el título de Revelationes Gertrudianae et Mechtildianae (1875), pero sin distinguir claramente las diversas obras. El Legatus divinae pietatis, se divide en cinco libros: el libro segundo fue ciertamente escrito por santa Gertrudis; los libros tercero, cuarto y quinto fueron compuestos bajo su dirección; el libro primero fue escrito por los amigos íntimos de la santa, después de su muerte. Esa obra es la principal fuente sobre la vida de Gertrudis, de la que sabemos muy poco; pero hay también algunos datos en el Liber specialis gratiae, que se refiere sobre todo a santa Matilde y se halla en el Iibro segundo de las Revelationes. La biografía inglesa de Dom G. Dolan, St Gertrude the Great (1912) es excelente, así como la obra francesa de G. Ledos (1901). E. Michel estudió con acierto la influencia de santa Gertrudis en el sentimiento religioso de su época, en Geschichte des deutschen Volkes vom dreizehnten Jahrhundert, vol. III , pp. 174-211. Se han escrito muchos libros y artículos sobre la devoción que santa Gertrudis profesaba al Sagrado Corazón, adelantándose a su tiempo. Véase, por ejemplo, A. Hamon, Histoire de la devotion au Sacre Coeur, vol. II; U. Berliére, La dévotion au Sacre Coeur dans l'Ordre de St Benoit (1920).
El presente artículo recoge lo que en el artículo y la bibliografía del Butler-Guinea del 16 de noviembre se refiere a santa Gertrudis, ya que por la especial unión que vivieron ella y santa Matilde, y lo poco que conocemos de esta última, el hagiógrafo las trató conjuntamente. En el artículo sobre santa Matilde pondremos el resto del escrito. SS. Benedicto XVI dedica su catequesis del 6 de octubre de 2010 a la figura de Gertrudis la Magna.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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San Juan del Castillo, presbítero y mártir

fecha: 17 de noviembre
n.: 1596 - †: 1628 - país: Paraguay
canonización: 
B: Pío XI 28 ene 1934 - C: Juan Pablo II 16 may 1988
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: En Asunción, en Paraguay, san Juan del Castillo, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús y mártir, que, en el poblado de las reducciones fundado aquel mismo año por san Roque González y encomendado a sus cuidados, por instigación de un individuo aficionado a artes mágicas fue maltratado con crueles suplicios y finalmente apedreado, lo que le llevó a la muerte dando testimonio de Cristo.
Patronazgos: patrono de las tradiciones nativas.
El p. Juan del Castillo, aunque en la liturgia propia que se celebra en Paraguay se conmemora junto a los otros dos, queda inscripto, naturalmente, dos días más tarde en el Martirologio. La presente hagiografía corresponde a los tres sacerdotes.
Los primeros mártires de América que alcanzaron el honor de los altares, murieron por Cristo en 1628. Ello no significa que hayan sido los primeros mártires de América, puesto que tres franciscanos habían perecido a manos de los caribes en las Antillas, en 1516; a esto siguieroo las matanzas en la América del Sur y, ya antes, Fray Juan de Padilla, el primer mártir de América del Norte, había muerto en 1544. No sabemos exactamente dónde tuvo lugar este martirio. A este propósito, se ha hablado del este de Colorado, del este de Kansas y de Texas. Pero ni Fray Juan, ni ninguno de los mencionados mártires ha alcanzado el honor de los altares, por falta de documentos suficientes sobre su martirio. No es imposible que tales documentos aparezcan algún día pero, hasta el momento, los mártires más antiguos de los que han sido elevados a los altares fueron tres jesuitas misioneros en el Paraguay. Uno de ellos había nacido en América.
Roque González de Santa Cruz era hijo de nobles españoles. Nació en Asunción, capital del Paraguay, en 1576. Recibió la ordenación a los veintitrés años, por más que se consideraba indigno del sacerdocio. Al punto, empezó a preocuparse por los indios, a quienes iba a predicar e instruir en las aldeas más remotas. Diez años más tarde, ingresó en la Compañía de Jesús con el objeto de evitar las dignidades eclesiásticas y de poder trabajar más eficazmente como misionero.
Por aquella época, los jesuitas instituían las famosas «reducciones» del Paraguay, y el P. Roque González desempeñó en ello un papel muy importante. Dichas reducciones eran colonias de indios gobernadas por los jesuitas, los cuales, a diferencia de tantos españoles que tenían indios en encomienda, no se consideraban como conquistadores y amos de los indios, sino como guardianes y administradores de sus bienes. Los jesuitas no veían en los indios una casta de esclavos, sino que los miraban como a hijos de Dios y respetaban su civilización y su forma de vida en todo lo que no se oponía a la ley de Dios. En una palabra, querían hacer de ellos «indios cristianos» y no una mala copia de los españoles. La resistencia que ofrecieron los jesuitas a la inhumanidad de los encomenderos españoles, a la esclavitud y a los métodos de la Inquisición, acabaron por acarrearles la ruina en la América Española, así como la desaparición de las reducciones. Ello tuvo lugar un siglo después de la muerte de san Roque González. Aun el irónico Voltaire admiraba la obra de los jesuitas y a este propósito escribió: «Cuando se arrebataron a los jesuitas las misiones del Paraguay, en 1768, los indios habían llegado al grado más alto de civilización que un pueblo joven puede alcanzar ... En las misiones se respetaba la ley, se llevaba una vida limpia, los hombres se consideraban como hermanos, florecían las ciencias útiles y aun algunas de las artes más bellas, y en todo reinaba la abundancia». Para conseguir eso, el P. Roque trabajó casi veinte años, enfrentándose, con paciencia y confianza, a toda clase de dificultades, peligros y reveses, con tribus salvajes y agresivas y con la oposición de los colonos europeos. El santo se entregó en cuerpo y alma a la tarea. Durante tres años dirigió la reducción de San Ignacio, que fue una de las primeras, y pasó el resto de su vida en establecer otra media docena de reducciones al este de los ríos Paraná y Uruguay. Fue el primer europeo conocido que penetró en algunas regiones vírgenes de América del Sur. Uno de sus contemporáneos, el gobernador español de la provincia de Corrientes, que conocía lo que era la vida en aquellas regiones, atestiguó que «podía adivinar lo que había costado al P. Roque la vida que llevó: hambre, frío, fatiga, ríos atravesados a nado, por no hablar de la molestia de los insectos y de otras incomodidades, que sólo un apóstol, un sacerdote santo como él, podía haber soportado con tal fortaleza». El P. Roque llegó a tener una influencia enorme sobre los indios; pero las autoridades civiles entorpecieron su trabajo en los últimos años, tratando de emplear su influencia para sus fines propios. En efecto, las autoridades insistieron en que en cada reducción hubiese representantes de la corona, y la brutalidad de esos europeos suscitó entre los indios el odio y la desconfianza hacia los europeos en general. Desgraciadamente eso se ha repetido en una forma o en otra, en la historia de las misiones de todo el mundo. ¡Cuántas veces la conducta de cristianos indignos ha echado a perder la obra de los misioneros!
En 1628, fueron a reunirse con el P. Roque dos jóvenes misioneros españoles, Alonso Rodríguez y Juan de Castillo. Entre los tres fundaron una nueva reducción en las proximidades del río Ijuhi, y la consagraron a la Asunción de María. El P. Castillo se encargó de la dirección, en tanto que los otros dos misioneros partieron a Caaró, donde fundaron la reducción de Todos los Santos. Ahí tuvieron que hacer frente a la hostilidad de un poderoso «curandero», quien al poco tiempo logró que los naturales atacasen la misión. En el momento en que llegaron los atacantes, el P. Roque colgaba la campana de la iglesia. Un hombre se deslizó por detrás de él y le asesinó a golpes de mazo. Al oír el tumulto, el P. Rodríguez salió a la puerta de su choza, donde encontró a los indios con las manos ensangrentadas. Al punto le derribaron. El P. Rodríguez exclamó: «¿Qué hacéis?» Fue todo lo que pudo decir, pues los indios le acabaron a golpes. En seguida, incendiaron la capilla, que era de madera y arrojaron los dos cadáveres a las llamas. Era el 15 de noviembre de 1628. Dos días después, los indios atacaron la misión de Ijuhi, se apoderaron del P. Castillo, le maniataron, le golpearon salvajemente y le arrancaron la vida a pedradas.
Seis meses después, se redactó un relato de todo lo sucedido para introducir la causa de beatificación. Pero los documentos se perdieron en el viaje a Roma. La causa se interrumpió durante dos siglos y parecía destinada al fracaso. Felizmente, en Argentina se descubrió una copia de los documentos, y Roque González, Alonso Rodríguez y Juan de Castillo, fueron solemnemente beatificados en 1934. Entre los documentos figuraba la siguiente declaración de un jefe indio, llamado Guarecupí: «Todos los indios cristianos amaban al padre (Roque) y sintieron su muerte; era un padre para nosotros y así le llamaban los indios del Paraná.» El papa Juan Pablo II llevó a término la canonización de los tres misioneros, celebrándola en Paraguay, el 16 de mayo de 1988.
El P. J. M. Blanco aprovechó casi todos los materiales disponibles en su Historia documentada de la vida y gloriosa muerte de los PP. Roque González ... (1929). Véase la homilía de canonización en el sitio del Vaticano.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4211

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