Santa Gertrudis la Magna, virgen
fecha: 17 de noviembre
n.: 1256 - †: 1302 - país: Alemania
otras formas del nombre: Gertrude de Helfta
canonización: C: Clemente XII 1677 (canonización no formal)
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1256 - †: 1302 - país: Alemania
otras formas del nombre: Gertrude de Helfta
canonización: C: Clemente XII 1677 (canonización no formal)
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Helfta, en las cercanías de Eisleben, en Sajonia, aniversario de
la muerte de santa Gertrudis, virgen, cuya memoria se celebra el día de ayer.
Patronazgos: patrona de Perú, de las Antillas, y de las monjas.
refieren a este santo: Santa Matilde
Oración: Oh Dios, que hiciste del corazón de
tu virgen santa Gertrudis una gozosa morada para ti, por su oración y sus
méritos, ilumina las tinieblas de nuestro corazón y concédenos experimentar con
alegría tu presencia y acción entre nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los
siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

En 1258, las religiosas de Rossdorf, entre
las que se encontraba santa Matilde,
se trasladaron a un monasterio de Helfta, en Sajonia, de donde era originaria
la noble familia de los Hackeborn; allí fue abadesa Gertrudis von Hackeborn,
hermana de santa Matilde, y que no debe ser confundida con nuestra santa de
hoy, que no fue abadesa. Tres años más tarde de la fundación, santa Gertrudis,
que entonces tenía cinco, fue enviada a educarse con las religiosas. Nada
sabemos acerca de sus padres ni del sitio en que nació. La superiora la confió
al cuidado de santa Matilde y, pronto, las dos santas empezaron a unirse con
los lazos del afecto. Gertrudis, que era muy atractiva e inteligente, llegó a
ser una buena latinista. Con el tiempo, tomó el hábito en ese convento, del que
probablemente no había salido desde la niñez.
A eso de los veintiséis años, santa
Gertrudís tuvo la primera de las revelaciones que la hicieron famosa: cuando
iba a acostarse, le pareció ver al Señor en forma de joven. «Aunque
sabía yo que me hallaba en el dormitorio, me parecía que me encontraba en el
rincón del coro donde solía hacer mis tibias oraciones y oí estas palabras: 'Yo
te salvaré y te libraré. No Temas'. Cuando el Señor dijo esto, extendió su mano
fina y delicada hasta tocar la mía, como para confirmar su promesa y prosiguió:
'Has mordido el polvo con mis enemigos y has tratado de extraer miel de las
espinas. Vuélvete ahora a Mí, y mis delicias divinas serán para ti como vino'.» Entonces
se interpuso un seto de espinos entre los dos. Pero Gertrudis se sintió como
arrebatada por los aires y se encontró al lado del Señor: «Entonces vi
en la mano que poco antes se me había dado como prenda, las joyas radiantes que
anularon la pena de muerte que se cernía sobre nosotros.» Tal fue la
experiencia de Gertrudis; tal fue lo que podría llamarse su «conversión», a
pesar de que se trataba del alma más pura e inocente. A partir de entonces, se
entregó con plena conciencia y toda deliberación a la conquista de la
perfección y de la unión con Dios.
Hasta entonces, los estudios profanos
habían sido sus delicias; en adelante, se dedicó a estudiar la Biblia y los
escritos de los Padres, sobre todo de san Agustín y de san Bernardo, quien
había muerto no hacía mucho tiempo. En otras palabras, «del estudio de la
gramática pasó al de la teología»; y sus escritos muestran claramente la influencia
de la liturgia y de sus lecturas privadas. Exteriormente, la vida de santa
Gertrudis fue como la de tantas otras contemplativas, es decir, poco
pintoresca. Sabemos que solía copiar pasajes de la Sagrada Escritura y componer
pequeños comentarios para sus hermanas en religión, y que se distinguía por su
caridad para con los difuntos y por su libertad de espíritu. El mejor ejemplo
de esto último es su reacción ante las muertes súbitas e inesperadas. «Deseo
con toda el alma tener el consuelo de recibir los últimos sacramentos, que dan
la salud; sin embargo, la mejor preparación para la muerte es tener presente
que Dios escoge la hora. Estoy absolutamente cierta de que, ya sea que tenga
una muerte súbita o prevista, no me faltará la misericordia del Señor, sin la
cual no podría salvarme en ninguno de los dos casos».
Después de la primera revelación,
Gertrudis siguió viendo al Señor «veladamente», a la hora de la comunión, hasta
la víspera de la Anunciación. Ese día, el Señor la visitó en la capilla durante
los oficios de la mañana y, «desde entonces, me concedió un
conocimiento más claro de Él, de suerte que empecé a corregirme de mis faltas
mucho más por la dulzura de Su amor que por temor de su justa cólera». Los
cinco libros del «Heraldo de la amorosa bondad de Dios» (comúnmente llamados
«Revelaciones de Santa Gertrudis»), de los que la santa sólo escribió el
segundo, contienen una serie de visiones, comunicaciones y experiencias
místicas, que han sido ratificadas por muchos místicos y teólogos distinguidos.
La santa habla de un rayo de luz, como una flecha, que procedía de la herida
del costado de un crucifijo. Cuenta también que su alma, derretida como la
cera, se aplicó al pecho del Señor como para recibir la impresión de un sello y
alude a un matrimonio espiritual en el que su alma fue como absorbida por el
corazón de Jesús. Pero «la adversidad es el anillo espiritual que sella los
esponsales con Dios». Santa Gertrudis se adelantó a su tiempo en ciertos puntos,
como la comunión frecuente, la devoción a san José y la devoción al Sagrado
Corazón. Con frecuencia hablaba del Sagrado Corazón con santa Matilde y se
cuenta que en dos visiones diferentes reclinó la cabeza sobre el pecho del
Señor y oyó los latidos de su corazón.
En la actualidad, el pueblo cristiano
conoce sobre todo a estas santa Matilde y a santa Gertrudis por una serie de
oraciones que se les atribuyen. Fueron publicadas por primera vez en Colonia, a
fines del siglo XVII. Sin meternos a juzgar el mérito de esas oraciones, lo
cierto es que no fueron compuestas por Gertrudis y Matilde. Dom Castel fue el
primero que publicó en francés una serie de plegarias entresacadas de las obras
genuinas de ambas santas; el canónigo Juan Gray las tradujo al inglés en 1927.
Alban Butler, refiriéndose al libro de santa Gertrudis, dice que es
«probablemente, después de las obras de santa Teresa, el escrito más útil que
una mujer ha dado a la Iglesia para alimentar la piedad en el estado
contemplativo». Santa Gertrudis murió el 17 de noviembre de 1301 o 1302,
alrededor de los cuarenta y cinco años, al cabo de diez años de penosas
enfermedades. Aunque no fue canonizada formalmente, Inocencio XI introdujo su
nombre en el Martirologio Romano en 1677. Clemente XII ordenó que se celebrase
su fiesta en toda la Iglesia de Occidente, lo que equivale en los hechos a una
canonización. Tanto los benedictinos como los cistercienses aseguran que el
monasterio de Helfta pertenecía a sus respectivas órdenes y veneran
especialmente a santa Gertrudis.
Las únicas fuentes sobre la vida de santa
Gertrudis son sus propios escritos. La primera edición completa y aceptable fue
hecha por los benedictinos de Solesmes, con el título de Revelationes
Gertrudianae et Mechtildianae (1875), pero sin distinguir claramente las
diversas obras. El Legatus divinae pietatis, se divide en cinco libros: el
libro segundo fue ciertamente escrito por santa Gertrudis; los libros tercero,
cuarto y quinto fueron compuestos bajo su dirección; el libro primero fue escrito
por los amigos íntimos de la santa, después de su muerte. Esa obra es la
principal fuente sobre la vida de Gertrudis, de la que sabemos muy poco; pero
hay también algunos datos en el Liber specialis gratiae, que se refiere sobre
todo a santa Matilde y se halla en el Iibro segundo de las Revelationes. La
biografía inglesa de Dom G. Dolan, St Gertrude the Great (1912) es excelente,
así como la obra francesa de G. Ledos (1901). E. Michel estudió con acierto la
influencia de santa Gertrudis en el sentimiento religioso de su época, en
Geschichte des deutschen Volkes vom dreizehnten Jahrhundert, vol. III , pp.
174-211. Se han escrito muchos libros y artículos sobre la devoción que santa
Gertrudis profesaba al Sagrado Corazón, adelantándose a su tiempo. Véase, por
ejemplo, A. Hamon, Histoire de la devotion au Sacre Coeur, vol. II; U.
Berliére, La dévotion au Sacre Coeur dans l'Ordre de St Benoit (1920).
El presente artículo recoge lo que en el artículo y la bibliografía del Butler-Guinea del 16 de noviembre se refiere a santa Gertrudis, ya que por la especial unión que vivieron ella y santa Matilde, y lo poco que conocemos de esta última, el hagiógrafo las trató conjuntamente. En el artículo sobre santa Matilde pondremos el resto del escrito. SS. Benedicto XVI dedica su catequesis del 6 de octubre de 2010 a la figura de Gertrudis la Magna.
El presente artículo recoge lo que en el artículo y la bibliografía del Butler-Guinea del 16 de noviembre se refiere a santa Gertrudis, ya que por la especial unión que vivieron ella y santa Matilde, y lo poco que conocemos de esta última, el hagiógrafo las trató conjuntamente. En el artículo sobre santa Matilde pondremos el resto del escrito. SS. Benedicto XVI dedica su catequesis del 6 de octubre de 2010 a la figura de Gertrudis la Magna.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4210
San Juan del Castillo, presbítero y mártir
fecha: 17 de noviembre
n.: 1596 - †: 1628 - país: Paraguay
canonización: B: Pío XI 28 ene 1934 - C: Juan Pablo II 16 may 1988
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1596 - †: 1628 - país: Paraguay
canonización: B: Pío XI 28 ene 1934 - C: Juan Pablo II 16 may 1988
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Asunción, en Paraguay, san Juan del Castillo, presbítero de la
Orden de la Compañía de Jesús y mártir, que, en el poblado de las reducciones
fundado aquel mismo año por san Roque González y encomendado a sus cuidados,
por instigación de un individuo aficionado a artes mágicas fue maltratado con
crueles suplicios y finalmente apedreado, lo que le llevó a la muerte dando
testimonio de Cristo.
Patronazgos: patrono de las tradiciones nativas.
El p. Juan del Castillo, aunque en la
liturgia propia que se celebra en Paraguay se conmemora junto a los otros dos,
queda inscripto, naturalmente, dos días más tarde en el Martirologio. La
presente hagiografía corresponde a los tres sacerdotes.

Los primeros mártires de América que
alcanzaron el honor de los altares, murieron por Cristo en 1628. Ello no
significa que hayan sido los primeros mártires de América, puesto que tres
franciscanos habían perecido a manos de los caribes en las Antillas, en 1516; a
esto siguieroo las matanzas en la América del Sur y, ya antes, Fray Juan de
Padilla, el primer mártir de América del Norte, había muerto en 1544. No
sabemos exactamente dónde tuvo lugar este martirio. A este propósito, se ha
hablado del este de Colorado, del este de Kansas y de Texas. Pero ni Fray Juan,
ni ninguno de los mencionados mártires ha alcanzado el honor de los altares,
por falta de documentos suficientes sobre su martirio. No es imposible que
tales documentos aparezcan algún día pero, hasta el momento, los mártires más
antiguos de los que han sido elevados a los altares fueron tres jesuitas
misioneros en el Paraguay. Uno de ellos había nacido en América.
Roque González de Santa Cruz era hijo de
nobles españoles. Nació en Asunción, capital del Paraguay, en 1576. Recibió la
ordenación a los veintitrés años, por más que se consideraba indigno del
sacerdocio. Al punto, empezó a preocuparse por los indios, a quienes iba a
predicar e instruir en las aldeas más remotas. Diez años más tarde, ingresó en
la Compañía de Jesús con el objeto de evitar las dignidades eclesiásticas y de
poder trabajar más eficazmente como misionero.
Por aquella época, los jesuitas instituían
las famosas «reducciones» del Paraguay, y el P. Roque González desempeñó en
ello un papel muy importante. Dichas reducciones eran colonias de indios
gobernadas por los jesuitas, los cuales, a diferencia de tantos españoles que
tenían indios en encomienda, no se consideraban como conquistadores y amos de
los indios, sino como guardianes y administradores de sus bienes. Los jesuitas
no veían en los indios una casta de esclavos, sino que los miraban como a hijos
de Dios y respetaban su civilización y su forma de vida en todo lo que no se
oponía a la ley de Dios. En una palabra, querían hacer de ellos «indios
cristianos» y no una mala copia de los españoles. La resistencia que ofrecieron
los jesuitas a la inhumanidad de los encomenderos españoles, a la esclavitud y
a los métodos de la Inquisición, acabaron por acarrearles la ruina en la América
Española, así como la desaparición de las reducciones. Ello tuvo lugar un siglo
después de la muerte de san Roque González. Aun el irónico Voltaire admiraba la
obra de los jesuitas y a este propósito escribió: «Cuando se arrebataron a los
jesuitas las misiones del Paraguay, en 1768, los indios habían llegado al grado
más alto de civilización que un pueblo joven puede alcanzar ... En las misiones
se respetaba la ley, se llevaba una vida limpia, los hombres se consideraban
como hermanos, florecían las ciencias útiles y aun algunas de las artes más
bellas, y en todo reinaba la abundancia». Para conseguir eso, el P. Roque
trabajó casi veinte años, enfrentándose, con paciencia y confianza, a toda
clase de dificultades, peligros y reveses, con tribus salvajes y agresivas y
con la oposición de los colonos europeos. El santo se entregó en cuerpo y alma
a la tarea. Durante tres años dirigió la reducción de San Ignacio, que fue una
de las primeras, y pasó el resto de su vida en establecer otra media docena de
reducciones al este de los ríos Paraná y Uruguay. Fue el primer europeo
conocido que penetró en algunas regiones vírgenes de América del Sur. Uno de
sus contemporáneos, el gobernador español de la provincia de Corrientes, que
conocía lo que era la vida en aquellas regiones, atestiguó que «podía adivinar
lo que había costado al P. Roque la vida que llevó: hambre, frío, fatiga, ríos
atravesados a nado, por no hablar de la molestia de los insectos y de otras
incomodidades, que sólo un apóstol, un sacerdote santo como él, podía haber
soportado con tal fortaleza». El P. Roque llegó a tener una influencia enorme
sobre los indios; pero las autoridades civiles entorpecieron su trabajo en los
últimos años, tratando de emplear su influencia para sus fines propios. En efecto,
las autoridades insistieron en que en cada reducción hubiese representantes de
la corona, y la brutalidad de esos europeos suscitó entre los indios el odio y
la desconfianza hacia los europeos en general. Desgraciadamente eso se ha
repetido en una forma o en otra, en la historia de las misiones de todo el
mundo. ¡Cuántas veces la conducta de cristianos indignos ha echado a perder la
obra de los misioneros!
En 1628, fueron a reunirse con el P. Roque
dos jóvenes misioneros españoles, Alonso Rodríguez y Juan de Castillo. Entre
los tres fundaron una nueva reducción en las proximidades del río Ijuhi, y la
consagraron a la Asunción de María. El P. Castillo se encargó de la dirección,
en tanto que los otros dos misioneros partieron a Caaró, donde fundaron la reducción
de Todos los Santos. Ahí tuvieron que hacer frente a la hostilidad de un
poderoso «curandero», quien al poco tiempo logró que los naturales atacasen la
misión. En el momento en que llegaron los atacantes, el P. Roque colgaba la
campana de la iglesia. Un hombre se deslizó por detrás de él y le asesinó a
golpes de mazo. Al oír el tumulto, el P. Rodríguez salió a la puerta de su
choza, donde encontró a los indios con las manos ensangrentadas. Al punto le
derribaron. El P. Rodríguez exclamó: «¿Qué hacéis?» Fue todo lo que pudo decir,
pues los indios le acabaron a golpes. En seguida, incendiaron la capilla, que
era de madera y arrojaron los dos cadáveres a las llamas. Era el 15 de
noviembre de 1628. Dos días después, los indios atacaron la misión de Ijuhi, se
apoderaron del P. Castillo, le maniataron, le golpearon salvajemente y le
arrancaron la vida a pedradas.
Seis meses después, se redactó un relato
de todo lo sucedido para introducir la causa de beatificación. Pero los
documentos se perdieron en el viaje a Roma. La causa se interrumpió durante dos
siglos y parecía destinada al fracaso. Felizmente, en Argentina se descubrió
una copia de los documentos, y Roque González, Alonso Rodríguez y Juan de
Castillo, fueron solemnemente beatificados en 1934. Entre los documentos
figuraba la siguiente declaración de un jefe indio, llamado Guarecupí: «Todos
los indios cristianos amaban al padre (Roque) y sintieron su muerte; era un
padre para nosotros y así le llamaban los indios del Paraná.» El papa Juan
Pablo II llevó a término la canonización de los tres misioneros, celebrándola
en Paraguay, el 16 de mayo de 1988.
El P. J. M. Blanco aprovechó casi todos
los materiales disponibles en su Historia documentada de la vida y gloriosa
muerte de los PP. Roque González ... (1929). Véase la homilía de
canonización en el sitio del Vaticano.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4211
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