domingo, 13 de noviembre de 2016

Un ruiseñor en el otoño (mi reflexión sobre “la llegada de los tiempos cuando se cumplirá todo”) 12112016

Un ruiseñor en el otoño
(mi reflexión sobre “la llegada de los tiempos cuando se cumplirá todo”)

La fe de mi infancia no era de “los tiempos del invierno”, como definió a esta época Karl Rahner, sino del caos otoñal cuando la lluvia torrencial inunde con su agua a todas las carreteras y el viento rompe el primer hielo en el mar, destrozando a las piedras del paseo marítimo. Una pequeña ciudad de origen sueca se quedaba aislada del mundo, los coches se paraban en el barro, los trenes estaban aplazados. Los cien kilómetros que nos separaban de la capital de Estonia se convertían en un desierto que no atravesará esta generación. En la pequeña iglesia-capilla en el cementerio encendían a todas las velas: “Por los viajeros, por los caminantes, por los perdidos en el camino…”. Siempre todos los textos litúrgicos van a sonar en mi memoria en el antiguo eslavo, toda la vida. El espacio de la iglesia, hundido en el caos de una tormenta marina, se sacralizaba. Te parecía que estas en el único lugar seguro de este mundo, donde no mandan las fuerzas de la naturaleza salvaje, sino canta el diácono y los santos en los iconos te miran con sus ojos vivos al fuego de la velas, como pidiendo más y más palabras.


En la URSS, que abiertamente proclamó el ateísmo como a su ideología estatal, una parroquia o una iglesia no eran nunca solamente un lugar de la reunión de la gente creyente, sino un espacio altamente sagrado en sí mismo. Un imperio gigante estaba a punto de derrumbarse y se esforzaba sólo para conservarse, nosotros estábamos olvidados, el poder actuaba de un modo cada vez más absurdo y farisaico. Sólo entre los iconos, donde se sonaban las estrofas de los akatistos regía un poder verdadero y justo. Todo el espacio del templo (en el antiguo eslavo y en ruso hasta ahora se usa este término) había sido reglamentado: a la derecha estaban los hombres, a la izquierda mujeres, en el pasillo cerca del Juicio Final se situaban los catecúmenos o los acompañantes que no se comulgaban. Cada persona tenía su lugar y cada icono tenía su sentido. Por las velas encendidas ante los iconos se podría adivinar a la vida de un fiel: la Virgen Agiosokratisa – pide por sus hijos, Santo Nicolás – no llega al fin del mes con su sueldo, la Virgen de la Copa Imbebible – marido otra vez llegó borracho, San Espiridón de Tremitunte – ya no caben con sus hijos y padres en la vieja casa.

Ante la Cruz rodeado por las múltiples velas en un candelabro cuadrado se ponía “la comida para el recuerdo”, la comida de los muertos, porque en este lugar un diácono todo el tiempo leía a los libritos con los nombres de los fallecidos: “Que descansen en paz tus esclavos, Señor, de la enfermedad y de la vejez muertos, en la guerra matados, por las cárceles desaparecidos…”. Cada parroquiano tenía tres libretas: para la salud de los vivos, para el descanso en paz de los muertos y de los santos que deberían ayudar en cada caso concreto. Cada cuaderno de un fiel contenía cerca de treinta- cincuenta nombres. Y los nombres sonaban durante la liturgia: “Enfermos, muertos, desaparecidos, encarcelados…”, “Recibe,Señor, en tu Reino a las almas…”.



Y todos ellos estaban como presentes, por eso en este espacio nadie podía moverse libremente. Como decía un protagonista-visionario en el relato “Ultima Thule” de Vladimir Nabokov: “¡Dejad en paz a esta silla! ¿Usted no ve que ahí ya sientan los dos?”. Todo el fiel había sido “uniformado”: ropa oscura, pañuelo puesto como velo, zapatos cubiertos y planos, falda larga. Lo que se llama “el estilo ortodoxo”. Peluquería y cosmética eran del otro mundo. Basilio Rózanov escribió sobre el espíritu de esta ortodoxia: “Ser un hereje es ir en la liturgia perfumado con colonia y en lugar de la velas encender a las lámparas eléctricas”. Nuestro staretz del monasterio cercano dijo a una señora opuesta y elegante: “¡Tus ojos ya por sí mismos no ven nada, ciégalos más con las pinturas!”.

Todo lo que ocurría o se pronunciaba en la iglesia adquiría el sentido del acontecimiento profético y de la “palabra que tiene fuerza”. “No puede ser mala persona alguien encontrado en el Jueves Santo en las escalones de la Catedral”; “Esta desgracia no tiene salida, la vela a la Virgen se apagó”; “Llegó a la iglesia y la encontró cerrada, debería cometer algo grave”. Entre las Puertas Reales al altar y la cátedra podría pasar solo un sacerdote o un diacono, las personas consagradas. En la Navidad por los dos lados de las Puertas se ponían los abetos y yo fue a ver a los arboles de cerca y pasé por la alfombra roja que conducía al altar. Las mujeres de mi familia estaban en luto una semana: “Por ti todos cometimos el pecado. ¡Niña pasó entre la “solea” y la Puertas! Un pequeño cachorro que te trae todo el fuego del infierno”.


El Padre salía en la ciudad en su hábito negro, con el pelo largo recogido y una cruz cotidiana, no dorada de la liturgia. Iba a veces entre risas y susurros hasta que no se acercaba alguna persona que se arrodillaba ante él y estiraba a sus manos en la forma de cruz. Padre ponía su mano encima de ellas lento y solemnemente, aunque Padre no tenía “mano”, sino “dlan”, puesto que todo relacionado con la persona consagrada se nombraba en el antiguo eslavo, en el idioma de la liturgia. Padre ponía su “dlan” encima de las manos del fiel, pronunciando: “En el nombre de la Santa Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, te bendigo, el esclavo de Dios”. No se podría apretar la “dlan” del Padre, sino él mismo la acercaba hacia los labios del fiel que le daba un beso del agradecimiento por la bendición. Al levantarse el fiel de las rodillas, Padre decía: “Perdona también tu a mí y recuérdame en tus oraciones”. Los transeúntes se paraban, pero la policía no podría hacer nada: no era ni propaganda, ni celebración del culto, sino un saludo. Se oían los comentarios, de costumbre sobre Darwin, monos e inquisición. Yo solía no callar: “¿Tú procedes? ¡Tú eres un mono que aún no evolucionó!”. Mi abuela intentaba establecer la paz civil: “¡Pedía yo a una no contestar a los idiotas después de la bendición solemne!” - “¿Idiota yo?”……….

El espacio del mundo se separaba en sagrado y profano. Nadie fue ni loco, ni fanático, sino defendía a las fronteras de su mundo que tanto costó a recuperar y a conservar. Los viejos aún leían la oración: “A la llegada de los enemigos”. En el monasterio cercano el staretz decía: “Vivimos en los tiempos, cuando se cumplirán todas las predicaciones de los últimos días”. Staretz es un sabio iluminado por el Espíritu y un seguro futuro santo. Su sabiduría no pertenece a este mundo, él habla con aforismos, enigmas y parábolas y su comportamiento tiene un significado propio. Aquí no se unieron aún Atenas con Jerusalén, sino para siempre se quedó Jerusalén celestial.

El staretz no tenía ni solemnidad, ni porte y no aguantaba cuando le llamaban “staretz”: “Corren tres gallinas detrás de un viejo y en esto toda la santidad”. Podría gritar y enfadarse: “¡No te quiero conocer después de esto! ¡Fuera!”. El mismo a veces se acercaba a los peregrinos: “¡Que tengas mucha paciencia, hijito querido! ¿Quién por sí mismo baja de su cruz? De la cruz nos descuelgan”. Y esta persona se inclinaba, le han contestado. El staretz se volvía hacia el otro peregrino: “¡Que desgracia y dolor! ¡Entra, cariño, en mi celda, lloraremos juntos!”. Él apenas andaba, pero nadie sabía sobre sus enfermedades, recibidas aún en el campo de los presos, sobre las llagas en sus congelados en la tala de la taiga piernas. “Toda la enfermedad bendita está, ella nos hace recordar al Señor y a la fragilidad de la vida”. No negaba a los médicos, pero entendía a las enfermedades como el bien para el desarrollo espiritual: “En tus sufrimientos llegarás a la Salvación, mi niña. ¿Qué más querer?”.


Este era el único cercano monasterio masculino y el otro femenino era el único en todo el territorio de URSS. “Y cantará un ruiseñor en mi tumba hasta amanecer” - “¿En primavera quieres dejar a nosotros?” – “Nadie sabe su hora. En el otoño también cantará”. Contaban la leyenda sobre un joven aristócrata romano Arsenio que salió en el desierto para vivir con un asceta egipcio, un campesino por su procedencia. Los amigos preguntaron a Arsenio: “Tu sabes toda la filosofía griega y romana. ¿Qué te puede enseñar este viejo que no sabe ni leer?”. Y el joven les contestó: “Pues de la filosofía de este Maestro aún no sé ni el alfabeto”. Sergey Averintzev decía sobre esta leyenda que la simplicidad ascética también tiene sus propios alfabeto y gramática. Para comprender a los textos filosóficos necesitamos una mentalidad y para unirnos con la experiencia de Abba Doroteo o de Isaac de Nínive – otra. En las personas como Santo Isidoro de Sevilla o San Agustín Atenas ya se encontraron con Jerusalén. En Rusia Jerusalén rechazó a su Atenas, por lo menos en la vida espiritual cotidiana. Ningún cristiano era ciceroniano. Toda la oración es la salida del mundo, uno se hunde en su interior, uniendo a las palabras con la respiración.

A los últimos staretzs de la Optina todo el ortodoxo recuerda por la oración: “Ayúdame, Señor, aceptar lo que no puedo cambiar”. No se baja de la cruz por su propio deseo y nadie podía evitar a su fusilamiento. Y andaba por el monasterio santo staretz Nectario, recogiendo a las piedras, a los trapos y a los trozos de la vajilla rota y ponía todo esto en las filas: “Hago mi museo, pronto todos nosotros seremos un museo”. Lo decía tranquilo, con la ironía. Ellos siempre vivían en los tiempos últimos y sin miedo: nadie puede perder la gracia del Espíritu Santo, cuando se rompe el mundo y se convierte en la fila de las piedras y de los trozos de vidrio. Como las cruces y las mitras confiscadas en la mesa del Comité de los Trabajadores, como las campanas rotas, porque desde el año 1930 el sonar de la campana había sido prohibido. Y en los tiempos soviéticos la mentalidad no se cambió. Un Imperio artificial se resbalaba bajo el insoportable peso de sí mismo, a sus esquinas lejanas no llegaba ni poder, ni justicia. Los visionarios de la Iglesia se parecían a los profetas: se acababa la vieja historia y otra vez llegaba el otro mundo.

El staretz vio en la liturgia como el Patriarca Pimeno dió su báculo al metropolita Alexis, el futuro Patriarca Alexis II, y el báculo empezó a deshacerse, se caían sus trozos. “Cuando el siguiente Patriarca llegará al poder, van a separarse las Iglesias autónomas y el báculo ya no será tan entero. De ahí la visión”. Esta concentrada santidad de monasterio, de iglesia relucía con su propia energía. Este difícil conocimiento que aguantaba el viejo antiguo preso, cojeando en sus piernas doloridas, había sido de una exactitud casi apocalíptica. Él veía a los abismos de los destinos, rechazando al engaño: “¿Qué nos espera, madre, aparte de la dignidad ante la muerte?”. La penitencia de su querido San Juan de la Escalada era una actitud de toda la vida: “Sólo viendo a sí mismo en el infierno tú salvarás”.

Casi durante cinco siglos surgía el mundo nuevo después de la caída del Imperio Romano. Muchos salieron en los desiertos como Arsenio. Realmente todo era un desierto en algún sentido. “En las esquinas del Imperio solo gobierna la gorra con un escudo”, - decía Nicolay Gogol en los años 40 del siglo XIX. Un territorio grande y desestructurado, los peregrinos iban entre los bosques a los monasterios, donde sonaba: “¡Niños míos, los tiempos son últimos!”. “Ayúdame a aceptar”, “Se deshizo el báculo”. Cada palabra era una predicación y una premonición, un aviso. Nadie no esperaba a una justicia terrenal, sino el Juicio Último del único poder verdadero que no era fácil de tratar: “Tu, pope, en el Dios no crees. Caerán todos tus panes consagradas en ti como brazas infernales. ¡Fuera!”.


Los ojos del staretz eran casi ciegos, pero la ceguera hasta en Edipo era un símbolo del otro conocimiento que ve más profundo que cualquier vista en la oscuridad de Dionisio Areopagita, en el único lugar donde vive el Señor:

Deja que mire el hueco soterraño.

Déjame hundirme, oh Dios, en tu poniente

oscuro en el que cesa todo daño.

(Vicente Gaos “Hoy luce el sol… Sobre mi triste vida”)

La iglesia no era tanto reunión, como una fortaleza del orden militar, con su Sagrado Grial en el altar. “Y vieron los diáconos como entro el fuego en el cáliz bendecido por el staretz”.

Llegaron los tiempos nuevos. “Un policía vio en la iglesia de San Jorge un ángel en el altar” – “¿Qué hacia un policía en el lugar para los consagrados?” – “Eso no importa, lo más importante es el ángel” – “Lo más importante es que este bobo entró por las Puertas Reales, profanando el espacio sagrado, y los ángeles, hija mía, según Pitágoras y Santo Tomás de Aquino son las formas, como números o figuras geométricas”. Otra vez se acabó el nuestro tiempo, como lo predicaba el staretz. Pero en su tumba siempre canta un ruiseñor, incluso en el otoño, y nadie sabe que esto significa. El significado salió con él.

En el texto se usan los episodios de las vidas del Beato Ioann Krestiankin, de Santo Ambrosio de Optina y de Santo Nectario de Optina.
Fotos: Genadio Mijeev y del archivo


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