miércoles, 28 de diciembre de 2016

San Maccuil (o Maughold) de Mannin, penitente y obispo. 29 de diciembre.

San Maccuil, el bandido santo.

San Maccuil (o Maughold) de Mannin, penitente y obispo. 29 de diciembre.
El famoso “Libro de Armagh” es una obra de gran valor del siglo IX sobre la primera iglesia irlandesa y la obra de San Patricio(17 de marzo). Es este texto la obra que recoge la vida de nuestro santo de hoy, muy relacionado con el gran apóstol de Irlanda. Según el Libro de Armagh, cuando Patricio llegó a Irlanda, el país de Ultonia estaba aterrado por las crueldades de Maccuil de Macugrecca, un hombre impío y cruel, al que llamaban “cíclope”, recordando lo despiadado de la criatura de la Odisea. Robaba, asesinaba y humillaba sin piedad ni líneas rojas. Su refugio estaba en las montañas Hindruim, desde donde planeaba sus desmanes. Enterado de la llegada de Patricio, su integridad, milagros y avances en la evangelización del pueblo, quiso tenderle una trampa para, a su entender, descubrir a ese “seductor y pervertidor de los hombres cuyo encargo es practicar engaños para atrapar a muchos hombres, y para seducirlos”. Sabiendo que Patricio predicaba cerca urdió un plan para desenmascarar la falsedad de la predicación y milagros del santo obispo: uno de sus compinches se tumbó junto al camino cubierto por un manto, fingiendo la agonía final, para tentar al santo a hacer un “milagro”. Se acercaba Patricio y Maccuil dijo a sus secuaces: "He aquí, viene. Que nos haga saber si ese Dios en el que se gloría tiene algún poder”.

Llegó el santo adonde estaban los maleantes y le dijo uno de ellos: “Uno de nosotros está enfermo, le hemos echado algunos encantamientos, ¿puedes tú sanarlo?” San Patricio, sabiendo por el Espíritu Santo que todo era una estratagema, dijo: “No sería de extrañar, si hubiera estado enfermo”, y levantando el manto, descubrieron todos que el que fingía agonía ahora estaba muerto. Dijeron los bandidos entre sí: "Verdaderamente este hombre es de Dios; hemos hecho mal tentándole”, pero el santo se volvió a Maccuil y le dijo: "¿Por qué me buscáis para tentarme?", a lo que respondió el antes tirano: "Siento por lo que he hecho, lo que me ordenes, haré. Y me entrego a la justicia de ese Dios supremo a quien predicas”. Patricio le replicó: “Cree, por lo tanto, en mi Dios, el Señor Jesús, confiesa tus pecados y bautízate en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Y Maccuil confesó a Cristo e hizo que sus partidarios hicieran lo mismo. Y todos fueron bautizados. Maccuil quiso hacer penitencia por su intención de matar al santo, y San Patricio le dijo que no era quien para juzgarle, ya lo haría Dios. Le pidió se confiase a la Providencia con estas palabras: “Ahora cruzarás el mar, sin prendas ni riquezas, sino solo llevarás la ropa que llevas puesta. No llevarás nada de comer ni beber de esta isla que lleva la marca de tus pecados. Llevarás grilletes en los pies y te subirás a una barca sin timón ni remos, pues el viento te guiará adonde Dios ha dispuesto hagas penitencia. Allí vivirás retirado y obedeciendo los mandamientos de la ley de Dios”. Maccuil asintió y solo tuvo una petición, que su amigo muerto volviera a la vida. Patricio accedió y lo resucitó.

Y tomó el penitente una barca, y cruzando el mar, llegó a la isla Evonia, donde le encontraron a la orilla del mar los santos obispos Conindrus y Rumilus (6 de febrero), dos misioneros que predicaban en Evonia la fe de Cristo. Al ver a aquel penitente, los santos lo recibieron con alegría y le tuvieron consigo. Vivió como eremita hasta que los dos obispos le liberaron de sus grilletes y penitencias. Entonces fundó un monasterio del que fue abad. Al morir los dos prelados, Maccuil fue nombrado sucesor como obispo. Fue un gran apóstol, y fue obispo durante sesenta años y al final de sus días, en 554, fue sepultado en la iglesia del monasterio que había fundado. Durante siglos su sarcófago de piedra exudaba un aceite de olor dulce y que sanaba a todos los enfermos, principalmente a los envenenados. 

En el siglo XII unos piratas invadieron la iglesia, la saquearon llevándose los tesoros de la misma, pero esa noche el santo apareció al capitán de ellos y le dijo: "Yo soy Maccuil, siervo de Cristo, cuya iglesia que has profanado", y le golpeó fuertemente con su báculo. Al día siguiente el pirata despertó con gran dolor de cabeza y no sanó hasta que hubo restituido lo robado. Todos los martirologios ingleses e irlandeses todos recogen su memoria y alabanzas. 


Fuentes:
-“The Irish Ecclesiastical Record”. Volume XVIII, 1921.
-“The martyrology of Donegal: a calendar of the saints of Ireland. JHON O`DONOVAN. Dublín, 1864.

 Ramon Rabre   

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