La esperanza no puede morir
2018-03-06
A pesar de toda la alegría
del pasado carnaval en casi todas las ciudades de nuestro país, hay un manto de
tristeza y de desamparo que se puede leer en los rostros de la mayoría de la
gente que encontramos en las calles de las grandes ciudades como Rio y São
Paulo, entre otras.
Es
que, políticamente, el golpe parlamentario-jurídico-mediático (que hoy sabemos
que fue apoyado por los órganos de seguridad de EEUU) nos cerró el horizonte.
Nadie es capaz de decir hacia dónde vamos. Lo que apunta de forma innegable es
el aumento de la violencia con un número de víctimas que iguala e incluso
supera al de las regiones en guerra. Y todavía sufrimos una intervención
militar en Rio de Janeiro.
Si
observamos bien, vivimos dentro de una guerra civil real. Las clases que ya
estaban abandonadas, ahora todavía lo están más, por los cortes de los
programas sociales que el actual gobierno de estado de excepción ha impuesto a
miles de familias.
Habíamos
salido del mapa del hambre. Hemos regresado a él. Que no se diga que fueron las
políticas de los gobiernos del PT. Ésas nos sacaron de aquel mapa. La
aplicación rigurosa del neoliberalismo más radical por la nueva clase dirigente
instalada en el Estado, está produciendo hambre y miseria. El crecimiento de la
violencia en las grandes ciudades es proporcional al abandono al que han sido
sometidas.
Las
discusiones de los distintos organismos responsables de la seguridad nunca van
a la raíz del problema. El problema real que no quieren abordar reside en la
nefasta desigualdad social, es decir, en la injusticia social, histórica y
estructural sobre la cual está construida nuestra sociedad. La desigualdad
social crece cuanto más se concentra la renta y cuanto más avanza el
agro-negocio en las tierras indígenas y los pueblos de la selva, y cuantos más
recortes se hacen en la educación, en la salud y en la seguridad.
O
se hace justicia social en este país –lo que implica la reforma agraria, la
tributaria, la política y la del sistema de seguridad–, o nunca superaremos la
violencia, que tenderá a crecer en todo el país.
Si
un día –es lo que tememos– los marginados de las grandes periferias abandonadas
se rebelan por causa del hambre y la miseria, y deciden asaltar supermercados e
invadir los centros urbanos, se podrá producir un «bogotazo» brasileño, como
ocurrió a mediados del siglo pasado en Bogotá, destruyendo durante varias
semanas casi todo que se ponía por delante.
Estimo
que las élites del atraso, apoyadas por unos medios de comunicación
conservadores, por una justicia débil, para no decir cómplice, y por el aparato
policial del Estado, ocupado de nuevo por ellas, podrán usar gran violencia, no
resolviendo sino agravando la situación.
En
este cuadro, ¿cómo alimentar todavía la esperanza de que Brasil puede resultar
y de que podemos crear una sociedad menos malvada, como decía Paulo
Freire?
Bien
dijo el obispo profético, el anciano Dom Pedro Casaldáliga, desde el fondo del
Araguaia matogrosense: portadores de esperanza son aquellos que caminan y se
empeñan en superar situaciones de barbarie. Estos cambios nunca vendrán de
arriba, ni del actual stablishment ; vendrán de abajo, de los
movimientos sociales organizados y de parcelas de partidos comprometidos con el
bienestar del pueblo.
El
Papa Francisco, al reunirse con los movimientos sociales latinoamericanos en
Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, acuñó tres expresiones resumidas en estas
tres T: tierra para que las personas produzcan, techo para que
se abriguen y trabajo para ganarse la vida.
Y
lanzó un desafío: no esperen nada de arriba pues vendrá sólo más de lo mismo;
sean ustedes mismos los profetas de lo nuevo, organicen la producción
solidaria, especialmente la orgánica, reinventen la democracia. Y sigan estos
tres puntos fundamentales: la economía para la vida y no para
el mercado; la justicia social sin la cual no habrá paz; y el cuidado
de la Casa Común sin la cual ningún proyecto tendrá sentido.
La
esperanza nace de este compromiso de transformación. La esperanza aquí debe ser
pensada en la línea que nos enseñó el gran filósofo alemán Ernst Bloch, que
formuló “el principio esperanza”, que quiere decir: la esperanza no es una
virtud entre otras tantas. Ella es mucho más: es el motor de todas ellas, es la
capacidad de pensar lo nuevo, todavía no ensayado; es el coraje de soñar otro
mundo posible y necesario; es la osadía de proyectar utopías que nos hacen
caminar y que nunca nos dejan parados en las conquistas alcanzadas, o que
cuando nos sentimos derrotados, nos hacen levantarnos para retomar el camino.
La esperanza se muestra en el hacer, en el compromiso de transformación, en la
osadía de superar obstáculos y enfrentar a los grupos opresores. Esa esperanza
no puede morir nunca.
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