jueves, 30 de agosto de 2018

El hallazgo del tesoro y de la perla (Meditación para hoy) 30082018

El hallazgo del tesoro y de la perla
Semejanza del tesoro y de la perla con el Reino de Dios.


Por: P. Jesús Martí Ballester | Fuente: Catholic.net 



1. El rey Salomón fue a ofrecer mil holocaustos a Gabaón, donde estaba el santuario principal cuando él no había aún edificado el templo de Jerusalén. "El Señor se le apareció en sueños y le dijo: ". Y Salomón pidió sabiduría para gobernar a su pueblo. La petición acertada agradó al Señor y le dio "un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de tí" 1 Reyes 3,5. "Dios concedió a Salomón una sabiduría e inteligencia extraordinarias y una mente abierta como las playas junto al mar" (5,9). 

Dos son las características de la sabiduría de Salomón: se la ha infundido Dios, como fruto de su oración, según afirma el libro de la Sabiduría: "Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría. La segunda propiedad es que la preferí a cetros y tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza; no le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena, y junto a ella, la plata vale lo que el barro; la quise más que la salud y la belleza y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables; de todas gocé, porque la sabiduría las trae, aunque yo no sabía que las engendra todas" (Sab 7,7).

2. La sabiduría pedida por Salomón, es el tesoro escondido en un campo y encontrado por un afortunado que no dudó en vender todo lo que tiene para comprarlo y acceder de manera justa al tesoro, "lleno de alegría". Es también la perla fina, lo más precioso que un oriental puede encontrar, y para comprarla vende todo lo que tiene. Nada de lo que tiene puede ser comparado con la perla Mateo 13,44.

3. El cumplimiento de la voluntad del Señor, la obediencia a sus mandatos, el afán en escuchar la explicación de sus palabras, constituyen la herencia y la porción del hombre bíblico, que ha resuelto guardar las palabras del Señor, que "estima más que miles de monedas de oro y plata, y más que el oro purísimo, porque "iluminan y dan inteligencia a los ignorantes".

El salmista tiene experiencia de que el cumplimiento de la voluntad de Dios y su deseo de santidad coherente le ha expuesto a la maledicencia y al odio de los enemigos soberbios, obcecados porque carecen de la más mínima sensibilidad espiritual para comprender la lealtad y la finura de conciencia del justo. Comprende que su crítica y marginación le han servido para examinarse y controlarse.

El tropiezo que le han puesto lo ha convertido en escalón de ascenso en la virtud del desprendimiento de la imagen de su yo. Decía Santa Teresa que si nosotros no nos corregimos el mundo nos hará corregir porque nos observa y no nos pierde de vista ni nos perdona una. Pero, como se sabe débil e impotente, pide el consuelo del Señor para no dejarse llevar por la amargura de la soledad y la depresión de la marginación. Y sabe que la fidelidad del Señor le ha dado la alegría y tiene la seguridad de que la palabra de Dios no defrauda. Pero necesita su misericordia y su consuelo para poder vivir con gozo.

Es así como para él tiene más valor la palabra de Dios y su cumplimiento por mucho esfuerzo que exija, que los tesoros de los euros y los dólares, que a tantos pierden y causan la corrupción y el envilecimiento y también la pobreza y la miseria de los pueblos. El salmista y nosotros con él pide al Señor que sus mandatos se conviertan en su delicia, petición propia del hombre humilde. Salmo 118.

4. Jesús le dirá al joven rico: "Ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y tú ven y sígueme" (Mt 19,21). Seguir a Cristo es entrar en su Reino y gozar de su amistad. Y eso vale más que todo. Nada se le puede comparar. Cuando Paul Claudel aún era ateo, entró en Notre Dame, la catedral de París, en busca de inspiración estética y poética. Al oir cantar el Magnificat le llegó la inspiración deseada, que no era la que esperaba, y exclamó: "Dios existe y está aquí. Es una persona que me ama y me llama". Era un momento precioso. Era una llamada privilegiada. Acaba de encontrar la perla, ser afortunado con hallazgo del tesoro, verse enriquecido con la sabiduría. ¡Oh, Señor, envía tu Espíritu!

5. También nosotros hemos encontrado ese tesoro y esa perla. Jesús nos la ha hecho encontrar. Roguemos que seamos expertos en tesoros y en joyas, para ver que Jesús se nos ofrece para obrar en nosotros la liberación, y nuestro Exodo de Egipto.

6. Proliferan por ahí ofertores de felicidad, prometedores de vocaciones falsas y erróneas en nombre de salvación en masa, de la inmolación colectiva, de supuestos paraísos a bordo de naves espaciales. Edenes de huríes, recompensa de auto-suicidios, que no inmolaciones. Combatamos tales ideas con la verdad del evangelio en que el Padre en Jesús, su Hijo Unico, Salvador Unico, nos lo ha dicho todo. Ofrezcamos nuestra generosa colaboración para desterrar todo error que busca la salvación donde no está.

Pidamos para todos a la Virgen, Trono de la Sabiduría, que nos de a conocer mejor su inestimable valor, para que podamos ser testigos de él ante nuestros hermanos, y ante todo el mundo. Si se nos da, y cuando se nos dé, como a Salomón, todo nos parecerá pobre en su comparación, deslustrado junto a su luminosidad radiante, sereno y pacificante, y equilibrador de la ansiedad y del nerviosismo que produce la ambición y la envidia y la intolerancia.

7. Seguramente a nuestra cultura le diga poco el tesoro escondido y encontrado y la perla fina, quizá si le hablamos de una quiniela de catorce resultados o del gordo de Navidad, nos va a comprender mejor de cara al cambio de vida que cualquiera de estos acontecimientos van a causar en su camino. Porque es evidente que lo que la parábola intenta es darle a la vida un cambio de 180 grados: Considerarlo todo estiércol, como San Pablo, en comparación del amor de Nuestro Señor y Salvador nuestro y único Jesucristo.

El que ha encontrado la perla o el tesoro, como el que le ha tocado el gordo y ha acertado la quiniela, no va a vivir como antes. Así la persona que ha encontrado a Cristo, su Salvador y Redentor, va a cambiar de vida y la escala de valores que le va a mover va a ser diferente. Si su dios era la adicción al sexo, lo cambiará por el amor y el dominio de sus pasiones, si el egoismo duro e intransigente, por la entrega generosa y abnegada, si la avaricia, se convertirá en liberal y buen administrador. Si le esclavizaba la droga o la ira, se pondrá en curación y luchará por ser manso y humilde. Lo importante del encuentro del tesoro de Cristo, es el cambio radical de vida.

8. En las parábolas de hoy, Jesús describe una decisión que todos tenemos que enfrentar. El reino de los cielos es como un tesoro escondido, una perla muy valiosa. Para obtenerlo hay que arriesgar todo: El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

Ahora es el momento para decidir. Yo sé que algunos dicen, “Quiero seguir a Jesús pero mi vida estaría vacía sin alcohol... aquella muchacha... mi pornografía.” Hermano, tu vida ya esta vacía, pero vende aquellas cosas y obtendrás algo de valor verdadero. ¿Es necesario repetir que la situación es extrema? No hay tiempo para regatear con Dios.

El precio está fijado: todo. “El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.” (Catecismo 1024) El cielo cumplirá los anhelos más profundos del corazón. Cuando estamos ante El, cualquier alegría, placer o belleza será tan pálida como tiza. Se llama la “Visión Beatifica” ver a Dios cara a cara. (I Jn 3:2, I Cor 13:12). Es la perla muy valiosa. Es Jesús mismo – en su plenitud, la Comunión de los Santos. Es un buen negocio, ahora mismo, invertir todo lo que tienes – todo lo que eres – para obtener tal premio.

9. Sobre el ara del altar vamos a hacer presente vivo, resucitado e inmortal al amigo fiel, que nos ofrece su cuerpo partido en comida y su sangre derramada en bebida para reconfortar nuestra pobre vida. Prestémosle atención, devoción, amor.
Jesús Martí Ballester
jmarti@ciberia.es

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