Exhibición
Cuando uno de los discípulos anunció su propósito
de enseñar a otros la Verdad, el Maestro le propuso una prueba: Pronuncia un
discurso en mi presencia para que yo pueda juzgar si estas preparado.
El discurso fue realmente inspirado, y
al acabar se acercó un mendigo al orador, que se puso en pie y regaló su capa
al mendigo para edificación de la asamblea.
Más tarde le dijo el Maestro: Tus palabras
estuvieron llenas de unción, hijo mío, pero aún no estás preparado.
¿Por qué?, preguntó desilusionado el discípulo.
Por dos razones: porque no has dado al
mendigo la oportunidad de expresar sus necesidades y porque no has superado el
deseo de impresionar a los demás con tu virtud.
Superioridad
Un discípulo oriental que se sentía
orgulloso de lo que él consideraba que era espiritualidad de Oriente, fue al
Maestro y le dijo: ¿A qué se debe el que Occidente disfrute del progreso
material y Oriente posea la espiritualidad?.
Se debe, respondió lacónicamente el
Maestro, a que, cuando, al comienzo de los tiempos, llegó el momento de
repartir las provisiones para este mundo, a Occidente le tocó elegir primero.
Alegría
De acuerdo con su doctrina de que nada
debía ser tomado demasiado en serio, ni siquiera sus propias enseñanzas, al
Maestro le gustaba contar la siguiente anécdota acerca de sí mismo:
Mi primer discípulo era tan débil que
los ejercicios acabaron con su vida. Mi segundo discípulo se volvió loco por el
fervor con que practicaba los ejercicios que yo le enseñaba. Mi tercer
discípulo vio cómo se le embota el entendimiento por el exceso de
contemplación.
Pero el cuarto discípulo consiguió
conservar la cordura.
¿Y cómo lo logró?, solía preguntar alguien
invariablemente.
Posiblemente porque fue el único que
se negó a realizar los ejercicios. Y una unánime carcajada solía acoger las
palabras del Maestro.
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