domingo, 23 de octubre de 2016

San Juan de Capistrano, religioso presbítero - Santos Servando y Germán, mártires (23 de octubre)

San Juan de Capistrano, religioso presbítero

fecha: 23 de octubre
fecha en el calendario anterior: 28 de marzo
n.: 1386 - †: 1456 - país: Eslovaquia
canonización: 
B: Gregorio XV 1622 - C: Benedicto XIII 1724, Alejandro VIII en 1690 lo llamó santo, pero el proceso como tal finalizó en 1724.
hagiografía: «Franciscanos para cada día» Fr. G. Ferrini O.F.M.

Elogio: San Juan de Capistrano, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, que luchó en favor de la disciplina regular, estuvo al servicio de la fe y costumbres católicas en casi toda Europa, y con sus exhortaciones y plegarias mantuvo el fervor del pueblo fiel, defendiendo también la libertad de los cristianos. En la localidad de Ujlak, junto al Danubio, en el reino de Hungría, descansó en el Señor.
Patronazgos: patrono de los capellanes militares.

Oración: Oh Dios, que suscitaste a san Juan de Capistrano para confortar a tu pueblo en las adversidades, te rogamos humildemente que reafirmes nuestra confianza en tu protección y conserves en paz a tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Capistrano es un pueblecito en los Abruzos, que, en otro tiempo, formó parte del reino de Nápoles. Allí, en el siglo XIV, cierto soldado -se discute si de origen francés o alemán-, se había establecido, después de cumplir con su servicio militar a las órdenes de Luis I. Se casó con una mujer italiana y de esta unión nació, en 1386, un hijo, llamado Juan, que estaba destinado a adquirir fama como una de las grandes luminarias de la orden franciscana. Desde su infancia, el niño fue notable por su adelanto. Estudió leyes en Perugia con tal éxito, que en 1412, con 26 años, fue nombrado gobernador de la ciudad y contrajo matrimonio con la hija de uno de los principales ciudadanos. Durante las hostilidades entre Perugia y los Malatesta, fue hecho prisionero y en esta ocasión tomó la decisión de cambiar su manera de vivir y hacerse religioso. Cómo consiguió solucionar el problema de su matrimonio, no está del todo claro. Pero se dice que atravesó Perugia montado al revés en un asno y con un enorme sombrero de papel, en el que estaban escritos claramente sus peores pecados. Fue apedreado por los muchachos y cubierto de inmundicias y en estas condiciones, se presentó al noviciado de los frailes menores, pidiendo su admisión. En aquella época (1416), tenía treinta años y parece que su maestro de novicios pensó que para un hombre de tal fuerza de voluntad, que había estado acostumbrado a hacer todo a su manera, era necesario una dura disciplina para probar la sinceridad de su vocación (Juan no había hecho aún la primera comunión). Las pruebas a las que se le sometió fueron de lo más humillantes y, en algunas ocasiones, fueron seguidas de manifestaciones sobrenaturales. Pero el hermano Juan perseveró y, años más tarde, a menudo expresaba su gratitud al implacable instructor que le hizo comprender que el vencimiento propio era el único camino seguro hacia la perfección.
En 1420, Juan fue elevado a la dignidad sacerdotal. Mientras tanto, hizo extraordinarios progresos en los estudios, llevando al mismo tiempo una vida de extrema austeridad; recorrió los caminos descalzo; dedicaba solamente tres o cuatro horas al sueño y llevaba puesta continuamente una áspera camisa de cerdas. En sus estudios tuvo por compañero a san Jacobo de la Marca y por maestro a san Bernardino de Siena, a quien le tomó el más profundo afecto y veneración. Pronto, las excepcionales dotes oratorias de Juan se dieron a conocer. Toda la Italia de aquella época atravesaba una terrible crisis de inquietud política y relajación de costumbres. Estas dificultades eran causadas o, por lo menos acentuadas, por el hecho de que existían tres rivales que reclamaban el Papado y por el acerbo antagonismo entre güelfos y gibelinos, que aún persistía. A pesar de todo esto, en sus predicaciones en toda la extensión de la península, Juan encontró maravillosas respuestas. Hay, sin lugar a duda, una nota de exageración en los términos en que los padres Cristóbal de Varese y Nicolás de Fara describen el efecto producido por sus discursos. Hablan de 100.000 y hasta de 150.000 oyentes que escuchaban cada sermón. Eso ciertamente no era posible en un país diezmado por guerras, hambre y pestes, y con los escasos medios de comunicación de aquel entonces. Pero había bastante razón para justificar el entusiasmo de los citados escritores, cuando nos dicen: «No había nadie tan ansioso como Juan Capistrano por la conversión de los herejes, cismáticos y judíos. Nadie que anhelara tanto que su religión floreciera, o que tuviera mayor poder para obrar maravillas. No había nadie que deseara tan ardientemente el martirio, ni tan famoso por su santidad. Y así, era recibido con honor en todas las provincias de Italia. La afluencia de gente a sus sermones era tan grande, que hacía pensar que los tiempos apostólicos habían vuelto. Al llegar a la provincia, los pueblos y aldeas se conmovían y grandes multitudes acudían a oírlo. Los pueblos lo invitaban a visitarlos, ya por medio de cartas apremiantes, o por medio de mensajeros, o apelando al Soberano Pontífice mediante personas influyentes». Pero lo que principalmente absorbía toda la atención del santo era el trabajo de la predicación y la conversión de las almas.
No hay ocasión para referir aquí al detalle las dificultades domésticas que agobiaron a la Orden de San Francisco, a partir de la muerte de su seráfico fundador. Baste decir que el grupo conocido como «los Espirituales» no tenía, de ninguna manera, los mismos puntos de vista respecto de la observancia religiosa que los que fueron llamados «relajados». La reforma de los observantes, que había sido iniciada en la mitad del siglo XIV, se encontraba todavía obstruida en muchas formas por la administración de superiores generales que sostenían un diferente tipo de perfección y, por otro lado, hubo también exageraciones en la dirección de una austeridad más severa, que culminó eventualmente con las enseñanzas heréticas de los «Fraticelli». Todas estas dificultades requerían un arreglo y Capistrano, trabajando en armonía con san Bernardino de Siena, fue llamado a soportar gran parte de esta pesada carga. Después del capítulo general, celebrado en Asís en 1430, se nombró a san Juan para que sacara las conclusiones a que había llegado la asamblea y, estos «Estatutos Martinianos», como fueron llamados (en virtud de su confirmación por el papa Martín VI), se cuentan entre los más importantes en la historia de la Orden. De nuevo, en otras varias ocasiones, le confió la Santa Sede a Juan poderes inquisitoriales, como por ejemplo, para proceder en contra de los «Fraticelli» y para investigar la grave acusación que se hizo contra la Orden de los Jesuatos, fundada por el beato Juan Colombini. Más tarde, estuvo profundamente interesado en la reforma de las monjas franciscanas, que debían su principal inspiración a santa Coleta, así como a los terciarios de la orden. En el Concilio de Ferrara, trasladado después a Florencia, se le escuchó con atención, pero entre las primeras y las últimas sesiones, se vio obligado a visitar Jerusalén como comisario apostólico. Incidentalmente, había contribuido mucho a la inclusión de los armenios en el arreglo con los griegos, por desgracia de corta duración, que iba a tener efecto en Florencia.
Cuando el emperador Federico III, encontrando que la fe religiosa de los países bajo su soberanía sufría penosamente por las actividades de los husitas y otros sectarios heréticos, pidió ayuda al papa Nicolás V, y san Juan Capistrano fue enviado como comisario e inquisidor general, y partió para Viena en 1451, con doce de sus hermanos franciscanos para que le ayudaran. Está fuera de duda que su arribo produjo gran sensación. Silvio Eneas, el futuro Papa Pío II, nos relata cómo, al entrar al territorio austríaco, «los sacerdotes y el pueblo salieron a recibirlo, llevando las sagradas reliquias. Lo saludaron como legado de la Sede Apostólica, como predicador de la verdad y como a un gran profeta enviado por Dios. Bajaban de las montañas para saludar a Juan, como si Pedro o Pablo o alguno de los otros apóstoles fuera el que llegara. Gustosamente besaban la orla de su vestidura, le presentaban sus enfermos y afligidos y se dice que muchos fueron curados. La gente importante de la ciudad salió a recibirlo y lo condujo a Viena. No había plaza que pudiera contener a las multitudes. Todos lo miraban como a un ángel de Dios». El trabajo de Juan como inquisidor y sus tratos con los husitas y otros herejes bohemios ha sido severamente criticado, pero éste no es el lugar para intentar ninguna justificación. Su celo era cauterizante y consumidor, aunque era misericordioso con los humildes y los arrepentidos. Se adelantaba a su tiempo en su actitud con respecto a la brujería y al uso de la tortura. Los milagros que lo acompañaban dondequiera que iba y que él atribuía a las reliquias de san Bernardino de Siena, fueron asiduamente observados por sus compañeros. Más tarde, se levantó un prejuicio en contra del santo, a causa de los relatos que fueron publicados sobre estas maravillas. Viajó de un lugar a otro, predicando en Baviera, Sajonia y Polonia, y sus esfuerzos eran, en todas partes, acompañados por un gran renacimiento de la fe y la devoción. Cocleo de Nüremberg nos relata que «los que lo vieron allí lo describen como un hombre pequeño de cuerpo, enjuto, extenuado y con la piel pegada al hueso, pero entusiasta, fuerte y asiduo en el trabajo. Dormía con su hábito y se levantaba antes de la aurora, recitaba su oficio y celebraba luego la misa. Después de eso, predicaba en latín, que en seguida era traducido al pueblo por un intérprete». También visitaba a los enfermos que esperaban su llegada, poniéndoles las manos sobre la cabeza, rezando y tocándolos con una de las reliquias de san Bernardino.
La caída de Constantinopla a manos de los turcos, puso fin a esta campaña espiritual. Capistrano fue llamado para alentar a los defensores de Occidente y para predicar una cruzada contra los infieles. Sus primeros esfuerzos en Baviera y aún en Austria encontraron poca respuesta y, a principios de 1456, la situación se hizo desesperada. Los turcos avanzaban para sitiar Belgrado y el santo, que por este tiempo había viajado a Hungría, reunido en consejo con el gran general Huniyades, vio con claridad que tendrían que depender principalmente del esfuerzo local. San Juan, personalmente, se extenuó predicando y exhortando al pueblo húngaro para levantar un ejército que pudiera enfrentarse al peligro amenazante y él mismo condujo a Belgrado más tropas que había podido reclutar. Muy pronto, los turcos estuvieron parapetados y el sitio empezó. Animados por las oraciones de Capistrano y su heroico ejemplo en el campo de batalla, y adecuadamente guiados por la experiencia militar de Huniyades, los soldados de la guarnición consiguieron al fin una abrumadora victoria. El sitio fue abandonado y la Europa occidental quedó a salvo, temporalmente, pero la putrefacción de miles de cadáveres que quedaron insepultos alrededor de la ciudad, provocó una epidemia que costó la vida, primero que a nadie, a Huniyades y después, un mes o dos más tarde, al mismo Capistrano, agotado por años de trabajo y austeridades y por las penalidades del sitio. Murió pacíficamente en Villach, el 23 de octubre de 1456 y fue canonizado en 1724. Su fiesta fue general en 1890 para toda la Iglesia occidental.
El material biográfico más importante para la historia de san Juan Capistrano esté publicado en el Acta Sanctorum, octubre, vol. x. Ver Bolandistas, Biblioteca Hagiográfica Latina, nn. 4360-4368, pero además de esto, existe considerable cantidad de nueva información referente a los escritos de san Juan, sus cartas, reformas y otras actividades, que ha sido publicada durante el siglo actual en el Archivum Franciscanum Historicum editado en Quaracchi; préstese particular atención a los escritos referentes a san Juan y los husitas en los volúmenes XV y XVI de la misma publicación. Este y otros materiales han sido usados por J. Hofer en el St. John Capistran, Reformer (1943), obra de gran valor y erudición.
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3863



Santos Servando y Germán, mártires

fecha: 23 de octubre
†: s. IV - país: España
canonización: 
Conf. Culto: Pablo V
hagiografía: cadizcofrade.net

Elogio: Cerca de Gades, en la provincia hispánica de Bética, santos Servando y Germán, mártires en la persecución bajo el emperador Diocleciano.
Patronazgos: patronos de Cádiz.

La leyenda nos dice que Servando y Germán fueron hijos de los santos Marcelo y Nonia, y hermanos de los mártires y santos, Claudio, Lupercio, VictorioEmeterio, CeledonioAcisclo, Victoria, Fausto, Januario y Marcial. Según las mismas actas legendarias, san Marcelo, el padre, sufrió el martirio en la Tingitania (África) el 30 de octubre del 288; Servando y Germán, en el Cerro Ursoniano, en Cádiz, el día 23 de octubre del 290; Claudio, Lupercio y Victorio, en Galicia el 30 de octubre del 290; Emeterio y Celedonio, en Calahorra el 3 de marzo del 290; Acisclo y Victoria, en Córdoba, de donde son patronos, el 17 de noviembre del 303; Fausto, Januario y Marcial, igualmente en Córdoba el día 28 de septiembre de 303 d.C.; Nonia, la madre, cuando supo la muerte de su marido y de alguno de sus hijos, pidió a Dios que la llevase con Él y así sucedió, siendo tenida por santa y mártir. Naturalmente, es la historia de estos parentescos la que es legendaria, no los martirios, que están razonablemente documentados para casi todos los casos.
En los antiguos breviarios hay constancia de la memoria de los santos Mártires Servando y Germán, y estos recuerdos y otros comenzaron a mover a la opinión pública en favor de su patronato, hasta el punto de que ambos Cabildos -el municipal y el catedralicio, eran otros tiempos- alcanzaron del Pontífice Paulo V (1605 - 1621) la concesión de Jubileo para la fiesta de los santos Patronos y la declaración canónica de su Patronato, celebrándose ésta por primera vez, «con juramento de perpetua devoción», el día 23 de octubre de 1619, bajo el obispado del Ilmo. Sr. Don Juan de Cuenca, Capellán del rey Felipe III, que entró a ocupar la diócesis el 17 de abril de 1613 y la gobernó hasta el año 1623. Durante su mandato, en 1614, se despachó Real Cédula a 29 de noviembre en que se hizo merced al Cabildo de Cádiz, para que «haya de ser Administrador de la Capilla del Pópulo un señor Dignidad o Canónigo de su seno...» hoy, tristemente, dicha capilla real, se encuentra cerrada al culto por la desidia, la ruina y la negligencia de los que tenían que ser sus administradores.
El Cerro, conocido antiguamente con el nombre de «Collado Ursoniano», se alza en la Isla de León, dando vista al islote donde se alza el castillo de Sancti-Petri y dominando la extensión de la costa gaditana hasta el Faro de San Sebastián. El actual nombre de «Cerro de los Mártires», parece que data de la época visigótica, por suponer la tradición, muy arraigada entre las gentes de la zona, que en dicho lugar sufrieron martirio por decapitación los hermanos Servando y Germán. En pasadas épocas y cuando en la actualidad se realizan excavaciones arqueológicas, aparecen por las laderas del cerro, fragmentos y grandes restos de construcciones de marcado interés que proceden de las que existieron en la antigüedad cuando el cerro tuvo un carácter religioso por haber sido sus tierras regadas por la sangre de los mártires.
Según la tradición, los cuerpos de los santos hermanos mártires Servando y Germán, permanecieron en el cerro hasta que, acentuada la decadencia de la isla gaditana y su acercamiento a Roma cada vez más distanciado, los venerables restos fueron trasladados a Mérida, el de san Germán, en la capital de la Lusitania y el de san Servando a Sevilla, la capital de la Bética. El culto a los santos, grande y extenso incluso fuera de nuestros ámbitos, continuó durante la época visigoda, que constituyó la Diócesis Asidonense desde el año 619.
Extractado, con algunas modificaciones, de «Un poco de historia sobre los Santos Patronos» [de Cádiz] escrito de D. Ángel Mozo Polo, Académico Correspondiente de La Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla y Ateneísta de Número del Ateneo de Cádiz.
fuente: cadizcofrade.net
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