San Tranquilino Ubiarco Robles, presbítero y mártir
fecha: 5 de octubre
n.: 1899 - †: 1928 - país: México
canonización: B: Juan Pablo II 22 nov1992 - C: Juan Pablo II 21 may 2000
hagiografía: Mártires Mexicanos
n.: 1899 - †: 1928 - país: México
canonización: B: Juan Pablo II 22 nov1992 - C: Juan Pablo II 21 may 2000
hagiografía: Mártires Mexicanos
Elogio: Cerca de Tepatitlán, en México, san Tranquilino Ubiarco Robles,
presbítero y mártir, que en la persecución contra la Iglesia no dejó de cumplir
con sus funciones ministeriales, por lo cual fue colgado de un árbol, y terminó
así su glorioso martirio.
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Nacido el 8 de julio de 1899, fuera de
matrimonio, su niñez estuvo llena de privaciones. Inició su formación escolar
en el Asilo del Salvador; de allí pasó a la escuela oficial, donde cursó el
tercer año de primaria, simultáneamente se integró al círculo vocacional y allí
nació su inquietud por el sacerdocio ministerial. A los diez años de edad
ingresó al Seminario Auxiliar de Zapotlán el Grande, su lugar de origen, y fue
ordenado el 5 de agosto de 1923, justo en los tiempos más difíciles para el
clero.
Fue trasladado a la parroquia de,
Juchipila, en donde permaneció menos de un año, pues ahí lo sorprendió el
enfrentamiento entre el Estado Mexicano y la Iglesia Católica, y fue nombrado
vicario de la Parroquia de Lagos de Moreno, Jalisco. Se entregó con ímpetu a la
acción social; en plena persecución religiosa el padre Ubiarco se mantuvo
incansable en su ministerio sacerdotal, y aunque lo ejercía con gran
dificultad, celebraba la Santa Misa en las casas particulares y en los ranchos,
y confesaba hasta altas horas de la noche. El titular de la parroquia de
Tepatitlán, Jalisco, se refugió fuera de la población, dejando ésta sin el
amparo de un sacerdote, por lo que Tranquilino Ubiarco fue nombrado vicario
ecónomo con funciones de párroco. Cuando llegó allí, la tensión era máxima. Con
poco apoyo, vestido como obrero o campesino, rodeado de peligros, ejerció su
ministerio durante quince meses en casas particulares, cada día en una
distinta.
En cuanto el ejército federal quiso
reprimir a la población civil que se solidarizaba con los católicos e
implementó el cruel procedimiento de concentrar a los vecinos de rancherías,
aldeas, y villas, en las cabeceras de los municipios, a Tepatitlán se acercaron
centenares de menesterosos; muchos de ellos fueron atendidos por la solicitud
del Padre Ubiarco, quien estableció un comedor público en el que llegaron a
distribuirse hasta cien raciones diarias de alimentos.
La noche del 5 de octubre, varios
soldados, guiados por el presidente municipal Arturo Peña, aprehendieron al
sacerdote y lo recluyeron en un calabozo. El padre Tranquilino, muy sereno,
invitó a los otros presos a rezar el Rosario y luego a reconciliarse. Dos horas
después lo hicieron comparecer ante el jefe de armas, coronel José Lacarra,
quien decretó en el acto la pena de muerte. Camino del suplicio, el padre
Ubiarco quiso saber cuál de los soldados le daría muerte y como nadié
respondió, dijo: «Todo está dispuesto por Dios, y el que es mandado, no es
culpable». Al escuchar esto, el soldado que había recibido la orden, se declaró
incapaz de cumplimentarla, por lo que su superior inmediato ordenó su arresto.
Preguntó luego el prisionero con qué instrumento le darían muerte, y le
mostraron una soga, que sin más bendijo. Elegida la rama de uno de aquellos
árboles, lo ahorcaron.
El cadáver fue abandonado al pie del
árbol, y al día siguiente la señorita Elodia Navarro gestionó que el cuerpo
fuera velado al menos unas horas. Fue insuficiente la casa para dar cabida al
tumulto que concurrió, y como la sala en que se veló tenía dos puertas, se
dispuso que entraran por una puerta y salieran por la otra. El sepelio congregó
a tal cantidad de personas que Lacarra, previendo un tumultó, ordenó levantar
barricadas para montar metrallas. Para evitar que los ánimos se exaltaran, el único
familiar consanguíneo del mártir, su hermana Timotea, anticipó la inhumación.
Cincuenta años después de su martirio, el 5 de octubre de 1978, sus restos
mortales fueron trasladados por el pueblo entero, con grandes muestras de
respeto, al templo parroquial, donde se le venera con particular cariño.
El Padre Tranquilino deseaba la gracia de
morir por su fe, cosa que maanifestó en repetidas ocasiones. Dos días antes de
su muerte, presintiendo el momento, estuvo en Guadalajara, se confesó, e hizo
públicamente este comentario: «Ya me voy a mi parroquia, a ver qué puedo hacer,
y si me toca morir por Dios, bendito sea».
fuente: Mártires
Mexicanos
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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