Santas Úrsula y compañeras vírgenes, vírgenes y mártires
fecha: 21 de octubre
†: c. s. IV - país: Alemania
canonización: pre-congregación
hagiografía: Abel Della Costa
†: c. s. IV - país: Alemania
canonización: pre-congregación
hagiografía: Abel Della Costa
Elogio: Cerca de Colonia, en Germania, conmemoración de las santas vírgenes
que entregaron su vida por Cristo, en el lugar de la ciudad donde después se
levantó una basílica dedicada a santa Úrsula, virgen inocente, considerada como
la principal del grupo.
Patronazgos: Úrsula es patrona de Colonia, de las jóvenes, de la juventud, los
maestros, educadores y comerciantes de telas, de las Universidades de Colonia,
Viena y Coimbra; protectora en tiempo de guerra, para pedir un buen matrimonio,
una muerte tranquila, y contra las enfermedades de la infancia y los tormentos
del purgatorio.
refieren a este santo: Santa Isabel de
Schönau
La Iglesia trata con gran reserva el caso
de santa Úrsula y sus compañeras, martirizadas en Colonia. La comisión nombrada
por Benedicto XIV tenía el proyecto de suprimir su fiesta, que llegó a
considerarse por completo fantástica y carente de todo valor. Ya el
Martirologio Romano de 1922 suprimía algunas referencias históricas, como el
tradicional número de once mil vírgenes, y las circunstancias concretas del
martirio. Al respecto, puede ser útil comparar las redacciones respectivas de
los elogios de 1922 y de la edición de 2001:
«En Colonia Agripina, santas Úrsula y compañeras, quienes, a causa de la religión cristiana y de la preservación de la virginidad, fueron asesinadas por los Hunos, llevando a término su vida en el martirio; muchos de sus cuerpos fueron conservados en Colonia.» (Martirologio de 1922)
«Cerca de Colonia, en Germania, conmemoración de las santas vírgenes que entregaron su vida por Cristo, en el lugar de la ciudad donde después se levantó una basílica dedicada a santa Úrsula, virgen inocente, considerada como la principal del grupo.» (Martirologio de 2001)
Es notable la desaparición de toda circunstancia histórica, quedando todo el peso del elogio en la basílica construida en honor de las mártires, que, como veremos luego, es lo único concreto de toda esta memoria.
«En Colonia Agripina, santas Úrsula y compañeras, quienes, a causa de la religión cristiana y de la preservación de la virginidad, fueron asesinadas por los Hunos, llevando a término su vida en el martirio; muchos de sus cuerpos fueron conservados en Colonia.» (Martirologio de 1922)
«Cerca de Colonia, en Germania, conmemoración de las santas vírgenes que entregaron su vida por Cristo, en el lugar de la ciudad donde después se levantó una basílica dedicada a santa Úrsula, virgen inocente, considerada como la principal del grupo.» (Martirologio de 2001)
Es notable la desaparición de toda circunstancia histórica, quedando todo el peso del elogio en la basílica construida en honor de las mártires, que, como veremos luego, es lo único concreto de toda esta memoria.
En la iglesia de Santa Úrsula, en Colonia,
hay una inscripción latina, que data probablemente de la segunda mitad del
siglo IV o principios del siglo V. Su texto dice:

DIVINIS FLAMMEIS VISIONIB. FREQVENTER
ADMONIT. ET VIRTVTIS MAGNÆ MAI
IESTATIS MARTYRII CAELESTIVM VIRGIN
IMMINENTIVM EX PARTIB. ORIENTIS
EXSIBITVS PRO VOTO CLEMATIVS V. C. DE
PROPRIO IN LOCO SVO HANC BASILICA
VOTO QVOD DEBEBAT A FVNDAMENTIS
RESTITVIT SI QVIS AVTEM SVPER TANTAM
MAIIESTATEM HVIIVS BASILICÆ VBI SANC
TAE VIRGINES PRO NOMINE. XPI. SAN
GVINEM SVVM FVDERVNT CORPVS ALICVIIVS
DEPOSVERIT EXCEPTIS VIRCINIB. SCIAT SE
SEMPITERNIS TARTARI IGNIB. PVNIENDVM
ADMONIT. ET VIRTVTIS MAGNÆ MAI
IESTATIS MARTYRII CAELESTIVM VIRGIN
IMMINENTIVM EX PARTIB. ORIENTIS
EXSIBITVS PRO VOTO CLEMATIVS V. C. DE
PROPRIO IN LOCO SVO HANC BASILICA
VOTO QVOD DEBEBAT A FVNDAMENTIS
RESTITVIT SI QVIS AVTEM SVPER TANTAM
MAIIESTATEM HVIIVS BASILICÆ VBI SANC
TAE VIRGINES PRO NOMINE. XPI. SAN
GVINEM SVVM FVDERVNT CORPVS ALICVIIVS
DEPOSVERIT EXCEPTIS VIRCINIB. SCIAT SE
SEMPITERNIS TARTARI IGNIB. PVNIENDVM
No hay una traducción aceptable del texto,
ya que se trata de una inscripción bastante oscura. Pero parece conmemorar el
hecho de que un tal Clemacio, senador, tuvo ciertas visiones en las que se le
ordenó que emprendiese la reconstrucción en ese lugar, que era de su propiedad,
de la basílica de las vírgenes que habían sido martirizadas allí. Debe tenerse
presente que la inscripción no dice nada sobre el número y los nombres de las
vírgenes, ni sobre la época y las circunstancias de su martirio, no nombra a
Úrsula ni a los Hunos. Toda su importancia proviene de que menciona, si es que
la inscripción está bien datada en el siglo IV o V, una básilica anterior,
quizás preconstantiniana, testigo de un culto muy antiguo. Esta es toda la base
sobre la que descansa el culto de santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes, cuya
leyenda es tan famosa.
La forma más antigua de la leyenda es un
sermón compuesto en Colonia, probablemente a principios del siglo IX, con
motivo del día de la fiesta. El autor confiesa que no existía entonces ningún
escrito sobre el martirio y se limita a repetir la leyenda oral, sin dar
pruebas sobre la veracidad de su contenido. Las doncellas eran muy numerosas,
tal vez varios miles. La principal era Vinosa o Pinosa. El martirio tuvo lugar
durante la persecución de Maximiano. Según una variante, las vírgenes habían
llegado a Colonia con la Legión Tebana, aunque el autor se inclina más bien a
pensar que eran originarias de Inglaterra. Ninguno de los martirologios
clásicos de la época menciona a estas mártires, pero Usuardo conmemora a las
vírgenes Marta y Saula y sus compañeras, martirizadas en Colonia y Wandelberto
de Prüm, mediados del siglo IX, habla de los millares de vírgenes de Cristo que
padecieron el martirio a orillas del Rin el 21 de octubre.
La primera mención del nombre de santa
Úrsula, que formaba parte de un grupo de unas pocas vírgenes (no once mil),
data de fines del siglo IX. Varias fuentes litúrgicas de esa época, dicen que
santa Úrsula formaba parte de un grupo, pero a veces menciona a cinco, otras
ocho, otras once vírgenes; por ejemplo: Úrsula, Sencia, Gregoria, Pinnosa,
Marta, Saula, Brítula, Saturnina, Rabacia, Saturia, y Paladia. Por supuesto que
ninguno de estos documentos es anterior al siglo IX, pero al menos son
testimonios independientes a las leyendas ursulinas -que recién comenzaban a
circular- y su testimonio no queda invalidado por dichas leyendas. En una sola
de estas listas Úrsula está primera.

Sin embargo, ya a principios del siglo X
se comenzó a hablar de «once mil» vírgenes, aunque no se sabe cómo ni por qué.
Se puede quizás pensar que se juntó el dato de las once de uno de los listados
litúrgicos, con la idea de «miles de vírgenes» en el Rin, que provenía de otras
fuentes, según vimos; y según una teoría, la abreviación «XI M.V.» (undecim
martyres virgines) se tradujo equivocadamente por undecim milia virgines. Sea
como sea que se haya llegado a pasar de un puñado de no más de once a nada menos
que once mil, para el siglo X estaban todos los elementos básicos de tan
fantástica história, y sólo faltaba que la imaginación popular y moralizante
dieran una forma agradable y transmisible a todo este conjunto.
Ésta es, pues, la forma que tomó más tarde
en Colonia: Un rey pagano solicitó la mano de Úrsula, hija de un monarca
cristiano de Inglaterra. La joven quería permanecer virgen y obtuvo un plazo de
tres años, que empleó en continuas travesías marítimas. Tenía diez damas de
honor y cada una de ellas, lo mismo que Úrsula, llevaba mil compañeras. La
expedición constaba de once navíos. Al cumplirse el plazo de tres años, los
vientos arrastraron los navíos a la desembocadura del Rin. La caravana de
doncellas se dirigió entonces a Colonia y después, a Basilea. Allí
desembarcaron Úrsula y sus compañeras, quienes cruzaron los Alpes y fueron a
Roma a visitar el sepulcro de los Apóstoles. Después, volvieron por el mismo
camino a Colonia. Como Úrsula se rehusase a contraer matrimonio con el rey de
los hunos, fue asesinada por los bárbaros junto con todas sus compañeras. Los
ángeles se encargaron de dispersar a los asesinos, de suerte que los habitantes
de la ciudad pudieron recuperar los cadáveres. Clemacio construyó en su honor
una basílica.
Godofredo de Monmouth, en el siglo XII, da
otra versión de origen galo, no menos fantástica: El emperador Maximiano, es
decir, Magno Clemente Máximo, conquistó las Galias el año 383 y fundó en
Bretaña una colonia inglesa, compuesta en gran parte por soldados, bajo las órdenes
de Cinán Meiriadog. Cinán pidió al rey de Cornwall, llamado Dionoto, que
enviase algunas mujeres para poblar la colonia. Dionoto respondió generosamente
y envió a su propia hija, Úrsula y a otras 11.000 doncellas nobles, así como a
60.000 jóvenes del pueblo. Úrsula, que era muy hermosa, debía contraer
matrimonio con Cinán. Pero una tempestad arrastró los navíos hacia el norte, a
unas islas extrañas pobladas por los bárbaros, y las doncellas murieron a manos
de los hunos y de los pictos.
La versión de Colonia constituye la
leyenda que podríamos llamar «oficial». Esa versión sitúa el martirio en el año
451: «Atila y los hunos, cuando se replegaban después de su derrota en la
Galia, tomaron Colonia, que era entonces una ciudad cristiana muy floreciente.
Sus primeras víctimas fueron Úrsula y sus compañeras inglesas» (así rezaba una
antigua lección del Breviario en Inglaterra). En el curso del siglo XII, la
historia se complicó aún más, gracias a las «revelaciones» de santa Isabel de
Schönau y del beato Germán José, canónigo premonstratense. Actualmente, todo el
mundo está de acuerdo en que tales revelaciones eran puramente ilusorias, pero
en la época en que tuvieron lugar se «descubrieron» en Colonia (1155) numerosas
reliquias e inscripciones (naturalmente falsas), que pasaban por ser los
epitafios de san Ciriaco Papa, de san Marino de Milán, de san Papunio, rey de
Irlanda, de san Picmenio, rey de Inglaterra y de otros muchísimos personajes
imaginarios que habían sufrido el martirio con santa Úrsula y sus compañeras.
Las pretendidas «revelaciones» del beato Germán (si es que existieron
realmente) eran aún más sorprendentes que las de santa Isabel, ya que tenían
por finalidad resolver los múltiples problemas de la leyenda y explicar la
presencia de los huesos de hombres y aun de niños recién nacidos, entre los
restos de las mártires. Indudablemente lo que se descubrió en 1155 fue una fosa
común. Por otra parte, todos los indicios nos llevan a pensar que los dos
abades de Deutz falsificaron impíamente los hechos y complicaron en el fraude a
santa Isabel y al beato Germán, sin que éstos lo supiesen. Todavía se conserva
una gran cantidad de «reliquias» en la iglesia de Santa Úrsula en Colonia, sin
contar las que se hallan esparcidas en el mundo entero.

Dejando a un lado la leyenda, la
inscripción de Clemacio dice que éste restauró una pequeña basílica o cella
memorialis, que probablemente había sido saqueada por los francos alrededor del
año 353 (y por tanto carece de toda relación con los hunos). Ahí se hallaba el
sepulcro de las mártires, y Clemacio prohibió que se diese sepultura en ese
lugar a otras personas. El texto de la inscripción no indica absolutamente que
se tratase de un vasto cementerio en el que había millares de esqueletos.
Durante la Edad Media, se inventaron, poco a poco, los nombres de las
compañeras de santa Úrsula que figuran en diversos calendarios y martirologios.
Una de las invenciones más famosas y quizás más entrañables, sea la de «santa
Córdula», que atemorizada por el martirio escapó de la matanza, pero «al día
siguiente, arrepentida, se entregó a los hunos y fue la última que conquistó la
palma del martirio» (así lo decía la inscripción del Martirologio Romano de
1922, retirada en la actualidad). Según se sabe, la autora de esta invención
fue la monja Helentrudis de Heerse en el documento «Fuit tempore». De cada
detalle la predicación ha sacado ejemplos notables y valores permanentes; la iconografía,
qué duda cabe, se ha recreado en pintar de mil maneras distintas estos
«hechos». Aun en la teología del siglo XX no sabríamos a qué hace referencia el
libro de Hans Urs von Bathasar «Córdula, o el acontecimiento auténtico», si no
tuviéramos conocimiento de estos desarrollos legendarios. Pero, como lo hemos
señalado otras veces, el Martirologio no es un reservorio de leyendas
entrañables, sino la celebración de hechos de la fe veraces y fundamentales,
que dieron lugar a la nuestra. Muchas veces no tenemos para ellos más que la
vaga evocación de una basílica cuyo recuerdo subsistió, o un nombre que ha
quedado desprovisto de toda densidad. La historia de la fe nos ofrece muchas
veces esa «ascesis de la curiosidad» que la leyenda pretende suavizarnos. Pero
lo que debe permanecer es el recuerdo de que nuestra fe está construida sobre
martirios auténticos, aunque no conozcamos de ellos más que los retazos que
lograron fijarse en una inscripción o un pergamino borroso.
El P. Víctor de Buck consagró al estudio
de la leyenda 230 páginas in-folio en Acta Sanctorum, oct., vol. IX (1858).
Además de la inscripción de Clemacio, el Sermo in natali y las cortas noticias
litúrgicas arriba mencionadas, el documento más importante es el antiguo relato
«Fuit tempore». Desgraciadamente, el P. de Buck no le atribuyó importancia
alguna, porque no leyó el prólogo. Fue publicado por primera vez en Analecta
Bollandiana, vol. Hl (1884), pp. 5-20. La leyenda comenzó a desarrollarse a
partir de esa base, pero su evolución es demasiado complicada y la bibliografía
demasiado nutrida para que podamos ocuparnos aquí de ellas. Es muy recomendable
el artículo de la Catholic Encyclopedia sobre este tema, «St. Ursula and the Eleven Thousand
Virgins» , que he tomado como base, junto con el del
Butler-Guinea, para la elaboración de este escrito: de los dos he sacado
párrafos literales, acomodándolos a la circunstancia de la edición del nuevo
Martirologio Romano, que ya ha desterrado por completo la leyenda de santa
Úrsula, aunque no el personaje, como hemos visto.
Abel Della Costa
accedida 1977 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3841
San Hilarión de Gaza, abad
fecha: 21 de octubre
n.: c. 290 - †: c. 371 - país: Chipre
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 290 - †: c. 371 - país: Chipre
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En la isla de Chipre, san Hilarión, abad, que, siguiendo las huellas
de san Antonio, primero llevó vida solitaria cerca de la ciudad de Gaza y
después fue fundador y ejemplo de la vida eremítica en esta región.
refieren a este santo: San Hesiquio

San Hilarión nació en una aldea llamada
Tabatha, al sur de Gaza. Sus padres eran idóaltras. El joven hizo sus estudios
en Alejandría, donde conoció la fe católica y recibió el bautismo hacia los
quince años de edad. Habiendo oído hablar de san Antonio,
fue a visitarle en el desierto, donde permaneció dos meses observando el modo
de vida del santo ermitaño. Al cabo, disgustado por la cantidad de peregrinos
que acudían a la celda de san Antonio a pedirle que curase a sus enfermos y
liberase a sus posesos, volvió a su patria a servir a Dios en la soledad total.
Como sus padres murieron durante su ausencia, san Hilarión dio una parte de sus
bienes a sus hermanos y el resto a los pobres, sin reservar nada para sí mismo
(pues tenía presente el ejemplo de Ananías y Safira, Hech 5, según dice san
Jerónimo). Después, se retiró a diez kilómetros de Majuma, en dirección a
Egipto, y se estableció en las dunas, entre la orilla del mar y un pantano. Era
un joven muy delicado a quien afectaban los menores excesos de frío y de calor.
A pesar de ello, vestía simplemente una camisa de pelo, una túnica de cuero que
san Antonio le había regalado y un corto manto de tela ordinaria. No cambió de
túnica sino hasta que la que llevaba empezó a caerse en pedazos, y jamás lavó
su camisa, puesto que opinaba: «Es una ociosidad lavar una camisa de pelo».
Alban Butler comenta que «el respeto que debemos a nuestros prójimos está
reñido con la práctica de esas mortificaciones en el mundo».
Durante muchos años, Hilarión no comió más
que quince higos por día y nunca antes de la caída del sol. Cuando se sentía
tentado por la lujuria, solía decir a su cuerpo: «¡Voy a impedir que des coces,
asno infame!» y reducía su ración a la mitad. Como los monjes de Egipto,
trabajaba en el tejido de cestos y en la labranza, con lo cual ganaba lo
necesario para vivir. En los primeros años, habitaba en una covacha de ramas
que él mismo había entretejido. Más tarde, se construyó una celda, que existía
todavía en tiempo de san Jerónimo: tenía un poco más de un metro de ancho, un
metro y medio de alto y apenas era un poco más larga que su cuerpo, de suerte
que más parecía una tumba que una habitación. Al comprobar que los higos eran
un alimento insuficiente, san Hilarión se decidió a comer algunas verduras y un
poco de pan y aceite. Sin embargo, no disminuyó sus austeridades ni con la
edad. Dios permitió que su siervo sufriese dolorosas pruebas. En ciertos
períodos, vivía el santo en una terrible oscuridad de espíritu, con gran
sequedad y angustia interior; pero cuanto más sordo parecía el cielo a sus
súplicas, tanto más se aferraba Hilarión a la oración. San Jerónimo hace notar
que, aunque el santo ermitaño vivió tantos años en Palestina, sólo una vez fue
a visitar los Santos Lugares y no permaneció más que un día en Jerusalén. Fue a
la Ciudad Santa para no dar la impresión de que despreciaba lo que la Iglesia
honraba; pero no lo hizo más que una vez, porque estaba persuadido de que en
todas partes se podía adorar a Dios en espíritu y en verdad.
Veinte años después de su llegada al
desierto, san Hilarión obró el primer milagro: cierta mujer casada, de la
ciudad de Eleuterópolis (Bait Jibrín, en las cercanías de Hebrón), consiguió
que el santo le prometiese orar para que Dios la librase de la esterilidad;
menos de un año después, la mujer tuvo un hijo. Entre otros milagros, se cuenta
que san Hilarión ayudó a un domador de caballos de Majuma, llamado itálico, a
ganar una carrera al emir de Gaza. Itálico, creyendo que su adversario se valía
de sortilegios para impedir que sus caballos ganasen, acudió a san Hilarión en
demanda de auxilio. El santo le bendijo y le aconsejó que rociase de agua
bendita las ruedas de sus carros. Los caballos de Itálico dejaron muy atrás a
los de su adversario y el pueblo proclamó que Cristo había vencido al dios del
emir. Siguiendo el ejemplo de san Hilarión, otros ermitaños empezaron a
establecerse en Palestina. El santo solía ir a visitarlos poco antes de la
época de la cosecha. En una de esas visitas, vio a los paganos de Elusa (al sur
de Barsaba) reunidos para adorar a sus ídolos y oró a Dios con muchas lágrimas
por ellos. Como Hilarión había curado a muchos de los paganos que ahí estaban,
se acercaron a pedirle su bendición. El santo los acogió con gran bondad y los
exhortó a adorar al verdadero Dios en vez de sus ídolos de piedra. Sus palabras
produjeron tal efecto, que los paganos no le dejaron partir sino hasta que
proyectó la construcción de una iglesia. El propio sacerdote de los paganos,
que estaba revestido para oficiar, se hizo catecúmeno.
El año 356, tuvo una revelación sobre la
muerte de san Antonio. Para entonces san Hilarión tenía ya unos sesenta y cinco
años y estaba muy afligido por la cantidad de personas, particularmente de
mujeres, que acudían a pedirle consejo. Por otra parte, el cuidado de sus
discípulos le dejaba apenas reposo, de suerte que solía decir: «Es como si
hubiese vuelto al mundo y hubiese recibido mi premio en él. Toda Palestina
tiene los ojos fijos en mí. Como si eso no bastase, poseo además una finca y
algunos bienes, so pretexto de que mis discípulos tienen necesidad de ellos».
Así pues, san Hilarión decidió partir de Palestina. Todo el pueblo se reunió
para impedírselo. El santo dijo a la multitud que no comería ni bebería hasta
que le dejasen partir y así lo hizo durante siete días. Entonces le dejaron
libre y escogió a algunos monjes capaces de caminar sin probar bocado hasta el
atardecer y cruzó con ellos Egipto hasta llegar a la montaña de san Antonio,
cerca del Mar Rojo. Allí encontraron a dos discípulos del gran eremita, y san
Hilarión recorrió con ellos el sitio palmo a palmo. Los discípulos de san
Antonio le decían: «Allí solía cantar. Allí solía orar. Ése era el lugar en que
trabajaba y aquél el sitio a donde se retiraba a descansar. Él plantó esas
viñas y estos arbustos. Él labró personalmente aquella parcela. Él excavó este
estanque para regar su huerto. Ése es el azadón que usó durante muchos años».
En la cumbre de la montaña, a la que se subía por una vereda abrupta y
serpenteante, visitaron las dos celdas a las que solía retirarse para huir del
pueblo y de sus propios discípulos; allí mismo se hallaba el huerto que por el
poder del santo habían respetado los caballos salvajes. San Hilarión pidió
entonces a los discípulos de san Antonio que le mostrasen el sitio en que
estaba sepultado, pero no sabemos con certeza si se lo mostraron o no, pues san
Antonio les había ordenado que no indicasen a nadie dónde estaba su sepultura
para evitar que un personaje muy rico de los alrededores se llevase sus restos
y construyese una iglesia para ellos.
San Hilarión volvió a Afroditópolis
(Atfiah), donde se retiró a un desierto de los alrededores y se consagró con
más fervor que nunca a la abstinencia y el silencio. Desde hacía tres años, es
decir, desde la muerte de san Antonio, no había llovido en la región. El pueblo
acudió a implorar las oraciones de san Hilarión, a quien consideraba como el
sucesor de san Antonio. El santo levantó los ojos y las manos al cielo, e
inmediatamente se desató una lluvia copiosa. Muchos labradores y pastores se
curaron de las mordeduras de las serpientes al ungirse con el aceite bendecido
por san Hilarión. Éste, viendo que su popularidad comenzaba nuevamente a
crecer, pasó un año entero en un oasis al occidente del desierto; finalmente,
como no lograse vivir oculto en Egipto, decidió partir con un compañero a
Sicilia. Desembarcaron en Pessaro y se establecieron en un sitio poco
frecuentado, a treinta kilómetros del mar. San Hilarión recogía diariamente una
carga de leña y su compañero, Zananas, la vendía en la aldea más próxima, y con
el dinero compraba un poco de pan. San Hesiquio,
discípulo de san Hilarión, buscó a su maestro por el Oriente y por Grecia. En
Modón del Peloponeso un comerciante judío le dijo que había llegado a Sicilia
un profeta que obraba muchos milagros. San Hesiquio se dirigió entonces a
Pessaro. Todo el mundo conocía ahí al profeta, quien era famoso no sólo por sus
milagros sino también por su desinterés, ya que jamás aceptaba ningún regalo.
San Hilarión dijo a san Hesiquio que
quería retirarse a un sitio en el que las gentes no entendiesen su lengua y
éste le condujo entonces a Epidauro, en la Dalmacia (Ragusa). Pero los milagros
que obraba san Hilarión no le permitieron vivir ignorado. San Jerónimo refiere
que había allí una serpiente enorme, que devoraba a los hombres y al ganado.
San Hilarión ordenó a la serpiente que subiese sobre un montón de leña a la que
prendió fuego. San Jerónimo cuenta también que a consecuencia de un terremoto,
el mar amenazaba con tragarse la tierra. Entonces los habitantes, muy
alarmados, condujeron a san Hilarión a la playa, como si con su sola presencia
quisiesen levantar una muralla contra los embates del mar. El santo trazó tres
cruces sobre la arena y tendió los brazos hacia las olas enfurecidas que
inmediatamente se detuvieron de golpe y se atropellaron hasta formar una
montaña de agua para retirarse después mar adentro. San Hilarión sufría mucho
al ver que, aunque no entendía la lengua de los habitantes, sus milagros
hablaban por él. Sin saber dónde ocultarse de las miradas del mundo, huyó una
noche a Chipre, en una pequeña nave, y se estableció a tres kilómetros de
Pafos. Como los habitantes le identificasen al poco tiempo, el santo se retiró
veinte kilómetros tierra adentro, a un sitio casi inaccesible y muy agradable
donde, por fin, pudo vivir en paz. Allí murió algunos años más tarde, a los
ochenta años de edad. Uno de los que le visitaron en su última enfermedad fue
el obispo de Salamis, san Epifanio,
quien más tarde narró por escrito su vida a san Jerónimo. San Hilarión fue
sepultado en las cercanías de Pafos, pero san Hesiquio se apoderó secretamente
de los restos de su maestro y los trasladó a su ciudad natal de Majuma.
La biografía escrita por san Jerónimo es
nuestra principal fuente; probablemente san Jerónimo se basó en los informes de
san Epifanio, quien había conocido personalmente a san Hilarión. También el
historiador Sozomeno nos da algunos datos nuevos. Las informaciones de las
diferentes fuentes han sido cuidadosamente reunidas en Acta Sanctorum, oct.,
vol. IX. Véase sobre todo Ziickler, Hilarion von Gaza, en Neue Jahrbücher für
deutsche Theologie, vol. III (1894), pg. 146-178; Delehaye, Saints de Chypre,
en Analecta Bollandiana, vol. XXVI (1907) pp. 241-242; Schiwietz, Das
Morgen-Döndische Manchtum, vol. II, pp. 95-126; y H. Leclercq, Cénobitisme, en
Dictionnaire d'Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. II, cc. 3157-3158.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3842
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