domingo, 2 de octubre de 2016

Una ráfaga del viento ((mi reflexión otoñal sobre el movimiento del alma santa) 02102016





Una ráfaga del viento
(mi reflexión otoñal sobre el movimiento del alma santa)
Siempre voy a recordar la belleza de los bosques otoñales de mi Patria. El poeta Iván Bunin comparaba a los árboles con sus hojas amarillas, purpuras, doradas con un palacio pintado con varios colores. Pero las hojas ya están muertas y una ráfaga del viento las lleva y nos deja ante un silueta desnudo de un árbol en su sueño invernal, tan parecido a la muerte. Y todo ya está descubierto, triste y predeterminado. ¿Llegará la primavera? Llegará, pero ella también va a despertar nuestra tristeza, porque el renacimiento de la naturaleza más agudamente nos hace sentir que no volverá ni este año, ni los otros años de nuestra vida, que los que salieron para siempre, se quedarán enterrados y que todos somos un árbol que ya pierde a sus hojas, esperando a la tala.

Así estaba San Francisco de Borja ante el ataúd de la reina Isabel de Portugal. Así estaba San José de Volokolamsk cuando falleció su príncipe y al llegar al Concilio él oyó: “No existe la Resurrección. Los muertos para siempre se quedarán muertos”. Lo decía un nuevo metropolita puesto por el zar que ordenó entregar al Estado todos los bienes eclesiales. Los obispos votaron unánimemente. San José salió en su luto para volver a su monasterio.

Pero existen las palabras que rompen todo y todo se renace. “Os juro que nunca más voy a servir a un señor que se pueda morir”, - dijo el duque de Gandía ante el cuerpo de la reina destrozado por la muerte. Los arboles deshojados rodeaban al camino de San José: “¡Da la vuelta a los caballos! ¡Si debo hablar con el vacio como Job, ya me siento como él!”. Él entró en la sala donde ya tomaban las últimas decisiones: “Solo hay una noche profunda y oscura, dolorosa y temible. No eres un zar, sino un preso al que van a atar y a llevar adonde llevan los que guían. ¿Estáis callados? Callaban los tres grandes reyes al ver a Job, aquí yo soy Job y os anuncio que Dios pronto llegará en una tormenta”. Y esta tormenta revolvió todo, la votación se efectuó otra vez, el metropolita había sido depuesto y el zar temblaba viendo resbalando su trono. Dios en la tormenta ya llegó en las palabras del Santo. Y San José volvió a su tumba, cuando todos ya supieron que el Dios resucito y no muere nunca, igual que los que están con Él.


Es el mundo con sus “hojas otoñales del parque mustio y viejo” (A. Machado), con sus dolores y angustias. Solo despojándose del mundo uno puede ver a sí mismo como a un pobre y desnudo. Con esta decisión dejó su vestido a una mendigo de Montserrat San Ignacio de Loyola, huyó casi desnudo a los frailes San Tomás de Aquino, entró en su cueva San Francisco de Asís. ¿Qué determina que un hombre es bueno y el otro es santo? Para mí, ausencia del miedo ante la radicalidad de la decisión. Todos somos en algo como este joven rico del Evangelio, incluso los que somos pobres: “Te amo, Señor, pero tengo mucho…”. Un santo ya no tiene nada, aparte de este sentimiento de una noche dolorosa y sienta como por dentro late la muerte. La misma ráfaga del viento que deja a un árbol desnudo, no toca a algunas hojas secas en los otros árboles. Las hojas de cuentas, de dinero,de escritos inútiles, de votaciones.

Nada de lo que pertenece a este mundo lo gobierna, no manda el que da pan, porque todo está condenado a la derrumbe. Si somos unos cambistas cerca del Templo, pues ya llegó el Mesías. Solo un asceta puede privar del poder a un zar, solo un estilita puede mandar al emperador y solo un mártir puede destrozar al Imperio. Solo aquel que comprende que el mundo no vale para nada, si uno perderá a su alma, puede construir algo duro e influyente. En las “Crónicas de Narnia” de C. S. Lewis ante un desesperado príncipe, que perdió todo, aparecen tres monstruos, enviados por el mal, como las fuerzas que gobernaban al viejo mundo: hambre, dolor y sed. “Tú puedes reinar con nuestra ayuda”.

Con esta ayuda nadie va a reinar, porque primero debes hacerse el esclavo de estos poderes, postrarse ante Satanás. Y aceptando a este servicio, ya rechazas al otro, a tu resurrección y a tu libertad. Cristo en el desierto rechazó a estos poderes y no se inclinó ante el demonio. Porque todo lo que esclaviza a la persona, poniendo a ella bajo el poder de sus necesidades, mata a la misma posibilidad de un amor como de un Don libre. Solo se quedarán las hojas secas y el temor de la noche dolorosa, donde no hay luz. Por eso cualquier medio y cualquier poder solo pueden ser asumidos por las personas desinteresadas, cuyos ideales no son de este mundo. Paradójicamente, solo rechazando al poder, uno puede gobernar de verdad.

Cada tres años en Moscovia, con su tierra barrosa y el clima duro, caía un año de mala cosecha. El poder del hambre movía a las hordas de mendigos, los campesinos morían en sus casas, porque poco podrían ahorrar de las cosechas anteriores. La gente lista que “daba el pan” subía los precios al trigo hasta las nubes. El hambre se puede convertir en el dinero, en la esclavitud, en la riqueza. Pero en el medio del principado de Volotsk estaba este rico monasterio que no gastaba al trigo de sus campos, sino lo acumulaba en los almacenes. El monasterio alimentaba más de 3000 hambrientos. De estos almacenes iba al mercado el trigo barato, rompiendo a todos los planes de los listos mercaderes. Y aún más: en el comienzo de un “año malo” en las puertas de las iglesias aparecía un orden de San José: “Se excomulga todo que suba precio al trigo”.


Esto era el poder de un santo en su principado, su riqueza y su influencia. No le importaba ni zar, ni metropolita, porque su poder no era de este mundo. “Un monje es como un caballero que llama al torneo al demonio”. El poder del hambre, de la avaricia, de dolor de un afectado estaban vencidos. “¿Para qué te sirva todo, si perderás a tu alma?”. Un poderoso duque estaba ante el ataúd, el higumeno del más rico monasterio hablaba como Job y por las filas del Concilio corría miedo. Un miedo verdadero de la muerte verdadera, porque todos estaremos resucitados, pero no todos trasformados, como lo escribió tras de San Agustín el arzobispo visigodo Julián de Toledo.
Santidad es como una ráfaga del viento que despoja de lo que sobra, para mostrar que nada se convierte en todo, en un bosque donde reina la eterna primavera, en una vida que nadie puede perder.




Para esta reflexión muy bien conviene el poema “Espacio” de Juan Ramón Jiménez que nosotros comprendemos a nuestro propio modo, pero para esto están los textos que siempre significan más de lo que quería decir su autor:
Tu forma se deshizo. Deshiciste tu forma.

Mas tu conciencia queda difundida, igual mayor,
inmensa,

en la totalidad.

Y te sentimos

alrededor, en el ambiente pleno

de ti, tu más gran tú”.

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